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| El Papa Pablo VI con campesinos colombianos en Bogotá (Agosto de 1968) |
PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA
A BOGOTÁ
INAUGURACIÓN
DE LA
II ASAMBLEA
GENERAL
DE LOS OBISPOS
DE LOS OBISPOS
DE AMÉRICA
LATINA
HOMILÍA DEL
SANTO PADRE
PABLO VI
24 de agosto de 1968
24 de agosto de 1968
Venerados, queridos, carísimos Hermanos:
BENEDICAMUS DOMINO! Bendecimos y damos gracias al Señor
que nos concede este fraternal encuentro. Saludamos a todos y a cada uno de
vosotros con la veneración, con el afecto, con la profundidad y la riqueza de
sentimientos que la caridad de nuestro Señor y la elección común al gobierno
pastoral y al servicio generoso de la Iglesia pueden suscitar en el corazón del
humilde sucesor de Pedro. Y con vosotros saludamos y bendecimos a todos los
Obispos y Ordinarios de América Latina, representados aquí por vosotros, a los
Sacerdotes, Religiosos y Religiosas y a todos los fieles, a toda la Santa
Iglesia católica de este gran continente.
Venerables Hermanos! No podemos ocultaros la viva emoción
que invade nuestro espíritu en estos momentos. Nos mismo estamos maravillado de
encontrarnos entre vosotros. La primera visita personal del Papa a sus Hermanos
y a sus Hijos en América Latina, no es en verdad un sencillo y singular hecho
de crónica; es, a nuestro parecer, un hecho histórico, que se insiere en la
larga, compleja y fatigosa acción evangelizadora de estos inmensos territorios
y que con ello la reconoce, la ratifica, la celebra y al mismo tiempo la
concluye en su primera época secular; y, por una convergencia de circunstancias
proféticas, se inaugura hoy con esta visita un nuevo período de la vida
eclesiástica. Procuremos adquirir conciencia exacta de este feliz momento, que
parece ser por divina providencia conclusivo y decisivo. Quisiéramos deciros
tantas cosas sobre vuestro pasado misionero y pastoral y rendir honor a cuantos
han trazado los surcos del Evangelio en estos campos tan amplios, tan
inaccesibles, tan abiertos y tan difíciles al mismo tiempo para la difusión de
la fe y para la sincera vitalidad religiosa y social. Ha sido plantada la Cruz
de Cristo, ha sido dado el nombre católico, se han realizado esfuerzos
sobrehumanos para evangelizar estas tierras, se han llevado a cabo grandes e
innumerables obras, se han conseguido, con escasez de hombres y de medios,
resultados dignos de admiración, en resumen, se ha difundido por todo el
continente el nombre del único Salvador Jesucristo, ha sido construida la
Iglesia, ha sido difundido un Espíritu cuyo calor e impulso hoy estamos
sintiendo. ¡Dios bendiga la grande obra! Dios bendiga a aquellos que han
gastado su vida. ¡Dios bendiga a vosotros, Hermanos carísimos que estáis
consagrados a esta empresa gigantesca!
La obra, como todos sabemos, no está acabada. Más aún, el
trabajo realizado denuncia sus límites, pone en evidencia las nuevas
necesidades, exige algo nuevo y grande. El porvenir reclama un esfuerzo, una
audacia, un sacrificio que ponen en la Iglesia un ansia profunda. Estamos en un
momento de reflexión total. Nos invade como una ola desbordante, la inquietud
característica de nuestro tiempo, especialmente de estos Países, proyectados
hacia su desarrollo completo, y agitados por la conciencia de sus
desequilibrios económicos, sociales, políticos y morales. También los Pastores
de la Iglesia, -¿no es verdad?- hacen suya el ansia de los pueblos en esta fase
de la historia de la civilización; y también ellos, los guías, los maestros,
los profetas de la fe y de la gracia advierten la inestabilidad que a todos nos
amenaza. Nos compartimos vuestra pena y vuestro temor, Hermanos. Desde lo alto
de la mística barca de la Iglesia, también Nos y no en menor grado, sentimos la
tempestad que nos rodea y nos asalta. Pero escuchad también de nuestros labios,
Hermanos, vosotros - personalmente más fuertes y más valientes que Nos mismo -,
la palabra de Jesús, con la cual El, presentándose entre las olas borrascosas,
en una noche llena de peligros, gritó a sus discípulos que navegaban: « Soy Yo,
no temáis » (Matth. 14, 27). Sí, Nos queremos repetiros esa exhortación
del Maestro: « No temáis » (Luc. 12, 32). Esta es para la Iglesia una
hora de ánimo y de confianza en el Señor.
