lunes, 14 de octubre de 2013
domingo, 13 de octubre de 2013
La Iglesia no quiere olvidar a estos sus hijos valientes - Card. Angelo Amato
Homilía del Card. Angelo Amato
En la Misa de Beatificación
de 522 mártires españoles (1)
l.
La Iglesia española celebra hoy la beatificación de 522 hijos mártires,
profetas desarmados de la caridad de Cristo. Es un extraordinario evento de
gracia, que quita toda tristeza y llena de júbilo a la comunidad cristiana. Hoy
recordamos con gratitud su sacrificio, que es la manifestación concreta de la
civilización del amor predicada por Jesús: «Ahora -dice el libro del
Apocalipsis de San Juan-se cumple la salvación, la fuerza y el reino de nuestro
Dios y la potencia de su Cristo» (Ap 12, 10). Los mártires no se han
avergonzado del Evangelio, sino que han permanecido fieles a Cristo, que dice:
«Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y me
siga. Quien quiera salvar la propia vida, la perderá, pero quien pierda la propia
vida por mí, la salvará» (Lc 9, 23-24). Sepultados con Cristo en la muerte, con
Él viven por la fe en la fuerza de Dios (cf. Col 2, 12).
España
es una tierra bendecida por la sangre de los mártires. Si nos limitamos a los
testigos heroicos de la fe, víctimas de la persecución religiosa de los años 30
del siglo pasado, la Iglesia en 14 distintas ceremonias ha beatificado más de
mil. La primera, en 1987, fue la beatificación de tres Carmelitas descalzas de
Guadalajara. Entre las ceremonias más numerosas recordamos la del 11 de marzo
de 2001, con 233 mártires; la del 28 de octubre de 2007, con 498 mártires,
entre los cuales los obispos de Ciudad Real y de Cuenca; y la celebrada en la
catedral de la Almudena de Madrid, el 17 de diciembre de 2011, con 23 testigos
de la fe.
sábado, 12 de octubre de 2013
Madrid y los mártires de la España Contemporánea. Card. Antonio María Rouco Varela ante la beatificación de 522 mártires en Tarragona
Mis queridos hermanos y amigos:
El próximo Domingo, día 13 de octubre, al día siguiente
de la celebración de la gran Fiesta de la Virgen del Pilar, “Madre de
España”, el Delegado del Santo Padre “elevará al honor de los altares” −expresión
tradicional en el culto multisecular del pueblo cristiano a sus Santos− a 522
nuevos mártires del siglo XX en España, que se sumarán a los 1001 ya
beatificados durante el Pontificado de Juan Pablo II (471 mártires) y de
Benedicto XVI (530). Entre ellos, los ya beatificados y los que lo serán el próximo
domingo, se encuentra un elevado número que han sido martirizados en Madrid, en
la Ciudad y en la Provincia, en los años 1936 y 1937, los más crueles de la
persecución religiosa sufridas por la Iglesia diocesana de Madrid. Religiosos
de las Órdenes y Congregaciones de más arraigo en la historia y en la vida de
la Iglesia y del pueblo madrileño, constituyen, en el número y en la variedad
de las familias religiosas a los que pertenecen, el núcleo principal de los
mártires madrileños del siglo XX beatificados por la Iglesia. A ellos se añaden
religiosas, sacerdotes diocesanos, seminaristas y fieles laicos. ¡Son
centenares! Con toda razón histórica y eclesial se puede afirmar que el siglo
XX en Madrid ha sido tiempo de martirio: ¡de Iglesia de mártires! Los mártires,
entregando la vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había
transformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el
perdón de sus perseguidores, son la prueba más evidente de la fecunda fidelidad
de la Iglesia al Evangelio en un lugar y un tiempo determinado; en nuestro
caso, en el Madrid contemporáneo (Cfr. Porta Fidei, 13). Había que haber
nacido, crecido y/o vivido en un ambiente eclesial muy enamorado de Cristo y
muy empapado del amor fraterno a los hermanos, vecinos y conciudadanos,
creyentes o no creyentes, practicantes o no practicantes, para que puestos
antes el dilema de renunciar a su vocación de consagrados, de sacerdotes
diocesanos o de apóstoles laicos, es decir, puestos ante la disyuntiva de negar
a Cristo y de renunciar a su seguimiento… o la muerte, no dudan en su elección:
¡morir por Él!
Domingo XXVIII (ciclo c) Guión Litúrgico
Entrada:
Hermanos: Reunidos en el Día
del Señor para participar de la Eucaristía, que es un sacrificio de acción de
gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su
reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado
mediante la creación, la redención y la santificación. Cantamos…
Domingo XXVIII (ciclo c) Catena Aurea
Lucas
17, 11-19
Y aconteció que yendo El a Jerusalén,
pasaba por medio de Samaria y de Galilea. Y entrando en una aldea, salieron a
El diez hombres leprosos, que se pararon de lejos. Y alzaron la voz diciendo:
"Jesús, maestro, ten misericordia de nosotros". Y cuando los vio,
dijo: "Id y mostraos a los sacerdotes". Y aconteció, que mientras
iban quedaron limpios. Y uno de ellos cuando vio que había quedado limpio
volvió glorificando a Dios a grandes voces. Y se postró en tierra a los pies de
Jesús, dándole gracias; y éste era samaritano. Y respondió Jesús, y dijo:
"¿Por ventura no son diez los que fueron limpios? ¿Y los nueve dónde
están? No hubo quien volviese, y diera gloria a Dios, sino este
extranjero". Y le dijo: "Levántate, vete, que tu fe te ha hecho salvo".
San Ambrosio
Después de la parábola antedicha, son
reprendidos los ingratos. Dice pues: "Y aconteció que yendo Jesús a
Jerusalén", etc.
Tito Bostrense
Para dar a conocer que los samaritanos
son benévolos mientras los judíos son desagradecidos a los beneficios que se
les había dispensado. Había enemistad entre los samaritanos y los judíos, la
que el Señor se proponía disipar, pasando entre ellos para unirlos en un hombre
nuevo.
San Cirilo
Después de la parábola manifiesta el
Salvador su gloria para suscitar la fe de Israel. Prosigue: "Y entrando en
una aldea salieron a El diez hombres leprosos", expulsados de las ciudades
y de las aldeas y considerados como inmundos por la ley de Moisés.
Domingo XXVIII (ciclo c) Benedicto XVI
Ángelus del Papa
Benedicto XVI
Domingo 14 de octubre de 2007
Queridos hermanos y
hermanas:
El evangelio de
este domingo presenta a Jesús que cura a diez leprosos, de los cuales sólo uno,
samaritano y por tanto extranjero, vuelve a darle las gracias (cf. Lc 17,
11-19). El Señor le dice: “Levántate, vete: tu fe te ha salvado” (Lc 17,
19). Esta página evangélica nos invita a una doble reflexión.
Ante todo, nos
permite pensar en dos grados de curación: uno, más superficial, concierne al
cuerpo; el otro, más profundo, afecta a lo más íntimo de la persona, a lo que
la Biblia llama el “corazón”, y desde allí se irradia a toda la existencia. La
curación completa y radical es la “salvación”. Incluso el lenguaje común,
distinguiendo entre “salud” y “salvación”, nos ayuda a comprender que la
salvación es mucho más que la salud; en efecto, es una vida nueva, plena,
definitiva.
viernes, 11 de octubre de 2013
Mensaje de la Conferencia Episcopal Española con motivo de la Beatificación del Año de la fe, en Tarragona, el 13 de Octubre de 2013
"Por
la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del
Evangelio, que los había transformado y hecho capaces de llegar hasta el
mayor don del amor, con el perdón de sus perseguidores."
Benedicto XVI, Carta
Apostólica Porta fidei, 13
Queridos
hermanos:
1.
Os anunciamos con gran alegría que, Dios mediante, el domingo día 13 de octubre
de 2013, se celebrará en Tarragona la beatificación de unos quinientos hermanos
nuestros en la fe que dieron su vida por amor a Jesucristo, en diversos lugares
de España, durante la persecución religiosa de los años treinta del siglo XX.
Fueron muchos miles los que por entonces ofrecieron ese testimonio supremo de
fidelidad. La Iglesia reconoce ahora solemnemente a este nuevo grupo como
mártires de Cristo. Según el lema de esta fiesta, ellos fueron "firmes y
valientes testigos de la fe" que nos estimulan con su ejemplo y nos ayudan
con su intercesión. Invitamos a los católicos y a las comunidades eclesiales a
participar en este gran acontecimiento de gracia con su presencia en Tarragona,
si les es posible, y, en todo caso, uniéndose espiritualmente a su preparación
y celebración.
I. Los mártires, modelos en la confesión de la fe y
principales intercesores
2.
En la Carta apostólica Porta fidei, por la que convoca el Año de la fe,
que estamos celebrando, el Papa Benedicto XVI dice que en este Año "es
decisivo volver a recorrer la historia de la fe, que contempla el misterio
insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado". Según recuerda
Benedicto XVI, los mártires, después de María y los Apóstoles -en su mayoría,
también mártires- son ejemplos señeros de santidad, es decir, de la unión con
Cristo por la fe y el amor a la que todos estamos llamados.[1]
3.
El Concilio Ecuménico Vaticano II habla repetidamente de los mártires. Entre
otros motivos, celebramos el Año de la fe para conmemorar los cincuenta años de
la apertura del Concilio y recibir más y mejor sus enseñanzas. Por eso, es
bueno recordar ahora el precioso pasaje en el que el Concilio, al exhortar a
todos a la santidad, nos presenta el modelo de los mártires:
4.
"Jesús, el Hijo de Dios, mostró su amor entregando su vida por nosotros.
Por eso, nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus hermanos
(cf. 1 Jn 3, 16 y Jn 15, 13). Pues bien: algunos cristianos, ya desde los
primeros tiempos, fueron llamados y serán llamados siempre, a dar este supremo
testimonio de amor delante de todos, especialmente, de los perseguidores. En el
martirio el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte
para la salvación del mundo, y se configura con Él derramando también su
sangre. Por eso, la Iglesia estima siempre el martirio como un don eximio y
como la suprema prueba de amor. Es un don concedido a pocos, pero todos deben
estar dispuestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirlo en el
camino de la Cruz en medio de las persecuciones, que nunca le faltan a la
Iglesia."[2]
5.
Además de modélicos confesores de la fe, según la enseñanza del Concilio, los
mártires son también intercesores principales en el Cuerpo místico de Cristo:
"La Iglesia siempre ha creído que los Apóstoles y los mártires, que han
dado con su sangre el supremo testimonio de fe y de amor, están más íntimamente
unidos a nosotros en Cristo [que otros hermanos que viven ya en la Gloria]. Por
eso, los venera con especial afecto, junto con la bienaventurada Virgen María y
los santos ángeles, e implora piadosamente la ayuda de su intercesión."[3]
jueves, 10 de octubre de 2013
La comunión de los santos
1
Triple estado de la Iglesia
Podemos
distinguir tres estados en la Iglesia: la Iglesia militante, la triunfante y la
purgante, que comprende respectivamente los fieles de la tierra, del cielo y
del purgatorio.
La Iglesia
del cielo se llama triunfante, porque en ella ya se triunfa; la de la tierra,
militante, porque en ella aún se combate y la del purgatorio, purgante, porque
en ella purgan las almas las penas debidas por sus pecados.
Los
condenados no forman parte de la Iglesia, pues ni ésta tiene poder sobre ellos,
ni ellos pueden obtener el fin que la Iglesia se propone: la salvación.
Es de
fe que entre estas diferentes partes de la Iglesia hay una comunicación de
bienes, que se llama comunión de los santos.
Comunión aquí significa comunicación. Se llama de los santos, porque los miembros del cielo ya están en posesión de Dios, los del purgatorio están en camino seguro de esa posesión; y los de la tierra han sido santificados con el bautismo y son llamados a la santidad necesaria para llegar a ella.
Comunión aquí significa comunicación. Se llama de los santos, porque los miembros del cielo ya están en posesión de Dios, los del purgatorio están en camino seguro de esa posesión; y los de la tierra han sido santificados con el bautismo y son llamados a la santidad necesaria para llegar a ella.
Esta
comunicación de bienes puede verificarse, porque todos los fieles de los tres
estados de la Iglesia somos miembros de un mismo cuerpo Místico, cuya cabeza es
Cristo.
miércoles, 9 de octubre de 2013
El panorama litúrgico actual, el pontificado de Benedicto XVI - Mons. Juan Miguel Ferrer
El panorama litúrgico actual, el pontificado de Benedicto XVI, conferencia pronunciada por Mons. Juan Miguel Ferrer durante el 54º Cursillo
diocesano de liturgia “Liturgia y Nueva Evangelización”, Astorga, 10 de octubre
de 2011.
1. Cuando van a cumplirse 50 años de la
Sacrosanctum Concilium.
Como
introducción a esta ponencia trazo un apretado panorama de lo que han sido, en
la vida litúrgica de la iglesia, los años desde la promulgación (4 de diciembre
de 1963) de SC hasta el pontificado de Benedicto XVI.
Una
-primera etapa- de entusiasmo y frenética actividad, la que abarca desde 1964 a
1974 (más o menos, se puede prolongar la década hasta 1978 y la muerte del papa
Pablo VI), caracterizada por la “reforma litúrgica” que buscaba aplicar las
directrices de la Constitución conciliar.
Probablemente
nunca, tanto como en esos años, se estudió, trabajó y publicó en materia de
Liturgia y Pastoral litúrgica. Son muchos los avances conseguidos en esta
materia para la vida del Pueblo de Dios. Nace verdaderamente una nueva noción
no sólo de Liturgia, sino de piedad y espiritualidad cristiana que toca a
muchísimos fieles (tanto sacerdotes como religiosos y laicos). Aquí se
encuentran posiblemente los grandes y positivos logros de la “reforma”.
Evidentemente la “recepción” de SC y, particularmente, de la “reforma” que
sigue, no fue igual en todo el mundo. Unos la acogen como insuficiente, pero se
escudan en ella para introducir, en la praxis, su idea de Liturgia; otros la
aceptan fielmente y así buscan aplicarla; otros la aceptan, más no la
entienden, y la acogen sólo formalmente, en lo externo. Otros, finalmente, la
repudian como si de un error evidente se tratase y se aferran a la praxis
litúrgica anterior. Estas diversas actitudes ante la nueva Liturgia mostraban
las diversas actitudes ante el Concilio, que en la Liturgia se evidenciaban. De
tales diversas posturas y de su confrontación, no siempre con espíritu de
comunión eclesial, nace el nivel de conflictividad intraeclesial que marca esos
años, abonado por las actitudes propiciadas por las fuerzas culturales que
dominaron (clave conflictividad, revolución cultural, “mayo 1968”), por esos
años, la sociedad occidental. Oficialmente la “reforma” se plasma, es su obra
fundamental, en la primera generación de libros litúrgicos tras el Vaticano II
incluyendo, como soporte teológico-pastoral sus “introducciones generales” o
“Praenotanda”.
Ahora
bien, la “reforma”, en este primer periodo, parece imponerse a la “renovación”,
con lo cual, muchas veces, la “reforma oficial” es traspasada por el
“reformismo” (rupturista), de donde surgen constantemente los abusos; o se ve
obstaculizada por un “conformismo” (sin alma) o por un “integrismo” (que la
rechaza). Junto a esto están los límites de toda obra humana. En esta de la
“reforma litúrgica” tal vez el más evidente ha sido el transmitir la idea (hoy
casi universal) de que la Liturgia es una “manufactura”, queriendo indicar con
este término el acento que se pone en la componente humano-eclesial de la Liturgia,
en detrimento del protagonismo divino. Frente a la Liturgia manufactura se
alzará la reivindicación de la Liturgia sagrada o de la dimensión mistérica de
la misma.
martes, 8 de octubre de 2013
Conciencia y verdad - Card. Joseph Ratzinger
"Conciencia y
verdad"
Artículo del
Cardenal Joseph Ratzinger
Publicado por
Humanitas
En el actual debate sobre la
naturaleza propia de la moralidad y sobre las modalidades de su conocimiento,
la cuestión de la conciencia se ha convertido en el punto crucial de la
discusión, sobre todo en el ámbito de la teología moral católica. El debate gira
en torno a los conceptos de libertad y de norma, de autonomía y de heteronomía,
de autodeterminación y de determinación desde el exterior mediante la
autoridad. En él a la conciencia se la presenta como el baluarte de la libertad
frente a las limitaciones de la existencia impuestas por la autoridad. En dicho
contexto están contrapuestas de este modo dos concepciones del catolicismo: por
una parte, la comprensión renovada de su esencia, que explica la fe cristiana
partiendo de la libertad y como principio de la libertad, y por otra, un modelo
superado, “preconciliar”, que somete la existencia cristiana a la autoridad, la
cual mediante normas regula la vida hasta en sus aspectos más íntimos y trata
de esta manera de mantener un poder de control sobre los hombres. Así pues
“moral de la conciencia” y “moral de la autoridad” parecen contraponerse entre
sí como dos modelos incompatibles; la libertad de los cristianos se pondría a
salvo apelándose al principio clásico de la tradición moral, según el cual la
conciencia es la norma suprema que siempre se debe seguir, incluso frente a la
autoridad. Y si la autoridad en este caso: el Magisterio eclesiástico quiere
tratar de la moral, desde luego que puede hacerlo, pero solamente proponiendo
elementos para que la conciencia se forme un juicio autónomo, si bien aquélla
ha de tener siempre la última palabra. Algunos autores conectan este carácter
de última instancia, propio de la conciencia, a la fórmula según la cual la
conciencia es infalible.
Llegados aquí se puede presentar una
contradicción. Ni que decir tiene que siempre se ha de seguir un dictamen claro
de la conciencia, o que por lo menos, nunca se puede ir contra él. Pero otra
cuestión es, si el juicio de conciencia, o lo que se toma como tal, tiene
también siempre razón, es decir, si es infalible. Si así fuera, querría decir
que no existe ninguna verdad, por lo menos en materia de moral y religión, es
decir en el ámbito de los fundamentos de nuestra existencia. Desde el momento
que los juicios de conciencia se contradicen, se tendría sólo una verdad del
sujeto, que se reduciría a su sinceridad. No habría ni puerta ni ventana que
pudiera llevarnos del sujeto al mundo circunstante y a la comunión de los
hombres.
Aquel que tenga el valor de llevar
esta concepción hasta sus últimas consecuencias llegará a la conclusión de que
no existe ninguna verdadera libertad y que lo que suponemos que son dictámenes
de la conciencia, no son en realidad más que reflejos de las condiciones
sociales. Esto tendría que llevar al convencimiento de que la contraposición
entre libertad y autoridad deja algo de lado; que tiene que haber algo aún más
profundo, si se quiere que libertad y, por consiguiente, humanidad tengan un
sentido.
lunes, 7 de octubre de 2013
Jesús nos dijo que perseveráramos en la lucha por la fe - Card. Bergoglio
A LOS SACERDOTES, CONSAGRADAS,
CONSAGRADOS Y FIELES DELA ARQUIDIÓCESIS
CONSAGRADOS Y FIELES DE
Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ
arzobispo de Buenos Aires
Con motivo de una muestra blasfema
Buenos Aires, 1º de diciembre de 2004
Queridos hijos y hermanos:
Desde hace algún tiempo se vienen dando en la Ciudad algunas expresiones públicas de burla y ofensas a las personas de nuestro Señor Jesucristo y de la Santísima Virgen María; como asímismo diversas manifestaciones contra los valores religiosos y morales que profesamos. Hoy me dirijo a Ustedes muy dolido por la blasfemia que es perpetrada en el Centro Cultural Recoleta con motivo de una exposición plástica. También me apena que este evento sea realizado en un Centro Cultural que se sostiene con el dinero que el pueblo cristiano y personas de buena voluntad aportan con sus impuestos.
Jesús ya nos había advertido que sucederían estas cosas y, con mucha ternura, nos dijo que no tuviéramos miedo, que somos su pequeño rebaño, que perseveráramos en la lucha por la fe y en la caridad, esperando en El, orando con verdadera confianza de hijos al Padre que nos quiere.
domingo, 6 de octubre de 2013
Profanar un espacio consagrado al culto católico, es una grave ofensa a Dios y a los que creemos en Él - Mons. Mario Poli
HOMILÍA DE
S.E.R. MONS. MARIO AURELIO POLI
ARZOBISPO DE BUENOS AIRES
EN LA
CELEBRACIÓN
EUCARÍSTICA
EN DESAGRAVIO POR LA PROFANACIÓN
DEL TEMPLO DE SAN
IGNACIO
Esta tarde nos
alberga este antiguo y bello templo de San Ignacio de Loyola, por cierto el más
antiguo, diseñado y construido en el siglo XVIII. En este espacio consagrado,
vibran voces y pasos de generaciones de argentinos y se guarda buena parte de
la memoria de nuestra historia. Sus muros e imágenes son testigos silenciosos
de gestas patrióticas, como aquella gloriosa resistencia al invasor inglés en
1807. Aquí se celebraron las sentidas Exequias por los caídos en la defensa de
Buenos Aires y la Acción de gracias a Dios por habernos librado de la mano del
enemigo. En este mismo lugar, sesionaron agitados cabildos abiertos y no le
fueron ajenos los sucesos de Mayo que gestaron nuestra Nación.
Los artísticos
retablos de este solar contienen numerosos santos, modelos del ideal de
santidad en la vida bimilenaria de la Iglesia. Ellos fueron, mientras
peregrinaron en esta vida, los hombres y mujeres de fe, que amaron a Dios y al
prójimo; sus vidas son guías en el camino interior y ejemplo de seguimiento
incondicional del Evangelio. Hoy son nuestros amigos del cielo, a quienes los
católicos recurrimos en nuestras necesidades espirituales y materiales. Entre
tantas imágenes se encuentra la más antigua de la ciudad, Nuestra Señora de las
Nieves, Patrona secundaria de los porteños que la reconocemos como Madre. El
silencio y esta variada iconografía −que nos recuerda la cercanía de la
comunión de los santos−, ofrecen el clima deseado para el recogimiento
interior, y es un remanso espiritual en lo que hoy vive el agitado microcentro
de nuestra ciudad.
Pero, como Uds.
saben, no nos ha convocado la conmemoración del pasado, ni tampoco la belleza
de este templo, ni siquiera sus vínculos a la historia patria o el valioso
patrimonio edilicio, sino el triste y deshonroso hecho de su profanación. Los
que la perpetraron, a su paso, dejaron las huellas de la vieja gramática de la
intolerancia, una muestra de incapacidad para aceptar las diferencias, y pienso
también, de desconocimiento cultural y religioso, porque así los eximimos de
mayores responsabilidades. Profanar significa en sentido amplio, hacer uso indigno
de cosas respetables para otros; faltarle el debido respeto por lo que
significa para mi prójimo, en especial, por sus creencias. En nuestro caso,
profanar un espacio consagrado al culto católico, a las realidades
espirituales, es una grave ofensa a Dios y a los que creemos en Él. Las
injurias que se cometen en un templo, afectan y hieren en cierta manera a toda
la comunidad de los creyentes en Cristo, de quienes el edificio sagrado es
signo e imagen.
sábado, 5 de octubre de 2013
Domingo XXVII (ciclo c) - Guión Litúrgico
Entrada:
El domingo es por excelencia el
día de la fe. En él el Espíritu Santo, «memoria» viva de la Iglesia,
hace de la primera manifestación del Resucitado un acontecimiento que se
renueva en el «hoy» de cada discípulo de Cristo. Sí, el domingo es el día de la
fe. Lo subraya el hecho de que la liturgia eucarística dominical, prevé la
profesión de fe. El «Credo», pone de relieve el carácter bautismal y pascual
del domingo, haciendo del mismo el día en el que, por un título especial, el
bautizado renueva su adhesión a Cristo y a su Evangelio con la vivificada
conciencia de las promesas bautismales. Iniciamos esta celebración cantando…
Domingo XXVII (ciclo c) Benedicto XVI
HOMILÍA DEL
SANTO PADRE
BENEDICTO XVI
Domingo 3 de octubre de 2010
Queridos hermanos y
hermanas:
Es grande mi
alegría al poder partir con vosotros el pan de la Palabra de Dios y de la
Eucaristía. Os saludo a todos con afecto y os agradezco vuestra cordial
acogida. Saludo en particular a vuestro pastor, el arzobispo monseñor Paolo
Romeo; le agradezco las expresiones de bienvenida que ha querido dirigirme en nombre
de todos, y también el significativo regalo que me ha dado. Saludo también a
los arzobispos y obispos presentes, a los sacerdotes, a los religiosos y a las
religiosas, a los representantes de las asociaciones y de los movimientos
eclesiales. Dirijo un deferente saludo al alcalde, Diego Cammarata, al que
agradezco sus amables palabras de saludo, al representante del Gobierno y a las
autoridades civiles y militares, que con su presencia han querido honrar
nuestro encuentro. Un agradecimiento especial a quienes han prestado
generosamente su colaboración para la organización y preparación de esta
jornada.
Queridos amigos, mi
visita tiene lugar con ocasión de una importante reunión eclesial regional de
los jóvenes y de las familias, con quienes me encontraré por la tarde. Pero he
venido también a compartir con vosotros alegrías y esperanzas, fatigas y
compromisos, ideales y aspiraciones de esta comunidad diocesana. Cuando los
antiguos griegos llegaron a esta zona, como ha recordado el alcalde en su
saludo, la llamaron Panormo, es decir, «todo puerto»: un nombre que
quería indicar seguridad, paz y serenidad. Al venir por primera vez entre
vosotros, mi deseo es que en verdad esta ciudad, inspirándose en los valores
más auténticos de su historia y de su tradición, sepa realizar siempre para sus
habitantes, así como para toda la nación, el deseo de serenidad y de paz
sintetizado en su nombre.
Sé que en Palermo,
así como en toda Sicilia, no faltan dificultades, problemas y preocupaciones:
pienso, de modo particular, en quienes viven concretamente su existencia en
condiciones de precariedad, a causa de la falta de trabajo, la incertidumbre
por el futuro, el sufrimiento físico y moral y, como ha recordado el arzobispo,
a causa del crimen organizado. Hoy estoy en medio de vosotros para dar
testimonio de mi cercanía y de mi recuerdo en la oración. Estoy aquí para daros
un fuerte aliento a no tener miedo de testimoniar con claridad los valores
humanos y cristianos, tan profundamente enraizados en la fe y en la historia de
este territorio y de su población.
Queridos hermanos y
hermanas, toda asamblea litúrgica es espacio de la presencia de Dios. Reunidos
para la sagrada Eucaristía, los discípulos del Señor se sumergen en el
sacrificio redentor de Cristo, proclaman que él ha resucitado, está vivo y es
dador de la vida, y testimonian que su presencia es gracia, fuerza y alegría.
Abramos el corazón a su palabra y acojamos el don de su presencia. Todos los
textos de la liturgia de este domingo nos hablan de la fe, que es el fundamento
de toda la vida cristiana. Jesús educó a sus discípulos a crecer en la fe, a
creer y a confiar cada vez más en él, para construir su propia vida sobre roca.
Por esto le piden: «Auméntanos la fe» (Lc 17, 6). Es una bella petición
que dirigen al Señor, es la petición fundamental: los discípulos no piden
bienes materiales, no piden privilegios; piden la gracia de la fe, que oriente
e ilumine toda la vida; piden la gracia de reconocer a Dios y poder estar en
relación íntima con él, recibiendo de él todos sus dones, incluso los de la
valentía, el amor y la esperanza.
Domingo XXVII (Ciclo c) - San Ambrosio
El perdón de las injurias
Eficacia de la fe
Los siervos inútiles
El perdón de las injurias
Lc
17, 3-4
Si tu hermano peca contra ti, corrígelo. ¡En qué oportuno lugar está puesto,
después de relatar el hecho del rico que es atormentado entre las llamas, el
precepto de conceder el perdón a
aquellos que se quieren retractar de su error, para que la desesperación no sirva a alguno de obstáculo a la
conversión de su falta! Y ¡qué
prudencia demuestra al conceder un perdón fácil y una indulgencia completa, con
el fin de que nadie tropiece con una
crítica despiadada ni sea invitado a seguir pecando por darse cuenta que no se le da importancia! Por eso se lee en otra parte: Si pecare tu hermano contra ti,
ve y repréndele a solas (Mt 18, 15), porque es de más provecho la
corrección amiga que una acusación escandalosa: aquélla se escucha por honradez, pero ésta mueve a indignación. En efecto, el
que es corregido obtiene mayor fruto
con ello que si temiese ser denunciado. En verdad, es mucho mejor que aquel que es corregido te considere como un amigo a que te mire como a un
enemigo, ya que resulta más fácil
rendirse a los consejos que dejarse dominar por la dureza. Por eso dijo el Apóstol: Corregidle como a un hermano para que se arrepienta de la falta, pero no le miréis como enemigo (2 Ts 3, 15). En realidad, el miedo es un débil guardián de la perseverancia; por el contrario, la
honradez es un buen maestro del
deber; el que está dominado por el miedo, puede ser reprimido, pero no
se enmendará, más el que posee un sentido de delicadeza, convierte su obrar en
otra naturaleza.
viernes, 4 de octubre de 2013
jueves, 3 de octubre de 2013
Cada niño no nacido, pero condenado injustamente a ser abortado, tiene el rostro de Jesucristo - Papa Francisco
FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES
A LOS PARTICIPANTES
EN LA
CONFERENCIA ORGANIZADA
POR LA
FEDERACIÓN INTERNACIONAL
DE LAS ASOCIACIONES
DE LAS ASOCIACIONES
MÉDICAS
CATÓLICAS
20 de septiembre de 2013
Os pido
disculpas por el retraso, porque hoy... ésta es una mañana demasiado
complicada, por las audiencias... Os pido disculpas.
1. La
primera reflexión que desearía compartir con vosotros es ésta: nosotros
asistimos hoy a una situación paradójica, que se refiere a la profesión médica.
Por un lado constatamos —y damos gracias a Dios— los progresos de la medicina,
gracias al trabajo de científicos que, con pasión y sin descanso, se dedican a
la investigación de los nuevos tratamientos. Por otro, sin embargo, registramos
también el peligro de que el médico extravíe la propia identidad de servidor de
la vida. La desorientación cultural ha hecho mella también en lo que parecía un
ámbito inatacable: el vuestro, ¡la medicina! Aun estando por su naturaleza al
servicio de la vida, las profesiones sanitarias se ven inducidas a veces a no
respetar la vida misma. En cambio, como nos recuerda la encíclica Caritas in
veritate, «la apertura a la vida está en el centro del verdadero
desarrollo». No hay verdadero desarrollo sin esta apertura a la vida. «Si se
pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se
marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social. La acogida
de la vida forja las energías morales y capacita para la ayuda recíproca» (n.
28). La situación paradójica se ve en el hecho de que, mientras se atribuyen a
la persona nuevos derechos, a veces incluso presuntos derechos, no siempre se
tutela la vida como valor primario y derecho primordial de cada hombre. El fin
último de la actuación médica sigue siendo siempre la defensa y la promoción de
la vida.
miércoles, 2 de octubre de 2013
La caída de los ángeles rebeldes - Juan Pablo II
JUAN
PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 13 de agosto de 1986
Miércoles 13 de agosto de 1986
La
caída de los ángeles rebeldes
1. Continuando el tema de las
precedentes catequesis dedicadas al artículo de la fe referente a los ángeles,
criaturas de Dios, vamos a explorar el misterio de la libertad que
algunos de ellos utilizaron contra Dios y contra su plan de salvación respecto
a los hombres.
Como testimonia el Evangelista Lucas en
el momento, en el que los discípulos se reunían de nuevo con el Maestro llenos
de gloria por los frutos recogidos en sus primeras tareas misioneras, Jesús
pronuncia una frase que hace pensar: "veía yo a Satanás caer del cielo
como un rayo" (Lc 10, 18).
Con estas palabras el Señor afirma que el anuncio del reino de Dios es
siempre una victoria sobre el diablo, pero al mismo tiempo revela también que
la edificación del reino está continuamente expuesta a las insidias del
espíritu del mal. Interesarse por esto, como tratamos de hacer con la
catequesis de hoy, quiere decir prepararse al estado de lucha que es
propio de la vida de la Iglesia en este tiempo final de la historia de la
salvación (así como afirma el libro del Apocalipsis. cf. 12, 7). Por otra
parte, esto ayuda a aclarar la recta fe de la Iglesia frente a aquellos
que la alteran exagerando la importancia del diablo o de quienes niegan o
minimizan su poder maligno.
Las precedentes catequesis sobre los
ángeles nos han preparado para comprender la verdad, que la Sagrada Escritura
ha revelado y que la Tradición de la Iglesia ha transmitido, sobre Satanás, es
decir, sobre el ángel caído, el espíritu maligno, llamado también diablo o
demonio.
Los ángeles creados por Dios como seres libres - Juan Pablo II
JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 23 de julio de 1986
Miércoles 23 de julio de 1986
"Creador de los ángeles, seres
libres"
1.
Proseguimos hoy nuestra catequesis sobre los ángeles, cuya existencia, querida
por un acto del amor eterno de Dios, profesamos con las palabras del Símbolo
niceno-constantinopolitano: "Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador
del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles".
En
la perfección de su naturaleza espiritual, los ángeles están llamados desde el
principio, en virtud de su inteligencia, a conocer la verdad y a amar el bien
que conocen en la verdad de modo mucho más pleno y perfecto que cuanto es
posible al hombre. Este amor es el acto de una voluntad libre, por lo cual
también para los ángeles la libertad significa posibilidad de hacer una
elección en favor o en contra del Bien que ellos conocen, esto es, Dios
mismo. Hay que repetir aquí lo que ya hemos recordado a su debido tiempo a
propósito del hombre: creando a los seres libres, Dios quiere que en el mundo
se realice aquel amor verdadero que sólo es posible sobre la base de
la libertad. Él quiso, pues, que la creatura, constituida a imagen y
semejanza de su Creador, pudiera, de la forma más plena posible, volverse
semejante a Él: Dios, que "es amor" (1 Jn 4, 16). Creando a
los espíritus puros, como seres libres, Dios, en su Providencia, no podía no
prever también la posibilidad del pecado de los ángeles. Pero
precisamente porque la Providencia es eterna sabiduría que ama, Dios supo sacar
de la historia de este pecado, incomparablemente más radical, en cuanto pecado
de un espíritu puro, el definitivo bien de todo el cosmos creado.
martes, 1 de octubre de 2013
Mis deseos junto a Jesús escondido en su prisión de amor - Santa Teresita del Niño Jesús
Santa Teresa de Lisieux
Llavecita del Sagrario:
Si tú supieras la envidia
Que te tengo, porque puedes
Cerrar y abrir cada día
La portezuela dorada
De la prisión eucarística...
Mas, llavecita preciosa:
¿A qué envidiarte tal dicha,
Si hacer tal milagro puedo
Con actos de fe rendida,
Y abrir puedo el tabernáculo
Y esconderme a maravilla
Junto al Rey... ¿A qué envidiarte
Llavecita; llavecita... ?
Lámpara, pequeña lámpara,
Que tan solitaria brillas
En el rincón apartado
De abandonada capilla:
Así, como tú, quisiera
Consumirme noche y día
Junto a Dios, con el misterio
De tu humilde lucecita.
Mas, ¡ay! ¿para qué envidiarte,
Si así se gasta mi vida,
Oculta en el Santuario
De solitaria celdilla,
Donde gano a Jesús almas
Que, en amores encendidas,
Le adoran; ¿a qué envidiarte,
Lamparita, lamparita?
Si tú supieras la envidia
Que te tengo, porque puedes
Cerrar y abrir cada día
La portezuela dorada
De la prisión eucarística...
Mas, llavecita preciosa:
¿A qué envidiarte tal dicha,
Si hacer tal milagro puedo
Con actos de fe rendida,
Y abrir puedo el tabernáculo
Y esconderme a maravilla
Junto al Rey... ¿A qué envidiarte
Llavecita; llavecita... ?
Lámpara, pequeña lámpara,
Que tan solitaria brillas
En el rincón apartado
De abandonada capilla:
Así, como tú, quisiera
Consumirme noche y día
Junto a Dios, con el misterio
De tu humilde lucecita.
Mas, ¡ay! ¿para qué envidiarte,
Si así se gasta mi vida,
Oculta en el Santuario
De solitaria celdilla,
Donde gano a Jesús almas
Que, en amores encendidas,
Le adoran; ¿a qué envidiarte,
Lamparita, lamparita?
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
















