CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE
CARTA
SAMARITANUS BONUS
sobre el cuidado de las personas
en las fases críticas y terminales de la vida 
ÍNDICE
Introducción
I. Hacerse cargo del prójimo
II. La experiencia viviente del Cristo sufriente y el
anuncio de la esperanza
III. El “corazón que ve” del Samaritano: la vida humana es
un don sagrado e inviolable
IV. Los obstáculos culturales que oscurecen el valor
sagrado de toda vida humana
V. La enseñanza del Magisterio
1. La prohibición de la eutanasia y el suicidio asistido
2. La obligación moral de evitar el ensañamiento terapéutico
3. Los cuidados básicos: el deber de alimentación e hidratación
4. Los cuidados paliativos
5. El papel de la familia y los hospices
6. El acompañamiento y el cuidado en la edad prenatal y pediátrica
7. Terapias analgésicas y supresión de la conciencia
8. El estado vegetativo y el estado de mínima consciencia
9. La objeción de conciencia por parte de los agentes sanitarios y de las
instituciones sanitarias católicas
10. El acompañamiento pastoral y el apoyo de los sacramentos
11. El discernimiento pastoral hacia quien pide la eutanasia o el suicidio
asistido
12. La reforma del sistema educativo y la formación de los agentes
sanitarios
Conclusión
Introducción
El Buen Samaritano que deja su camino
para socorrer al hombre enfermo (cfr. Lc 10, 30-37) es la
imagen de Jesucristo que encuentra al hombre necesitado de salvación y cuida de
sus heridas y su dolor con «el aceite del consuelo y el vino de la esperanza».[1] Él
es el médico de las almas y de los cuerpos y «el testigo fiel» (Ap 3,
14) de la presencia salvífica de Dios en el mundo. Pero, ¿cómo concretar hoy
este mensaje? ¿Cómo traducirlo en una capacidad de acompañamiento de la persona
enferma en las fases terminales de la vida de manera que se le ayude respetando
y promoviendo siempre su inalienable dignidad humana, su llamada a la santidad
y, por tanto, el valor supremo de su misma existencia?
El extraordinario y progresivo
desarrollo de las tecnologías biomédicas ha acrecentado de manera exponencial
las capacidades clínicas de la medicina en el diagnóstico, en la terapia y en
el cuidado de los pacientes. La Iglesia mira con esperanza la investigación
científica y tecnológica, y ve en ellas una oportunidad favorable de servicio
al bien integral de la vida y de la dignidad de todo ser humano.[2] Sin
embargo, estos progresos de la tecnología médica, si bien preciosos, no son
determinantes por sí mismos para calificar el sentido propio y el valor de la
vida humana. De hecho, todo progreso en las destrezas de los agentes sanitarios
reclama una creciente y sabia capacidad de discernimiento moral[3] para
evitar el uso desproporcionado y deshumanizante de las tecnologías, sobre todo
en las fases críticas y terminales de la vida humana.
Por otro lado, la gestión organizativa y
la elevada articulación y complejidad de los sistemas sanitarios contemporáneos
pueden reducir la relación de confianza entre el médico y el paciente a una
relación meramente técnica y contractual, un riesgo que afecta, sobre todo, a
los países donde se están aprobando leyes que legitiman formas de suicidio
asistido y de eutanasia voluntaria de los enfermos más vulnerables. Estas
niegan los límites éticos y jurídicos de la autodeterminación del sujeto
enfermo, oscureciendo de manera preocupante el valor de la vida humana en la
enfermedad, el sentido del sufrimiento y el significado del tiempo que precede
a la muerte. El dolor y la muerte, de hecho, no pueden ser los criterios
últimos que midan la dignidad humana, que es propia de cada persona, por el
solo hecho de ser un “ser humano”.
Ante tales desafíos, capaces de poner en
juego nuestro modo de pensar la medicina, el significado del cuidado de la
persona enferma y la responsabilidad social frente a los más vulnerables, el
presente documento intenta iluminar a los pastores y a los fieles en sus
preocupaciones y en sus dudas acerca de la atención médica, espiritual y
pastoral debida a los enfermos en las fases críticas y terminales de la vida.
Todos son llamados a dar testimonio junto al enfermo y transformarse en “comunidad
sanadora” para que el deseo de Jesús, que todos sean una sola carne, a partir
de los más débiles y vulnerables, se lleve a cabo de manera concreta.[4] Se
percibe en todas partes, de hecho, la necesidad de una aclaración moral y de
una orientación práctica sobre cómo asistir a estas personas, ya que «es
necesaria una unidad de doctrina y praxis»[5] respecto a un
tema tan delicado, que afecta a los enfermos más débiles en las etapas más
delicadas y decisivas de la vida de una persona.