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domingo, 15 de noviembre de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 228

 

Domingo de la 33ª semana

LA VIDA ETERNA CONSISTE EN NUESTRA UNIÓN CON DIOS

 

Los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor (1 Tesal IV, 16-17)

 

Adecuadamente termina el Símbolo, resumen de nuestra fe, con aquellas palabras: «La vida perdurable. Amén». Porque esta vida perdurable es el término de todos nuestros deseos.

 

La vida perdurable consiste, primariamente, en nuestra unión con Dios, ya que el mismo Dios en persona es el premio y el término de todas nuestras fatigas: Yo soy tu escudo y tu paga abundante.

 

Esta unión consiste en la visión perfecta: Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. También consiste en la suprema alabanza, como dice el profeta: Allí habrá gozo y alegría, con acción de gracias al son de instrumentos.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 224

 

Miércoles de la 32ª semana

DESDE ALLÍ HA DE VENIR A JUZGAR

A LOS VIVOS Y A LOS MUERTOS

 

Misión del rey y del Señor es juzgar: El rey, que está sentado en el trono de la justicia, con una mirada suya disipa todo mal (Prov 20,8).

 

Puesto que Cristo subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios como Señor de todas las cosas, es evidente que juzgar es misión suya. Por eso en la profesión de fe católica afirmamos que "ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos".

 

Los mismos ángeles lo aseguraron: Este Jesús, que de entre vosotros ha subido al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse (Hechos 1,11).

 

El Juez es Cristo. Él es a quien Dios ha puesto por juez de vivos y muertos (Hechos 10,42), ya sea que tomemos por muertos a los pecadores y por vivos a los que viven con rectitud, o bien que interpretemos literalmente como vivos a los que para entonces vivirán, y como muertos a todos los que habrán fallecido. Es juez no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre, y esto por tres motivos.

sábado, 3 de octubre de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 185

 

Sábado de la 26ª semana

DEBE CREERSE EN LA VIDA ETERNA

 

I. Convenientemente con el fin de todos nuestros deseos, es decir, la vida eterna, termina el Símbolo de la fe en estas palabras: creo en la vida eterna. Amén. Se pone ese artículo contra los que dicen que el alma perece con el cuerpo. Porque si esto fuese verdadero, el hombre sería de la misma condición que los brutos, y a éstos les conviene lo que dice el Salmo (48, 21): El hombre, cuando estuvo en honor, no lo entendió; ha sido comparado a las bestias insensatas, y se ha hecho semejante a ellas. Porque el alma humana se asemeja a Dios en la inmortalidad; mas por la sensibilidad se asemeja a las bestias. Así, pues, cuando uno cree que el alma muere con el cuerpo, se aparta de la semejanza de Dios y se compara a las bestias. Contra éstos dice la Escritura: Ni esperaran galardón de justicia, ni hicieron cuenta de la honra de las almas santas. Por cuanto Dios creó al hombre inexterminable, y lo hizo a la imagen de su semejanza (Sab 2, 22- 23).

 

II. Ahora es fácil creer por el testimonio de Cristo. Porque es necesario que el hombre conozca dos cosas: la gloria de Dios y la pena del infierno. Porque cautivados por la gloria de Dios y aterrados por las penas, los hombres se ponen en guardia y se apartan de los pecados. Pero es muy difícil al hombre conocer esas cosas. Por eso se dice de la gloria en el libro de la Sabiduría: Pues lo que está en los cielos ¿quién lo investigará? (9, 46). Esto es difícil a los terrenos, porque como se dice (en el cuarto Evangelio): El que es de la tierra, terreno es, y de la tierra habla (Jn 3, 31); pero no es difícil a los espirituales, porque el que viene del cielo, sobre todo es (Ibid). Por consiguiente, Dios descendió del cielo y se encarnó para enseñarnos las cosas celestiales.

lunes, 28 de septiembre de 2020

CATEQUIZIS 42 - LA PARÁBOLA DE LAS LÁMPARAS DE ACEITE - Juan Manuel Cotelo


 Mateo 25, 1-13

Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes. Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: "¡Ya viene el esposo, salgan a su encuentro!". Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: "¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?". Pero estas les respondieron: "No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado". Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: "Señor, señor, ábrenos", pero él respondió: "Les aseguro que no las conozco". Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.

 


jueves, 24 de septiembre de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 176

 

Jueves de la 25ª semana

VISIÓN INMEDIATA DE DIOS

 

Ésta es la vida eterna: Que te conozcan a ti solo Dios verdadero (Jn 17, 3). 


I. Como resulta imposible que un deseo natural quede insatisfecho, lo cual ocurriría, ciertamente, si no pudiera llegarse a conocer la sustancia divina, que desean naturalmente todos los espíritus, es necesario afirmar que es posible ver la sustancia de Dios por la inteligencia, y también por las sustancias separadas y por nuestras almas.

 

Esa visión inmediata de Dios se nos promete en la Escritura: Ahora vemos como por espejo en obscuridad; mas entonces cara a cara (1 Cor 13, 12). Esto no ha de entenderse corporalmente, de modo que imaginemos un rostro corporal en la misma divinidad, pues Dios es incorpóreo; ni tampoco es posible que con nuestra cara corporal veamos a Dios, pues la vista corporal que reside en nuestro rostro no puede tener por objeto sino cosas corporales. Así, pues, veremos la faz de Dios porque lo veremos inmediatamente, como al hombre a quien vemos cara a cara.

 

En esta visión nos asemejamos en gran manera a Dios y participamos de su bienaventuranza; porque Dios conoce su substancia por su esencia, y ésta es su felicidad. Por eso se dice en la Epístola 1ª de San Juan: Cuando él apareciere, seremos semejantes a él, por cuanto nosotros le veremos así como él es (3, 2). Y el Señor dice en el Evangelio de San Lucas: Dispongo yo del reino para vosotros, como mi Padre dispuso de él para mí. Para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino (22, 29-30). Esto no puede entenderse de comida y bebida corporal, sino de lo que se sirve en la mesa de la sabiduría, como agrega la misma divina sabiduría: Comed mi pan, y bebed el vino que os he mezclado (Prov 9, 5). Por lo tanto, sobre la mesa de Dios comen y beben los que gozan de la misma felicidad con que Dios es feliz, viéndolo del modo como él se ve a sí mismo.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 165

 

Domingo de la 24ª semana

PENAS DEL PURGATORIO

 

I. En el purgatorio hay dos clases de penas: una de daño, por la que se retarda la visión de Dios, y otra de sentido, que consiste en el castigo por el fuego corporal. La pena mínima de una y otra clase excede a la máxima de las de esta vida.

 

Cuanto más se desea una cosa, tanto más hace sufrir su ausencia, y como el amor con que se desea el sumo bien, después de esta vida, es muy intenso en las almas santas, porque la voluntad no se retarda por el peso del cuerpo, y también porque el plazo para gozar del sumo bien se cumple si no hay obstáculo; por todo esto, el retardo les resulta sumamente doloroso.

 

Del mismo modo también, como el dolor no es la lesión, sino el sentimiento de la lesión, tanto más se duele uno de lo que hiere cuanta más sensible es; por lo cual, las lesiones que tienen lugar en las partes muy sensibles, causan gran dolor. Y como toda la sensibilidad del cuerpo procede del alma, si el alma es herida, necesariamente sufre mucho. Debe admitirse que el alma sufre por el fuego corporal.

 

Por consiguiente, es necesario que la pena del purgatorio, sea de daño o de sentido, sea mayor que toda pena de esta vida.

sábado, 29 de agosto de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 151

 

Sábado de la 21ª semana

INTELIGENCIA DE LOS CONDENADOS

 

Viéndolos, serán turbados con temor horrendo (Sab 5, 2).

 

1º) Los condenados podrán usar de los conocimientos que adquirieron en este mundo.

 

Porque así como en la perfecta bienaventuranza de los santos nada habrá en ellos que no sea materia de alegría, así nada habrá en los condenados que no les sean materia y causa de tristeza, ni nada que falte a la tristeza, para que sea completa su miseria. Así, pues, los condenados considerarán aquellas cosas que anteriormente conocieron como materia de tristeza, no como causa de deleite; porque considerarán los males que hicieron, por los cuales fueron condenados, y los bienes deleitables que perdieron, y todo esto los atormentará. También serán atormentados por el conocimiento de las verdades especulativas que estuvieron viendo cuán imperfecto era, y que han perdido la suprema perfección que habrían podido alcanzar.

 

2º) Los condenados verán la gloria de los bienaventurados. Antes del día del juicio verán a los santos en la gloria; pero no de modo que conozcan esta gloria tal cual es, sino solamente que los santos viven en una gloria inestimable. Por eso serán perturbados, ya doliéndose por envidia de su felicidad, ya porque ellos la perdieron. Por eso en el libro de la Sabiduría se dice de los impíos: Viéndolos, serán turbados con temor horrendo (5, 2).

 

Pero después del día del juicio serán privados totalmente de la visión de los bienaventurados; sin embargo, con esto no disminuirá su pena, antes bien, será aumentada; porque se acordarán de la gloria de los bienaventurados que vieron en el juicio o-antes; y esto les servirá de tormento; además se afligirán al verse indignos de contemplar la gloria que los santos merecieron poseer.

 

3º) Los condenados pensarán en Dios.

lunes, 24 de agosto de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 147

 

Lunes de la 21ª semana

LA MUERTE ETERNA


 

Los malos no tendrán en la muerte eterna menos dolor y pena que alegría y gloria los buenos. La pena de aquéllos se acrecienta:

 

1º) Por la separación de Dios y de todos los bienes; y ésta es la pena de daño que responde a la aversión. La pena de daño es mayor que la de sentido: Al siervo inútil echadle en las tinieblas exteriores (Mt 25, 30). Los malos, durante la vida presente, tienen tinieblas interiores, esto es, las del pecado, mas entonces las tendrán exteriores.

 

2º) Por el remordimiento de la conciencia. Te argüiré y te pondré delante de tu cara (Sal 49; 21). Gimiendo con angustia de espíritu (Sab 5, 3). Y sin embargo, esta penitencia y gemidos serán inútiles, porque no son por odio al mal, sino por el temor y enormidad de la pena.

 

3º) Por la inmensidad de la pena sensible, es decir, del fuego del infierno, que atormentará el alma y el cuerpo: Esta pena es acerbísima, como dicen los santos. Estarán como muriendo siempre y nunca han de morir; por este motivo se llama muerte eterna, porque así como el moribundo se encuentra en acerbidad de penas, del mismo modo los que están en el infierno: Como ovejas, son puestos en el infierno; ellos serán pasto de la muerte (Is 48, 15).

 

4º) Por la desesperación de salvarse. Pues si se les diese esperanza de librarse de las penas, se mitigaría su sufrimiento; pero, al substraérseles toda esperanza, la pena se hace gravísima. El gusano de ellos no morirá y el fuego de ellos no se apagará (Is 66, 24).

jueves, 20 de agosto de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 143

 

Jueves de la 20ª semana

PENAS DE LOS CONDENADOS

 

1º) Fuego y azufre y viento tempestuoso es la porción del cáliz de ellos (Sal 10, 7). A un calor extremo pase desde aguas de nieve (Job 24, 19). En la última purificación de este mundo se hará la separación de los elementos; lo que es puro y noble permanecerá arriba para gloria de los bienaventurados; pero lo que es innoble y fétido será .arrojado infierno para castigo de los condenados; de suerte que toda criatura será materia de gozo para los bienaventurados; y los condenados encontrarán un aumento de tormento en todo lo creado, como dice el libro de la Sabiduría: Peleará con él todo el universo contra los insensatos (5, 21). Conviene así a la justicia divina que los que se apartaron de una parte por el pecado y pusieron su fin en las cosas materiales, que son muchas y variadas, sean afligidos de mil maneras y por muchas cosas.

 

2º) El gusano de ellos no morirá (Is 66, 24). No se trata de un gusano corporal, sino espiritual, que es el remordimiento de la conciencia, y que se llama gusano, porque nace de la podredumbre del pecado y aflige al alma, del mismo modo que el gusano corporal nace de la corrupción y aflige royendo.

 

3º) Arrojadle en las tinieblas exteriores (Mt 22, 13). Sobre aquello del Salmo (28, 7): Voz del Señor que corta llama de fuego, dice San Basilio que, por el poder de Dios, será separada la claridad del fuego de su calor, de modo que la claridad cederá en alegría de los bienaventurados y su actividad quemante en tormento de los condenados. La disposición del infierno será tal cual corresponde a la miseria de los condenados. Por lo cual habrá allí luz y tinieblas, de manera que contribuirán lo más posible al castigo de los condenados. La visión misma es deleitable de por sí; pero a veces sucede que hiere, cuando las cosas vistas son nocivas y contrarias a nuestra voluntad. El infierno debe estar dispuesto de tal modo que, nada pueda verse allí claramente, sino en penumbra solamente, lo que aflige nuestro corazón. El lugar es tenebroso, pero por disposición divina hay en él alguna luz, la suficiente para ver las cosas que pueden atormentar el alma.

jueves, 13 de agosto de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 136

 

Jueves de la 19ª semana 

NECESIDAD DEL JUICIO FINAL

El Juicio final - Miguel Ángel - Capilla Sixtina

 

La palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrimero (Jn 12, 48).

 

No puede juzgarse perfectamente de una cosa mutable antes ‹le su consumación; como no puede juzgarse perfectamente de alguna acción, cualquiera que ella sea, antes de que esté consumada en sí y en sus efectos, puesto que parecen ser útiles muchas acciones que demuestran ser nocivas por sus efectos, y de la misma manera, no puede juzgarse perfectamente a hombre alguno hasta que se termine su vida; porque puede, por muchos modos, pasar de bueno a malo y recíprocamente, o de bueno ir a mejor, o de malo, a peor. Por eso dice el Apóstol: Está establecido a los hombres que mueran una sola vez, y después el juicio (Hebr 9, 27).

 

No debe ignorarse, sin embargo, que aunque por la muerte termine la vida temporal del hombre considerada en sí misma ella subsiste dependiente, en cierta manera, de las cosas futuras.

 

1º) Porque todavía vive en la memoria de los hombres, en los cuales, a veces, falsamente perdura con buena o mala fama.

 

2º) En los hijos, que son como algo del padre, según el Eclesiástico: Muerto es el padre de él, y como si no fuera muerto; porque dejó en pos de sí un su semejante (30, 4), y sin embargo, hay hijos malos de muchos padres buenos, y al contrario.

 

3º) Por el efecto de sus obras, como por la decepción de Arrio y de otros sectarios, pulula la infidelidad hasta el fin del mundo; y hasta entonces progresa la fe por la predicación de los Apóstoles.

 

4º) En cuanto al cuerpo, que a veces recibe honrosa sepultura, a veces se deja insepulto, y al fin se resuelve totalmente en ceniza.

domingo, 9 de agosto de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 132

 Domingo de la 19ª semana

 

EL PURGATORIO

Purgatorio - Ludovico Carraci

 

Si alguno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja…, la calidad de la obra de cada cual, la probará el fuego (1 Cor 3, 12-13).

 

Por el oro se significa la contemplación de Dios, como dice San Agustín*; por la plata, el amor al prójimo; por las piedras preciosas, las obras buenas; mas por la madera, el heno y la paja se significan los pecados veniales que se mezclan en las obras de los que procuran las cosas terrenas; porque así como estas cosas se acopian en la casa y no pertenecen a la substancia del edificio; mas pueden quemarse y permanecer el edificio; del mismo modo también los pecados veniales se multiplican en el hombre, y queda el edificio espiritual; por ellos sufre el fuego o de la tribulación temporal en esta vida o del purgatorio en la otra, pero puede lograr, no obstante, la salvación eterna.

(1ª 2ae , q. LXXXIX, a. II)

 

Los pecados veniales, unidos a la caridad, pueden ser consumidos por otra pena; por eso, es una metáfora apropiada la de designarlos por-esas materias que el fuego consume, y puesto que cuanto más grave es un pecado tanto más difícilmente es expiado, y entre los pecados veniales hay unos más graves que otros; por eso convenientemente se significa su diferencia por la diversidad de las materias que más fácil y tardíamente son consumidas por el fuego.

(4, Dist. 21, q. I, a. 2)

 

Mas porque todas las cosas se incluyen en tres, que son principio, medio y fin, conforme con esto todos los grados de los pecados veniales se reducen también a tres: a la madera, que permanece más tiempo en el fuego; a la paja, que rapidísimamente se consume, y al heno que guarda un promedio; porque, según que los pecados veniales sean de mayor o menor adherencia o gravedad, así se purificarán por el fuego más rápidamente o con más tardanza.

(1ª 2ae , q. LXXXIX, a. 2, ad 4um)

martes, 28 de julio de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 120


Martes de la 17ª semana

FELICIDAD DE LOS SANTOS


Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el establecimiento del mundo (Mt 25, 34).

El reino de los cielos es la gloria del paraíso; y no es de admirar, porque reino no quiere decir otra cosa sino régimen, gobierno. El mejor gobierno es aquél donde no se hace nada contra la voluntad del que gobierna. La voluntad de Dios es la salvación de los hombres, porque quiere que todos los hombres sean salvos (1 Tim 2, 4); y esto tendrá lugar principalmente en el paraíso, donde nada se opondrá a la salvación de los hombres, como se lee en San Mateo: Recogerán de su reino todos la escándalos (13, 41). Así, pues, cuando pedimos: venga tu reino, pedimos ser participantes del reino celestial de la gloria del paraíso.

Este reino es muy deseable por tres motivos:

1º) Por la justicia soberana que reina, en él: Todos los pueblos serán justos (Is 60, 21). En la tierra están los malos mezclados con los buenos, pero en el cielo no habrá ni malo ni pecador.

2º) Por la libertad perfectísima. Aquí no hay libertad, aun cuando todos la desean naturalmente; pero allí habrá libertad absoluta contra toda servidumbre: La misma criatura será liberada de la servidumbre de la corrupción (Rom 8, 21). Y los hombres no sólo serán libres, sino también reyes, como dice el Apocalipsis: Nos has hecho reino para nuestro Dios (5, 10). La razón de esto es que todos serán una voluntad con Dios, y Dios querrá todo lo que los santos quieran, y los santos lo que Dios quisiere; por lo cual con la voluntad de Dios se hará su voluntad; y en consecuencia reinarán todos, pues se hará la voluntad de todos, y Dios será corona de todos. En aquel día será el Señor de los ejércitos corona de gloria y guirnalda de regocijo al que quedare de su pueblo (Is 28, 5).

3º) A causa de la admirable abundancia: Nunca se oyó. No se oyó decir, ni se escuchó, ni ojo vio, salvo tú, ¡oh Dios!, lo que has preparado para aquéllos que esperan en ti (Is 64, 4). Él llena de bienes tu deseo (Sal 102, 5).

domingo, 26 de julio de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 118


Domingo de la 17ª semana

PODER DEL SUMO JUEZ

El juicio final - Fra Angélico

Vendrá en las nubes del cielo con grande poder y majestad (Mt 24, 30). Sobre estas palabras dice la Glosa: "Con gran poder y majestad han de ver al que no quisieron escuchar cuando estaba en la humildad, y tanto más rigurosamente sentirán entonces su virtud cuanto más rehúsen ahora inclinar la cerviz del corazón ante su poder." Vendrá efectivamente con grande poder, porque las virtudes de los cielos serán conmovidas (Mt 21, 26). San Gregorio dice: "¿A qué llama virtudes de los cielos sino a los ángeles, a las dominaciones, a las potestades y a los principados, los cuales en la venida del juez aparecerán visiblemente ante los ojos, para que entonces se nos exija con rigor lo que ahora nos sufre ecuánimemente el Creador invisible?" Y San Juan Crisóstomo comenta: "Sí un rey terreno que va a la guerra ordena una expedición a su pueblo, se agitan los dignatarios, los ejércitos se ponen en pie y todo el estado está en efervescencia, ¿cuánto más no se conmoverán las virtudes angélicas, ministros terribles, al preceder a un Señor aún más terrible, cuando el rey celestial se levante a juzgar a los vivos y a los muertos?"

Debe saberse que el poder de Cristo Juez será insuperable, inexplicable, interminable.

Acerca de lo primero dice San Juan Crisóstomo: "Entonces no habrá poder para resistir, facultad para huir, lugar de penitencia, ni tiempo de satisfacción." En esta angustia universal sólo queda el llanto.

Respecto a lo segundo escribe San Agustín, comentando aquel pasaje de San Juan: Luego, pues, que les dijo "Yo soy", volvieron atrás, y cayeron en tierra (18, 6): "Una voz sin ningún dardo hirió, rechazó y prosternó, con la virtud de la divinidad escondida, a la turba, feroz por sus odios y terrible por sus armas. ¿Qué hará cuando venga a juzgar, si hizo esto cuando iba a ser juzgado? ¿Qué podrá en el momento de reinar cuando pudo aquello, en el momento de morir?" Como si dijese: "no puede explicarse el poder de tal juez".

sábado, 25 de julio de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 117


Sábado de la 16ª semana

EL PECADO MORTAL OBLIGA A LA PENA ETERNA



Irán estos al suplicio eterno (Mt 25, 46).

1. Por tres razones se dice que el pecado mortal obliga a la pena eterna.

1º) Por parte de aquél contra el cual se peca, que es infinitamente grande, Dios. Por consiguiente, la ofensa contra él merece pena infinita, pues cuanto más digno es aquél contra quien se peca, más gravemente debe ser castigado el pecado.

2º) Porque parte de la voluntad del pecador. Pues consta que quien peca mortalmente pone su fin en el objeto de su pecado y del placer que en él busca, hasta el punto de despreciar a Dios por ello: Mas es evidente que quien ama sumamente una cosa como fin de su voluntad, querría, por lo mismo, adherirse siempre a ella. Y por lo tanto quien mortalmente peca, con aquel acto de la voluntad con que eligió el pecado mortal, eligió asimismo adherirse siempre al pecado, a no ser que accidentalmente se retraiga, ya por el temor de la pena, ya por otra cosa parecida. Pero, si pudiera adherirse infinitamente, se adheriría siempre, y por consiguiente, quien peca eternamente merece una pena eterna.

3º) Por parte del estado del que peca mortalmente, el cual es privado de la gracia por el pecado. Por lo cual, como sin la gracia no podría tener lugar el perdón de la culpa, si muere en pecado mortal, siempre permanecerá en la culpa, pues ulteriormente no será ya capaz de recibir la gracia. Al subsistir la culpa, siempre queda sujeto a la pena, ya que, en caso contrario, permanecería una cosa desordenada en el universo.
(2, Dist., 42, q. I, a. 5).

domingo, 19 de julio de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 111


Domingo de la 16ª semana

ETERNIDAD DE LAS PENAS DE LOS CONDENADOS



E irán éstos al suplicio eterno (Mt 25, 46).

1. La misma relación existe entre el premio y el mérito que entre la pena y la culpa. Pero según la justicia divina, a un mérito temporal se debe un premio eterno. Luego, según la justicia divina, a una culpa temporal se debe una pena eterna.

Pero toda pena tiene una doble cantidad, a saber: la intensidad de su acerbidad y la duración del tiempo; la cantidad de la pena corresponde a la cantidad de la falta por la intensidad de la aflicción de suerte que, cuanto más gravemente peque uno, tanto más grave será la pena que se le dará. Por eso dice el Apocalipsis: Cuanto ella se ha glorificado y vivido en deleites, tanto daréis de tormento y pena (18, 7).

Mas la duración de la pena no responde a la duración de la culpa; pues no se castiga con una pena momentánea el adulterio que se comete en un instante de tiempo, aun por las leyes humanas; sino que la duración de la pena está en relación con la disposición del que peca; y a veces el que peca en una ciudad, por el mismo pecado merece que lo separen por completo de la vida social, ya con el destierro perpetuo, ya con la muerte. En ocasiones, sin embargo, no merece esta separación radical; y entonces, para que pueda ser miembro soportable de la sociedad se le prolonga o abrevia la pena, según conviene a su enmienda, de modo que pueda vivir conveniente y pacíficamente en la sociedad.

Esto mismo hace la justicia divina: uno, por su pecado, merece que se le separe por completo del consorcio de la ciudad de Dios, y esto se verifica por todo pecado que se comete contra la caridad, vínculo que une la ciudad de los elegidos; y así por el pecado mortal, que es contrario a la caridad, uno es condenado a la pena eterna, y excluido para siempre de la compañía de los santos.

domingo, 5 de julio de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 97


Domingo de la 14ª semana

GRADOS DE LA BIENAVENTURANZA


En la casa de mi Padre hay muchas moradas (Jn 14, 2)

I. Las diversas participaciones de la bienaventuranza, esto es, de conocer a Dios y gozar de él, son mansiones diversas.

La perfección absoluta de la bienaventuranza es exclusiva de Dios, porque solo él se conoce y se ama a sí mismo infinitamente, pues conoce y ama infinitamente su verdad y su bondad. En este sentido el soberano bien, que es el objeto y la causa de la bienaventuranza, no puede ser mayor y menor; porque no hay más que un soberano bien: Dios.

Mas la perfección de la bienaventuranza puede considerarse según las condiciones de tiempo, de naturaleza y de gracia, y desde este punto de vista uno puede ser más bienaventurado que otro, conforme con la adquisición de ese bien y la capacidad de cada uno; porque cuanto mayor es la capacidad de un hombre, más participa de ella, si está mejor dispuesto y ordenado a gozar de ella. De dos maneras se dispone uno a ello, pues la bienaventuranza consiste en dos cosas: en la visión de Dios, a la cual dispone la pureza y, en consecuencia, cuanto más elevada de las cosas terrenas tenga el corazón más perfectamente verá a Dios; y en el goce de Dios, a lo cual dispone el amor. Por consiguiente, aquel que tenga el corazón más fervoroso en el amor de Dios más se deleitará en el goce divino,

II. Pero ¿qué significa lo que se dice en San Mateo (20, 1-16), que se da un denario a todos los que trabajan? Si este denario no es otra cosa.: .que la morada en la casa del Padre, no existen en ella muchas moradas.

Debe responderse que la recompensa de la vida eterna es a la vez una y muchas. Son muchas según la diversa capacidad de los participantes en la bienaventuranza, y en este sentido son diversas las mansiones en la casa del Padre. Pero es una por tres motivos:

1º) Por la unidad del objeto. Todos los bienaventurados ven el mismo objeto y todos disfrutan de él; por eso es un denario; pero este mismo objeto es diversamente visto y amado. Es como si fuese una fuente en la que todos bebieran lo que quisieran. El que tuviere un vaso mayor, recibirá más; el que lo tuviere más pequeño, participará menos. La fuente es una sola, pero no es una misma la medida de los recipientes.

lunes, 29 de junio de 2020

Letanías al Sagrado Corazón meditadas por San Juan Pablo II - 32


SAN JUAN PABLO II
ÁNGELUS

Domingo 5 de noviembre de 1989

32 -Corazón de Jesús esperanza de los que en Tí mueren



Amadísimos hermanos y hermanas:

1. La reciente conmemoración de todos los fieles difuntos nos invita hoy a contemplar, bajo una luz de fe y de esperanza, la muerte del cristiano, para la que las Letanías del Sagrado Corazón ―objeto de nuestras reflexiones en anteriores encuentros dominicales― nos ponen en los labios la invocación: "Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren, ten piedad de nosotros".
La muerte forma parte de la condición humana; es el momento terminal de la fase histórica de la vida. En la concepción cristiana, la muerte es un paso: de la luz creada a la luz increada, de la vida temporal a la vida eterna.
Ahora bien, si el Corazón de Cristo es la fuente de la que el cristiano recibe luz y energía para vivir como hijo de Dios, ¿a qué otra fuente se dirigirá para sacar la fuerza necesaria para morir de modo coherente con su fe? Como "vive en Cristo", así no puede menos de "morir en Cristo".
La invocación de las letanías recoge la experiencia cristiana ante el acontecimiento de la muerte: el Corazón de Cristo, su amor y su misericordia, son esperanza y seguridad para quien muere en Él.

2. Pero conviene que nos detengamos un momento a preguntarnos: ¿Qué significa "morir en Cristo"? Significa ante todo, amadísimos hermanos y hermanas, leer el evento desgarrador y misterioso de la muerte a la luz de la enseñanza del Hijo de Dios y verlo, por ello, como el momento de la partida hacia la casa del Padre, donde Jesús, pasando también Él a través de la muerte, ha ido a prepararnos un lugar (cf. Jn 14, 2); es decir significa creer que, a pesar de la destrucción de nuestro cuerpo, la muerte es premisa de vida y de fruto abundante (cf. Jn 12, 24).
"Morir en Cristo" significa, además, confiar en Cristo y abandonarse totalmente a Él, poniendo en sus manos ―de hermano, de amigo, de buen Pastor― el propio destino, así como Él, muriendo, puso su espíritu en las manos del Padre (cf. Lc 23, 46). Significa cerrar los ojos a la luz de este mundo en la paz, en la amistad, en la comunión con Jesús, porque nada, "ni la muerte ni la vida... podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rm 8, 38-39). En aquella hora suprema, el cristiano sabe que, aunque el corazón le reproche algunas culpas, el Corazón de Cristo es más grande que el suyo y puede borrar toda su deuda si él está arrepentido (cf. 1 Jn 3, 20).

domingo, 24 de mayo de 2020

Meditaciones del tiempo pascual con textos de Santo Tomás de Aquino 43


Séptimo Domingo de Pascua

LA VIDA EN EL CIELO


Nuestra morada está en los cielos (Flp 3, 20).

El apóstol nos enseña en estas palabras que la vida de los justos está en los cielos; y por eso, si queremos ser semejantes a ellos, no debemos vivir en las miserias de esta vida sino en los cielos.

I. Los santos moran en los cielos por tres razones:

1º) Por la seguridad, pues quien vive en el cielo está al abrigo de los peligros de esta miserable vida.

2º) Por la alegría. El que morará en el cielo, tendrá como un continuo gozo y alegría. Ni su conversación tiene amargura, ni tedio su trato, sino alegría y gozo (Sab 8, 16).

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