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miércoles, 9 de julio de 2014

La importancia de la Liturgia para el hombre de hoy - Mons. Juan Miguel Ferrer

Mons. Juan-Miguel Ferrer, subsecretario de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos, explica el valor que tiene la liturgia −según el Concilio Vaticano II− para responder al mundo moderno. Cristo está presente en la acción litúrgica, que posee una fuerza capaz de atraer y transformar la entera creación. «La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo» (Francisco, Exh. apost. Evangelii gaudium, 24).

Conferencia al Thomas More Leadership Institute
Roma 31 de enero de 2014

1. Paradojas del hombre de hoy

Siempre resulta arriesgado sintetizar en pocas palabras la complejidad de los fenómenos humanos y sociales. No obstante, para poder situar nuestras reflexiones de esta tarde, creo necesario ofrecer un esbozo rápido de cómo veo yo al “hombre moderno”, entendiendo por tal a nuestros contemporáneos, hombres y mujeres, del este y del oeste, del norte y del sur.
Alguien diría que es imposible, que las situaciones culturales son tan diversas, pero eso, hoy, en medio de un mundo globalizado cultural e informativamente, (como ustedes saben mejor que yo), es sólo aparentemente cierto. Las intensidades aun nos diferencian, pero las líneas maestras nos entrelazan a nivel mundial, tanto como la común naturaleza humana con sus impulsos y deseos compartidos.
El ser humano hoy aparece profundamente inseguro y desorientado. Ha perdido, en gran medida, sus certezas y sus puntos de referencia. El relativismo y la libertad, entendida como pura libertad de opción, tienen estas inevitables consecuencias. En la medida que estas tendencias han ido tomando fuerza no se han remplazado los referentes institucionales, matrimonio y familia, patria, religión… simplemente, se han perdido.
A esta “deriva” cultural se ha de añadir, creo yo, el rasgo transversal del sufrimiento. Hay mucha soledad, mucha insatisfacción, mucha desesperanza. Nuestra sociedad, nuestros contemporáneos, están traspasados, de modo muy universal, por una profunda desazón o “angustia”, un tema sobre el que hoy ya se escribe poco, pero que preocupó a los pensadores existencialistas de la posguerra (segunda mitad siglo XX), y que se detecta como fenómeno característico de la humanidad contemporánea. Los desequilibrios sociales, las guerras y la presente crisis vienen a consolidar este mal.
Ante esta situación, (el ser humano no puede subsistir así), emergen con fuerza en la cultura contemporánea fenómenos paliativos, que quieren eludir los efectos de estos males sin la pretensión de tocar sus causas (que se consideran irreversibles). Sea por la vía del individualismo hedonista, sea por la vía de un inconformismo revolucionario, o de un cientifismo práctico, se quiere conseguir un “instalarse cómodamente en el mundo, en lo inmanente”. No echar de menos ni la verdad, ni la continuidad histórica que ofrecen las instituciones. No tener ningún límite para los propios deseos, ni de los dioses, ni de leyes humanas, ni de la naturaleza.
Pero detrás de todo esto tiene que haber un porqué. Las ideas ilustradas, los ateísmos, teóricos o prácticos, han existido siempre, pero el fenómeno que caracteriza la edad presente, y que viene tomando fuerza desde el final de la Gran Guerra (1914-1918), es el del ateísmo de masas, que, hoy por hoy, comienza a ser un fenómeno planetario. Un ateísmo, evidentemente más práctico que teórico, más de omisión que de negación, muy unido al fenómeno del agnosticismo. Y estas masas agnósticas son caldo de cultivo para una Sociedad y una cultura como la que ahora se está imponiendo por todo el mundo. Una cultura que hasta llega a ver lo religioso no ya como dimensión natural del ser humano (“homo religiosus”, ser religioso), sino como patología social. Las religiones van siendo consideradas poco a poco como peligro para la paz y la convivencia social. Se tolera socialmente la fe personal, pero se limita y repudia la religión en cuanto fenómeno social. ¿Cómo se ha podido llegar a este estado de opinión? ¿Cómo, cuando aun altísimos porcentajes de la población se declara adscrito a una confesión religiosa? ¿Cómo, cuando cada domingo en países como España o Portugal millones de personas se reúnen para participar en la Misa? ¿Cómo, cuando las manifestaciones de piedad popular y los santuarios de peregrinación acogen muchedumbres en número creciente?
Es cierto que vivimos fenómenos contradictorios y que donde la religiosidad popular es más fuerte supone un freno a los procesos de secularismo cultural. Pese a todo el fenómeno de vivir cotidianamente como si Dios no existiese se difunde inexorablemente. Muchas expresiones tradicionales de fe, que envolvían la vida social y la cultura, van siendo separadas de su “sentido religioso” para conservar sólo un valor folclórico o de tipismo. Porque aun en la minoría que se declara “practicante”, cada vez es más frecuente un sentimentalismo religioso o un mero compromiso ético, en detrimento de una gozosa y consciente confesión de fe y de una conciencia “identitaria” de pertenencia a la Iglesia (en nuestro caso, o, a una religión, en general).

miércoles, 9 de octubre de 2013

El panorama litúrgico actual, el pontificado de Benedicto XVI - Mons. Juan Miguel Ferrer

El panorama litúrgico actual, el pontificado de Benedicto XVI, conferencia pronunciada por Mons.  Juan Miguel Ferrer durante el 54º Cursillo diocesano de liturgia “Liturgia y Nueva Evangelización”, Astorga, 10 de octubre de 2011. 

1. Cuando van a cumplirse 50 años de la Sacrosanctum Concilium.

Como introducción a esta ponencia trazo un apretado panorama de lo que han sido, en la vida litúrgica de la iglesia, los años desde la promulgación (4 de diciembre de 1963) de SC hasta el pontificado de Benedicto XVI.

Una -primera etapa- de entusiasmo y frenética actividad, la que abarca desde 1964 a 1974 (más o menos, se puede prolongar la década hasta 1978 y la muerte del papa Pablo VI), caracterizada por la “reforma litúrgica” que buscaba aplicar las directrices de la Constitución conciliar.

Probablemente nunca, tanto como en esos años, se estudió, trabajó y publicó en materia de Liturgia y Pastoral litúrgica. Son muchos los avances conseguidos en esta materia para la vida del Pueblo de Dios. Nace verdaderamente una nueva noción no sólo de Liturgia, sino de piedad y espiritualidad cristiana que toca a muchísimos fieles (tanto sacerdotes como religiosos y laicos). Aquí se encuentran posiblemente los grandes y positivos logros de la “reforma”. Evidentemente la “recepción” de SC y, particularmente, de la “reforma” que sigue, no fue igual en todo el mundo. Unos la acogen como insuficiente, pero se escudan en ella para introducir, en la praxis, su idea de Liturgia; otros la aceptan fielmente y así buscan aplicarla; otros la aceptan, más no la entienden, y la acogen sólo formalmente, en lo externo. Otros, finalmente, la repudian como si de un error evidente se tratase y se aferran a la praxis litúrgica anterior. Estas diversas actitudes ante la nueva Liturgia mostraban las diversas actitudes ante el Concilio, que en la Liturgia se evidenciaban. De tales diversas posturas y de su confrontación, no siempre con espíritu de comunión eclesial, nace el nivel de conflictividad intraeclesial que marca esos años, abonado por las actitudes propiciadas por las fuerzas culturales que dominaron (clave conflictividad, revolución cultural, “mayo 1968”), por esos años, la sociedad occidental. Oficialmente la “reforma” se plasma, es su obra fundamental, en la primera generación de libros litúrgicos tras el Vaticano II incluyendo, como soporte teológico-pastoral sus “introducciones generales” o “Praenotanda”.

Ahora bien, la “reforma”, en este primer periodo, parece imponerse a la “renovación”, con lo cual, muchas veces, la “reforma oficial” es traspasada por el “reformismo” (rupturista), de donde surgen constantemente los abusos; o se ve obstaculizada por un “conformismo” (sin alma) o por un “integrismo” (que la rechaza). Junto a esto están los límites de toda obra humana. En esta de la “reforma litúrgica” tal vez el más evidente ha sido el transmitir la idea (hoy casi universal) de que la Liturgia es una “manufactura”, queriendo indicar con este término el acento que se pone en la componente humano-eclesial de la Liturgia, en detrimento del protagonismo divino. Frente a la Liturgia manufactura se alzará la reivindicación de la Liturgia sagrada o de la dimensión mistérica de la misma.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

El edificio de culto cristiano, signo de la nueva creación. Inspiración bíblica y claves lingüísticas y cosmológicas -Mons. Juan Miguel Ferrer

La iglesia, como edificio del culto cristiano, es “signo litúrgico” de los cielos y tierra nuevos. Para reflejar esto, la lectura tipológica de la Biblia y el lenguaje “universal” de los símbolos −antropológicos y cosmológicos− han sido utilizados en la construcción de las iglesias a lo largo de la historia.

Signo de la nueva creación

      Tras el concilio Vaticano II no fueron pocos los que se preguntaron: ¿tiene sentido, tras la Pascua de Cristo, seguir edificando iglesias, capillas y santuarios? ¿no es todo, espacio ganado por Cristo, y por lo tanto, todo igualmente santo y apto para dar culto a Dios en espíritu y verdad, como el mismo Jesucristo anunció a la Samaritana (Jn 4, 21-24)?

      Realmente el acontecimiento de la Pascua (muerte y resurrección de Jesús) es, en el pensamiento cristiano, motivo de su dominio universal, como celebra la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo en el calendario católico. No obstante, la Iglesia, desde el momento que materialmente ha podido (incluso, en algún caso, antes del Edicto de Tolerancia del 314), ha construido lugares específicos y exclusivos para celebrar la Liturgia. Y tras el Concilio Vaticano II ha publicado un Ritual para la Dedicación de iglesias y altares (29-05-1977), ¿cómo se entiende esto?

viernes, 25 de mayo de 2012

¿Quiénes son los enemigos del Vaticano II?

Conferencia de Mons. Juan Miguel Ferrer

Las Nuevas competencias De la Congregación
para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos
en la promoción de la Música Sacra
después del motu proprio
Quaerit semper de Benedetto XVI

 La consigna clave de un Motu proprio. 
Todos conocemos de la insistencia y centralidad que el Santo Padre, Benedicto XVI, viene otorgando en todo su pontificado a la recepción correcta y auténtica de las enseñanzas del concilio Vaticano II. ¿Se trata de una novedad? No. Esto muestra un interés lógico de los supremos pastores de la Iglesia que, evidentemente se ha hecho tanto más urgente, desde el momento mismo en que una necesaria perspectiva temporal ha permitido hacer balance de dicha recepción, y en cuyo surco, continúa Benedicto XVI conduciendo el apostólico arado. Ya Juan Pablo I, como lo manifestó imponiéndose como Papa el nombre de sus dos predecesores, (que habían convocado y culminado el Concilio respectivamente), se fijó este objetivo, aunque la brevedad de su pontificado no concedió apenas tiempo a la consecución de esta meta pastoral. Juan Pablo II toma el testigo no sólo el nombre de su predecesor y, singularmente, a partir del sínodo extraordinario de 1985, a los 20 años del Concilio, asume esta tarea prioritaria de asegurar la auténtica recepción del Vaticano II. 
La elección del teólogo-cardenal Ratzinger, por parte de Juan Pablo II, para guiar como Prefecto la Congregación de la Doctrina de la Fe, tiene mucho que ver con este empeño pastoral. 

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