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sábado, 26 de septiembre de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 178

 

Sábado de la 25ª semana

PRESENTACIÓN DE CRISTO EN EL TEMPLO

Presentación de Jesús en el templo - Girolamo Romanino


Cristo quiso nacer bajo la ley para redimir a aquéllos que estaban bajo la ley (Gal 4, 5) y para que la justificación de la ley se cumpliese espiritualmente en sus miembros. Mas de la prole nacida se establece doble precepto en la ley. Uno general, que se refería a todos, a saber, que cumplidos los días de la purificación de la madre, se ofreciese un sacrificio por el hijo o la hija*; y este sacrificio tenía por objeto, ya la expiación del pecado, en que la prole había sido concebida y nacida, ya también cierta consagración de la misma, puesto que entonces era presentada por vez primera en el templo. Por eso se ofrecía algo en holocausto y algo por el pecado.

 

Existía otro precepto especial en la ley acerca de los primogénitos, tanto en los hombres como en los animales, porque el Señor se había reservado para sí a todo primogénito de los hijos de Israel, puesto que, para librar al pueblo de Israel, había matado a los primogénitos de Egipto desde el hombre hasta los animales, con excepción de los primogénitos de Israel. Este mandato se establece en el Éxodo (XIII), en el que se prefiguraba Cristo, que es el primogénito entre muchos hermanos (Rom 8, 29). Luego, puesto que Cristo nació de mujer como primogénito y quiso nacer bajo la ley, demuestra el Evangelista haberse observado con él estas dos cosas: 1º) Lo que se refiere a los primogénitos, cuando dice: Lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, como está escrito en la ley del Señor: Que todo varón que abriere matriz, será consagrado al Señor (Lc 2, 22-23). 2º) Lo que pertenece comúnmente a todos, cuando dice: Y para dar la ofrenda, conforme está mandado en la ley del Señor, un par de tórtolas o das palominos (Ibid., 24).

 

jueves, 21 de mayo de 2020

Meditaciones del tiempo pascual con textos de Santo Tomás de Aquino 40


Jueves de la sexta semana de Pascua

ASCENSIÓN DE CRISTO


I. La Ascensión de Cristo fue sublime, porque subió a los cielos.

1º) Sobre todos los cielos corpóreos, como dice el Apóstol: Ese mismo es el que subió sobre todos los cielos (Ef 4, 10).

Y esto por vez primera comienza en Cristo. Porque anteriormente el cuerpo terreno sólo estaba en la tierra, a tal punto que el mismo Adán fue colocado también en el paraíso terrenal

2º) Subió sobre todos los cielos espirituales, esto es, las naturalezas espirituales: Y colocándolo a su derecha en los cielos, sobre todo principado y potestad, y virtud, y dominación, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, mas aun en el venidero. Y todas las cosas sometió bajo los pies de él (Ef 1, 20-23).

miércoles, 11 de octubre de 2017

EL Rosario de San Juan XXIII

Pequeño ensayo de meditación de los misterios del Rosario que el San Juan XXIII publicó junto con su carta apostólica Il religioso convegno. El Papa desarrolla el triple elemento que él mismo anuncia: meditación, reflexión e intención.



EL ROSARIO MEDITADO

MISTERIOS GOZOSOS

Primer Misterio
LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS
Contemplación
Es el primer punto luminoso para unir el cielo y la tierra. El primero de la serie de acontecimientos que son los más grandes de los siglos.

El Hijo de Dios, Verbo del Padre, «por quien fueron hechas todas las cosas» en la creación (Jn 1,3), toma naturaleza humana en este misterio. Se hace hombre Él mismo para poder ser redentor del hombre y de la humanidad entera, y su salvador.

María Inmaculada, flor de la creación, la más bella y fragante, respondiendo al ángel «he aquí la esclava del Señor» (Lc 2, 28), acepta el honor de la maternidad divina que se cumple en ella al instante. Y nosotros, llamados en nuestro padre Adán hijos adoptivos de Dios, privados luego, volvemos hoy a ser hermanos, hijos adoptivos de Dios, recuperada la adopción por la redención que comienza ahora. Al pie de la cruz seremos con Jesús, que es concebido en su seno, hijos de María. Desde hoy será ella Madre de Dios y luego madre nuestra.

¡Oh sublimidad!, ¡oh ternura de este misterio!

Reflexión
Reflexionando sobre esto, nuestro primer deber inolvidable es dar gracias a Dios, porque se ha dignado venir a salvarnos. Por esto se ha hecho hombre, hermano nuestro. Igual a nosotros en cuanto a nacer de una mujer, de la que nos ha hecho hijos de adopción al pie de la cruz. Hijos adoptivos de su Padre celestial, ha querido que lo seamos igualmente de su misma Madre.

Intención
Sea la intención de nuestra oración, al contemplar este primer misterio que se nos ofrece a la meditación, además de dar gracias continuamente, un esfuerzo, en verdad sincero y real, de humildad, de pureza, de caridad, virtudes de las que nos da tan alto ejemplo la Virgen bendita.

Segundo Misterio
LA VISITACIÓN DE NUESTRA SEÑORA
Contemplación

sábado, 5 de agosto de 2017

La transfiguración - Benedicto XVI - Joseph Ratzinger

Benedicto XVI
La Transfiguración



En los tres sinópticos la confesión de Pedro y el relato de la transfiguración de Jesús están enlazados entre sí por una referencia temporal. Mateo y Marcos dicen: «Seis días después tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan» (Mt 17, 1; Mc 9, 2). Lucas escribe: «Unos ocho días después...» (Lc 9, 28). Esto indica ante todo que los dos acontecimientos en los que Pedro desempeña un papel destacado están relacionados uno con otro. En un primer momento podríamos decir que, en ambos casos, se trata de la divinidad de Jesús, el Hijo; pero en las dos ocasiones la aparición de su gloria está relacionada también con el tema de la pasión. La divinidad de Jesús va unida a la cruz; sólo en esa interrelación reconocemos a Jesús correctamente. Juan ha expresado con palabras esta conexión interna de cruz y gloria al decir que la cruz es la «exaltación» de Jesús y que su exaltación no tiene lugar más que en la cruz. Pero ahora debemos analizar más a fondo esa singular indicación temporal. Existen dos interpretaciones diferentes, pero que no se excluyen una a otra. (...)

Pasemos a tratar ahora del relato de la transfiguración. Allí se dice que Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a un monte alto, a solas (cf. Mc 9, 2). Volveremos a encontrar a los tres juntos en el monte de los Olivos (cf. Mc 14, 33), en la extrema angustia de Jesús, como imagen que contrasta con la de la transfiguración, aunque ambas están inseparablemente relacionadas entre sí. No podemos dejar de ver la relación con Éxodo 24, donde Moisés lleva consigo en su ascensión a Aarón, Nadab y Abihú, además de los setenta ancianos de Israel.

De nuevo nos encontramos —como en el Sermón de la Montaña y en las noches que Jesús pasaba en oración— con el monte como lugar de máxima cercanía de Dios; de nuevo tenemos que pensar en los diversos montes de la vida de Jesús como en un todo único: el monte de la tentación, el monte de su gran predicación, el monte de la oración, el monte de la transfiguración, el monte de la angustia, el monte de la cruz y, por último, el monte de la ascensión, en el que el Señor —en contraposición a la oferta de dominio sobre el mundo en virtud del poder del demonio— dice: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28, 18). Pero resaltan en el fondo también el Sinaí, el Horeb, el Moria, los montes de la revelación del Antiguo Testamento, que son todos ellos al mismo tiempo montes de la pasión y montes de la revelación y, a su vez, señalan al monte del templo, en el que la revelación se hace liturgia.

miércoles, 6 de agosto de 2014

La transfiguración del Señor (ciclo a) Catena Aurea

Mateo 17,1-9
Y después de seis días, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los lleva aparte a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos. Y resplandeció su rostro como el sol; y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías hablando con El. Y tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: "Señor, bueno es que nos estemos aquí: si quieres hagamos aquí tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías".
El estaba aún hablando, cuando vino una nube luminosa que los cubrió. Y he aquí una voz de la nube, diciendo: "Este es mi Hijo el amado, en quien Yo mucho me he complacido: a El escuchad". Y cuando lo oyeron los discípulos, cayeron sobre sus rostros y tuvieron gran miedo. Mas Jesús se acercó y los tocó, y les dijo: "Levantaos, y no temáis". Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron, sino sólo a Jesús. Y al bajar ellos del monte, les mandó Jesús, diciendo: "No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos".

 

Remigio

Seis días después el Señor realizó, en la transfiguración sobre la montaña, la promesa que había hecho a los discípulos de su aparición gloriosa. Por eso se dice: "Y después de seis días, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan", etc.

 

San Jerónimo

Mas pregunto yo: ¿cómo se pone después de seis días, mientras que San Lucas pone ocho? Pero la contestación es fácil. Porque aquí se habla de los días intermedios, mientras que Lucas cuenta también el primero y el último.

 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,1

El Señor espera que pasen seis días y no lleva inmediatamente a sus discípulos a la montaña, con el objeto de que los demás discípulos no abriguen sentimiento alguno de envidia, o bien para que llenos de vehementes deseos durante ese tiempo, los que habían de subir se acercaran con más ardor de su alma.

domingo, 1 de junio de 2014

Ascensión del Señor - Mons. Fulton Sheen


La Ascensión del Señor
 
Durante aquellos cuarenta días después de su resurrección, Nuestro Salvador estuvo preparando a sus apóstoles a sobrellevar la ausencia de Él mediante el Consolador que había de enviarles.
Por espacio de cuarenta días fue visto por ellos y les habló de las cosas concernientes al reino de Dios (Hechos 1, 3).
No fue éste un período en el que Jesús dispensara dones, sino más bien durante el cual les dio leyes y preparó la estructura de su cuerpo místico, la Iglesia. Moisés había ayunado unos días antes de promulgar la ley; Elías ayunó cuarenta días antes de la restauración de la ley; y ahora, al cabo de cuarenta días de haber resucitado, el Señor dejó asentados los pilares de su Iglesia y estableció la nueva ley del evangelio. Pero los cuarenta días tocaban a su fin, y Jesús les invita a que esperaran el día cincuenta o Pentecostés, el día del jubileo.
Cristo los condujo hasta Betania, que era donde había de desarrollarse la escena de la despedida; no en Galilea, sino en Jerusalén, donde había sufrido, tendría efecto su ascensión a la morada del Padre celestial. Terminado su sacrificio, en el momento en que se disponía a subir a su trono celestial, levantó las manos, que ostentaban la marca de los clavos. Aquel ademán sería uno de los últimos recuerdos que del Maestro conservarían los apóstoles. Las manos se elevaron primero hacia el cielo y bajaron luego hacia la tierra como si quisiera hacer descender bendiciones sobre los hombres. Las manos horadadas distribuyen mejor las bendiciones. En el libro Levítico, después de la lectura de la profética promesa del Mesías, venía la bendición del sumo sacerdote; así también, tras mostrar que todas las profecías habíanse cumplido en Él, Jesús se dispuso a entrar en el santuario celestial. Las manos que sostenían el cetro de autoridad en el cielo y sobre la tierra dieron ahora la bendición final:

Ascensión del Señor - San Agustín (2)

La ascensión del Señor
 
1. La glorificación del Señor llegó a su término con su resurrección y ascensión. Su resurrección la celebramos el domingo de Pascua; su ascensión, hoy. Uno y otro son días de fiesta para nosotros, pues resucitó para dejarnos una prueba de la resurrección, y ascendió para protegernos desde lo alto. Tenemos, pues, como Señor y Salvador nuestro a Jesucristo, que primero pendió del madero y ahora está sentado en el cielo. Cuando pendía del madero, entregó el precio por nosotros; sentado en el cielo, reúne lo que compró. Una vez que los haya reunido a todos, lo cual acontece en el tiempo, vendrá al final de los tiempos, según está escrito: Dios vendrá manifiestamente; no encubierto, como vino la primera vez, sino manifiesta mente, según acaba de decirse. En efecto, convenía que viniese encubierto para ser  juzgado; pero vendrá manifiestamente para juzgar. Si hubiese venido manifiestamente la primera vez, ¿quién hubiese osado juzgarle mostrando a las claras quién era, si ya el mismo apóstol Pablo dice: Pues, si lo hubiesen conocido, nunca hubiesen crucificado al rey de la gloria? Y si a él no lo hubiesen entregado a la muerte, no hubiese muerto la muerte. El diablo fue vencido en lo que era su trofeo. Saltó de gozo el diablo cuando por seducción suya arrojó al primer hombre a la muerte. Seduciéndolo, dio muerte al primer hombre; dando muerte al último, libró al primero de sus propios lazos.

martes, 25 de marzo de 2014

La disponibilidad de La Virgen María en la Anuciación - Juan Pablo II

HOMILÍA DE
JUAN PABLO II

SANTA MISA
EN LA BASÍLICA
DE LA ANUNCIACIÓN

Nazaret
25 de marzo  de 2000

"He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Ángelus).


Beatitud;
hermanos en el episcopado;
padre custodio;
queridos hermanos y hermanas
: 

1. 25 de marzo del año 2000, solemnidad de la Anunciación en el año del gran jubileo:  hoy los ojos de toda la Iglesia se dirigen a Nazaret. He deseado volver a la ciudad de Jesús para sentir una vez más, en contacto con este lugar, la presencia de la mujer de quien san Agustín escribió:  "Él eligió a la madre que había creado; creó a la madre que había elegido" (Sermo 69, 3, 4). Aquí es muy fácil comprender por qué todas las generaciones llaman a María bienaventurada (cf. Lc 1, 48).

Saludo con afecto a Su Beatitud el patriarca Michel Sabbah, y le agradezco sus amables palabras de presentación. Junto con el arzobispo Butros Mouallem y todos vosotros, obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, me alegro por la gracia de esta solemne celebración. Me complace tener la oportunidad de saludar al ministro general franciscano, padre Giacomo Bini, que me ha dado la bienvenida a mi llegada, y expresar al custodio, padre Giovanni Battistelli, así como a los frailes de la Custodia la admiración de toda la Iglesia por la devoción con que realizáis vuestra vocación única. Con gratitud rindo homenaje a vuestra fidelidad a la tarea que os confió san Francisco mismo y que han confirmado los Papas a lo largo de los siglos.

2. Nos hallamos reunidos para celebrar el gran misterio realizado aquí hace dos mil años. El evangelista san Lucas sitúa claramente el acontecimiento en el tiempo y en el espacio:  "A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José; (...) la virgen se llamaba María" (Lc 1, 26-27). Pero para comprender lo que sucedió en Nazaret hace dos mil años, debemos volver a la lectura tomada de la carta a los Hebreos. Este texto nos permite escuchar una conversación entre el Padre y el Hijo sobre el designio de Dios desde toda la eternidad:  "Tú no has querido sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo. No has aceptado holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije:  (...) "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad"" (Hb 10, 5-7). La carta a los Hebreos nos dice que, obedeciendo a la voluntad del Padre, el Verbo eterno viene a nosotros para ofrecer el sacrificio que supera todos los sacrificios ofrecidos en la antigua Alianza. Su sacrificio eterno y perfecto redime el mundo.

sábado, 15 de marzo de 2014

Domingo II de cuaresma (ciclo a) - Catena Aurea

Mateo 17,1-9
Y después de seis días, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los lleva aparte a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos. Y resplandeció su rostro como el sol; y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías hablando con El. Y tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: "Señor, bueno es que nos estemos aquí: si quieres hagamos aquí tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías".
El estaba aún hablando, cuando vino una nube luminosa que los cubrió. Y he aquí una voz de la nube, diciendo: "Este es mi Hijo el amado, en quien Yo mucho me he complacido: a El escuchad". Y cuando lo oyeron los discípulos, cayeron sobre sus rostros y tuvieron gran miedo. Mas Jesús se acercó y los tocó, y les dijo: "Levantaos, y no temáis". Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron, sino sólo a Jesús. Y al bajar ellos del monte, les mandó Jesús, diciendo: "No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos".
 
Remigio
Seis días después el Señor realizó, en la transfiguración sobre la montaña, la promesa que había hecho a los discípulos de su aparición gloriosa. Por eso se dice: "Y después de seis días, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan", etc.
 
San Jerónimo
Mas pregunto yo: ¿cómo se pone después de seis días, mientras que San Lucas pone ocho? Pero la contestación es fácil. Porque aquí se habla de los días intermedios, mientras que Lucas cuenta también el primero y el último.
 
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,1
El Señor espera que pasen seis días y no lleva inmediatamente a sus discípulos a la montaña, con el objeto de que los demás discípulos no abriguen sentimiento alguno de envidia, o bien para que llenos de vehementes deseos durante ese tiempo, los que habían de subir se acercaran con más ardor de su alma.
 
Rábano
Mas con razón les manifestó su gloria después de seis días, porque después de las seis edades o épocas del mundo tendría lugar su resurrección.

Domingo II de Cuaresma (ciclo a) - San Agustín


La ley se nos dio por mediación de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han venido por Jesucristo En esta pieza maestra, San León Magno, interpretando los sentimientos de los apóstoles, expone la necesidad que los hombres sentimos de gloria, de alegría, de gozo para poder superar las pruebas y experiencias dolorosas de la vida. La contemplación de la gloria de Cristo, a la que el evangelio de este domingo nos invita, podría ser un buen estímulo para apetecer con más vehemencia la gloria del cielo. Pensemos que cualquiera de nosotros, transformado por el amor puede llegar a ser el que los discípulos contemplaron en el Tabor el hombre que todos nosotros estamos llamados a ser. Así, la experiencia de los apóstoles, de San León Magno, la nuestra, confirmada con los testimonios de Moisés y de Elías, van conformando una historia de hombres que procuran transfigurarse con Cristo. El Señor descubre su gloria en presencia de unos testigos escogidos e ilumina con tan gran esplendor aquella forma corporal, que le es común con todos, que su rostro se pone brillante como el sol y sus vestidos blancos como la nieve. Sin duda esta transfiguración tenía sobre todo la finalidad de quitar del corazón de los discípulos el escándalo de la cruz, 191 a fin de que la humillación de la pasión voluntariamente aceptada no perturbara la fe de aquellos a quienes había sido revelada la excelencia de la dignidad oculta. Más, con igual providencia, daba al mismo tiempo un fundamento a la esperanza de la Iglesia, ya que todo el cuerpo de Cristo pudo conocer la transformación con que él también sería enriquecido, y todos sus miembros cobraron la esperanza de participar en el honor que había resplandecido en la cabeza. A este respecto, el mismo Señor había dicho, refiriéndose a la majestad de su advenimiento: Los santos brillarán entonces como el sol en el reino de su Padre. Y el apóstol san Pablo afirma lo mismo, cuando dice: Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá; y también: Porque habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios: cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, os manifestaréis también vosotros con él revestidos de gloria. Además, los apóstoles, que tenían que ser fortalecidos en su fe e iniciados en el conocimiento de todas las cosas, hallaron también en este milagro una nueva enseñanza.

viernes, 14 de marzo de 2014

Domingo II de cuaresma (ciclo a) - Benedicto XVI

BENEDICTO XVI
ÁNGELUS
Domingo 20 de marzo de 2011
 

Queridos hermanos y hermanas:

Doy gracias al Señor que me ha permitido vivir en los días pasados los ejercicios espirituales, y me siento agradecido a cuantos me han manifestado su cercanía con la oración. Este domingo, segundo de Cuaresma, se suele denominar de la Transfiguración, porque el Evangelio narra este misterio de la vida de Cristo. Él, tras anunciar a sus discípulos su pasión, «tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (Mt 17, 1-2). Según los sentidos, la luz del sol es la más intensa que se conoce en la naturaleza, pero, según el espíritu, los discípulos vieron, por un breve tiempo, un esplendor aún más intenso, el de la gloria divina de Jesús, que ilumina toda la historia de la salvación. San Máximo el Confesor afirma que «los vestidos que se habían vuelto blancos llevaban el símbolo de las palabras de la Sagrada Escritura, que se volvían claras, transparentes y luminosas» (Ambiguum 10: pg 91, 1128 b).

Dice el Evangelio que, junto a Jesús transfigurado, «aparecieron Moisés y Elías conversando con él» (Mt 17, 3); Moisés y Elías, figura de la Ley y de los Profetas. Fue entonces cuando Pedro, extasiado, exclamó: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mt 17, 4). Pero san Agustín comenta diciendo que nosotros tenemos sólo una morada: Cristo; él «es la Palabra de Dios, Palabra de Dios en la Ley, Palabra de Dios en los Profetas» (Sermo De Verbis Ev. 78, 3: pl 38, 491). De hecho, el Padre mismo proclama: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» (Mt 17, 5). La Transfiguración no es un cambio de Jesús, sino que es la revelación de su divinidad, «la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 361). Pedro, Santiago y Juan, contemplando la divinidad del Señor, se preparan para afrontar el escándalo de la cruz, como se canta en un antiguo himno: «En el monte te transfiguraste y tus discípulos, en la medida de su capacidad, contemplaron tu gloria, para que, viéndote crucificado, comprendieran que tu pasión era voluntaria y anunciaran al mundo que tú eres verdaderamente el esplendor del Padre» (Kontákion eis ten metamórphosin, en: Menaia, t. 6, Roma 1901, 341).

domingo, 2 de febrero de 2014

La presentación del Señor - Catena Aurea

Lucas 2, 22-40
Cumplido asimismo el tiempo de la purificación de la Madre, según la ley de Moisés, llevaron al Niño a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que nazca el primero será consagrado al Señor: y para presentar la ofrenda de un par de tórtolas o dos palominos, como está también ordenado en la ley del Señor.
Había a la sazón en Jerusalén un hombre justo y temeroso de Dios, llamado Simeón, el cual esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo moraba en él. El mismo Espíritu Santo le había revelado que no había de morir antes de ver al Cristo ungido del Señor. Así vino inspirado de El al templo. Y al entrar sus padres con el niño Jesús para practicar con El lo prescrito por la ley, tomándole Simeón en los brazos.
Bendijo a Dios diciendo: "Ahora, Señor, sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu palabra, porque han visto ya mis ojos al Salvador que nos has dado, al cual tienes destinado para que, expuesto a la vista de todos los pueblos, sea la brillante, que ilumine a los gentiles, y la gloria de tu pueblo de Israel".
Su padre y su Madre escuchaban con admiración las cosas que de El se decían. Y los bendijo Simeón, y dijo a María, su Madre: "Este niño que ves está destinado para ruina y para resurrección de muchos en Israel y para ser el blanco de la contradicción, lo que será para ti misma una espada que traspasará tu alma, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones".
Vivía entonces una profetisa, llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, que era ya de edad muy avanzada, y la cual, casada desde la flor de ella, vivió con su marido siete años; y habíase mantenido viuda hasta los ochenta y cuatro de edad, no saliendo del templo, y sirviendo en él a Dios día y noche con ayunos y oraciones. Esta, pues, viniendo a la misma hora, alababa igualmente al Señor, y hablaba de El a todos los que esperaban la redención de Israel.
Jesús y María, cumplidas todas las cosas ordenadas en la ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Entre tanto el Niño iba creciendo y fortaleciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia del Señor estaba en El.
 
San Cirilo
Después de la circuncisión se espera todavía el tiempo de la purificación, por lo que dice: "Cumplido asimismo el tiempo de la purificación de la Madre, según la ley", etc.

Beda
Si examinamos detenidamente las palabras de la ley, hallaremos ciertamente que la misma Madre de Dios, como no había concebido por obra de varón, no estaba obligada al precepto legal. Porque no era considerada como inmunda toda mujer que alumbrase, sino sólo aquélla que alumbrase por obra de varón, por lo cual se distinguía aquella que había concebido y dado a luz siendo virgen. Pero, para que nosotros nos viésemos libres del yugo de la ley, María, como Cristo, se sometió espontáneamente a ella.
 
Tito Bostrense
Por eso dice claramente el evangelista que se cumplió el tiempo de la purificación, según la ley. Y en verdad que no tenía necesidad la Santísima Virgen de esperar los días de su purificación, porque, habiendo concebido por obra del Espíritu Santo, se vio libre de toda mancha.
Prosigue: "Llevaron al Niño a Jerusalén, para presentarlo al Señor".
 
San Atanasio in serm. super Omnia mihi tradita sunt
Pero, ¿cuándo el Señor estuvo escondido de la mirada del Padre, de modo que no pudiera ser visto por El? ¿O qué lugar hay fuera de su imperio, en el que pueda estar separado de su Padre hasta que se le lleve a Jerusalén, y sea introducido en el templo? Pero todo esto ha debido ser escrito por causa nuestra, porque así como no ha sido hecho hombre, ni circuncidado en su carne, por causa de sí mismo, sino para hacernos dioses en virtud de su gracia, y para que nos circuncidemos espiritualmente, así fue presentado el Señor por nosotros, para que aprendamos también a presentarnos nosotros mismos.

La presentación del Señor - San Ambrosio



PRESENTACIÓN
EN EL TEMPLO
 

Qué es ser presentado en Jerusalén al Señor, yo lo diría si no lo hubiera dicho ya en mis comentarios sobre Isaías. Cir­cuncidado de los vicios, ha sido juzgado digno de la mirada del Señor; pues los ojos del Señor reposan sobre los justos (Sal 33, 16). Observa que todo el conjunto de la ley antigua ha sido figura del porvenir —pues la misma circuncisión es figura de la puri­ficación de los pecados—; mas como, inclinada por la apetencia al pecado, la debilidad humana, cuerpo y alma, está enlazada por lazos inextricables de vicios, el día octavo, asignado para la cir­cuncisión, figuraba que la purificación de todas las faltas debía cumplirse en el tiempo de la resurrección. Este es el sentido del texto: Todo varón que abre el seno materno será llamado santo para el Señor (Ex 13, 12): estas palabras de la Ley prome­tían e1 fruto de la Virgen, verdaderamente santo, porque era sin tacha. Por lo demás, que Él es el que la Ley designa, lo mani­fiestan las mismas palabras repetidas por el ángel: El niño que nacerá de ti será llamado santo, Hijo de Dios (Lc 1, 35). Pues nin­gún comercio humano ha podido penetrar el misterio del seno virginal, sino que una semilla sin tacha ha sido depositada en sus entrañas inmaculadas por el Espíritu Santo; efectivamente, el único de entre los nacidos de mujer que es perfectamente santo es el Señor Jesús, que no padeció los contagios de la corrup­ción terrena por la novedad de su parto inmaculado y fue apar­tado por su majestad celeste.
Pues, si nos atenemos a la letra, ¿cómo es santo todo varón, cuando no se nos oculta que muchos fueron grandes pe­cadores? ¿Acaso es santo Acab? ¿Acaso santos los falsos pro­fetas a los que por la oración de Elías los consumió un fuego devorador que descendió del cielo? (1 R 18). Más he aquí al Santo en quien se va a cumplir el misterio del que las santas prescripciones de la Ley habían indicado la figura, ya que sólo Él debía conceder a la Iglesia, santa y virgen, el dar a luz de su seno entreabierto, por una fecundidad sin mancha, al pueblo de Dios. Sólo El abre, pues, el seno maternal, ¿y qué hay de extraño en ello? El que había dicho al profeta: Antes de que te formare en las entrañas de tu madre, yo te conocí, y en su seno mismo yo te santifiqué (Jr 1, 5). El que santifica otro seno para que nazca el profeta, El mismo es el que abre el seno de su Madre para salir inmaculado.

sábado, 1 de febrero de 2014

La presentación del Señor - Juan Pablo II (2)

FIESTA DE LA
PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
HOMILÍA
DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II

Sábado 2 de febrero de 2002
VI Jornada de la vida consagrada
 

1. "Los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor" (Lc 2, 22).

Cuarenta días después de la Navidad, la Iglesia revive hoy el misterio de la presentación de Jesús en el templo. Lo revive con el estupor de la Sagrada Familia de Nazaret, iluminada  por la revelación plena de aquel "niño" que, como nos acaban de recordar la primera y la segunda lectura, es el juez escatológico prometido por los profetas (cf. Ml 3, 1-3), el "sumo sacerdote compasivo y fiel" que vino para "expiar los pecados del pueblo" (Hb 2, 17).

El niño, que María y José llevaron con emoción al templo, es el Verbo encarnado, el Redentor del hombre y de la historia.

Hoy, conmemorando lo que sucedió aquel día en Jerusalén, somos invitados también nosotros a entrar en el templo para meditar en el misterio de Cristo, unigénito del Padre que, con su Encarnación y su Pascua, se ha convertido en el primogénito de la humanidad redimida.
Así, en esta fiesta se prolonga el tema de Cristo luz, que caracteriza las solemnidades de la Navidad y de la Epifanía.

2. "Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel" (Lc 2, 32). Estas palabras proféticas las pronuncia el anciano Simeón, inspirado por Dios, cuando toma en brazos al niño Jesús. Al mismo tiempo, anuncia que el "Mesías del Señor" cumplirá su misión como "signo de contradicción" (Lc 2, 34). En cuanto a María, la Madre, también ella participará personalmente en la pasión de su Hijo divino (cf. Lc 2, 35).

Por tanto, en esta fiesta celebramos el misterio de la consagración:  consagración de Cristo, consagración de María, y consagración de todos lo que siguen a Jesús por amor al Reino.

La presentación del Señor - Juan Pablo II

JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
20 de junio de 1990 

El Espíritu Santo
en la presentación de
Jesús en el templo
 

1. Según el evangelio de San Lucas, cuyos primeros capítulos nos narran la infancia de Jesús, la revelación del Espíritu Santo tuvo lugar no sólo en la Anunciación y en la Visitación de María a Isabel, como hemos visto en las anteriores catequesis, sino también en la Presentación del niño Jesús en el templo (cf. Lc 2, 22-38). Es este el primero de una serie de acontecimientos en la vida de Cristo en que se pone de manifiesto el misterio de la Encarnación junto con la presencia operante del Espíritu Santo.

2. Escribe el evangelista que “cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor” (Lc 2, 22). La presentación del primogénito en el templo y la ofrenda que lo acompañaba (cf. Lc 2, 24) como signo del rescate del pequeño israelita, que así volvía a la vida de su familia y de su pueblo, estaba prescrita, o al menos recomendada, por la Ley mosaica vigente en la Antigua Alianza (cf. Ex 13, 2. 12-13. 15; Lv 12, 6-8; Nm 18, 15). Los israelitas piadosos practicaban ese acto de culto. Según Lucas, el rito realizado por los padres de Jesús para observar la Ley fue ocasión de una nueva intervención del Espíritu Santo, que daba al hecho un significado mesiánico, introduciéndolo en el misterio de Cristo redentor. Instrumento elegido para esta nueva revelación fue un santo anciano, del que Lucas escribe: “He aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo” (Lc 2, 25). La escena tiene lugar en la ciudad santa, en el templo donde gravitaba toda la historia de Israel y donde confluían las esperanzas fundadas en las antiguas promesas y profecías.

3. Aquel hombre, que esperaba “la consolación de Israel”, es decir el Mesías, había sido preparado de modo especial por el Espíritu Santo para el encuentro con “el que había de venir”. En efecto, leemos que “estaba en él el Espíritu Santo”, es decir, actuaba en él de modo habitual y “le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor” (Lc 2, 26).

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