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jueves, 5 de octubre de 2023

Catequesis Marianas de San Juan Pablo II (53) - “La dormición de la Madre de Dios”

 

 SAN JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 25 de junio de 1997

 

“La dormición de la Madre de Dios”

 

1. Sobre la conclusión de la vida terrena de María, el Concilio cita las palabras de la bula de definición del dogma de la Asunción y afirma: «La Virgen inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo» (Lumen gentium, 59). Con esta fórmula, la constitución dogmática Lumen gentium, siguiendo a mi venerado predecesor Pío XII, no se pronuncia sobre la cuestión de la muerte de María. Sin embargo, Pío XII no pretendió negar el hecho de la muerte; solamente no juzgó oportuno afirmar solemnemente, como verdad que todos los creyentes debían admitir, la muerte de la Madre de Dios.

En realidad, algunos teólogos han sostenido que la Virgen fue liberada de la muerte y pasó directamente de la vida terrena a la gloria celeste. Sin embargo, esta opinión era desconocida hasta el siglo XVII, mientras que, en realidad, existe una tradición común que ve en la muerte de María su introducción en la gloria celeste.

2. ¿Es posible que María de Nazaret haya experimentado en su carne el drama de la muerte? Reflexionando en el destino de María y en su relación con su Hijo divino, parece legítimo responder afirmativamente: dado que Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario por lo que se refiere a su Madre. En este sentido razonaron los Padres de la Iglesia, que no tuvieron dudas al respecto. Basta citar a Santiago de Sarug († 521), según el cual «el coro de los doce Apóstoles», cuando a María le llegó «el tiempo de caminar por la senda de todas las generaciones», es decir, la senda de la muerte, se reunió para enterrar «el cuerpo virginal de la Bienaventurada » (Discurso sobre el entierro de la santa Madre de Dios, 87-99 en C. Vona, Lateranum 19 [1953], 188). San Modesto de Jerusalén († 634), después de hablar largamente de la «santísima dormición de la gloriosísima Madre de Dios», concluye su «encomio», exaltando la intervención prodigiosa de Cristo, que «la resucitó de la tumba» para tomarla consigo en la gloria (Enc. in dormitionem Deiparae semperque Virginis Mariae, nn. 7 y 14: PG 86 bis, 3.293; 3.311). San Juan Damasceno († 704), por su parte, se pregunta: «¿Cómo es posible que aquella que en el parto superó todos los límites de la naturaleza, se pliegue ahora a sus leyes y su cuerpo inmaculado se someta a la muerte?». Y responde: «Ciertamente, era necesario que se despojara de la parte mortal para revestirse de inmortalidad, puesto que el Señor de la naturaleza tampoco evitó la experiencia de la muerte. En efecto, él muere según la carne y con su muerte destruye la muerte, transforma la corrupción en incorruptibilidad y la muerte en fuente de resurrección» (Panegírico sobre la dormición de la Madre de Dios, 10: SC 80, 107).

domingo, 23 de julio de 2023

"La finalidad principal de las Jornadas Mundiales de la Juventud es la de colocar a Jesucristo en el centro de la fe y de la vida de cada joven" - San Juan Pablo II

 

CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON MOTIVO DEL SEMINARIO DE ESTUDIO
SOBRE LAS JORNADAS MUNDIALES DE LA JUVENTUD

 

Señor Cardenal:

1. Me ha alegrado la noticia de que el Pontificio Consejo para los Laicos ha organizado un Seminario de Estudio sobre las Jornadas Mundiales de la Juventud en el Santuario de Jasna Góra, en Czestochowa .

Al mismo tiempo que me alegro por esta iniciativa tan oportuna, no quiero que a los participantes les falte mi palabra de ánimo, junto a mi más sincero reconocimiento por lo que han hecho en favor de los jóvenes de todo el mundo.

Ante todo ¿cómo no dar gracias a Dios por los numerosos frutos que, a distintos niveles, han brotado de las Jornadas Mundiales de la Juventud? Desde el primer encuentro, celebrado en la Plaza de San Pedro el Domingo de Ramos de 1986, se ha consolidado una tradición que alterna, de año en año, un encuentro mundial y otro diocesano, subrayando el indispensable dinamismo del compromiso apostólico de los jóvenes, tanto en la dimensión local como universal.

Las Jornadas, acogiendo una iniciativa propuesta por los mismos jóvenes, han nacido del deseo de ofrecerles significativos «momentos de pausa» en la constante peregrinación de la fe, que se alimenta también mediante el encuentro con los coetáneos de otros Países y el intercambio de las propias experiencias.

viernes, 16 de junio de 2023

El presbítero y la sociedad civil - San Juan Pablo II

 SAN JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 28 de julio de 1993

 

El presbítero y la sociedad civil


(Lectura:capítulo 10 del evangelio de san Marcos, versículos 42-45)

1. El tema del desapego del presbítero de los bienes terrenos está unido al tema de su relación con la cuestión política. Hoy más que nunca se asiste a un entrelazamiento continuo de la economía y la política, ya sea en el ámbito amplio de los problemas de interés nacional, ya en los campos más restringidos de la vida familiar y personal. Así sucede en las votaciones para elegir a los propios representantes en el Parlamento y a los administradores públicos, en las adhesiones a las listas de candidatos propuestas a los ciudadanos, en las opciones de los partidos y en los mismos pronunciamientos sobre personas, programas y balances relativos a la gestión de la cosa pública. Sería un error hacer depender la política exclusiva o principalmente de su ámbito económico. Pero los mismos proyectos superiores de servicio a la persona humana y al bien común, están condicionados por él y no pueden menos de abarcar en sus contenidos también las cuestiones referentes a la posesión, el uso, la distribución y la circulación de los bienes terrenos.

2. Todos éstos son puntos que incluyen una dimensión ética, en la que se interesan también los presbíteros precisamente con vistas al servicio que tienen que prestar al hombre y a la sociedad, según la misión recibida de Cristo. En efecto, él enunció una doctrina y formuló preceptos que aclaran la vida no sólo de cada una de las personas, sino también de la sociedad. En particular, Jesús formuló el precepto del amor mutuo. Ese precepto implica el respeto a toda persona y a sus derechos; implica las reglas de la justicia social que miran a reconocer a cada persona lo que le corresponde y a repartir armoniosamente los bienes terrenos entre las personas, las familias y los grupos. Jesús, además, subrayó el universalismo del amor, por encima de las diferencias entre las razas y las naciones que componen la humanidad. Podría decirse que, al definirse a sí mismo Hijo del hombre, quiso declarar, también con esa presentación de su identidad mesiánica, la destinación de su obra a todo hombre, sin discriminación entre categorías, lenguas, culturas y grupos étnicos y sociales. Al anunciar la paz a sus discípulos y a todos los hombres, Jesús puso su fundamento en el precepto del amor fraterno, de la solidaridad y de la ayuda recíproca a nivel universal. Está claro que para él éste era y es el objetivo y el principio de una buena política.

Sin embargo, Jesús nunca quiso empeñarse en un movimiento político, rehuyendo todo intento de implicarlo en cuestiones o asuntos terrenos (cf. Jn 6, 15). El Reino que vino a fundar no es de este mundo (cf. Jn 18, 36). Por eso, a quienes querían que tomara posición respecto al poder civil, les dijo: "Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios" (Mt 22, 21). Nunca prometió a la nación judía, a la que pertenecía y amaba, la liberación política, que muchos esperaban del Mesías. Jesús afirmaba que había venido como Hijo de Dios para ofrecer a la humanidad, sometida a la esclavitud del pecado, la liberación espiritual y la vocación al reino de Dios (cf. Jn 8, 34.36); que había venido para servir, no para ser servido (cf. Mt 20, 28); y que también sus seguidores, especialmente los Apóstoles, no debían pensar en el poder terreno y el dominio de los pueblos, como los príncipes de la tierra, sino ser siervos humildes de todos (cf. Mt 20, 20.28), como su "Señor y Maestro" (Jn 13, 13.14).

miércoles, 17 de mayo de 2023

Catequesis Marianas de San Juan Pablo II (52) - “María y el don del Espíritu”

 

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 28 de mayo de 1997

 

“María y el don del Espíritu”


 

1. Recorriendo el itinerario de la vida de la Virgen María, el concilio Vaticano II recuerda su presencia en la comunidad que espera Pentecostés: «Dios no quiso manifestar solemnemente el misterio de la salvación humana antes de enviar el Espíritu prometido por Cristo. Por eso vemos a los Apóstoles, antes del día de Pentecostés, "perseverar en la oración unidos, junto con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y sus parientes" (Hch 1, 14). María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra» (Lumen gentium, 59).

La primera comunidad constituye el preludio del nacimiento de la Iglesia; la presencia de la Virgen contribuye a delinear su rostro definitivo, fruto del don de Pentecostés.

2. En la atmósfera de espera que reinaba en el cenáculo después de la Ascensión, ¿cuál era la posición de María con respecto a la venida del Espíritu Santo?

El Concilio subraya expresamente su presencia, en oración, con vistas a la efusión del Paráclito: María implora «con sus oraciones el don del Espíritu». Esta afirmación resulta muy significativa, pues en la Anunciación el Espíritu Santo ya había venido sobre ella, cubriéndola con su sombra y dando origen a la encarnación del Verbo.

Al haber hecho ya una experiencia totalmente singular sobre la eficacia de ese don, la Virgen santísima estaba en condiciones de poderlo apreciar más que cualquier otra persona. En efecto, a la intervención misteriosa del Espíritu debía ella su maternidad, que la convirtió en puerta de ingreso del Salvador en el mundo.

A diferencia de los que se hallaban presentes en el cenáculo en trepidante espera, ella, plenamente consciente de la importancia de la promesa de su Hijo a los discípulos (cf. Jn 14, 16), ayudaba a la comunidad a prepararse adecuadamente a la venida del Paráclito.

Por ello, su singular experiencia, a la vez que la impulsaba a desear ardientemente la venida del Espíritu, la comprometía también a preparar la mente y el corazón de los que estaban a su lado.

jueves, 20 de abril de 2023

Catequesis Marianas de San Juan Pablo II (51) - «María y la resurrección de Cristo»

 

SAN JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 21 de mayo de 1997


"María y la resurrección de Cristo"

 

1. Después de que Jesús es colocado en el sepulcro, María «es la única que mantiene viva la llama de la fe, preparándose para acoger el anuncio gozoso y sorprendente de la Resurrección» (Catequesis durante la audiencia general del 3 de abril de 1996, n. 2: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de abril de 1996, p. 3). La espera que vive la Madre del Señor el Sábado santo constituye uno de los momentos más altos de su fe: en la oscuridad que envuelve el universo, ella confía plenamente en el Dios de la vida y, recordando las palabras de su Hijo, espera la realización plena de las promesas divinas.

Los evangelios refieren varias apariciones del Resucitado, pero no hablan del encuentro de Jesús con su madre. Este silencio no debe llevarnos a concluir que, después de su resurrección, Cristo no se apareció a María; al contrario, nos invita a tratar de descubrir los motivos por los cuales los evangelistas no lo refieren.

Suponiendo que se trata de una «omisión», se podría atribuir al hecho de que todo lo que es necesario para nuestro conocimiento salvífico se encomendó a la palabra de «testigos escogidos por Dios» (Hch 10, 41), es decir, a los Apóstoles, los cuales «con gran poder» (Hch 4, 33) dieron testimonio de la resurrección del Señor Jesús. Antes que a ellos, el Resucitado se apareció a algunas mujeres fieles, por su función eclesial: «Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (Mt 28, 10).

Si los autores del Nuevo Testamento no hablan del encuentro de Jesús resucitado con su madre, tal vez se debe atribuir al hecho de que los que negaban la resurrección del Señor podrían haber considerado ese testimonio demasiado interesado y, por consiguiente, no digno de fe.

martes, 25 de mayo de 2021

Catequesis Marianas de San Juan Pablo II (50) - «He ahí a tu madre»

 

SAN JUAN PABLO II

AUDIENCIA

Miércoles 7 de mayo de 1997

 

«He ahí a tu madre»

 


1. Jesús, después de haber confiado el discípulo Juan a María con las palabras: «Mujer, he ahí a tu hijo», desde lo alto de la cruz se dirige al discípulo amado, diciéndole: «He ahí a tu madre» (Jn 19, 26-27). Con esta expresión, revela a María la cumbre de su maternidad: en cuanto madre del Salvador, también es la madre de los redimidos, de todos los miembros del Cuerpo místico de su Hijo.

La Virgen acoge en silencio la elevación a este grado máximo de su maternidad de gracia, habiendo dado ya una respuesta de fe con su «sí» en la Anunciación.

Jesús no sólo recomienda a Juan que cuide con particular amor de María; también se la confía, para que la reconozca como su propia madre.

Durante la última cena, «el discípulo a quien Jesús amaba» escuchó el mandamiento del Maestro: «Que os améis los unos a los otros como yo os he amado » (Jn 15, 12) y, recostando su cabeza en el pecho del Señor, recibió de él un signo singular de amor. Esas experiencias lo prepararon para percibir mejor en las palabras de Jesús la invitación a acoger a la mujer que le fue dada como madre y a amarla como él con afecto filial.

Ojalá que todos descubran en las palabras de Jesús: «He ahí a tu madre», la invitación a aceptar a María como madre, respondiendo como verdaderos hijos a su amor materno.

2. A la luz de esta consigna al discípulo amado, se puede comprender el sentido auténtico del culto mariano en la comunidad eclesial, pues ese culto sitúa a los cristianos en la relación filial de Jesús con su Madre, permitiéndoles crecer en la intimidad con ambos.

El culto que la Iglesia rinde a la Virgen no es sólo fruto de una iniciativa espontánea de los creyentes ante el valor excepcional de su persona y la importancia de su papel en la obra de la salvación; se funda en la voluntad de Cristo.

Las palabras: «He ahí a tu madre» expresan la intención de Jesús de suscitar en sus discípulos una actitud de amor y confianza en María, impulsándolos a reconocer en ella a su madre, la madre de todo creyente.

En la escuela de la Virgen, los discípulos aprenden, como Juan, a conocer profundamente al Señor y a entablar una íntima y perseverante relación de amor con él. Descubren, además, la alegría de confiar en el amor materno de María, viviendo como hijos afectuosos y dóciles.

La historia de la piedad cristiana enseña que María es el camino que lleva a Cristo y que la devoción filial dirigida a ella no quita nada a la intimidad con Jesús; por el contrario, la acrecienta y la lleva a altísimos niveles de perfección.

Los innumerables santuarios marianos esparcidos por el mundo testimonian las maravillas que realiza la gracia por intercesión de María, Madre del Señor y Madre nuestra.

Al recurrir a ella, atraídos por su ternura, también los hombres y las mujeres de nuestro tiempo encuentran a Jesús, Salvador y Señor de su vida.

Sobre todo los pobres, probados en lo más íntimo, en los afectos y en los bienes, encontrando refugio y paz en la Madre de Dios, descubren que la verdadera riqueza consiste para todos en la gracia de la conversión y del seguimiento de Cristo.

3. El texto evangélico, siguiendo el original griego, prosigue: «Y desde aquella hora el discípulo la acogió entre sus bienes» (Jn 19, 27), subrayando así la adhesión pronta y generosa de Juan a las palabras de Jesús, e informándonos sobre la actitud que mantuvo durante toda su vida como fiel custodio e hijo dócil de la Virgen.

La hora de la acogida es la del cumplimiento de la obra de salvación. Precisamente en ese contexto, comienza la maternidad espiritual de María y la primera manifestación del nuevo vínculo entre ella y los discípulos del Señor.

Juan acogió a María «entre sus bienes ». Esta expresión, más bien genérica, pone de manifiesto su iniciativa, llena de respeto y amor, no sólo de acoger a María en su casa, sino sobre todo de vivir la vida espiritual en comunión con ella.

En efecto, la expresión griega, traducida al pie de la letra «entre sus bienes», no se refiere a los bienes materiales, dado que Juan —como observa san Agustín (In Ioan. Evang. tract., 119, 3)— «no poseía nada propio», sino a los bienes espirituales o dones recibidos de Cristo: la gracia (Jn 1, 16), la Palabra (Jn 12, 48; 17, 8), el Espíritu (Jn 7, 39; 14, 17), la Eucaristía (Jn 6, 32-58)... Entre estos dones, que recibió por el hecho de ser amado por Jesús, el discípulo acoge a María como madre, entablando con ella una profunda comunión de vida (cf. Redemptoris Mater, 45, nota 130).

Ojalá que todo cristiano, a ejemplo del discípulo amado, «acoja a María en su casa» y le deje espacio en su vida diaria, reconociendo su misión providencial en el camino de la salvación.

 

miércoles, 30 de diciembre de 2020

San José de Nazaret, que salvó a Jesús de la crueldad de Herodes, se nos presenta en este momento como un gran promotor de la causa de la defensa de la vida humana, desde el primer instante de la concepción hasta su muerte natural - San Juan Pablo II

 

VIAJE APOSTÓLICO A POLONIA

MISA EN EL SANTUARIO DE SAN JOSÉ

HOMILÍA DEL SANTO PADRE SAN JUAN PABLO II

Kalisz, miércoles 4 de junio de 1997

 

Queridos hermanos y hermanas:

1. Doy gracias a la divina Providencia porque me da la posibilidad de visitar hoy vuestra ciudad, esta Kalisz que las antiquísimas crónicas recogen en sus mapas mucho antes de que se creara el Estado polaco. Ya he venido acá varias veces. Conservo en la memoria los encuentros y las personas que tomaron parte en ellos. Os saludo cordialmente a todos vosotros, aquí reunidos. Saludo a vuestra joven diócesis y a su primer obispo ordinario, al obispo auxiliar, al clero, a las personas consagradas y a todo el pueblo de Dios de la tierra de Kalisz. Te saludo, tierra de Kalisz, con toda tu riqueza del pasado y del presente. Deseo que todo esto se reavive de alguna manera en la misa de hoy.

«¡Dichoso san José!». Me alegra celebrar este sacrificio eucarístico en el santuario de san José. En efecto, es un lugar destacado en la historia de la Iglesia y de la nación. Mientras escuchamos el evangelio, que nos recuerda la huida a Egipto, nos vienen a la mente las palabras que recoge la preparación litúrgica para la santa misa: «¡Dichoso san José, al que no sólo se concedió ver y oír a Dios, a quien muchos reyes querían ver y no vieron, oír y no oyeron (cf. Mt 13, 17), sino también llevarlo en sus brazos, besarlo, vestirlo y protegerlo! ».

Esta oración nos presenta a san José como el protector del Hijo de Dios. Prosigue con la siguiente petición: «Oh Dios, que nos has concedido el sacerdocio real, haz que, como san José, que mereció tocar y llevar con respeto en sus brazos a tu Hijo unigénito, nacido de María Virgen, obtengamos la gracia de servir en tus altares con pureza de corazón e inocencia de obras, para recibir hoy dignamente el sacratísimo Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, y así merecer el premio eterno en el mundo futuro».

Se trata de una oración muy hermosa. La rezo todos los días antes de la santa misa y, ciertamente, la rezan también muchos sacerdotes en todo el mundo. San José, esposo de María Virgen, padre adoptivo del Hijo de Dios, no fue sacerdote, pero participó en el sacerdocio común de los fieles. Y dado que, como padre y protector de Jesús, pudo tenerlo y llevarlo entre sus brazos, los sacerdotes se dirigen a san José con la ardiente petición de poder celebrar el sacrificio eucarístico con la misma veneración y con el mismo amor con que él cumplió su misión de padre putativo del Hijo de Dios. Estas palabras son muy elocuentes. Las manos del sacerdote que tocan el Cuerpo eucarístico de Cristo quieren obtener de san José la gracia de una castidad y de una veneración igual a la que el santo carpintero de Nazaret tenía con respecto a su Hijo adoptivo. Por eso, es justo que, en el itinerario de la peregrinación vinculada al Congreso eucarístico de Wrocław, se encuentre también la visita al santuario de san José de Kalisz.

2. «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto»(Mt2,13).

jueves, 22 de octubre de 2020

San Juan Pablo II abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios - Benedicto XVI

 

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

EN LABEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II

1 de mayo de 2011

Queridos hermanos y hermanas:

Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.

Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.

martes, 6 de octubre de 2020

San Bruno se sintió llamado a consagrarse al bien único que es Dios mismo - san Juan Pablo II

 

MENSAJE DEL SANTO PADRE

SAN JUAN PABLO II
CON OCASIÓN DEL IX CENTENARIO

DE LA MUERTE DE SAN BRUNO


Al reverendo padre
Marcellin THEEUWES
Prior de Chartreuse
Ministro general de la Orden de los Cartujos
y a todos los miembros de la familia cartuja

1. Mientras los miembros de la familia cartuja celebran el IX centenario de la muerte de su fundador, doy gracias juntamente con ellos a Dios, que suscitó en su Iglesia la figura eminente y siempre actual de san Bruno. Con una oración ferviente, apreciando vuestro testimonio de fidelidad a la Sede de Pedro, me uno de buen grado a la alegría de la orden cartuja, que tiene a este "padre muy bueno e incomparable" como maestro de vida espiritual. El 6 de octubre de 1101, "ardiendo de amor divino", Bruno dejó "las sombras fugitivas del siglo" para alcanzar definitivamente los "bienes eternos" (cf. Carta a Raúl, n. 13). Los hermanos del eremitorio de Santa María de la Torre, en Calabria, a los que había dado tanto afecto, no podían dudar de que ese dies natalis inauguraba una aventura espiritual singular, que produce aún hoy frutos abundantes para la Iglesia y para el mundo.

Testigo de la inquietud cultural y religiosa que en su época agitaba a la Europa naciente, protagonista de la reforma que deseaba realizar la Iglesia frente a las dificultades internas que encontraba, después de ser un profesor apreciado, Bruno se sintió llamado a consagrarse al bien único que es Dios mismo. "¿Hay algo tan bueno como Dios? Más aún, ¿existe un bien que no sea Dios? Por eso el alma santa que percibe este bien, su incomparable brillo, su esplendor y su belleza, arde en la llama de amor celestial y exclama:  "Mi alma tiene sed del Dios vivo; ¿cuándo veré el rostro de Dios?"" (Carta a Raúl, n. 15). El carácter radical de esta sed impulsó a Bruno, en la escucha paciente del Espíritu, a inventar con sus primeros compañeros un estilo de vida eremítica, en el que todo favorece la respuesta a la llamada de Cristo que, en todos los tiempos, elige a hombres "para llevarlos a la soledad y unirse a ellos con un amor íntimo" (Estatutos de la Orden de los Cartujos). Con esa elección de "vida en el desierto", Bruno invita desde entonces a toda la comunidad eclesial "a no perder nunca de vista la suprema vocación, que consiste en estar siempre con el Señor" (Vita consecrata, 7).

San Bruno manifiesta un vivo sentido de Iglesia, pues fue capaz de olvidar "su" proyecto, para responder a las llamadas del Papa. Consciente de que no se puede avanzar por el camino de la santidad sin obedecer a la Iglesia, nos muestra así que la verdadera vida de seguimiento de Cristo exige ponerse en sus manos, manifestando en el abandono de sí un suplemento de amor. Esta actitud le mantenía en una alegría y alabanza a Dios permanentes. Sus hermanos constataban que "tenía siempre el rostro radiante de gozo y palabras modestas. Con el vigor de un padre, sabía mostrar la sensibilidad de una madre" (Introducción al Pergamino fúnebre dedicado a san Bruno). Estas delicadas palabras del pergamino fúnebre expresan la fecundidad de una vida consagrada a la contemplación del rostro de Cristo, fuente de eficacia apostólica y motor de la caridad fraterna. Ojalá que los hijos e hijas de san Bruno, a ejemplo de su padre, sigan contemplando siempre a Cristo, mostrando así "una vigilancia santa y perseverante, a la espera de la vuelta de su Maestro, para abrirle cuando llame" (Carta a Raúl, n. 4); esto constituye una llamada estimulante para que todos los cristianos se mantengan vigilantes en la oración a fin de acoger a su Señor.

martes, 15 de septiembre de 2020

La memoria de los dolores de la Santísima Virgen María - San Juan Pablo II

 

SAN JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 15 de septiembre de 1991


 

1. "Stabat Mater dolorosa...", "la Madre dolorosa estaba junto a la cruz y lloraba mientras el Hijo pendía".

Hoy, 15 de septiembre en el calendario litúrgico se celebra la memoria de los dolores de la Santísima Virgen María. Esta fiesta fue precedida por la de la Exaltación de la Santa Cruz que celebramos ayer.

¡Qué desconcertante es el misterio de la cruz! Después de haber meditado largamente en él san Pablo escribió a los cristianos de Galacia "En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo" (Ga 6, 14).

También la Santísima Virgen podría haber repetido —¡y con mayor verdad!— esas mismas palabras. Contemplando a su Hijo moribundo en el Calvario había comprendido que la "gloria" de su maternidad divina alcanzaba en aquel momento su ápice, participando directamente en la obra de la redención. Además, había comprendido que a partir de aquel momento el dolor humano, hecho suyo por el Hijo crucificado, adquiría un valor inestimable.

2. Hoy, por tanto, la Virgen de los Dolores, firme junto a la cruz, con la elocuencia muda del ejemplo, nos habla del significado del sufrimiento en el plan divino de la redención.

Ella fue la primera que supo y quiso participar en el misterio salvífico "asociándose con entrañas de madre a su sacrificio consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado" (Lumen gentium 58). Íntimamente enriquecida por esta experiencia inefable, se acerca a quien sufre, lo toma de la mano y lo invita a subir con ella al Calvario y a detenerse ante el Crucificado.

En aquel cuerpo martirizado está la única respuesta convincente para las preguntas que se elevan imperiosamente desde el corazón. Y con la respuesta se recibe también la fuerza necesaria para desempeñar el propio papel en la lucha que —como escribí en la carta apostólica Salvifici doloris — opone las fuerzas del bien a las del mal (cf. n. 27). Y agregué: "Los que participan en los sufrimientos de Cristo conservan en sus sufrimientos una especialísima partícula del tesoro infinito de la redención del mundo, y pueden compartir este tesoro con los demás" (ib.).

miércoles, 9 de septiembre de 2020

San Pedro Claver ofrece un luminoso punto de referencia, como eminente defensor de esos derechos humanos por los medios empleados en ello.- San Juan Pablo II

 

MENSAJE DE SAN JUAN PABLO II

A LOS COLOMBIANOS
A CONCLUSIÓN DEL AÑO CLAVERIANO

26 de junio de 1980

 

Venerables hermanos y amadísimos hijos de Colombia,

A conclusión del año claveriano, que ha significado para vosotros un nuevo enriquecimiento en la fe, os disponéis a celebrar solemnemente en Cartagena, junto a la Casa-santuario que guarda les reliquias del Santo, el Cuarto Centenario del nacimiento de San Pedro Claver.

Mucho me hubiera agradado poder acceder a vuestros deseos y encontrarme en medio de vosotros en esta ocasión, para unirme al homenaje tributado a esa insigne figura eclesial, a la que profesáis tanto cariño y devoción.

Las múltiples ocupaciones de mi servicio a la Iglesia universal no me han permitido, sin embargo, una presencia física; pero no por ello es menos intensa mi participación afectuosa y cordial en estas manifestaciones de fe, en les que estoy espiritualmente unido a vosotros y visiblemente representado por el amado Cardenal Bernardin Gantin, mi Enviado Especial.

Permitidme que os exprese ante todo mi profunda admiración por este ejemplar religioso de la Compañía de Jesús, un preclaro colombiano nacido en España, de quien mi predecesor León XIII dijo: “Después de Cristo es el hombre que más me ha impresionado en la historia”.

A pesar de los cuatrocientos años que nos separan de su nacimiento, su mensaje y ejemplo conservan una gran actualidad en nuestros días. El, animado por el amor sincero y universal que distingue al verdadero seguidor de Cristo, se hizo “el esclavo de los esclavos negros para siempre”, a ellos consagró sus mejores energías, en defensa de sus derechos como personal y como hijos de Dios consumió su existencia, y en una prueba heroica de amor al hermano entregó su vida.

Pero San Pedro Claver no limitó el horizonte de su labor a los esclavos, sino que lo extendió con prodigiosa vitalidad a todos los grupos étnicos o religiosos que sufrían la marginación. ¡Cuántos prisioneros, extranjeros, pobres y oprimidos, además de los trabajadores esclavos en la construcción, en les minas y haciendas recibieron su visita, su aliento y consuelo!

En un ambiente duro y difícil, en el que el derecho del ser humano era violado sin escrúpulos, San Pedro Claver gritó valientemente a los dominadores que aquellos seres oprimidos eran iguales a ellos en su dignidad, en su alma y en su vocación trascendente.

Con profundo sentido pedagógico, con facto de sociólogo integral, al marginado le infundió la conciencia de su dignidad, le hizo apreciar el valor de su persona y del destino al que Dios, Padre de todos, le llamaba. Así rompió les barreras de la desesperación; así sembró la esperanza; así fue trasformando una realidad injusta, sin predicar caminos de violencia física o de odio; así fue creando un lazo de unión entre dos razas y culturas.

martes, 8 de septiembre de 2020

La Festividad de la Natividad de la Virgen María es toda una invitación a la alegría - San Juan Pablo II

 

DE LA HOMILÍA DEL SANTO PADRE

SAN JUAN PABLO II

EN LA VISITA PASTORAL A FRASCATI

Lunes 8 de septiembre de 1980

 

Queridísimos hermanos y hermanas:

…estamos reunidos para proclamar el alegre mensaje de la esperanza cristiana porque —como hemos escuchado en la liturgia— celebramos hoy "con alegría el nacimiento de María, la Virgen: de Ella salió el Sol de Justicia, Cristo, nuestro Dios".

Esta festividad mariana es toda ella una invitación a la alegría, precisamente porque con el nacimiento de María Santísima Dios daba al mundo como la garantía concreta de que la salvación era ya inminente: la humanidad que, desde milenios, en forma más o menos consciente, había esperado algo o alguien que la pudiese liberar del dolor, del mal, de la angustia, de la desesperación, y que dentro del Pueblo elegido había encontrado, especialmente en los Profetas, a los portavoces de la Palabra de Dios, confortante y consoladora, podía mirar finalmente, conmovida y emocionada, a María "Niña", que era el punto de convergencia y de llegada de un conjunto de promesas divinas, que resonaban misteriosamente en el corazón mismo de la historia.

Precisamente esta Niña, todavía pequeña y frágil, es la "Mujer" del primer anuncio de la redención futura, contrapuesta por Dios a la serpiente tentadora: "Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer y entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza, y tú le morderás a él el calcañal" (Gén 3, 15).

Precisamente esta Niña es la "Virgen" que "concebirá y parirá un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que quiere decir 'Dios con nosotros'" (cf. Is 7, 14; Mt 1, 23). Precisomente esta Niña es la "Madre" que parirá en Belén "a aquel que señoreará en Israel" (cf. Miq 5, 1 s.).

La liturgia de hoy aplica a María recién nacida el pasaje de la Carta a los Romanos, en el que San Pablo describe el designio misericordioso de Dios en relación con los elegidos: María es predestinada por la Trinidad a una misión altísima; es llamada; es santificada; es glorificada.

viernes, 28 de agosto de 2020

AUGUSTINUM HIPPONENSEM - Carta apostólica en el XVI centenario de la conversión de San Agustín- San Juan Pablo II

 

CARTA APOSTÓLICA
AUGUSTINUM HIPPONENSEM
DEL SUMO PONTÍFICE
SAN JUAN PABLO II
EN EL XVI CENTENARIO
DE LA CONVERSIÓN DE SAN AGUSTÍN

I. La conversión - II. El Doctor, 1. Razón y fe, 2. Dios y el hombre, 3. Cristo y la Iglesia, 4. Libertad y gracia, 5. La caridad y las ascensiones del espíritu - III. El Pastor - IV. Agustín a los hombres de hoy

San Agustín - Philippe de Champaigne


 

A los obispos,
sacerdotes,
familias religiosas
y fieles de toda la Iglesia católica
en el XVI centenario de la conversión
de san Agustín,
Obispo y Doctor de la Iglesia

 

Venerables hermanos y queridos hijos e hijas, salud y bendición apostólica.

1. Agustín de Hipona, desde que apenas un año después de su muerte fue catalogado como uno de los "mejores maestros de la Iglesia" 1 por mi lejano predecesor Celestino I, ha seguido estando presente en la vida de la Iglesia y en la mente y en la cultura de todo el Occidente. Después, otros Romanos Pontífices, por no hablar de los Concilios que con frecuencia y abundantemente se han inspirado en sus escritos, han propuesto sus ejemplos y sus documentos doctrinales para que se les estudiara e imitara. León XIII exaltó sus enseñanzas filosóficas en la Encíclica Aeterni Patris 2; Pío XI reasumió sus virtudes y su pensamiento en la Encíclica Ad salutem humani generis, declarando que por su ingenio agudísimo, por la riqueza y sublimidad de su doctrina, por la santidad de su vida y por la defensa de la verdad católica nadie, o muy pocos se le pueden comparar de cuantos han florecido desde los principios del género humano hasta nuestros días 3; Pablo VI afirmó que "además de brillar en él de forma eminente las cualidades de los Padres, se puede afirmar en verdad que todo el pensamiento de la antigüedad confluye en su obra y que de ella derivan corrientes de pensamiento que empapan toda la tradición doctrinal de los siglos posteriores 4.

Yo mismo he añadido mi voz a la de mis predecesores, expresando el vivo deseo de que "su doctrina filosófica, teológica y espiritual se estudie y se difunda, de tal modo que continúe... su magisterio en la Iglesia; un magisterio, añadía, humilde y luminoso al mismo tiempo, que habla sobre todo de Cristo y del amor" 5. He tenido ocasión además de recomendar especialmente a los hijos espirituales del gran Santo que mantengan "vivo y atrayente el encanto de San Agustín también en la sociedad moderna", ideal estupendo y entusiasmante, porque "el conocimiento exacto y afectuoso de su pensamiento y de su vida provoca la sed de Dios, descubre el encanto de Jesucristo, el amor a la sabiduría y a la verdad, la necesidad de la gracia, de la oración, de la virtud, de la caridad fraterna, el anhelo de la eternidad feliz" 6.

Me es muy grato, pues, que la feliz circunstancia del XVI centenario de su conversión y de su bautismo me ofrezca la oportunidad de evocar de nuevo su figura luminosa. Esta nueva evocación será al mismo tiempo una acción de gracias a Dios por el don que hizo a la Iglesia, y mediante ella a la humanidad entera, gracias a aquella admirable conversión; y será también una ocasión propicia para recordar que el convertido, una vez hecho obispo, fue un modelo espléndido de Pastor, un defensor intrépido de la fe ortodoxa o, como decía él, de la "virginidad" de la fe 7, un constructor genial de aquella filosofía que por su armonía con la fe bien puede llamarse cristiana, y un promotor infatigable de la perfección espiritual y religiosa.

I. La conversión

martes, 25 de agosto de 2020

San José de Calasanz abrió, con su genial intuición, un fértil surco en la sociedad, que luego muchos otros fundadores y fundadoras han seguido y profundizado

 

MENSAJE DEL SANTO PADRE SAN JUAN PABLO II

AL PREPÓSITO GENERAL DE LOS ESCOLAPIOS

EN EL IV CENTENARIO DE LA PRIMERA ESCUELA 

POPULAR GRATUITA DE EUROPA

 

Al reverendo padre
José María BALCELLS XURIACH
prepósito general de los padres escolapios

1. En el IV centenario de la apertura en Roma de la «primera escuela pública popular gratuita de Europa» por obra de san José de Calasanz, deseo unirme a la alegría de ese instituto y de todos los que, gracias al ministerio educativo y evangelizador de los padres escolapios, han recibido una sólida formación humana y cristiana.

El encuentro, en la primavera de 1597, entre José de Calasanz y Antonio Brendani, párroco de Santa Dorotea, fue para vuestro fundador la ocasión de una conversión más total al Evangelio, que lo impulsó a abandonar legítimas aspiraciones personales para encontrar en la pequeña escuela de Trastévere un «modo mejor de servir a Dios, ayudando a estos pobres niños» (Vincenzo Berro, Annotazioni della Fondatione della Congregatione e Religione delle Scuole Pie, 1963, tomo I, p. 73). Desde esa primera experiencia educativa, convenientemente transformada y cualificada por Calasanz, nació, en el otoño siguiente, el primer núcleo de las Escuelas Pías, ejemplo de instrucción cristiana abierta a todos, que daría origen a las escuelas populares en sentido moderno.

Como recordó mi venerado predecesor Benedicto XV, con ocasión del tercer centenario de la aprobación de la obra calasancia, «él (Calasanz) fue el primero en inventar, para la caridad cristiana, también este camino: cuando, a duras penas, se ofrecía a los muchachos una instrucción primaria, él asumió la tarea de enseñar gratuitamente a los hijos de los pobres, para que no quedaran privados totalmente de instrucción a causa de su pobreza» (AAS 9 [1917], p. 105).

2. José de Calasanz, intérprete sabio de los signos de su tiempo, consideró la educación, impartida de modo «breve, sencillo y eficaz» (cf. Constitutiones [1622], n. 216), como garantía de éxito en la vida de los alumnos y levadura de renovación social y eclesial. Además, vio en la escuela una manera nueva de evangelizar y, por eso, quiso que la tarea de la educación la asumieran religiosos, y preferiblemente sacerdotes, comprometiéndolos a dar al niño una cultura global, en la que la dimensión religiosa fuera considerada y vivida profundamente. Calasanz delineó, en consecuencia, la figura del sacerdote educador de los niños y de los pobres, elevando al mismo tiempo a dignidad ministerial un oficio considerado por sus contemporáneos humilde y de poco prestigio.

martes, 11 de agosto de 2020

Santa Clara de Asís es la amante apasionada del Crucificado pobre, con quien quiere identificarse totalmente - San Juan Pablo II

 

CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS RELIGIOSAS CLARISAS
EN EL VIII CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE SANTA CLARA


         Queridas religiosas de vida contemplativa:

1. Hace ochocientos años nacía Clara de Asís en el seno de la familia del noble Favarone di Offreduccio.

Esta mujer nueva, como han escrito refiriéndose a ella en una carta reciente los ministros generales de las familias franciscanas, vivió como una pequeña planta a la sombra de san Francisco, que la condujo a las cimas de la perfección cristiana. La celebración de esta criatura verdaderamente evangélica quiere ser, sobre todo, una invitación al redescubrimiento de la contemplación, de ese itinerario espiritual del que sólo los místicos tienen una experiencia profunda. Quien lee su antigua biografía y sus escritos —la Forma de vida, el Testamento y las cuatro cartas que se han conservado de las muchas dirigidas a santa Inés de Praga— penetra hasta tal punto en el misterio de Dios, uno y trino, y de Cristo, Verbo encarnado, que permanece casi deslumbrado. Esos escritos están tan marcados por el amor que en ella suscitó el mirar ardorosa y prolongadamente a Cristo, el Señor, que no es fácil referir lo que sólo un corazón de mujer pudo experimentar.

2. El itinerario contemplativo de Clara, que se concluirá con la visión del "Rey de la gloria" (Proc. IV, 19: FF 3.017), comienza precisamente con su entrega total al Espíritu del Señor, como hizo María en la Anunciación. Es decir, comienza con el espíritu de pobreza (cf. Lc 1, 48) que no deja nada en ella, salvo la simplicidad de su mirada fija en Dios.

Para Clara la pobreza —tan amada y citada en sus escritos— es la riqueza del alma que, despojada de sus bienes propios, se abre al "Espíritu del Señor y a su santa obra" (cf. Reg. S. Ch. X, 10: FF 2.811), como un recipiente vacío en el que Dios puede derramar la abundancia de sus dones. El paralelismo entre María y Clara aparece en el primer escrito de san Francisco, en la Forma vivendi dada a Clara: "Por inspiración divina os habéis hecho hijas y siervas del altísimo y sumo Rey, el Padre celestial, y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio" (Forma vivendi, en Reg. S. Ch. VI, 3: FF 2.788).

A Clara y sus hermanas se las llama esposas del Espíritu Santo: término inusitado en la historia de la Iglesia, donde la religiosa, la monja siempre es calificada como esposa de Cristo. Pero resuenan aquí algunos términos del relato lucano de la Anunciación (cf. Lc 1, 26-38), que se transforman en palabras-clave para expresar la experiencia de Clara: el Altísimo, el Espíritu Santo, el Hijo de Dios, la sierva del Señor, y, en fin, el cubrir con su sombra, que para Clara es la velación, cuando sus cabellos, cortados, caen a los pies del altar de la Virgen María en la Porciúncula, "casi delante del tálamo nupcial" (cf. Legg. S. Ch. 8: FF 3.170-3.172).

3. La obra del Espíritu del Señor, que se nos dona en el bautismo, consiste en reproducir en el cristiano el rostro del Hijo de Dios. En la soledad y el silencio, que Clara elige como forma de vida para ella misma y para sus hermanas entre las paredes paupérrimas de su monasterio, a mitad de camino entre Asís y la Porciúncula, se disipa la cortina de humo de las palabras y las cosas terrenas, y se hace realidad la comunión con Dios: amor que nace y se entrega.

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