Mostrando entradas con la etiqueta San Pío X. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta San Pío X. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Carta Encíclica "Editae saepe" en el III centenario de la canonización de San Carlos Borromeo - Pío X

 

CARTA ENCÍCLICA

EDITAE SAEPE

DEL PAPA SAN PÍO X

 

A LOS VENERABLES PATRIARCAS, PRIMADOS, ARZOBISPOS, OBISPOS Y LOS OTROS ORDINARIOS, EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA

CON MOTIVO DEL TERCER CENTENARIO DE LA CANONIZACIÓN DE

SAN CARLOS BORROMEO

San Carlos administrando los sacramentos a las víctimas de la peste de Milán 1576
Pierre Mignard

Venerables hermanos, salud y bendición apostólica

Lo que la palabra divina proclama varias veces en las Sagradas Escrituras: que el justo vivirá en memoria eterna de alabanza y que él también habla después de la muerte[1], se verifica sobre todo por la voz y el trabajo continuos de la Iglesia. Esta, de hecho, como madre y nodriza de la santidad, siempre rejuvenecida y fecundada por el aliento del Espíritu Santo, que habita en nosotros[2], ya que ella sola genera, nutre y cría en su seno la noble familia de los justos, también es el más solícita, casi por instinto de amor maternal, en persevervar su memoria y revivir su amor. De este recuerdo, ella recibe un consuelo casi divino, y retira su mirada de las miserias de esta peregrinación mortal, mientras ya ve en los santos su alegría y corona, reconoce en ellos la imagen sublime de su Esposo celestial, e inculca a sus hijos, con un nuevo testimonio, el antiguo dicho: Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que son llamados según su designio[3]. Sus gloriosas obras tampoco tienen éxito solo en la comodidad de la memoria, sino a la luz de la imitación y de la fuerte incitación a la virtud por ese eco unánime de los santos que responde a la voz de Pablo: Sean mis imitadores, como yo soy de Cristo[4].

Por estas razones, Venerables Hermanos, mientras Nosotros, tan pronto como asumimos el Pontificado Supremo, nos propusimos luchar constantemente para "que todo se establezca en Cristo", con nuestra primera encíclica[5] tratamos de hacer que todos, con Nosotros, volvieran sus miradas a Jesús, apóstol y pontífice de nuestra confesión ... autor y consumidor de la fe[6]. Pero dado que nuestra debilidad es tanta que fácilmente quedamos paralizados por la grandeza de tal ejemplar, por beneficio de la divina Providencia, disponemos de otro modelo para proponer, que aunque estar cerca de Cristo en la medida en que la naturaleza humana es posible, se adapta mejor a nuestra debilidad, es decir, la Santísima Virgen, Augusta Madre de Dios[7]. Finalmente, aprovechando varias ocasiones para revivir la memoria de los santos, les propusimos a la común admiración estos fieles servidores y dispensadores en la casa de Dios, y según el grado apropiado de cada uno, amigos y sirvientes de él, como aquellos que por la fe conquistaron los reinos, obraron la justicia, obtuvieron las promesas[8], de modo que estimulados por sus ejemplos no seamos ya niños vacilantes y llevados por todo viento de doctrina por estrategia de los hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error; sino que siguiendo la verdad en la caridad, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, Cristo[9].

viernes, 21 de agosto de 2020

Como pastor vigilante del rebaño de Cristo, San Pío X sabe discernir el peligro que el modernismo representa para la fe de la Iglesia

 

Aquel 3 de agosto de 1903, en la capilla Paulina del Vaticano, hay un cardenal arrodillado, llorando, absorto en profunda oración. Acercándose a él, un joven prelado español, Monseñor Merry del Val, le comunica en voz baja un mensaje del deán del Sacro Colegio: ¿sigue determinado a rechazar el papado en caso de ser elegido? «Sí, sí, Monseñor –responde el cardenal Giuseppe Sarto, patriarca de Venecia–, dígale al cardenal deán que tenga la amabilidad de no pensar en mi persona». Más tarde, ese mismo día, el cardenal Sarto, trastornado, sigue resistiéndose ante las insistencias de sus compañeros; se reafirma en su indignidad como Sumo Pontífice, incapaz de sobrellevar tan abrumadora carga. «Regrese entonces a Venecia si así lo desea –le dice gravemente el cardenal Ferrari–, pero lo hará con el alma atormentada por un remordimiento que le obsesionará hasta el final de su vida».

Al día siguiente, los votos de los electores recaen, como estaba previsto, en el cardenal Sarto, quien se abandona en manos de Dios y declara: «Si no es posible que se aleje de mí este cáliz, ¡que sea la voluntad de Dios! Acepto el pontificado como una cruz. – ¿Cómo quiere que le llamen? – Ya que los papas que más sufrieron por la Iglesia durante el siglo pasado llevaron el nombre de Pío, tomaré ese nombre». Así pues, se convierte en el Papa Pío X.

De origen modesto, Giuseppe (José) Sarto había nacido el 2 de junio de 1835 en Riese, pueblecito de la diócesis de Treviso, en el Véneto (norte de Italia). Su padre, que es agente municipal, no posee más que una humilde casita y un árido campo. La única riqueza de sus padres consiste en una fe sencilla y profunda que transmiten a sus hijos, que son diez. Desde muy joven, José oye la llamada del sacerdocio, respondiendo a ella con fervor y recibiendo la ordenación sacerdotal el 18 de septiembre de 1858. La divina Providencia le lleva a servir a la Iglesia en los diferentes grados jerárquicos, llegando a ser sucesivamente: vicario, párroco, director espiritual del seminario de Treviso, obispo de Mantua y, finalmente, patriarca de Venecia, antes de ser elegido Papa, responsabilidad abrumadora que con toda razón llegaba a espantarle.

La vía de acceso hacia Jesucristo

El Papa es el sucesor del apóstol san Pedro, a quien Jesucristo dijo: A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos (Mt 16, 19). «El «poder de las llaves» designa la autoridad para gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia» (Catecismo de la Iglesia Católica, CEC, 553). El Pontífice romano recibe de Cristo una misión universal, que consiste en anunciar el Evangelio a todo el mundo y en guiar a toda la Iglesia, pastores y fieles, en la fidelidad al Evangelio. Cuando habla y actúa no lo hace por propia autoridad, sino en virtud de la autoridad de Cristo, de quien es Vicario.

Ya a partir de su primera encíclica, E supremi apostolatus, del 4 de octubre de 1903, Pío X hace saber al mundo entero cuál será el programa de su pontificado: «Restaurarlo todo en Cristo, a fin de que Cristo sea todo en todos (cf. Ef 1, 10 y Col 3, 11)... Conducir al género humano al imperio de Cristo. Una vez se consiga, el hombre se encontrará, en consecuencia, cerca de Dios... Ahora bien, ¿dónde se encuentra la vía de acceso que nos conduce junto a Jesucristo? Se encuentra ante nosotros: es la Iglesia... Por eso fue establecida por Cristo, después de adquirirla con el precio de su sangre, por eso le confió su doctrina y los preceptos de su ley, prodigándole al mismo tiempo los tesoros de la gracia divina para la santificación y la salvación de los hombres... Se trata de conducir a las sociedades humanas, extraviadas y alejadas de la sabiduría de Cristo, a la obediencia de la Iglesia; la Iglesia, a su vez, las someterá a Cristo, y Cristo a Dios». El Concilio Vaticano II enseña en el mismo sentido lo que sigue: «Dios mismo ha manifestado al género humano el camino por el cual los hombres, sirviéndole a Él, pueden salvarse y llegar a ser felices en Cristo. Creemos que esta única verdadera religión se verifica en la Iglesia católica y apostólica, a la cual el Señor Jesús confió el encargo de hacerla llegar a todos los hombres...» (Dignitatis humanæ, 1).

Poner remedio a la ignorancia

sábado, 30 de noviembre de 2019

¿Qué es y qué hacer en el adviento? Catecismo de San Pío X


Resultado de imagen para adviento pinturas
1) ¿Por qué se llaman Adviento las cuatro semanas que preceden a la fiesta de Navidad?
— Las cuatro semanas que preceden a la fiesta de Navidad se llaman Adviento, que quiere decir advenimiento o venida, porque en este tiempo la Iglesia se dispone a celebrar dignamente la memoria de la primera venida de Jesucristo a este mundo con su nacimiento temporal.
2) ¿Qué propone la Santa Iglesia a nuestra consideración en el Adviento?

lunes, 28 de octubre de 2019

El primer mandamiento en el Catecismo de San Pío X


CAPITULO II: DE LOS MANDAMIENTOS QUE MIRAN A DIOS

1º.- Del primer mandamiento


351.- ¿Por qué se dice al principio: YO SOY EL SEÑOR DIOS TUYO? - Al principio de los mandamientos se dice: Yo soy el Señor Dios tuyo para que entendamos que Dios, por ser nuestro Creador y Señor, puede mandarnos lo que quiera, y nosotros, sus criaturas, estamos obligados a obedecerle.

352.- ¿Qué nos ordena Dios con las palabras del primer mandamiento: AMARÁS A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS? - Con las palabras del primer mandamiento, Dios nos ordena que le reconozcamos, adoremos, amemos y sirvamos a El solo, como a nuestro supremo Señor.

353.- ¿Cómo se cumple el primer mandamiento? - El primer mandamiento se cumple con el ejercicio del culto interno y externo.

354.- ¿Qué es culto interno? - Culto interno es la honra que a Dios se da con las facultades del espíritu únicamente; a saber, con el entendimiento y la voluntad.

lunes, 21 de agosto de 2017

La edad de los niños para la primera comunión - San Pío X

Quam Singulari
Decreto de San Pío X
sobre la edad para la primera comunión
8 de agosto de 1910



Cuán singular amor profesó Jesucristo a los niños, durante su vida mortal, claramente lo manifiestan las páginas del Evangelio. Eran sus delicias estar entre ellos; acostumbraba a imponerles sus manos, los abrazaba, los bendecía. Llevó a mal que sus discípulos los apartasen de El, reconviniéndoles con aquellas graves palabras: Dejad que los niños vengan a Mí, y no se lo vedéis, pues de ellos es el reino de Dios[1]. En cuánto estimaba su inocencia y el candor de sus almas, lo expresó bien claro cuando, llamando a un niño, dijo a sus discípulos: En verdad os digo, si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Cualquiera, pues, que se humillare como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. El que recibiere a un niño así en mi nombre, a Mí me recibe[2].

Los pequeñuelos, a Cristo
Edad de la discresión
Restos de jansenismo
Doctrina conciliar
Edad de la Comunión
Normas obligatorias


Los pequeñuelos, a Cristo
2. Teniendo presente todo esto, la Iglesia católica, ya desde sus principios, tuvo cuidado de acercar los pequeñuelos a Cristo por medio de la Comunicación eucarística, que solía administrarles aun siendo niños de pecho. Esto, según aparece mandado en casi todos los rituales anteriores al siglo XIII, se hacía en el acto del bautismo, costumbre que en algunos sitios perseveró hasta tiempos posteriores; aun subsiste entre los griegos y los orientales. Y, para alejar el peligro de que, concretamente, los niños de pecho arrojasen el Pan consagrado, desde el principio se hizo común la costumbre de administrarles la Sagrada Eucaristía bajo la especie de vino.
Y no sólo en el acto del bautismo, sino después y repetidas veces los niños eran alimentados con el divino manjar; pues fue costumbre de algunas Iglesias el dar la Comunión a los niños inmediatamente después de comulgar el clero; y en otras partes, después de la Comunión de los adultos, los niños, recibían los fragmentos sobrantes.
Esta costumbre desapareció más tarde en la Iglesia latina y los niños no eran admitidos a la Sagrada Mesa hasta que el uso de la razón estuviera de algún modo despierto en ellos y pudieran tener alguna idea del Augusto Sacramento. Esta nueva disciplina, admitida ya por varios sínodos particulares, fue solemnemente sancionada por el Concilio general cuarto de Letrán, en el año 1215, promulgando su célebre canon número 21, por el cual se prescribe la confesión sacramental y la Sagrada Comunión a los fieles que hubiesen llegado al uso de la razón, con las siguientes palabras: Todos los fieles de uno y de otro sexo, en llegando a la edad de la discreción, deben por sí confesar fielmente todos sus pecados, por lo menos una vez al año, al sacerd ote propios, procurando según sus fuerzas cumplir la penitencia que les fuere impuesta y recibir con reverencia, al menos por Pascua, el sacramento de la Eucaristía, a no ser que por consejo del propio sacerdote y por causa razonable creyeren oportuno abstenerse de comulgar por algún tiempo.
3. El Concilio de Trento[3], sin reprobar la antigua disciplina de administrar la Sagrada Eucaristía a los niños antes del uso de la razón, confirmó el decreto de Letrán, lanzando anatema contra los que opinasen lo contrario: Si alguno negase que todos y cada uno de los fieles de Cristo, de uno y otro sexo, al llegar a la edad de la discreción, están obligados a comulgar cada año, por lo menos en Pascua, según precepto de nuestra Santa Madre la Iglesia, sea anatema[4].
Por lo tanto, en virtud del citado decreto lateranense -aun vigente-, los cristianos, tan pronto como lleguen a la edad de la discreción, están obligados a acercarse por lo menos una vez al año a los sacramentos de la Confesión y de la Comunión.

Edad de la discreción

sábado, 4 de marzo de 2017

¿Qué es la cuaresma? - Catecismo de San Pío X

¿Qué es la cuaresma?

—La Cuaresma es un tiempo de ayuno y penitencia instituido por la Iglesia por tradición apostólica.

¿Con qué fin ha sido instituida la Cuaresma?

—La Cuaresma ha sido instituida:

1) para darnos a entender la obligación que tenemos de hacer penitencia todo el tiempo de nuestra vida, de la cual, según los Santos Padres, es figura la Cuaresma;

2) para imitar en alguna manera el riguroso ayuno de cuarenta días que Jesucristo practicó en el desierto;

3) para prepararnos con la penitencia para celebrar santamente la Pascua.

¿Por qué el primer día de Cuaresma se llama día de ceniza?

jueves, 21 de agosto de 2014

Imágenes de la canonización de San Pío X


San Pío X dejó una huella indeleble en la historia de la Iglesia - Benedicto XVI

BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL
18 de agosto de 2010
San Pío X

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quiero detenerme a hablar de la figura de mi predecesor san Pío X, de quien el próximo sábado se celebra la memoria litúrgica, subrayando algunos rasgos que pueden resultar útiles también para los pastores y los fieles de nuestra época.

Giuseppe Sarto (este era su nombre), nació en Riese (Treviso) en 1835 de familia campesina. Después de los estudios en el seminario de Padua fue ordenado sacerdote a los 23 años. Primero fue vicario parroquial en Tombolo, luego párroco en Salzano, después canónigo de la catedral de Treviso con el cargo de canciller episcopal y director espiritual del seminario diocesano. En esos años de rica y generosa experiencia pastoral, el futuro Romano Pontífice mostró el profundo amor a Cristo y a la Iglesia, la humildad, la sencillez y la gran caridad hacia los más necesitados, que fueron características de toda su vida. En 1884 fue nombrado obispo de Mantua y en 1893 patriarca de Venecia. El 4 de agosto de 1903 fue elegido Papa, ministerio que aceptó con titubeos, porque consideraba que no estaba a la altura de una tarea tan elevada.

Acerbo Nimis, sobre la enseñanza del Catecismo - San Pío X

Acerbo Nimis
Carta encíclica de san Pío X
sobre la enseñanza del Catecismo
15 de abril de 1905
 

Los secretos designios de Dios Nos han levantado de Nuestra pequeñez al cargo de Supremo Pastor de toda la grey de Cristo en días bien críticos y amargos, pues el enemigo de antiguo anda alrededor de este rebaño y le tiende lazos con tan pérfida astucia, que ahora, principalmente, parece haberse cumplido aquella profecía del Apóstol a los ancianos de la Iglesia de Efeso: Sé que... os han asaltado lobos voraces que destrozan el rebaño[i] 1.

De este mal que padece la religión no hay nadie, animado del celo de la gloria divina, que no investigue las causas y razones, sucediendo que, como cada cual las halla diferentes, propone diferentes medios conforme a su personal opinión para defender y restaurar el reinado de Dios en la tierra. No proscribimos, Venerables Hermanos, los otros juicios, mas estamos con los que piensan que la actual depresión y debilidad de las almas, de que resultan los mayores males, provienen, principalmente, de la ignorancia de las cosas divinas.

Esta opinión concuerda enteramente con lo que Dios mismo declaró por su profeta Oseas: No hay conocimiento de Dios en la tierra. La maldición, y la mentira, y el homicidio, y el robo, y el adulterio lo han inundado todo; la sangre se añade a la sangre por cuya causa se cubrirá de luto la tierra y desfallecerán todos sus moradores 2.

 

Necesidad de instrucción

2. ¡Cuán comunes y fundados son, por desgracia, estos lamentos de que existe hoy un crecido número de personas, en el pueblo cristiano, que viven en suma ignorancia de las cosas que se han de conocer para conseguir la salvación eterna! -Al decir "pueblo cristiano", no Nos referimos solamente a la plebe, esto es, a aquellos hombres de las clases inferiores a quienes excusa con frecuencia el hecho de hallarse sometidos a dueños exigentes, y que apenas si pueden ocuparse de sí mismos y de su descanso; sino que también y, principalmente, hablamos de aquellos a quienes no falta entendimiento ni cultura y hasta se hallan adornados de una gran erudición profana, pero que, en lo tocante a la religión, viven temeraria e imprudentemente. ¡Difícil sería ponderar lo espeso de las tinieblas que con frecuencia los envuelven y -lo que es más triste- la tranquilidad con que permanecen en ellas! De Dios, soberano autor y moderador de todas las cosas, y de la sabiduría de la fe cristiana para nada se preocupan; y así nada saben de la Encarnación del Verbo de Dios, ni de la redención por El llevada a cabo; nada saben de la gracia, el principal medio para la eterna salvación; nada del sacrificio augusto ni de los sacramentos, por los cuales conseguimos y conservamos la gracia. En cuanto al pecado, ni conocen su malicia ni su fealdad, de suerte que no ponen el menor cuidado en evitarlo, ni en lograr su perdón; y así llegan a los últimos momentos de su vida, en que el sacerdote -por no perder la esperanza de su salvación- les enseña sumariamente la religión, en vez de emplearlos principalmente, según convendría, en moverles a actos de caridad; y esto, si no ocurre -por desgracia, con harta frecuencia- que el moribundo sea de tan culpable ignorancia que tenga por inútil el auxilio del sacerdote y juzgue que pueda traspasar tranquilamente los umbrales de la eternidad sin haber satisfecho a Dios por sus pecados.

Por lo cual Nuestro predecesor Benedicto XIV escribió justamente: Afirmamos que la mayor parte de los condenados a las penas eternas padecen su perpetua desgracia por ignorar los misterios de la fe, que necesariamente se deben saber y creer para ser contados entre los elegidos 3.

miércoles, 7 de mayo de 2014

E Supremi Apostolatus - San Pío X

"E Supremi Apostolatus"

Sobre la falta de doctrina
y el deber de darla a conocer

4 de octubre de 1903
 
 
El peso del Pontificado - Los hombres están hoy apartados de Dios - «¡Instaurar todas las cosas en Cristo!» - Los hombres contra Dios - El deseo de paz: dónde encontrarla - Que los hombres vuelvan a Dios, por la Iglesia - El deber concreto de los Pastores - Los medios: formar buenos sacerdotes - Cuidar a los sacerdotes jóvenes - La falta de doctrina: enseñar con caridad - El deber insustituible de los Obispos -
 
Venerables hermanos: Salud y bendición apostólica
El peso del Pontificado
Al dirigirnos por primera vez a vosotros desde la suprema cátedra apostólica a la que hemos sido elevados por el inescrutable designio de Dios, no es necesario recordar con cuántas lágrimas y oraciones he m o s intentado rechazar esta enorme carga del Pontificado. Podríamos, aunque Nuestro mérito es absolutamente inferior, aplicar a Nuestra situación la queja de aquel gran santo, Anselmo, cuando a pesar de su oposición, incluso de su aversión, fue obligado a aceptar el honor del episcopado. Porque Nos tenemos que recurrir a las mis mas muestras de desconsuelo que él profirió para exponer con qué ánimo, con qué actitud hemos aceptado la pesadísima carga del oficio de apacentar la grey de Cristo. Mis lágrimas son testimonio -esto dice-, así como mis quejas y los suspiros de lamento de mi corazón; cuales en ninguna ocasión y por ningún dolor recuerdo haber derramado hasta el día en que cayó sobre mí la pesada suerte del arzobispado de Canterbury. No pudieron dejar de advertirlo todos aquellos que en aquel día contemplaron mi rostro... Yo con un color más propio de un muerto que de una persona viva, palidecía con doloroso estupor. A decir verdad, hasta ese momento hice todo lo posible por rechazar lejos de mí esa elección, o por mejor decir esa extorsión. Pero ya, de grado o por fuerza, tengo que confesar que a diario los designios de Dios resisten más y más a mis planes, de modo que comprendo que es absolutamente imposible oponerme a ello. De ahí que, vencido por la fuerza no de los hombres sino de Dios, contra la que no hay defensa posible, entendí que mi deber era adoptar una única decisión: después de haber orado cuanto pude y haber intentado que, si era posible, ese cáliz pasara de mí sin beberlo... entregueme por completo al sentir ya la voluntad de Dios, dejando de lado mi propio sentir y mi voluntad(1)
 
Los hombres están hoy apartados de Dios
Y efectivamente no Nos faltaron múltiples y graves motivos para rehusar el Pontificado. Ante todo el que de ningún modo, por nuestra insignificancia, nos considerábamos dignos del honor del pontifica do; ¿a quién no le conmovería ser designado sucesor de aquel que gobernó la Iglesia con extrema prudencia durante casi veintiséis años, sobresalió en tanta agudeza de ingenio, tanto resplandor de virtudes que convirtió incluso a sus enemigos en admiradores y consagró la memoria de su nombre con hechos extraordinarios? Luego, dejando aparte otros motivos, Nos llenaba de temor sobre todo la tristísima situación en que se encuentra la humanidad. Quién ignora, efectivamente, que la sociedad actual, más que en épocas anteriores, está afligida por un íntimo y gravísimo mal que, agravándose por días, la devora hasta la raíz y la lleva a la muerte? Comprendéis, Venerables Hermanos, cuál es el mal; la defección y la separación de Dios: nada más unido ala muerte que esto, según lo dicho por el Profeta (2): Pues he aquí que quienes se alejan de ti, perecerán. Detrás de la misión pontificia que se me ofrecía, Nos veíamos el deber de salir al paso de tan gran mal: Nos parecía que recaía en Nos el mandato del Señor: Hoy te doy sobre pueblos y reinos poder de destruir y arrancar, de edificar y plantar (3); pero, conocedor de Nuestra propia debilidad, Nos espantaba tener que hacer frente a un problema que no admitía ninguna dilación y sí tenía muchas dificultades.
 
«¡Instaurar todas las cosas en Cristo!»
Sin embargo, puesto que agradó a la divina voluntad elevar nuestra humildad a este supremo poder, descansamos el espíritu en aquel que Nos conforta y poniendo manos a la obra, apoyados en la fuerza de Dios, manifestamos que en la gestión de Nuestro pontificado tenemos un sólo propósito, instaurarlo todo en Cristo (4), para que efectivamente todo y en todos sea Cristo (5).
Habrá indudablemente quienes, porque miden a Dios con categorías humanas, intentarán escudriñar Nuestras intenciones y achacarlas a intereses y afanes de parte.
Para salirles al paso, aseguramos con toda firmeza que Nos nada queremos ser, y con la gracia de Dios nada seremos ante la humanidad sino Ministro de Dios, de cuya autoridad somos instrumentos. Los intereses de Dios son Nuestros intereses; a ellos hemos decidido consagrar nuestras fuerzas y la vida misma. De ahí que si alguno Nos pide una frase simbólica, que exprese Nuestro propósito, siempre le daremos sólo esta: ¡instaurar todas las cosas en Cristo!

jueves, 5 de septiembre de 2013

Oraciones por la paz hechas por los Papas

Papa León XIII
Oh, Señor, Tú ves como por todas partes los vientos han estallado y el mar se convulsiona con la gran violencia de las olas crecientes.
Ordena, te lo pedimos, que calmes los vientos y los mares.
Restaura la paz entre nosotros, esa paz que solo Tú nos puedes ofrecer y restaura la armonía social.
Bajo tu mirada protectora y tu inspiración puedan los hombres y mujeres volver al orden, venciendo la codicia, convirtiéndonos en lo que debemos ser, reflejo del amor de Dios, de la justicia, de la caridad con el prójimo, haciendo uso ordenado de todas las cosas.
Haz que tu reino llegue.
Que todos puedan reconocer que están sujetos a Tí, y que deben servirte, porque eres la verdad y la salvación; que sin Tí, todo lo que se hace es en vano.
Tu ley, Señor, es justa y paternalmente bondadosa.
Tú estás siempre a nuestro lado con tu fuerza y tu poder abundante para ayudarnos.
La vida en la tierra es una guerra, pero Tú ayudas al ser humano a conquistar lo que necesita.
Tú sostienes al débil y lo coronas con la victoria.

lunes, 20 de agosto de 2012

Los errores modernistas - San Pío X - Pascendi

Carta Encíclica
“PASCENDI”
Del Sumo Pontífice
San Pío X
Sobre las doctrinas
de los modernistas

Gravedad de los errores modernistas - Exposición de las doctrinas modernistas (La fe - El dogma - Los libros sagrados - La Iglesia - La evolución) - Causas y remedios - Táctica modernista - Remedios eficaces

Introducción
Al oficio de apacentar la grey del Señor que nos ha sido confiada de lo alto, Jesucristo señaló como primer deber el de guardar con suma vigilancia el depósito tradicional de la santa fe, tanto frente a las novedades profanas del lenguaje como a las contradicciones de una falsa ciencia. No ha existido época alguna en la que no haya sido necesaria a la grey cristiana esa vigilancia de su Pastor supremo; porque jamás han faltado, suscitados por el enemigo del género humano, «hombres de lenguaje perverso»(1), «decidores de novedades y seductores»(2), «sujetos al error y que arrastran al error»(3).
Gravedad de los errores modernistas
1. Pero es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo. Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de nuestros deberes, y si la bondad de que hasta aquí hemos hecho uso, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada ya como un olvido de nuestro ministerio. Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados.

Vistas de página en total

contador

Free counters!