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domingo, 6 de septiembre de 2020

Espiritualidad Bíblica 19 - Jesús, centro de la Biblia - Mons. Dr. Juan Straubinger

 

ESPIRITUALIDAD BÍBLICA

3. EL MISTERIO DEL HIJO

3.1. JESUS, CENTRO DE LA BIBLIA

 

I

 

"Todo lo atraeré a Mí" (Juan XII, 52). Cuando Jesús dice esta Palabra no parece significar que después de su muerte todos se convertirán a Él. Bien tristemente vemos que no fué así, ni lo es hoy, ni lo será cuando Él venga (Mat. XIII, 30 y 41; XXIV, 24; Luc. XVIII, 8).

 

Al decir, pues, Jesús: “Cuando Yo haya sido levantado en alto, todo (no todos) lo atraeré a Mí”, quiere significar que, consumado el misterio oculto desde todos los siglos" (Ef. III, 9), con su Pasión, Muerte y Resurrección, Él será “el centro hacia el cual convergen todos los misterios de ambos Testamentos”.

 

Desde entonces, toda posible fe es necesariamente fe en Jesús (I Juan V, 10), y por eso los judíos, al no creer en El, que, según Hech. III, 26, había resucitado ante todo para ellos, quedaron desde entonces con un velo que les impide entender aún el Antiguo Testamento (II Cor. III, 14 s.) y que sólo se levantará cuando se conviertan a Él (ibid. v. 16; Mat. XXIII, 39).

 

¿Cómo podría en efecto entenderse el Antiguo Testamento sin Jesús, siendo el Mesías el fin hacia el cual se encamina toda la Ley (Torah), todos los Profetas (Nebiyim) y todos los Hagiógrafos (Ketubim)?

 

Oigamos cómo les habla Jesús: "Si creyeseis a Moisés me creeríais también a Mí, pues de Mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos ¿cómo creeréis a mis palabras?" (Juan V, 45 s.). "Abraham vuestro padre se alborozó por ver mi día; y lo vió y se llenó de gozo”. (Juan VIII, 56). Y San Juan por su parte añade: "Isaías dijo esto cuando vió Su gloria, y de Él habló” (Juan XII, 41).

 

Jesús confirma todo esto de muchas maneras y especialmente cuando a los discípulos de Emaús, “comenzando por Moisés y por todos los profetas, les hizo hermenéutica de lo que en todas las Escrituras había acerca de El" (Luc. XXIV, 27). Y también cuando dijo a los Once, aún después de su Resurrección: “Es necesario que todo lo que está escrito acerca de Mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos se cumpla" (Luc. XXIV, 44). Y fijé entonces cuando "les abrió la inteligencia para que comprendieran las Escrituras (ibid. v. 45).

 

Esto, que les dijo antes de su Ascensión, lo había prevenido desde los primeros días, casi al comenzar el Sermón de la Montaña: “No vayáis a pensar que he venido a abolir la Ley y los Profetas. Yo no he venido para abolir sino para dar cumplimiento. En verdad os digo, hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota, ni un ápice de la Ley pasará sin que todo se haya cumplido” (Mat. V, 17 s.). Es decir que El no aboliría nada, sino que en Él se cumpliría todo, como antes vimos en Luc. XXIV, 44: los misterios dolorosos, que ya pasaron, y los gloriosos que aún esperamos para su Parusía. Todo, esto es: “nova et vetera” (Mat. XIII, 52), o sea, todo lo que los Profetas narraron sobre Él y que San Pedro llama “Sus padecimientos y posteriores glorias” (I Ped. I, 11).

martes, 1 de septiembre de 2020

Espiritualidad Bíblica 18 - Da gloria a Dios - Mons. Dr. Juan Straubinger

 

ESPIRITUALIDAD BÍBLICA

2. HACIA EL PADRE

2.5. “DA GLORIA A DIOS”

(Juan IX, 24)

 

I

He aquí un ejemplo de claro pecado contra el Espíritu Santo, un detalle asombroso de la apostasía de los directores espirituales de todo un pueblo. El Evangelio nos lo presenta con la elocuencia divina de su sobriedad única sin parangón en escrito alguno de los hombres.

Lo leemos en el capítulo IX de S. Juan, que está dedicado todo entero a la curación del ciego de nacimiento. Tiene más juego de pasiones, más psicología intima, que mil dramas, pero es psicología espiritual, que hay que desentrañar con amor. El que no tiene su corazón puesto en los sucesos de una narración, la escucha fríamente aunque ella se refiera a una acción de guerra con millares de muertos. En esto, el Evangelio está hecho para poner a prueba la profundidad del amor, que se mide por la profundidad de la atención prestada al relato: porque no hay en él una sola gota de sentimentalismo que ayude a nuestra emoción con elementos de elocuencia no espiritual. Por ejemplo, cuando llegan los Evangelistas a la escena de la Crucifixión de Jesús, no solamente no la describen, ni ponderan aquellos detalles inenarrables, que María presenció uno por uno; ni siquiera la presentan, sino que saltan por encima, dejando la referencia marginal indispensable para la afirmación del hecho. Dos de ellas dicen simplemente: Y llegaron al Calvario donde lo crucificaron (Luc. XXIII, 55; Juan XIX, 18). Los otros dicen menos aún: Y habiéndolo crucificado, dividieron sus vestidos (Mat. XXVII, 35; Marc. XV, 24). ¡Y cuidado con pensar que hubo indiferencia en el narrador! Porque no sólo eran apóstoles o discípulos que dieron todos la vida por Cristo, sino que es el mismo Espíritu Santo quien por ellos habla.

Pues bien, en la curación de este ciego los fariseos han puesto en juego primero, “honradamente”, todo cuanto era posible para persuadirse de que no hay tal milagro. Cuidadosa indagación ante el público, interrogatorio especial a los padres del ciego, y por fin a éste mismo, el cual afirma el hecho con una insistencia tan terminante, que desconcierta la insistencia con que ellos, los fariseos, deseaban poder negarlo. Queda así establecida la clase de rectitud de los fariseos: Ellos no deseaban pecar, ni querían mentir gratuitamente: tenían un solo inocente deseo: que Jesús no fuera el Mesías. Si se les hubiera concedido esto, no se habrían empeñado en hacer daño a Jesús ni al pobre ciego. Pero admitir la posibilidad de que aquel advenedizo carpintero viniese a despojarlos de su situación y a burlarse de su teología formulista: ¡eso, jamás! esto era para ellos su propia gloria, es decir, su interés supremo, el único dogma que no podía admitir ni sombra de prueba en contrario.

 

II

Vemos aquí el estrago que produce en un alma la pasión que domina. Ellos empezaron por admitirla, y luego concluyeron por justificarla. Entonces esa pasión del odio contra Cristo se convirtió para ellos en una virtud, compatible con sus demás creencias y vida de piedad. Porque no hemos de olvidar que los fariseos eran considerados como “justos” y “santos”. No sólo ayunaban y pagaban el diezmo, como el Fariseo del Templo (Luc. XVIII, 12), sino que conservaban con mucho celo sus “prácticas religiosas”, como hoy se suele decir, y una gran dignidad exterior. Recuérdese, por ejemplo, cuando rechazaron la devolución de las monedas que habían dado a Judas: sinceramente no habrían querido, por ningún interés mezquino, manchar el Templo con aquel precio de Sangre. Que esa Sangre hubiese sido comprada por ellos mismos, eso era otra cuestión: era cuestión de aquella pasión dominadora, ante la cual todo se acalla.

domingo, 8 de marzo de 2020

Espiritualidad Bíblica 17 - Hacia el Padre por el Hijo - Mons. Dr. Juan Straubinger



2. HACIA EL PADRE

2.4. HACIA EL PADRE POR EL HIJO


I

Uno, el soberano Señor, que tiene derecho a toda nuestra adoración, esa adoración que nunca le damos dignamente, por lo cual no podríamos llegar directamente a Él.

Otro, el aliado nuestro, el confidente a quien confiamos las barrabasadas que hacemos contra el primero.

Al uno lo vernos como Señor y Juez inapelable.

El otro es el abogado, el Salvador, ante el cual recurrimos por miedo al Juez... y a nosotros mismos.

Uno, el que siempre tiene razón contra nosotros.

Otro, el que puede y quiere interponer su influencia para hacernos salir del paso y justificarnos ante el primero.

El uno es el Padre, el gran Rey. El otro es su Hijo Jesús, Príncipe influyente para protegernos y recomendarnos al Rey, y que, siendo hombre como nosotros, conoce nuestras debilidades y nos parece estar más dispuesto a disimularlas. Nuestra actitud es como si dijésemos a Jesús lo mismo que los Israelitas a Moisés: “Háblanos tú, y no nos hable Dios, no sea que muramos".

Hemos, pues, de empezar la vida espiritual por entender y vivir el misterio de la Redención y aprovechar en su infinita utilidad la mediación de Jesucristo.

sábado, 22 de febrero de 2020

Espiritualidad Bíblica 16 - Misericordioso y Benigno es el Señor - Mons. Dr. Juan Straubinger



2. HACIA EL PADRE


2.3. MISERICORDIOSO Y BENIGNO ES El SEÑOR
(Sal. 102, 8).


I

Alguien que, por una rápida infección en la cara se halló a un paso de la muerte sin perder el conocimiento, ha narrado las angustias de ese momento para el que quiere prepararse al juicio de Dios. Sentía necesidad de dormir, pero luchaba por no abandonarse al sueño, porque tenía la sensación de que éste era ya la muerte y que en cuanto se durmiese despertaría en el fuego del purgatorio si no ya en el infierno. Aunque había hecho confesión general y recibido los sacramentos le faltaba todo consuelo, y la certeza de la futura pena se le imponía como una necesidad de justicia, pues tenía, claro está, conciencia de haber pecado muchas veces, pero no la tenía de haberse justificado suficientemente ante Dios.

Una religiosa enfermera, a quien le confió esa tremenda angustia espiritual, no hizo sino confirmarle esos temores, como si debiera estar aún muy satisfecho si ese fuego no fuese el del infierno.

Salvado casi milagrosamente de aquel trance —agrega—, consulté con un sacerdote, que me aconsejó leer y estudiar el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, y allí encontré lo que asegura la paz del alma, pues al comprender que "nadie es bueno sino uno, Dios" (Luc. XVIII, 19), comprendí que sólo por la misericordia podemos salvarnos y que en eso precisamente consiste nuestro consuelo, en que podemos salvarnos por los méritos de Jesucristo, pues para eso se entregó El en manos de los pecadores.

Maravillosa e insuperable verdad, que nos llena más que ninguna otra de admiración, gratitud y amor hacia Jesús y hacia el Padre que nos lo dió. Ella quedará grabada para siempre en el alma que haya meditado este misterio de la misericordia divina.

martes, 4 de febrero de 2020

Espiritualidad Bíblica 15 - Dios Justo y Misericordioso - Mons. Dr. Juan Straubinger

ESPIRITUALIDAD BÍBLICA

2. HACIA EL PADRE

2.2. DIOS JUSTO Y MISERICORDIOSO



I

No nos conviene, ciertamente, que Dios sea justo, en el sentido humano de la palabra. El litigante desea un justo juez cuando su causa es buena. Pero cuando la causa es mala, cuando no tiene razón, ¿acaso le conviene un juez justo?

Ahora bien, ¿qué tal es la causa nuestra delante de Dios? Él mismo nos lo enseña por si acaso nuestra ceguera no lo viese: “Ningún viviente puede aparecer justo en tu presencia”, dice el Profeta David (Sal. CXLII, 2); y en otra parte: “Si examinaras, Señor, nuestras iniquidades, ¿quién podría subsistir? (Sal. CXXIX, 5). “Si dijéramos que no tenemos pecado, nosotros mismos nos engañamos, y no hay verdad en nosotros” (I Juan I, 8).

¿Qué haríamos, pues, con un juez justo?

miércoles, 22 de enero de 2020

Espiritualidad Bíblica 14 - El Padre Celestial en el Evangelio - Mons. Dr. Juan Straubinger


ESPIRITUALIDAD BÍBLICA

2. HACIA EL PADRE

2.1. EL PADRE CELESTIAL EN EL EVANGELIO


I

Si preguntamos quién es el Padre Celestial, cualquiera nos dirá que es Dios, porque Dios es nuestro Padre.

Si volvemos a preguntar quién es ese Dios, no faltarán quienes nos digan que es Jesucristo, pero algunos dirán sin duda que es la Santísima Trinidad.

¿La Santísima Trinidad sería entonces nuestro Padre? ¿Ese Padre a quien Jesús nos enseñó a adorar "en espíritu y en verdad"? ¿Ese Padre a quien nos enseñó a dirigir el Padrenuestro? Ese Padre a quien El llamó "mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios", ¿sería la Santísima Trinidad? ¿Entonces Jesús sería el Hijo de la Santísima Trinidad?

Entonces, ¿la Misa y las oraciones de la Iglesia se equivocan cuando se dirigen al Padre, primera Persona de la Trinidad? Pues casi todas terminan pidiéndole "por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo".

¿Podría haber una ignorancia más grande que la de decir que Jesús es Hijo de la Trinidad? Tal fué exactamente la herejía del P. Harduin y su discípulo el P. Berruyer, que refutó tan claramente San Alfonso de Ligorio.

El mal viene de ignorar el Evangelio, pues cualquiera que lo ha leído, aunque sea una sola vez, no puede dejar de admirar la insistencia de Jesús en hablar de su Padre, del Padre que lo envió, es decir de esa Primera Persona, cuya gloria es para Cristo una obsesión constante. De ahí que defina los tiempos mesiánicos como aquéllos en que se va a "adorar al Padre en espíritu y en verdad, porque tales son los adoradores que el Padre quiere" (Juan IV, 23 s.).

martes, 17 de septiembre de 2019

Espiritualidad Bíblica 13 - Compasión - Mons. Dr. Juan Straubinger



1.   ESPIRITUALIDAD BÍBLICA
1. 13. COMPASION


I
Cuando vemos en el teatro un drama triste, lloramos con el personaje que aparece sufriendo, y sin embargo sabemos muy bien que todo no es más que ficción. Esto nos muestra que esa compasión no es una espiritualidad, sino que reside en el sentido externo de la imaginación. La contraprueba sobre el valor de tales sentimientos está en que al poco rato ya no nos acordamos de esas lágrimas.

San Pedro es un ejemplo elocuente a costa de cuyos fracasos podemos aprender mucho, como se ha mostrado en el artículo titulado "El caso de Pedro". La compasión sentimental del apóstol es la que lo lleva a querer oponerse a la Pasión redentora de Cristo. Y este sentimiento, que los hombres hallarían nobilísimo, es lo que despierta en Jesús la más ruda de sus repulsas: "Apártate de mí, Satanás. Me sirves de tropiezo, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres" (Mat. XVI, 25). Y esa misma compasión, que tan hermosa parece, es la que lleva al mismo Pedro a jurar que morirá por su Maestro, y...  ha negado pocas horas después, delante de una sirvienta inofensiva, es, decir, cuando ni siquiera corría peligro su vida con decir la verdad.

viernes, 13 de septiembre de 2019

Espiritualidad Bíblica 12 - Aspirad al Amor - Mons. Dr. Juan Straubinger



1. ESPIRITUALIDAD BÍBLICA
1.12. ASPIRAD AL AMOR (I Cor. XIV, 1)


I

Una parábola oriental refiere que un padre de familia que tenía dos hijos gravemente enfermos, trajo de lejos un bálsamo que devolvió a los dos la salud perdida. Uno de ellos no cesaba de elogiar la eficacia del remedio, en tanto que el otro pensaba en la bondad de su padre que lo había traído. El padre conoció que esa diferencia entre ambos espíritus era Cuestión de amor (en el segundo) y desamor (en el primero). Entonces les descubrió que el bálsamo no era nada en sí mismo, sino agua pura, en la cual él había dejado caer una lágrima de su amor paterno dolorido por el mal de los hijos. La eficacia, que parecía propia del bálsamo, no era sino la fuerza de ese amor.

Precioso ejemplo, lleno de sentido sobrenatural, que nos enseña a no admirar ni amar creatura alguna, sino a glorificar en ellas la bondad del Padre, "en alabanza de la gloria de su gracia, por la cual nos hizo agradables a sus ojos en su amado Hijo" (Ef. I, 6). Dios nos da algo más que objetos perecederos. El ama con todo su Ser, que es el amor mismo. De ahí que "mandó” su propia Palabra (Verbo) para sanarnos (Sal. CIV, 20). De ahí que nos da, para santificarnos y movernos, su propio Espíritu (Rom. V, 5; VIII, 12). Véase Amós VIII, 11 s.; Sal. CIII, 29 s.

martes, 16 de enero de 2018

Espiritualidad Bíblica 11 - Bienaventurado el rico... - Mons. Dr. Juan Straubinger

1.   ESPIRITUALIDAD BÍBLICA
1.11.  BIENAVENTURADO EL RICO... (Ecli. XXXI, 8)


I
"Bienaventurado el rico que es hallado sin culpa, y que no anda tras el oro, ni pone su esperanza en el dinero ni en los tesoros" (Ecli. XXXI, 8). Es éste el único caso en que la Sagrada Escritura elogia al rico. Y lo explica en seguida: “porque fué probado por medio del oro y hallado perfecto por lo que reportará gloria eterna; podía pecar y no pecó, hacer mal y no lo hizo" (Ecli. XXXI, 10). Un caso raro, pero no imposible. Una excepción entre los ricos; pues casi todos sucumben a los halagos del oro.
La Epístola del Común de Confesores que cita este texto dice: Bienaventurado el hombre, en lugar de: bienaventurado el rico. Sin embargo, solamente en su forma original se comprende el verdadero sentido del "podía pecar y no pecó", y las alabanzas del Eclesiástico.
De la misma manera es elogiado en la Escritura el patrón, el patrón justo y misericordioso de las parábolas del Evangelio, y una vez un patrón humilde, que se ciñe y sirve a sus siervos (Luc. XII, 37). Ese patrón es figura de Cristo, que de esta manera nos revela uno de los abismales secretos de su humildad redentora. Se refiere que en una casa de insanos se quería saber quién fuese el más demente de todos, y le dieron la palma a uno que declaró estar esperando al rey para que le limpiase los zapatos. Pero mucho más lejos llega, según vemos, la humildad divina en la parábola que acabamos de citar. Y cuidado con querer rechazarla, porque ello sería falsa humildad, como la de Pedro en el lavatorio de los pies (Juan XIII, 8 ss). Jesús tiene derecho a que le creamos esta verdad inaudita que anuncia en la parábola, porque ya nos dijo que El es nuestro sirviente (Luc. XXII, 27), y que no vino para ser servido, sino para servir (Mat. XX, 28).
En el contexto de estos pasajes, Jesús revela ampliamente la superioridad del que sirve sobre el que es servido. ¡Qué luz para el problema social moderno! ¡Jesús obrero, pero no ya sólo como trabajador del músculo, ni como miembro de un gremio, sino como servidor de todos! Y por eso nos dice que entre nosotros el primero servirá a los demás (Mat. XX, 26 s; Luc. XXII, 26). En esto estriba sin duda el gran misterio escondido en la Escritura que dice: "el mayor servirá al menor" (Gén. XXV, 23; Rom. IX, 12).

II

martes, 28 de noviembre de 2017

Espiritualidad Bíblica 10 - La Sabiduría considerada como serenidad - Mons. Dr. Juan Straubinger

1.   ESPIRITUALIDAD BÍBLICA
1.10.  LA SABIDURIA CONSIDERADA COMO SERENIDAD



I

La sabiduría que imploró Salomón se sintetiza en el "saber que ella trabaja con nosotros a fin de que sepamos lo que a Dios agrada" (Sab. IX, 10). Al iniciar nuestro empeño por buscarla, nos consuela el saber de antemano que la conseguiremos, porque "el que la necesita no tiene más que pedirla a Aquel que da copiosamente, sin zaherir a nadie” (Sant. I, 5). Porque “todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama se le abrirá” (Luc. XI, 10).
Más aún, la sabiduría “se anticipa a aquellos que la codician, poniéndoseles ella misma delante”. Por tanto, quien la buscare “no tendrá que fatigarse, pues la hallará sentada en su misma puerta” (Sab. VI, 14-15). Y esto es porque el Divino Padre, que es bueno, "dará el buen espíritu a quien se lo pida", así como nosotros, “que somos malos, sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, y no les damos una piedra cuando nos piden un pan” (Luc. XI, 11-13).
Por donde se ve que el desear la sabiduría es ya la seguridad de alcanzarla, y esto lo expone la Biblia en forma de sorites, en un pasaje maravilloso que es quizá la única argumentación silogística en el Antiguo Testamento (más marcadamente que en Rom. V, 2-5 y I Ped. I, 5-7) y que denuncia la procedencia alejandrina del autor del Libro de la Sabiduría.
Dice éste, en efecto: "El principio de la sabiduría es el muy sincero deseo de instrucción; la premura de instrucción, es amor; el amor es ya guardar sus leyes; la atención prestada a esas leyes, es signo de incorrupción; la incorrupción (inmortalidad) da un lugar junto a Dios. Luego, el deseo de la sabiduría conduce al Reino eterno” (Sab. VI, 17-20).

II

lunes, 13 de noviembre de 2017

Espiritualidad Bíblica 9 - El caso de Pedro - Mons. Dr. Juan Straubinger

1.ESPIRITUALIDAD BÍBLICA
1.9. EL CASO DE PEDRO



I

Para un hombre, el ser basura de Dios, el ser su esclavo, el ser su estropajo, es ya sobrado honor y sobrada felicidad. Pero si a Dios se le ocurre otra cosa, si la generosidad de su Corazón sobrepasa a cuanto podemos imaginar de El, y si Jesús quiere sorprendernos llamándonos amigos (Juan XV, 15), y si el Padre quiere hacemos sus hijos (I Juan III, 1) y hermanos de su Hijo (Rom. VIII, 29), ¡cuidado con que una falsa humildad nos haga rechazar el Don de Dios e insistir en nuestra opinión de que hemos de seguir siendo esclavos! (Rom. VIII, 15).

El tener en principio esta opinión es ciertamente bueno, porque ella es exacta desde nuestro punto de vista. ¿Qué otra cosa, sino basura y nada, podremos sentirnos nosotros, frente a nuestro Creador, infinito en la sabiduría, en el poder y en la santidad? Es este un punto de partida indispensable para que el hombre se niegue a sí mismo, es decir, deje de confiar en la virtud propia como si ésta fuese suficiente para salvarnos. Es este el punto de partida, pero no es todo, según lo veremos más adelante.

San Pedro —o mejor Pedro, antes de ser el santo-, reaccionó muchas veces según esa opinión primaria y puramente humana de la humildad. De ahí que Cristo lo tomase como campo de experimentación, para darnos, a costa de su apóstol, rectificaciones fundamentales. Decimos a costa de él, por las muchas veces que tuvo que avergonzarse de sus errores aunque de ellos había de sacar su gran provecho.

II

domingo, 5 de noviembre de 2017

Espiritualidad Bíblica 8 - De Grecia a Cristo - Mons. Dr. Juan Straubinger


1.   8. DE GRECIA A CRISTO

“Nadie es malo, mientras no se demuestre".
Derecho Romano (Orden natural).

“Nadie es bueno, sino sólo Dios”.
Jesús (Orden sobrenatural).


I

“Gnothi sautón” (conócete a ti mismo); Aforismo griego y pagano, de muchos admirado. No es esto lo que enseña la Escritura de la divina Revelación. Poco me importa, dice S. Pablo, ser juzgado por vosotros o por cualquier juicio humano. Ni yo mismo me juzgo. . . El Señor es quien me juzga (I Cor. IV, 3-4). “De tu rostro (oh Señor) salga mi sentencia”, dice David (Salmo XVI, 2), anhelando poder entregar por entero la suerte de su causa a Aquel que es la fidelidad, la luz y la sabiduría, la omnipotencia y sobre todo la bondad y la misericordia que perdona.

Para nosotros hay más aún que para David: la Redención, que justifica por los méritos de Cristo. Aún hallándome yo deudor insolvente, el divino Padre me perdona y para eso sé que mi seguridad es absoluta; pues Jesús “es la víctima de propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo" (I Juan II, 2).

"Conózcate yo, Señor, y conózcame yo a mí mismo”, dice San Agustín; pero este conocimiento propio, presentado así en parangón con el conocimiento de Dios, no tiene nada de esa "ciencia del bien y del mal", cuya ambición fué lo que corrompió a Adán. Esta oración, pues, del gran Doctor de la gracia, equivale a decir: sepa yo, Señor, vivir este gran dogma de que Tú lo eres todo y yo soy la nada.

Es que Jesús no dice, como el oráculo griego: "conócete a ti mismo", sino: "niégate a ti mismo". La explicación es muy clara. El pagano ignoraba el dogma de la caída original. Entonces decía lógicamente: analízate a ver qué hay en ti de bueno y qué hay de malo. Jesús nos enseña simplemente a descalificarnos a priori, por lo cual ese juicio previo del autoanálisis resulta harto inútil, dada la amplitud inmensa que tuvo y que conserva nuestra caída original. Ella nos corrompió y depravó nuestros instintos de tal manera, que San Pablo nos pudo decir con el Salmista: "Todo hombre es mentiroso" (Rom. III, 4; Salmo CXV, 2). Por lo cual el Profeta Jeremías nos previene: "Perverso es el corazón de todos, e impenetrable: ¿Quién podrá conocerlo?" (Jer. XVII, 9). Ese mismo profeta dice también: “Maldito el hombre que confía en el hombre" (Ibid. 5), y de Jesús sabemos que no se fiaba de los hombres, "porque los conocía a todos" (Juan II, 24).

II

lunes, 30 de octubre de 2017

Espiritualidad Bíblica 7 - Biblia y psicoanálisis - Mons. Dr. Juan Straubinger

1.7. BIBLIA Y PSICOANALISIS



I

El grande, el sumo psicoanálisis está en la Biblia, pues ella y sólo ella nos enseña a desnudar enteramente el corazón, y sólo con sus luces de espíritu aprendemos a ser del todo sinceros con nosotros mismos.

Frente a la sabiduría de la Biblia no hay complejos, porque en ella habla Dios que conoce “lo íntimo del corazón" (Salmo XLV, 22). Ella descubre nuestros complejos y los resuelve de un modo definitivo. Ella escudriña el corazón para indicar a cada cual su camino (Jer. XVII, 10). Ella sabe nuestros íntimos pensamientos (Jer. XX, 12); pone a prueba los corazones (I Par. XXIX, 17; Jer. XII, 3); los pesa (Prov. XXI, 2) y luego los inclina a la solución que les conviene (ibid.1): los ilumina como luz que resplandece entre tinieblas (II Cor. IV, 6); los alimenta (Salmo XXVI, 14) y termina su obra renovándola por completo (Salmo L, 12) y dándoles firmeza definitiva (I Tes. III, 13).

Una sola cosa exige este gran maestro, lo mismo que exige todo psicoanalista: sinceridad. Esto le basta. Y hay más aún: así como, según el refrán, el que se excusa se acusa, así también -lo que es mejor—, frente a la Biblia el que se acusa se excusa.

Si alguna vez no encontramos soluciones y consuelo en la Escritura, es porque buscamos estar satisfechos de nosotros mismos y "quedar bien" con nuestro amor propio. En este caso nunca quedamos satisfechos, pues siempre vemos asomar nuestras miserias y errores. En cuanto confesamos eso, en cuanto nos resignamos a saber que no somos buenos, nos vuelve a la alegría, como se ve en el Salmo XXXI, 4 ss.

La Biblia nos dice entonces: ¿Qué importa si no fuiste bueno hasta hoy? ¿No ves que yo tengo la parábola de los obreros de la última hora (Mat. XX, 8) que lo pasan aún mejor que los primeros? ¿No recuerdas el caso de Magdalena (Luc. VII, 43-47), donde yo muestro que el que más ama es aquel a quien más hubo que perdonarle? Si hay quien limpia tus ropas y las deja como la nieve (Salmo L, 9) ¿qué importa que su suciedad fuese mucha o poca?

II

jueves, 19 de octubre de 2017

Espiritualidad Bíblica 6 - La Biblia, maestra de la vida - Mons. Dr. Juan Straubinger

1.6.- LA BIBLIA, MAESTRA DE LA VIDA



I

En la parábola de los dos hermanos (Mat. XXI, 28 ss) vemos que el primero promete y no cumple; y el otro, que se niega, se arrepiente luego y cumple. Jesús muestra aquí que lo que vale no es el acto primero, la reacción del momento; pues ésta puede ser un impulso irreflexivo de nuestro temperamento. Lo que vale es lo que hace uno después, cuando está solo, frente a su conciencia. Y ¡oh misterio! el que dijo que no obedecería, obedeció, y el que dijo que sí, desobedeció, como Pedro cuando prometió dar la vida por Jesús, y a las pocas horas negó conocerlo.

Todos tenemos en nuestro interior dos hombres distintos y contradictorios: carne y espíritu. Lo importante no es el extravío del momento, del que luego nos compungimos en nuestro aposento (Sal. IV, 5). Lo grave es tomar en aquellos momentos de extravío, resoluciones definitivas que coarten nuestra libertad ulterior, forzándonos a permanecer en el error. Lo grave es "el estado de pecado", que nos aleja de Dios de un modo permanente. De ahí que en estos momentos de meditación serena y lúcida, no turbada por "la fascinación de la bagatela” (Sab. IV, 12) es cuando hemos de resolver lo que afecta a nuestra conducta futura, y, si es necesario, "quemar las naves", como hizo Hernán Cortés, para que no fuesen ellas una ocasión de volver atrás.

En esto se conoce la recta intención del corazón, y sobre ello estriba el ejercicio de meditación que San Ignacio de Loyola llama de los "tres binarios". Es lo que en la Biblia se llama "preparar el corazón para poder obedecer al Señor" (véase I Rey, VII, 3; Esdr. VII, 10).

Por eso la primera palabra que Jesús decía siempre a todos, sin distinguir entre buenos y malos, era para prepararles el corazón, diciendo: "La paz sea con vosotros"; "no se turbe vuestro corazón". Porque sabía que ésta es la condición previa para todo lo demás, ya que la gran arma del Maligno es llevarnos o a la soberbia, o a la desesperación, a fin de apartarnos para siempre de nuestro Padre.

El primero que cayó en la trampa de la desesperación fué Caín, quien "se apartó del Señor", aunque El le dijo que nadie le haría daño. Nosotros debemos saber mucho más que Caín: que nuestro Padre divino "es bueno con los desagradecidos y malos" (Luc. VI, 53). Medítese la parábola del Hijo Pródigo (Luc. cap. XV) y se verá con asombro cómo el Padre perdona generosamente al pecador, le da un traje nuevo y le ofrece un banquete. Y aún hace que el más perdonado sea el que más le ame (Luc. VII, 47). Recordemos ante todo que es la muerte redentora de Cristo y los méritos de Él, y no los nuestros, lo que borra nuestras culpas. "La Sangre de Jesús nos limpia de todo pecado" (I Juan I, 7; Efes. I, 7, etc.). Sólo necesitamos apartar nuestro pensamiento de la desesperación, sabiendo que es Dios quien nos da este suavísimo consejo: "No agites tu espíritu en tiempo de la oscuridad" (Ecli. II, 2).

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