Mons. Juan-Miguel Ferrer, subsecretario de la Congregación para el
Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos, explica el valor que tiene la
liturgia −según el Concilio Vaticano II− para responder al mundo moderno.
Cristo está presente en la acción litúrgica, que posee una fuerza capaz de
atraer y transformar la entera creación. «La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con
la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad
evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo» (Francisco, Exh.
apost. Evangelii gaudium, 24).
Conferencia
al Thomas More Leadership Institute
Roma 31 de enero de 2014
1. Paradojas del hombre de hoy
Siempre resulta arriesgado sintetizar en pocas
palabras la complejidad de los fenómenos humanos y sociales. No obstante, para
poder situar nuestras reflexiones de esta tarde, creo necesario ofrecer un
esbozo rápido de cómo veo yo al “hombre moderno”, entendiendo por tal a nuestros
contemporáneos, hombres y mujeres, del este y del oeste, del norte y del sur.
Alguien diría que es imposible, que las
situaciones culturales son tan diversas, pero eso, hoy, en medio de un mundo
globalizado cultural e informativamente, (como ustedes saben mejor que yo), es
sólo aparentemente cierto. Las intensidades aun nos diferencian, pero las
líneas maestras nos entrelazan a nivel mundial, tanto como la común naturaleza
humana con sus impulsos y deseos compartidos.
El ser humano hoy aparece profundamente inseguro y desorientado. Ha perdido, en gran medida, sus certezas y sus
puntos de referencia. El relativismo
y la libertad, entendida como pura libertad de opción, tienen estas
inevitables consecuencias. En la medida que estas tendencias han ido tomando
fuerza no se han remplazado los referentes institucionales, matrimonio y familia, patria, religión…
simplemente, se han perdido.
A esta “deriva” cultural se ha de añadir, creo
yo, el rasgo transversal del sufrimiento.
Hay mucha soledad, mucha insatisfacción, mucha desesperanza. Nuestra sociedad,
nuestros contemporáneos, están traspasados, de modo muy universal, por una
profunda desazón o “angustia”, un tema sobre el que hoy ya se escribe poco,
pero que preocupó a los pensadores existencialistas de la posguerra (segunda
mitad siglo XX), y que se detecta como fenómeno característico de la humanidad
contemporánea. Los desequilibrios sociales, las guerras y la presente crisis
vienen a consolidar este mal.
Ante esta situación, (el ser humano no puede
subsistir así), emergen con fuerza en la cultura contemporánea fenómenos paliativos, que quieren eludir
los efectos de estos males sin la pretensión de tocar sus causas (que se
consideran irreversibles). Sea por la vía del individualismo hedonista, sea por
la vía de un inconformismo revolucionario, o de un cientifismo práctico, se
quiere conseguir un “instalarse cómodamente
en el mundo, en lo inmanente”. No echar de menos ni la verdad, ni
la continuidad histórica que ofrecen las instituciones. No tener ningún límite
para los propios deseos, ni de los dioses, ni de leyes humanas, ni de la
naturaleza.
Pero detrás de todo esto tiene que haber un
porqué. Las ideas ilustradas, los ateísmos, teóricos o prácticos, han existido
siempre, pero el fenómeno que caracteriza la edad presente, y que viene tomando
fuerza desde el final de la
Gran Guerra (1914-1918), es el del ateísmo de masas, que, hoy por hoy,
comienza a ser un fenómeno planetario. Un ateísmo, evidentemente más práctico
que teórico, más de omisión que
de negación, muy unido al
fenómeno del agnosticismo. Y
estas masas agnósticas son caldo de cultivo para una Sociedad y una cultura
como la que ahora se está imponiendo por todo el mundo. Una cultura que hasta
llega a ver lo religioso no ya
como dimensión natural del ser humano (“homo
religiosus”, ser religioso), sino como patología
social. Las religiones van siendo consideradas poco a poco como
peligro para la paz y la convivencia social. Se tolera socialmente la fe personal, pero se limita y repudia la religión en cuanto fenómeno social. ¿Cómo
se ha podido llegar a este estado de opinión? ¿Cómo, cuando aun altísimos
porcentajes de la población se declara adscrito a una confesión religiosa?
¿Cómo, cuando cada domingo en países como España o Portugal millones de personas
se reúnen para participar en la
Misa ? ¿Cómo, cuando las manifestaciones de piedad popular y
los santuarios de peregrinación acogen muchedumbres en número creciente?
Es cierto que vivimos fenómenos
contradictorios y que donde la religiosidad popular es más fuerte supone un
freno a los procesos de secularismo cultural. Pese a todo el fenómeno de vivir cotidianamente como si Dios no existiese
se difunde inexorablemente. Muchas expresiones tradicionales de fe, que
envolvían la vida social y la cultura, van siendo separadas de su “sentido
religioso” para conservar sólo un valor folclórico o de tipismo. Porque aun en
la minoría que se declara “practicante”, cada vez es más frecuente un
sentimentalismo religioso o un mero compromiso ético, en detrimento de una gozosa
y consciente confesión de fe y de una conciencia “identitaria” de pertenencia a
la Iglesia
(en nuestro caso, o, a una religión, en general).



