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sábado, 1 de agosto de 2020

En el pensamiento de San Alfonso María de Ligorio, el arte de amar a Dios se confunde con el arte de meditar o de hacer oración, porque es precisamente en la meditación cuando el alma adquiere el conocimiento de Dios y se prenda de amor por Él



El 22 de septiembre de 1774, el Papa Clemente XIV está moribundo. Tras haber cedido a las presiones para †suprimir la orden de los jesuitas, no ha podido recuperar la paz en su corazón. Dios, en su misericordia, le envía a un santo para que le asista en sus últimos momentos, Alfonso de Ligorio, entonces obispo de Santa Ágata de los Godos. Sin embargo, en el momento en que asiste al Papa en Roma, el santo obispo está presente en su obispado, a 200 kilómetros de distancia. Se trata de un caso de bilocación, milagro del todo sorprendente pero claramente atestiguado por los testigos oculares.

Alfonso María de Ligorio ve la luz en Nápoles, el 27 de septiembre de 1696, siendo el primogénito de una familia que tendrá siete hijos. Su madre les enseña las verdades de la fe desde la más tierna infancia, y también a rezar. El muchacho está dotado de una inteligencia despierta, de una memoria diligente, de una razón íntegra, de un corazón abierto a todos los sentimientos nobles y de una voluntad firme y enérgica. Su padre quiere hacer de él un abogado. Progresa tan rápidamente en los estudios de derecho que, a la edad de dieciséis años, supera con éxito el examen de doctorado en derecho civil y eclesiástico. Los miembros del tribunal se sorprenden por la sensatez de sus respuestas y la precisión de sus réplicas.

Como abogado, Alfonso acumula éxito tras éxito, lo que no le impide procurarle el gusto por la reputación y la gloria del mundo. No obstante, siente la tentación de abandonar ese camino, ya que la astucia y la mentira desnaturalizan con demasiada frecuencia las causas más justas, y ese espectáculo subleva su naturaleza íntegra. Su asiduidad en la oración y en diversas obras de caridad le ayuda a conservar la pureza del alma. Una vez al año se retira a una casa religiosa para seguir los ejercicios espirituales. Más tarde confesará que aquellos retiros habían contribuido especialmente a desprenderlo de los bienes temporales para orientarlo hacia Dios. Durante la Cuaresma de 1722 sobre todo, el predicador recuerda los motivos que deben conducir al alma a entregarse por completo a Dios; describe en carne viva la caducidad de las cosas de este mundo, y no teme mostrar a las personas que siguen los retiros los tormentos eternos del infierno, tal como Jesús los reveló. En ese momento se hace la luz en el espíritu del joven Alfonso, y las vanidades del mundo se disipan como si se tratara de nubes. Se entrega sin reservas a la voluntad divina y, un tiempo después, decide guardar el celibato.

En 1723, en Nápoles está en boca de todos un importante proceso judicial entablado por el duque Orsini contra el gran duque de Toscana. Son numerosos los abogados que codician el caso, pero Orsini confía su defensa a Alfonso, quien hasta el momento no ha perdido ningún juicio. El día convenido, éste se presenta en la tribuna y fundamenta con claridad las reivindicaciones de su cliente. Todos los asistentes se muestran admirados. Pero su adversario presenta entonces un documento que Alfonso había tenido en la mano, y que desbarata de forma decisiva su argumentación. Está aterrado: ¿cómo ha podido descuidar ese texto? Perdido el pleito, Alfonso se siente hundido por el peso de la humillación. Sin embargo, tres días después, una luz repentina le hace descubrir el motivo de su distracción: Dios lo había cegado para arrancarlo de las vanidades de este mundo. Ahora, con el impulso de la gracia divina, repite la frase que, en medio de un sentimiento de despecho, había murmurado al salir de la audiencia: «Tribunales, ¡ya no me veréis más!». Después de un período de oración y de penitencia, comprende que Dios lo llama al estado eclesiástico. Terminada su formación, es ordenado sacerdote el 21 de diciembre de 1726.

La tentación del sacerdote

Iluminado por el Espíritu Santo, Don Alfonso comprende que la acción debe nacer de la contemplación, el amor hacia el prójimo del amor de Dios, el celo apostólico de la vida interior, y que la mayor tentación de un sacerdote es pretender encender las almas sin alimentar en sí mismo el fuego divino. Por eso se obliga, desde el principio de su vida sacerdotal, a los ejercicios diarios sin los cuales la vida interior se apaga: oración, santa Misa, Oficio divino, lectura y devoción mariana (sobre todo el Rosario). Sabedor de que necesita que lo guíen, somete de buen grado su vida espiritual a los consejos de otra persona.

El joven sacerdote predica el Evangelio a todos, pero preferentemente a los pobres. Imbuido de la ciencia sagrada, alejado de toda afectación, se presenta en el púlpito con la autoridad de un hombre de Dios que comunica al pueblo no su propia doctrina, sino la del Maestro que le ha enviado. Lleno de compasión ante la ignorancia religiosa de la gente del campo, Don Alfonso funda con algunos compañeros, en noviembre de 1732, un nuevo instituto religioso que tomará el nombre de «Congre?gación del Santísimo Redentor». Imbuidos de la sobreabundancia de la Redención adquirida por Cristo en la Cruz, los redentoristas se consagran a la predicación de las misiones a la gente pobre, a fin de instruirlos sobre las verdades fundamentales de la fe, y de iluminarlos sobre el «gran negocio».

sábado, 6 de enero de 2018

Meditaciones de navidad después de Epifanía 8 - San Alfonso María de Ligorio

Meditación de la pérdida de Jesús en el templo
MEDITACIONES DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Para los días de la octava de la epifanía

Meditación VIII

De la pérdida de Jesús en el templo


Refiere san Lucas capítulo 2, que María y José iban todos los años a Jerusalén en el día de la Pascua, y llevaban consigo al niño Jesús.
Era, pues, costumbre (según el venerable Beda) entre los hebreos hacer este viaje al templo (a lo menos a la vuelta), yendo los varones separados de las mujeres; y los niños iban según les parecía en compañía o de los padres o de las madres.
El Redentor, que tenía entonces doce años, se quedó en aquella solemnidad por tres días en Jerusalén, creyendo María que iba el Niño con José, y este que iba con María, existimantes illum ese in comitalu. Jesús empleó todo aquel tiempo en honrar a su eterno Padre con ayunos, vigilias y oraciones. Si tomó algún poco de comida dice San Bernardo, debía procurársela mendigando, y si tomó un poco de reposo no tuvo otro lecho que la desnuda tierra. Llegada la tarde, y reunidos José y María en su casa, no hallaron a Jesús, por lo que afligidos comenzaron a buscarlo entre los parientes y los amigos.
Últimamente volviendo a Jerusalén, al tercero día le hallan en el templo que disputaba con los doctores; los cuales pasmados admiraban las preguntas y respuestas de aquel gran Niño.
Al verlo María le dice: Hijo, ¿por qué lo has hecho así con nosotros? Mira como tu Padre y yo angustiados te buscábamos…
No hay en esta tierra pena semejante a la que experimenta un alma que ama a Jesús si teme que se haya alejado de él por cualquier falta suya. Esta fue la pena que tanto afligió a María y José en aquellos días, temiendo acaso por su humildad, como dice el devoto Lanspergio, que se hubiesen hecho indignos de guardar un tan gran tesoro. De aquí fue que al verlo María, para darle a entender su dolor, le dice de aquella manera, y Jesús responde: ¿No sabíais que en las cosas que son de mi Padre me conviene estar?
Aprendamos de tal misterio dos documentos. El primero, que debemos dejar a todos, amigos y parientes, cuando se trata de procurar la gloria de Dios. El segundo, que Dios se hace hallar de quien le busca, conforme aquellas palabras de Jeremías: “Bueno es el Señor para el alma que le busca.” Jeremías 14, 22

viernes, 5 de enero de 2018

Meditaciones de navidad después de Epifanía 7 - San Alfonso María de Ligorio

Meditación Jesús crecía en sabiduría y en edad
MEDITACIONES DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Para los días de la octava de la epifanía

Meditación VII

Jesús crecía en sabiduría y en edad


El evangelista san Lucas hablando de la permanencia de Jesús en Nazaret dice: Y Jesús crecía en sabiduría y en edad, y en gracia delante de Dios y de los hombres. Lc. 2, 52
Así como Jesús iba creciendo en edad, así crecía en sabiduría; no porque con los años fuese adquiriendo mayor conocimiento de las cosas, como nos sucede a nosotros, pues que desde el primer momento de su vida Jesús estuvo lleno de toda la ciencia y sabiduría divina, “estando escondidos en él todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, según San Pablo”,
Pero se dice que crecía, porque iba con la edad siempre manifestando más su sublime sabiduría. Del mismo modo se entiende también que Jesucristo crecía en gracia delante de Dios y de los hombres; pues en cuanto Dios, aunque todas sus acciones divinas no le hiciesen más santo, ni le aumentasen mérito, estando desde el principio en su plenitud; no obstante las operaciones del Redentor eran por sí todas suficientes para acrecentarle la gracia y el mérito. Crecía además en la gracia delante de los hombres, aumentándose su hermosura y amabilidad.
¡Oh, y como se mostraba siempre más precioso Jesús y más amable en su juventud, haciendo conocer de cada día más las bellas cualidades por las que debía ser amado! ¡Con qué alegría el santo jovencito obedecía a María y a José! ¡Con qué recogimiento de espíritu trabajaba! ¡Con qué parsimonia y modestia se alimentaba! ¡Con qué compostura hablaba! ¡Con qué dulzura y afabilidad conversaba con todos! ¡Con qué devoción oraba!
En suma, toda acción, toda palabra, todo movimiento de Jesucristo enamoraba y hería el corazón de cuantos le contemplaban, y especialmente de María y de José que tuvieron la dicha de tenerle siempre al lado.
¡Oh, u cómo estaban los santos Esposos siempre atentos a contemplar y admirar todas las operaciones, las palabras y los gestos de aquel Hombre Dios!

jueves, 4 de enero de 2018

Meditaciones de navidad después de Epifanía 6 - San Alfonso María de Ligorio

Meditación de la morada de Jesús en Nazaret
MEDITACIONES DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Para los días de la octava de la epifanía

Meditación VI

De la morada de Jesús en Nazaret


Regresado que hubo san José a la Palestina, supo que Arquelao reinaba en la Judea en lugar de Herodes su padre; por lo que temió ir allá, y avisado en sueños marcho a Nazaret, y allí fijó su permanencia en una pobre casa.
¡Oh casita afortunada de Nazaret! Yo te saludo y te venero. Vendrá un tiempo en que serás visitada de los primeros príncipes de la tierra; hallándose los peregrinos en tu recinto no se saciarán de derramar lágrimas de ternura, al pensar que dentro de tus pobres paredes pasó cuasi toda su vida el Rey del paraíso. En esta casa habitó el Verbo encarnado el resto de su niñez y de su juventud. Y ¿cómo vivió? Vivió pobre y despreciado de los hombres, haciendo el oficio de simple muchacho, y obedeciendo a María y José: Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Lc 2, 51.
¡Oh Dios, qué ternura causa el considerar que en aquella pobre casa el Hijo de Dios vive de sirviente! Ahora va a tomar agua, luego abre y cierra el taller, después se ocupa en los ínfimos servicios de la limpieza y aseo del aposento unas veces recoge los fragmentos de madera para el fuego, y otras trabaja ayudando a José en sus labores.
¡Oh pasmo! ¡Ver a un Dios que obedece, un Dios que sirve de criado! ¡Oh pensamiento que debiera hacernos arder de un amor santo hacia un Redentor que se ha reducido a tal bajeza para hacerse amar de nosotros! Adoremos todas estas acciones serviles de Jesús, porque eran todas divinas. Adoremos, sobre todo, la vida escondida y despreciada que hizo Jesucristo en la casa de Nazaret.
¡Oh hombres soberbios! ¿cómo podéis ambicionar el hacer figura y ser honrados en el mundo viendo a nuestro Dios que gasta treinta años de vida en un estado pobre, oscuro y desconocido, para enseñarnos el retiro y la vida humilde y oculta?

miércoles, 3 de enero de 2018

Meditaciones de navidad después de Epifanía 5 - San Alfonso María de Ligorio

Meditación de la vuelta de Jesús de Egipto
MEDITACIONES DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Para los días de la octava de la epifanía

Meditación V

De la vuelta de Jesús de Egipto


Muerto Herodes, y después del destierro de siete años (según la opinión común de los Doctores), en los que habitó Jesús el Egipto, apareció de nuevo el ángel a San José, y le mandó que tomase el santo Niño y la Madre y volviese a la Palestina. 
Consolado san José con este aviso, fue a participarlo a María.
Más antes que partiesen los santos Esposos, corteses como eran, se despidieron de los que en aquel país se habían honrado con su amistad. Después José recoge los pocos instrumentos de oficio, María su aradito de pañales, y tomando de la mano al Divino Niño emprenden el regreso, llevándolo en medio de los dos.
Considera san Buenaventura que este viaje fue más fatigosos a Jesús que el de su huida; pues que ahora hacía ya crecido, y no podían llevarlo José y María en brazos a largos trechos. Por otra parte el santo Niño en aquella edad no era aún apto para andar grandes distancias; así que fue necesario en tal viaje que
Jesús se parase a menudo y reposase por el cansancio.
Pero José y María, bien anduviesen, bien descansasen, siempre tenían puestos los ojos y el pensamiento en el amado Niño que era todo el objeto de su amor.
¡Oh cómo marcha recogida en esta vida aquella alma feliz que tiene delante de su vista el amor y los ejemplos de Jesucristo! Los santos viajeros interrumpen de cuando en cuando el silencio con algún santo razonamiento, pero ¿con quién hablan? y ¿de qué hablan? No hablan sino con Jesús y de Jesús. Quien tiene a Jesús en el corazón, no habla más que con Jesús y de Jesús.
Considera también la pena que debería padecer nuestro pequeñito Salvador en las noches de este viaje, en el cual no tuvo por lecho el regazo de María, como sucedió a la ida, sino la desnuda tierra; y por comida no tuvo ya la leche, sino un poco de pan demasiado duro a su tierna edad.
Fue también visiado duro a su tierna edad. Fue también visiblemente afligido de la sed en aquel desierto, en el cual los hebreos habían tenido tanta necesidad de agua que fue el preciso un milagro para socorrerlos. Contemplemos, pues, y adoremos con amor todos estos padecimientos de Jesús niño.

martes, 2 de enero de 2018

Meditaciones de navidad después de Epifanía 4 - San Alfonso María de Ligorio

Meditación de la mansión de Jesús en Egipto
MEDITACIONES DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Para los días de la octava de la epifanía

Meditación IV

De la mansión de Jesús en Egipto


Eligió Jesús la mansión de Egipto en la niñez por hacer una vida más dura y despreciada. Según san Anselmo y otros escritores, habitó la Sagrada familia en Heliópolis.
Vamos contemplando con san Buenaventura la vida que llevó Jesús en Egipto por el tiempo que allí estuvo. La casa era muy pobre, porque era muy escaso el alquiler que podía pagar san José: pobre es la cama; pobre es la comida; pobre es en suma su vida, mientras apenas allegan para el sustento diario con los trabajos de sus manos, viviendo además en un país donde son desconocidos, sin parientes, sin amigos y despreciados. 
Vive sí en gran pobreza esta familia; pero ¡oh cuán bien ordenadas se hallan las ocupaciones de estos tres habitantes! El santo Niño no pronuncia palabra alguna, pero habla con el corazón palabra continuamente, ofreciendo a su Padre celestial todos los padecimientos y momentos de su vida por nuestra salvación. María tampoco habla, pero a vista de aquel precioso Infante contempla el divino amor y la gracia que le ha hecho de haberle elegido por madre suya.
José trabaja en silencio, y a vista del Divino Niño arde en afectos dándole gracias de haberle elegido por compañero y custodio de su vida. En esta casa María quita la leche a Jesús; antes lo alimentaba con el pecho, ahora lo alimenta con la mano. Lo tiene en su regazo, toma de la horterilla un poco de pan deshecho con agua, y después lo lleva a la sagrado boca del Hijo. 
En esta casa prepara María el primer vestidillo al Niño, y llegado el tiempo deja las fajas y comienza a poner selo. En la misma casa comienza Jesús a andar y hablar. 
¡Ah! Adoremos aquellos primeros pasos que dio el Verbo encarnado, y las primares palabras de vida eterna que profirió. ¡Oh pasos! ¡Oh palabras balbucientes! ¡Ah, pequeños servicios de Jesús, cuánto herís e inflamáis los corazones de los que le aman y os consideran! ¡Un Dios andar temblando y cayendo! ¡un Dios balbuciendo! ¡Un Dios hecho débil que no puede emplearse en otro que en haciendas de la casa, que no puede levantar un palo, si su peso es superior a las fuerzas de un niño! ¡Ah, fe santa, ilumínanos a este buen Señor que por amor nuestro se ha reducido a tantas miserias. Dícese que al entrar Jesús en Egipto cayeron todos los ídolos de aquellas regiones. Roguemos, pues, a Dios que nos haga amar de corazón a Jesús, porque en aquella alma donde entra el amor al mismo, caen todos los ídolos de los afectos terrenos.

lunes, 1 de enero de 2018

Meditaciones de navidad después de Epifanía 3 - San Alfonso María de Ligorio

Meditación La huída a Egipto
MEDITACIONES DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Meditaciones para los días de la octava de la epifanía

Meditación III

De la huida de Jesús a Egipto


Aparece el Ángel a José en sueños, y le da a saber que Herodes andaba buscando a Jesús para quitarle la vida, por lo que le dice: Levántate y toma el Niño y a su Madre, y huye a Egipto. Mt. 2.
He aquí, pues, que apenas ha nacido Jesús, y es perseguido ya de muerte. Herodes es figura de aquellos miserables pecadores, que tan luego como ven renacido en su alma a Jesucristo por el perdón, le persiguen de nuevo a muerte volviendo al pecado: “Buscan al Niño para perderle”. José obedece prontamente a la voz del ángel, y avisa de ello a la santa Esposa. Toma los pocos instrumentos de su oficio que podía llevar, y que habían de servirle para procurar en Egipto el sustento a su pobre familia.
María a la vez reúne un pequeñito arado de pañales para el uso del santo Niño, y después se dirige al aposento, se arrodilla ante todas cosas delante de su tierno Infante, le besa los pies, y después con lágrimas de ternura le dice: ¡Oh Hijo mío! apenas habéis nacido y venido al mundo para salvar a los hombres, ya estos mismos os buscan para quitarlos la vida. Dicho esto lo toma, y siguiendo ambos Esposos en llorar, sierran la puerta, y en la misma noche se ponen en camino.
Ve considerando las ocupaciones de estos santos peregrinos en tal viaje. Todas las conversaciones son de su amado Jesús, de su paciencia y de su amor, aliviándose de esta manera en las penas e incomodidades de tan largo camino.
¡Oh cuán dulce es padecer a vista de Jesús que padece!
Acompáñate también tú, alma mía, dice san Buenaventura, con estos tres santos y pobres desterrados, y compadécelos en esta peregrinación que hacen tan fatigosa, larga y sin comodidad. Ruega a María que te conceda llevar en tu corazón a su Hijo Divino.
Considera cuánto debería padecer, especialmente en aquellas noches que había de pasar en el desierto de Egipto. La desnuda tierra les serviría de lecho al aire libre y frío. Llora el Niño por dolor. Lloran María y José por compasión. ¡Oh fe santa! y ¿quién no llorara al ver un Hijo de Dios, que, hecho chiquito, pobre y abandonado, huye por un desierto para librarse de la muerte?

domingo, 31 de diciembre de 2017

Meditaciones de navidad después de Epifanía 2 - San Alfonso María de Ligorio

Meditación de la presentación del niño Jesús en el templo
MEDITACIONES DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Meditaciones para los días de la octava de la epifanía

Meditación II
De la presentación de Jesús al templo


Llegado el tiempo en que María, según la ley, había de ir a purificarse al templo, y presentar Jesús al Divino Padre, ved que se dirige allá juntamente con José.
Este toma las dos tortolillas que debían ofrecerle; y María toma su amado Niño, toma el Divino Corderito para ir a sacrificarle, en señal de aquel gran sacrificio que un día este mismo Hijo había de consumar sobre la cruz.
Considerad como la santa Virgen entre ya en el templo: hace la oblación de Jesús por parte del género humano, y dice: He aquí, o eterno Padre, vuestro amado Unigénito, que es vuestro Hijo, y también mío; yo os le ofrezco como víctima de vuestra Divina Justicia para aplacaros con los pecadores. Aceptadla, o Dios de misericordia, tened piedad de nuestras miserias; por amor de éste Cordero Inmaculado recibid en vuestra gracia a los hombres”.
Agregase a la oblación de María la de José; y el santo Niño dice también: “Aquí me tenéis, Padre mío, a Vos consagro toda mi vida: me habéis enviado al mundo para salvarlo con mi sangre. Hela, y a mí todo; a Vos me ofrezco por el rescate del linaje humano.”
Se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y hostia a Dios. Ef. 5, 2
Ningún sacrifico fue jamás tan acepto a Dios, cuanto lo fue este que le hizo entonces su amado Hijo, víctima y sacerdote desde niño. Si todos los hombres y todos los Ángeles hubiesen ofrecido sus vidas, no hubiera sido ciertamente su oblación tan apreciable a Dios como lo fue esta de Jesucristo, pues que en este solo ofrecimiento al eterno Padre recibió un honor infinito y una satisfacción infinita. Habiendo pues, Jesús ofrecido la vida al Eterno Padre por nuestro amor, justo es que nosotros le ofrezcamos también la nuestra, y todo lo que somos. Esto es lo que él mismo desea, como significó a la beata Ángela de Foligno diciéndole: “Yo me he ofrecido por ti, a fin de que tú te ofrezcas por mí”.

sábado, 30 de diciembre de 2017

Meditaciones de navidad después de Epifanía 1 - San Alfonso María de Ligorio

Meditación de la adoración de los Magos
MEDITACIONES DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Meditaciones para los días de la octava de la epifanía

Meditación I

De la adoración de los Magos


Nace Jesús pobre en un establo; y si bien le reconocen los Ángeles del cielo, los hombres de la tierra lo dejan abandonado. Solos unos pocos pastores vienen a visitarle. Más el Redentor quiere comenzar ya a comunicar la gracia de su redención, y por esto se manifiesta primero a los gentiles que le conocían menos.
Á este fin ilumina por medio de una estrella a los santos Magos, para que vengan a adorar a su Salvador. Este fue el principio y lo sumo de los favores hechos a nosotros, el llamamiento a la fe, al que siguió el de la gracia, de la cual los hombres estaban privados.
Ved los Magos, que sin tardanza se ponen en viaje; la estrella los acompaña hasta la cueva en donde está el santo Niño. Llegado que hubieron, entran, y ¿qué hallan?
Encuentran una pobre doncella y un pobre niño cubierto de míseros pañales, sin nadie que le corteje y asista. Pero ¡ah! Que al entrar en aquella gruta los santos viajeros, sienten un gozo nunca experimentado; sienten el corazón hacia aquel amado Niño que ven; aquellas pajas, aquella pobreza, aquellos vagidos de su pequeñuelo Salvador, ¿oh para los corazones iluminados!
El Niño les muestra un rostro alegre, y esta es la señal del afecto con que los acepta entre las primeras prendas de la redención. Miran después los santos Reyes a María, la cual no habla.
Permanece en silencio; más en su rostro bienaventurado que respira la dulzura del paraíso los acoge expresiva, y les da las gracias de haber venido los primeros a reconocer a su Hijo, que era para ellos su soberano.
Contemplad como ellos le adoran, aunque en silencio por reverencia, le honran como a su Dios al besarle los pies, y ofrecen sus dones de oro, de incienso y de mirra.
Adoremos nosotros con los santos Magos a nuestro pequeñito Rey Jesús y ofrezcámosle todos nuestros corazones.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Meditaciones navidad San Alfonso María de Ligorio 11 - De la pobreza del niño Jesús

Meditación de la pobreza del Niño Jesús
MEDITACIONES DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Para Natividad hasta la Epifanía.
Meditación XI

De la pobreza del niño Jesús


¡Oh Dios! ¿Quién no compadecería si viese un príncipe hijo de un monarca, nacido tan pobre, que hubiese de albergarse en una cueva húmeda y fría, sin tener lecho ni criados, ni fuego, ni ropas bastantes para calentarlo? ¡Ah Jesús mío! Vos sois, pues, el Hijo del Señor del cielo y de la tierra, Vos sois el que en esta gruta no tenéis otra cosa que un pesebre por cuna, paja por lecho, y unos pobres pañales para cubriros.
Los ángeles están a vuestro rededor para alabaros, pero en nada socorren vuestra pobreza. Redentor mío, cuanto más pobre sois más amable os hacéis, habiendo a este fin abrazado tanta pobreza.
Si nacierais en una habitación regia, si tuvieseis una cuna de oro, si os asistiesen los primeros grandes de la tierra, os atraeríais de los hombres mayor respeto, pero menos amor.
Más ahora esta gruta en que os albergáis, estos viles pañales que os cubren, esta paja que os sirve de cama, este pesebre que es vuestra cuna, ¡Oh! Y como atraen a Vos nuestros corazones, siendo así que os habéis hecho tan pobre para haceros a nosotros mas amable!
“Cuanto por mi más abatido, tanto para mí más amado”, dice San Bernardo.
Os habéis hecho pobre, para enriquecernos con vuestra pobreza, según lo que nos enseña san Pablo: Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza. 2Cor. 8, 9.
En efecto la pobreza de Jesucristo fue para nosotros una gran riqueza; pues que ella nos mueve a adquirirnos los bienes del cielo, despreciando los de la tierra.
¡Ah Jesús mío! esta vuestra pobreza ciertamente ha llevado a muchos Santos a dejarlo todo, riquezas, honores y reinos para ser pobres con Vos. Ea pues, Salvador mío, desprendedme también del afecto a los bienes de la tierra, para que se hecho digno de adquirir vuestro santo amor, y de esta manera poseer a Vos, bien infinito.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Meditaciones para navidad San Alfonso María de Ligorio 10 - De las ocupaciones del niño en el establo de Belén

Meditación de las ocupaciones del niño en el establo de Belén
MEDITACIONES DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Para Natividad hasta la Epifanía.

Meditación X

De las ocupaciones del niño en el establo de Belén




Dos son las principales ocupaciones de un solitario, orar y hacer penitencia. Ved, pues, a Jesús, que en la cueva de Belén nos da ejemplo de ellas.
En el pesebre, elegido por su oratorio en la tierra, no deja de rogar y de amar y de suplicar. Antes de éste tiempo la Majestad divina, si bien había sido adorada de los hombres y de los Ángeles, no obstante nunca había recibido de estas criaturas aquel honor que le dió Jesús aún niño al adorarla en el establo donde nació.
¡Cuán bellos, pues, y perfectos eran los actos de amor que el Verbo encarnado dirigía al Padre en su oración!
El Señor había intimado a los hombres el precepto de amarle con todo el corazón y con todas las fuerzas; pero este mandato jamás había sido cumplido perfectamente por ningún hombre.
Entre las mujeres, la primera en llenarlo fue María, y entre los varones el primero fue Jesucristo, que lo ejecutó de una manera inmensamente mayor que María. Fríos podrían decírselos Serafines respecto del amor de este santo Niño.
Aprendamos, pues, del mismo a amar a nuestro Dios como se debe, y supliquémosle que nos comunique una centella de aquel amor purísimo con el cual amaba a su Divino Padre en el establo de Belén.
¡Oh! ¡y que bellos, perfectos y caros eran a Dios los ruegos del infante Jesús! Pedía en todo tiempo y momento al Padre, y sus peticiones todas se dirigían en nuestro favor, y por cada uno de nosotros. Las gracias que cualquiera ha recibido del Señor, como el ser llamado a la verdadera fe, esperado a penitencia, las luces, el dolor de los pecados, el perdón, los santos deseos, las victorias en las tentaciones, y todos los otros actos buenos que hemos hecho y haremos de confianza, de humildad, de acción de gracias, de ofrecimiento y de resignación, todo nos lo ha alcanzado Jesús, y todo ha sido efecto de las oraciones de Jesús.
¡Cuánto, pues, le debemos! ¡Cuántas gracias debemos por ello darle, y cuánto amarle!

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Meditaciones para navidad San Alfonso María de Ligorio 9 - De la soledad de Jesús en el establo

Meditación de la soledad de Jesús en el establo
MEDITACIONES DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Para Natividad hasta la Epifanía

Meditación IX

De la soledad de Jesús en el establo


Jesús, al nacer, quiso elegir para su retiro y oratorio el establo de Belén; y a este fin dispuso que su nacimiento fuese fuera de la ciudad, en una cueva solitaria, para insinuar su amor a la soledad y al silencio.
Todo esto respira aquella gruta. Entremos en ella, y hallaremos a Jesús que calla recostado sobre la paja; a María y José, que le adoran y contemplan en silencio.
Fue revelado a sor Margarita del Santísimo Sacramento, llamada la Esposa del niño Jesús, que cuanto pasó en la gruta de Belén, aún la visita de los pastores y la adoración de los santos Magos, fue sin hablar palabra.
Esto que en los otros niños es impotencia, en Jesucristo fue virtud. No habla Jesús, pero ¡Cuánto dice con su silencio!
¡Oh! Dichoso el que se entretiene con Jesús, María y José en ésta santa soledad del pesebre! Los pastores con solo haber sido admitidos allí un poco de tiempo, salieron todos inflamados de amor hacia Dios, pues que no hacían otro, sino alabarle y bendecirle.
¡Oh! ¡feliz aquella alma que se encierra en la soledad de Belén, a contemplar la divina misericordia, y el amor que Dios ha tenido y tiene a los hombres!
La llevaré a la soledad, y hablarle a su corazón, le dice el Señor por Oséas. Oseas 2, 14. Allí el Divino Infante no le hablará al oído, si al corazón, invitándola a amar a su Dios, que tanto la ama. Al ver la pobreza de aquel solitario, que se está en una cueva fría, sin fuego, sirviéndose de un pesebre por cuna, y de un poco de heno por lecho: al oír los vagidos, al mirar las lágrimas de este inocente Niño, y al considerar que Él es su Dios, ¿cómo es posible pensar en otro que en amarlo? ¡Oh! ¡qué dulce retiro es para un alma que tiene fe el establo de Belén!
Imitemos también a María y José, que inflamados de amor perseveran en contemplar al gran Hijo de Dios, vestido de carne, y sujeto a las miserias humanas; el sabio, reducido a un parvulito que no habla: el grande, hecho chiquito; el excelso, de tal modo abatido: el rico, hecho tan pobre; el omnipotente, débil; en suma, considerando la majestad divina oculta bajo la forma de un pequeñito niño despreciado y abandonado del mundo, y que todo lo hace y padece, para hacerse amable a los hombres, ruégale que te admita en este santo retiro.
Enciérrate y permanece allí, y no te separes más de él. ¡Oh soledad! en la que Dios habla y conserva son sus amadas almas, no como soberano, sino como amigo, hermano y esposo
¡Oh! ¡qué paraíso conservar de solo a solo con Jesús niño en la grutilla de Belén!

martes, 26 de diciembre de 2017

Meditaciones para la octava de navidad San Alfonso María de Ligorio 8 - Del Nombre de Jesús

Meditación del nombre de Jesús para rezarla el 1 de enero 
MEDITACIONES DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Para la octava de Natividad hasta la Epifanía.
Meditación VIII

Del Nombre de Jesús


El nombre de Jesús es nombre divino, anunciado a María de parte de Dios por el arcángel san Gabriel; y por esto dijo san Pablo, que era nombre sobre todo nombre, en el que solamente se halla la salvación.
Este nombre es comparado por el Espíritu Santo al aceite, por la razón, dice san Bernardo, de que así como el aceite es luz y comida, y también medicina; así el nombre de Jesús es luz para el entendimiento, alimento para el corazón y medicina para el alma.
Es luz para el entendimiento, pues con este nombre se convirtió el mundo, sacándole de las tinieblas de la idolatría a la luz de la fe. Nosotros que hemos nacido en estas regiones, donde antes de la venida de Jesucristo todos nuestros antepasados eran gentiles, seríamos aún tales, si no hubiese venido el Mesías a iluminarlos.
¡Cuánto, pues, debemos agradecer a Jesucristo el don de la fe! Y ¿qué sería de nosotros en el África o en América, entre herejes o cismáticos? El que no cree, está perdido; y verosímilmente del mismo modo nos hubiésemos perdido nosotros.
Es también el nombre de Jesús el alimento que nutre nuestros corazones; porque él nos recuera lo que Jesús ha hacho por salvarnos. De aquí es que nos consuela este nombre en las tribulaciones, nos da fuerza para andar por el camino de la salvación, nos anima en las desconfianzas, nos enciende para amar, recordando lo que ha padecido nuestro Redentor por salvarnos.
Este nombre, finalmente, es medicina para el alma, haciéndola fuerte contra las tentaciones de nuestros enemigos.
Tiembla el infierno, y huye al invocar este santo nombre, según aquello que dice el Apóstol: En el nombre de Jesús se dobla toda rodilla de los que están en el cielo, en la tierra y en los infiernos. Filipenses 2, 10.
El que es tentado y llama a Jesús, no cae, y quién siempre le invocare no caerá y será salvo, según la palabra del salmo: Invocaré al Señor alabándole: y seré salvo de mis enemigos. Sal. 18, 4
Y ¿quién, que siendo tentado le ha invocado, se ha perdido jamás? Se pierde el que no le invoca en su ayuda, o quién persistiendo la tentación deja de invocarle.

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