lunes, 31 de diciembre de 2012

Santa María Madre de Dios - Beato Columba Marmion

Santa María Madre de Dios

Por cualquier parte que dirijamos la mirada de nuestra fe considerando este comercio, y sean cuales fueren los detalles en que nos fijemos, siempre nos parecerá admirable.
¿Acaso no es admirable el parto de una Virgen? Natus ineffabilier ex virgine. Una madre jovencita ha dado a luz al Rey cuyo nombre es eterno, uniendo la honra de la virginidad a las alegrías de la maternidad: nadie antes de ella vio tal prodigio, ni verá tampoco después otro semejante. ¿Por qué me admiráis, Hijas de Jerusalén? El misterio que en mí veis realizado es del todo divino”.
Admirable, por cierto, se nos presenta esta unión indisoluble, aunque sin confusión de la divinidad y de la humanidad en la persona única del Verbo: Mirabile mysterium: innovantur naturae. Admirable es este trueque ­divino, por los contrastes que caracterizan su reali­zación: Dios nos da parte en su divinidad, si bien la humanidad que Él toma para  comunicarnos su vida di­vida, es débil y flaca, sensible al dolor, homo sciens infirmitatem (Is. 53,3), accesible a la muerte, para que esta muerte nos devuelva la vida. Admirable es este cambio en su origen, que no es otro sino el amor infinito que Dios nos profesa. Sic Deus dilexit mundum, et suum Filius Unigenitum daret (Jn 3, 16). Tanto amó Dios al mun­do, que le dio su Hijo unigénito. Dejemos rebosar' de gozo a nuestras almas, cantando con la Iglesia: Parvulus natus est nobis et Filius datus est nobis
Mas ¿de qué modo se nos hace esta donación? “En semejanza de carne pecadora”. Por eso el amor que nos da en nuestra humanidad pasible con el fin de expiar el pecado, es un amor sin límites ni medida. Propter nimiam caritatem tuam, qua dilexit nos Deus, misit Filium suum in similitudi­nem carnis peccati.
Admirable, es, por fin este cambio en sus frutos y efectos, pues por él, Dios nos devuelve su amistad y con ella el derecho de entrar en posesión de la herencia eter­na, mirando de nuevo a la santa humanidad de su Hijo con amor y agrado infinitos. —De ahí que el gozo es uno de los sentimientos más característicos de la cele­bración de este misterio. Invítanos constantemente la Iglesia a la alegría, recordando las palabras del Ángel a los pastores: “Vengo a traer una nueva de grandísimo gozo para todo el pueblo, y es que hoy os ha nacido el Salvador" (Lc 2, 10-11). Este gozo es el gozo de la libertad, de la herencia reconquistada, de la paz nuevamente encontra­da, y, sobre todo, de la visión de Dios mírelo, comuni­cada a los hombres: Et vocabitur nomen ejus Enmanuel (Is. 7, 14) . Y no será gozo seguro, si no permanecemos firmes en la gracia que nos viene del Salvador, y nos constituye en hermanos suyos.
Reconoce ¡oh cristiano, tu dignidad!, exclama San León en un sermón que lee la Iglesia en esta santa noche: Agnosce, o christiane, dignitatem tuam, y una vez hecho participante de la divinidad; ¡guárdate bien de decaer de tan sublime estado!
¡Si conocieseis el don de Dios, decía Nuestro Señor, si supieseis quién es el Hijo que os ha sido dado! ¡Si le recibieseis sobre todo cual Él se merece! No se diga de nosotros: In propria venit et sui eum non receperunt: “Vino a sus propios dominios, y los suyos no le recibieron".
Todos somos, por efecto de la creación, del dominio divino y pertenencia suya; pero hay quienes no quisie­ron recibirle en este mundo. ¿Cuántos judíos y paganos rechazaron a Cristo tan sólo por verle en la humildad de una carne pasible! Almas sumidas en las tinieblas del orgullo y de los sentidos: Lux in tenebris lucet, et tene­brae eam non comprehenderunt!
Pues ¿cómo hemos de recibirle? Con fe: His qui cre­dunt in nomine ejus. Aquellos que creyeron en su per­sona, en su palabra, en sus obras, aceptaron a este Niño como Dios, y por Él les fue dado ser hijos de Dios: Ex Deo nati sunt.
Tal es, en efecto, la disposición fundamental en que debemos estar para que este admirable comercio produz­ca en nosotros todos sus frutos. Únicamente la fe nos hará conocer los términos y el modo con que se realiza, y ahondar en las profundidades de este misterio: ella sola nos dará el conocimiento verdadero y digno de su Dios.
“El buey y el asno conocieron a su amo", escribía Isaías (Cf. Is 1,3), columbrando ya este misterio. Esos brutos veían al Niño reclinado en el pesebre, pero sólo como lo podía ver un animal: veían, su color, los movimientos del Niño, etc.: conocimiento, al fin, muy rudimentario, que no rebasó los límites de la ruda sensación, sin tras­cender más allá de lo que alcanzan los sentidos. Los transeúntes y cuantos llevados por la curiosidad se apro­ximaron a la gruta, vieron, sí, al Niño, mas les pareció una de tantas criaturitas, no descubriendo en Él nada de extraordinario y sobrenatural.
Acaso les causó admiración la hermosura singular del Niño, tal vez se compadecieron de su pobreza y desnu­dez, mas este sentimiento no fue muy profundo, y pron­to lo vemos reemplazado por la indiferencia.
Allí se hallaban los pastores en su sencillez de corazón ilustrados por celestial resplandor: Claritas Dei circumfulsit illos (Lc 2,9) , y sin duda le comprendieron mejor, reconociendo en aquel Niño al Mesías prometido y deseado: Expectatio gentium (Gen. 49, 10) ; y tributáronle los homenajes de sus fe y de amor, con que almas quedaron henchidas por mucho tiempo de santa paz y de alegría.
Los ángeles asimismo, contemplaban al recién nacido, en el que veían a su Dios; al verlo se llenaban de estupor y admiración, considerando tan incomprensible abatimiento, pues no quiso unirse a su naturaleza: Nusquam angelos, sino a la humana, sed semen Abrahae apprehendit. ( Heb. 2, 16).
¿Qué diremos de la Virgen cuando miraba a Jesús?
¿Cómo penetraba aquella mirada tan pura, tan hu­milde, tan tierna, tan llena de complacencia, en lo más recóndito de aquel misterio! No hay palabras para describir los esplendores divinos con          que el alma de Jesús inundaba entonces el alma de su Madre, y las sublimes adoraciones, los perfectos homenajes, tributados por todos en Dios, en todos los estados y misterios cuya sustancia y raíz es la Encarnación.
Finalmente, se puede considerar al Padre Eterno mirando a su Hijo hecho carne por nosotros —si bien esto es inenarrable y excede a toda humana inteligencia.— El Padre celestial veía lo que jamás hombre alguno, ni ángel, ni siquiera la misma Virgen podrán jamás comprender: veía las perfecciones infinitas de la divinidad, ocultas bajo los velos de la infancia y esta contemplación era venero de un gozo indecible: "Tú eres mi Hijo, mi Hijo muy amado, el Hijo de mi amor, en quien tengo puestas todas mis complacencias" (Mc. 1, 11; Lc. 4, 22).
Cuando contemplamos en Belén al Verbo encarna­do, debemos elevarnos sobre nuestros sentidos, para no mirar sino con los ojos de la fe, la cual nos hace participantes, aún desde esta vida, del conocimiento que mutuamente se comunican las Personas divinas, sin que en este concepto haya exageración alguna. En efecto, la gracia santificante nos hace partícipes de la naturaleza divina. Ahora bien, la actividad de la naturaleza divina consiste en el conocimiento y amor recíproco de las Per­sonas divinas; luego participamos de su mismo conocimiento. —Y así como la gracia santificante, al dilatarse en la gloria, nos dará el derecho a contemplar a Dios como Él es, de igual manera, en este mundo, por entre las penumbras de la fe, la gracia nos permitirá penetrar con los ojos de Dios en las reconditeces de sus misterios. Lux tuae claritatis infulsit.
Cuando nuestra fe se aviva y perfecciona, no se de­tiene en lo exterior, en la corteza del misterio, sino que se interna en lo más secreto para contemplarlo con ojos divinos; pasa por la humanidad para penetrar hasta la divinidad, que aquélla unas veces encubre y otras nos manifiesta, y así vemos los misterios divinos en la luz divina.
Pasmada al considerar tamaña humillación, cae de hinojos el alma vivificada por esa fe, se entrega sin re­serva, ansiosa de procurar la gloria de un Dios que, por amor a sus criaturas, oculta, bajo el velo de la humani­dad, la magnificencia de sus insondables perfecciones. Adórale; no descansa hasta haberle adueñado de todo y aún de sí misma, a trueque de llevar a cabo el cambio que quiere contratar con ella; hasta que no se lo someta todo, su ser y su actividad, a este su Rey pacífico, que viene con tanta magnificencia a salvarla, a santifi­carla y, en cierto modo a deificarla.
Acerquémonos, pues, al Niño-Dios, con fe ardiente, y sin echar de menos el no haber vivido en Belén para recibirle, pues Él mismo se nos entrega realmente en la Sagrada Comunión, aunque nuestros sentidos no le re­conozcan. En el tabernáculo y en el pesebre encontrarnos el mismo Dios, llenó de poder y majestad, el único Salvador  lleno de bondad:
Ahora bien, si nosotros queremos, todavía se reproducirá el ''admirable comercio'', pues también en la sagrada mesa nos infunde Jesucristo la vida divina me­diante su humanidad. Porque al comer su cuerpo y be­ber su sangre, uniéndonos a su humanidad, bebemos en la fuente misma de la vida eterna: Qui manducat meam, carnem, et bilit meum sanguinem, habet vitam aeternam (Jn 6, 55).
De este modo, cada día se estrechará más y más la unión entre Dios y el hombre por el misterio de la En­carnación. Al dársenos en la Comunión, acrecienta Jesucristo en el alma fiel y generosa la vida de la gracia, que se vuelve más activa y se desarrolla pujante y vigo­rosa, confiriéndole además las prendas de aquella feliz inmortalidad cuyo germen es la gracia, y en la que el mismo Dios se nos comunicará en toda su plenitud y descorridos todos los velos: Ut natus hodie Salvator mundi, sicut divinae nobis generationís est auctor, ita et immortalitatis sit IPSE largítor .
Este será el coronamiento, magnífico y glorioso, del inefable comercio inaugurado en Belén, en medio de la pobreza y las humillaciones del establo.
(COLUMBA MARMION, Cristo en sus misterios, Ed. LUMEN, Chile, PP. 162-167)

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