viernes, 28 de diciembre de 2012

Los Nuevos Santos Inocentes

Número inmenso de niños muertos antes de nacer
por las manipulaciones genéticas y el aborto.`

por Margarita Fraga Iribarne

Comunicación al X Congreso Católicos y Vida Pública
Cristo, la esperanza fiable

Mesa Redonda Mártires de la Esperanza
Madrid
, 21 al 23 de noviembre de 2008


          ¿Quiénes son los Santos Inocentes?
          Son los niños inocentes a quienes el Rey Herodes mandó matar a causa del odio y el miedo que le produjo el anuncio, hecho por los Magos de Oriente, del nacimiento del “Rey de los judíos” (Mt 2, 1-18).
          Estos primeros mártires fueron “la generación perdida” en Belén, en los comienzos de la Era Cristiana. Mientras Jesús, al llegar a la adolescencia, aprendía el oficio de carpintero en Nazaret, en Belén y sus alrededores faltaban aprendices de pastores, de mercaderes, de rabinos… ¿Qué hubieran llegado a ser estos niños? ¿Acaso hubiesen sido discípulos de su coetáneo Jesús...? No lo sabemos. A los Santos Inocentes les arrebataron su vida violentamente por odio a Cristo y sin ser explícitamente confesores de la fe, la Iglesia los considera mártires.

          ¿Quienes son los Santos Inocentes hoy?
          Los nuevos Santos inocentes son “el número inmenso de niños a quienes se impide nacer” (Oración por la vida. Encíclica Evangelium Vitae, nº 105) por el aborto y las manipulaciones genéticas. La muerte de estos niños inocentes es una ofensa directa a Dios, dado que ”el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo, con todo hombre” (Conc. Ecum. Vat II. Gaudium et Spes, 22; Evangelium Vitae, nº 104).
La causa última de estas muertes es el desprecio a la vida por desconocimiento del amor personal de Dios presente en cada hombre ya concebido y es también demostración patente del odio del Maligno a la gloria de Dios: “El hombre que vive es la gloria de Dios”, siguiendo la enseñanza luminosa de S. Ireneo de Lyon (Evangelium Vitae, nº 34).
Los Santos Inocentes de hoy constituyen “la generación perdida”, cuyas consecuencias se hacen cada vez más patentes: faltan aprendices, estudiantes, vocaciones religiosas… Constatamos un invierno demográfico que empobrece nuestra sociedad.

          Estamos viviendo un momento de oscuridad cultural.
          El Papa Benedicto XVI, en su Encuentro con el mundo de la cultura (París, 12-IX-2008), hace un certero diagnóstico de la cultura actual, nihilista, alejada de las raíces cristianas que construyeron Europa. Como el Apóstol Pablo en su discurso en el Areópago, el Papa anima a “los hombres sabios” representantes de la cultura actual, a reflexionar sobre la necesidad imperiosa que tiene el hombre de hoy, como lo era para los hombres del Medievo, de la búsqueda de Dios y el dejarse encontrar por Él.

          Es evidente que “para muchos, Dios se ha convertido realmente en el gran Desconocido”, lo que conlleva terribles consecuencias. “El hombre creado a imagen y semejanza de Dios, al abandonarlo, se hunde en la ‘zona de la desemejanza’, en un alejamiento de Dios en el que ya no lo refleja y así se hace desemejante no solo de Dios, sino también de sí mismo, del verdadero hombre.” Si Dios es ”el gran Desconocido”, podemos concluir que el hombre se convierte en “el pequeño gran desconocido”. El hombre no se reconoce en su dignidad primigenia, en su realidad de hijo de Dios: “Dios que es amor y creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar” (Compendio CIC, nº 337).

          La ignorancia de este principio subyace en la actual “cultura de la muerte”, dominante en el pensamiento oficial, que presenta a la opinión pública de modo brillante; pero, desesperanzadamente los males como bienes : Las manipulaciones genéticas se proponen como avances científicos, el aborto se defiende como derecho de la mujer, la eutanasia se reclama como muerte digna… De este modo, el hombre llega a sentirse como un pobre animalillo perdido en la inmensidad del cosmos, sin referencia alguna a la trascendencia. No sabe ni de dónde viene ni adónde va. Su dignidad parece depender de su tamaño, de los bienes materiales que posea o de la “calidad de vida” que goce. Así el filósofo Peter Singer defiende el valor superior de los animales sanos, frente al hombre débil, enfermo o en estado de indefensión como los embriones humanos, ya que el criterio para fundamentar el respeto a los seres vivos depende, según este autor, de la capacidad de sentir y ser conscientes de ello.

          Juan Pablo II, en la Encíclica Evangelium Vitae (1995), la Carta Magna de la defensa de la vida humana, denuncia las “nuevas amenazas a la vida humana”(E.V. 3) cada vez más numerosas por los medios técnicos empleados y agravadas por el oscurecimiento de la conciencia moral “a la que le cuesta cada vez más percibir la distinción entre el bien y el mal” (E.V. 4).

          Actualmente los progresos de la técnica hacen posible la procreación sin unión sexual, mediante el encuentro “in vitro” de células germinales extraídas previamente del varón y de la mujer. Miles, millones tal vez, de embriones humanos son fabricados en todo el mundo, para ser implantados algunos de ellos en el útero de una mujer, pero la mayoría se convierten en embriones sobrantes, que se destruyen o se congelan para su empleo en la investigación. Las posibilidades técnicas son innumerables; por ejemplo, los intentos de aplicar técnicas de producción de seres humanos por clonación, fecundación entre gametos humanos y animales, gestación de embriones humanos en úteros animales... En todos estos casos las manipulaciones genéticas se valoran únicamente por su utilidad científica. En España podemos hablar de 20.000 a 200.000 embriones congelados, porque los datos suministrados por las clínicas que realizan la fecundación artificial humana son absolutamente opacos.

          Pero es evidente, tal como recuerdan el Magisterio de la Iglesia y no pocos hombres de ciencia, que no todo lo que es técnicamente posible, por esa sola razón, sea moralmente admisible (Donum Vitae, 4). Esta conclusión es, ciertamente, una consideración teológica, pero es asimismo un postulado de la Ciencia.

          La doctrina de la Iglesia Católica es clara y definitiva:
          La doctrina magisterial formula constantemente este principio ético: “La vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta ‘la acción creadora de Dios’ y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin”(Pablo VI, Professio Fidei, “AAS” 60 1968).
          Estas enseñanzas están también recogidas y reafirmadas en la Declaración Donum Vitae, nº 5, en la Encíclica Evangelium Vitae, nº 53) y en el Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2258.


          La razón última es que el alma espiritual de cada hombre es “inmediatamente creada por Dios” (Pio XII, Enc. Humani Generis, “AAS” 42 1950; CIC, 366). La Tradición cristiana ha vivido pacíficamente esta verdad, de forma que los “cristianos viejos” habíamos aprendido de memoria en el Catecismo del P. Astete la explicación sencilla del Misterio de la Encarnación:

          “En las entrañas de la Virgen Maria formó el Espíritu Santo de la purísima sangre de esta Señora un cuerpo perfectísimo; creó de la nada un alma y la unió a aquel cuerpo y en el mismo instante, a este cuerpo y alma se unió el Hijo de Dios; y de esta suerte el que antes era sólo Dios, sin dejar de serlo, quedó hecho hombre” (P. Gaspar Astete S.J. , Catecismo de la Doctrina Cristiana, 11ª).
          Si así fue el origen de la humanidad de Jesucristo, Hijo de Dios, nosotros, “todo hombre”, hechos a Su imagen y semejanza, nos considerábamos “nosotros mismos” desde el momento de ser concebidos.

          Si hoy observamos un embrión humano recién formado, vivo, fabricado por los científicos, constatamos que es un individuo de la especie humana, por su ADN humano, que genéticamente ya tiene programado su ser, único e irrepetible: raza, altura, color de ojos, etc. Somáticamente, es una vida humana individualizada, por lo que resulta lógico afirmar que se trata de un individuo de la especie humana. Ahora bien, cuestionar si es o no es “persona”, cae fuera de la consideración científica y pasamos al campo de la filosofía. Así el filósofo, ante esta realidad biológica, da un paso más en el razonamiento: si es un individuo vivo de la especie humana, concluye, es una persona, dado que no cabe afirmar que un individuo humano no sea persona.

          La Teología apunta aún más alto: si es un individuo vivo de la especie humana, es también persona, y por tanto posee un alma espiritual, eterna, capaz de amar y ser amado, por estar hecho a “imagen y semejanza” de Dios. El alma, principio vital, no se ve en el microscopio, y por eso la visión material de un óvulo fecundado, que pesa tan solo 15 diezmillonésimas de gramo, induce a muchos a negarle su categoría de persona y, mucho más todavía, a no reconocer en él a un hijo de Dios, con un alma capaz de amarle eternamente.

          Se le denomina con el término pseudocientífico de preembrión, al que se le puede manipular, utilizar para la investigación o destruirlo sin ninguna traba ética durante estas primeras etapas de desarrollo. Últimamente, para evitar los datos evidentes de la ciencia, algunos autores lo denominan “paraembrión“, pero el cambio terminológico no cambia la realidad. El hecho incuestionable es que “todos hemos sido embriones”, minúsculos, hasta los más altos jugadores de baloncesto. Y todos hemos sido amados por Dios desde el principio.

          Recientemente, hemos vivido en España la noticia dada a bombo y platillo del nacimiento del “primer bebé medicamento”, seleccionado entre otros 16 hermanos (¡ posiblemente muchos más!) concebidos por fecundación in vitro, ”para la posible curación“ de otro hermano vivo que padece una grave enfermedad genética. El Doctor D. Justo Aznar, Director del Instituto de Ciencias para la Vida de la Universidad Católica de Valencia, afirma que de cada 100 embriones generados para salvar a un hermano, nacen menos de dos […] para conseguir 40 “niños útiles” hubo que producir 2.706 embriones…” (Andrés y sus hermanos. Alfa y Omega, 30-X-2008).
          Es de agradecer la Nota aclaratoria dada por la Conferencia Episcopal Española, en la que se ratifica la ilicitud moral de este procedimiento utilitarista. Pero tal doctrina ha sido acusada inmediatamente de ir contra el avance de la Ciencia.

          El Papa Benedicto XVI expresa cristalinamente la razón última que justifica la doctrina católica sobre este tema: “No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario” (Benedicto XVI, Homilía 24-IV- 2005).

          Siguiendo el Magisterio de la Iglesia Católica, se impone y es lógico hacerse las siguientes preguntas: Entonces, ¿a dónde van, después de la muerte, todos estos seres humanos pequeñitos de tamaño, pero poseedores de un alma eterna “creada inmediatamente” por Dios, que Se deja atar sus Manos por las manos de los científicos, que en el uso de su libertad, son capaces de producir las circunstancias materiales en las que surge la vida humana? ¿Cómo se manifiesta en ellos el amor infinito de Dios Creador y Padre, en las más débiles e indefensas de sus criaturas, cuando Jesús ha dicho: ”Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18,1-10)?

          Estas consideraciones son coherentes también para valorar la muerte de los bebés humanos, sacrificados por el aborto voluntario en el seno materno, antes de su nacimiento natural, tal como se define la expulsión provocada voluntariamente de la vida humana concebida: “En el lenguaje corriente, aborto, es la muerte del feto por su expulsión natural o provocada, en cualquier momento de su vida intrauterina” (cfr. La voz “Aborto”, en C. Simón Vázquez, Diccionario de Bioética, Monte Carmelo 2006).

          No es objeto de esta Comunicación estudiar los modos y maneras de cómo se realiza el aborto. Solo señalar que, numéricamente, el aborto voluntario es el hecho más cruel, más feroz, de toda la Historia Humana. Decir “aborto” es entrar en un agujero negro de dimensiones cósmicas, sin fondo. Palabras como desmembrar, trocear, aspirar, quemar, triturar, envenenar… expresan el martirio atroz al que son sometidos los bebés inocentes. Algunos se atreven a sugerir la necesidad de anestesiar a las víctimas, pero no se les aplica ningún sedante, se les niega la capacidad de sufrimiento, para no reconocerlos como seres humanos vivos con categoría de personas.

          La obra El genocidio censurado de Antonio Socci (Ed. Cristiandad, Madrid 2007) lleva este significativo subtitulo: Aborto: mil millones de víctimas inocentes. Cantidad que supone la sexta parte de la población mundial.

          En España, desde su despenalización en el año 1985, se contabilizan más de 1.100.000 de abortos realizados legalmente. En el año 2006 se realizaron 101.592, cifra en aumento cada año (cfr. Ángeles en la tierra de los autores Ondina Vélez y Pablo F. Gutiérrez. Ed. Palabra 2008). La última y reciente estadística dada por el Ministerio de Sanidad y Consumo presenta la cifra de 112.138 abortos, cometidos legalmente durante el año 2007.

          En el presente año 2008, se cumplen 60 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada por la Asamblea General de la ONU el 10 de Diciembre de 1948. Esta Declaración, que nació como confesión purificadora ante los horrores de la 2ª Guerra Mundial, está siendo fuertemente presionada en la actualidad para que incluya los llamados “Nuevos Derechos sexuales y reproductivos”, entre los que destacan el derecho al aborto y el derecho a la homosexualidad, para que sean considerados como Derechos Humanos Universales e inamovibles.

          Al llegar a este punto de la reflexión, se hace difícil continuar.
El Papa Benedicto XVI, en su visita al Campo de exterminio de Auschwitz (28-05-06), lanzó la terrible pregunta: “¿Dónde estaba Dios?” Es necesario rezar, acudir a la fe de la Iglesia, para no perder la paz interior y la esperanza en una civilización mejor. Se hace preciso orar con el Salmista:
          “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa ; lava del todo mi delito, limpia mi pecado …” (Sal. 50).

          Juan Pablo II, en su libro Memoria e identidad (La Esfera de los Libros, S.L. 2005), acierta a explicar el sentido que en la Historia humana tienen las que denomina “ideologías del mal”, en concreto, el nazismo y el comunismo, experimentadas ambas en su propia carne. Estos hechos nos hacen reflexionar sobre la coexistencia del bien y el mal, explicada por Jesús, en la parábola del trigo y la cizaña, que continuará hasta el fin del mundo, cuando seamos juzgados cada uno por nuestras propias obras, “examinados en el amor”. Es impresionante la reflexión hecha por Juan Pablo II: “Después de la caída de los sistemas construidos sobre las ideologías del mal […] se mantiene aún la destrucción legal de vidas humanas concebidas, antes de su nacimiento. Y en este caso se trata de un exterminio decidido incluso por parlamentos elegidos democráticamente, en los cuales se invoca el progreso civil de la sociedad y de la humanidad entera” (Op. cit., pág. 25).

          Juan Pablo II, junto a la denuncia y la condena, enseña que la única verdad capaz de contrarrestar el mal de estas ideologías es poner de relieve que Dios es Misericordia, la verdad del Cristo Misericordioso, Redentor del hombre, que levanta al hombre caído por la fuerza del Espíritu Santo que mora en la Iglesia.

          Benedicto XVI insiste en esta misma doctrina: ”El mal no está nunca definitivamente vencido: cada generación debe dar su batalla para impedir que vuelva a apoderarse de países enteros […], precisamente ahora nos amenazan nuevas desventuras y parece que vuelven a surgir de los corazones de los hombres todas las fuerzas obscuras” (Auschwitz, mayo 2006).

          Durante la preparación del Jubileo del año 2000, el Papa Juan Pablo II decidió constituir una Comisión que estudiara los Nuevos Mártires del s. XX. Se reunieron así doce mil testimonios de testigos de la fe en todo el mundo. Se encomendó desde 1993 su recuerdo y culto a la Comunidad de San Egidio en la Basílica de San Bartolomé, situada en la isla Tiberina de Roma. La Basílica consta de “seis altares que recuerdan a los cristianos caídos bajo la violencia totalitaria del comunismo y del nazismo, a los asesinados en América, en Asia y en Oceanía, en España, en México y en África” ( Benedicto XVI, Homilía 7-IV-2008).

          Un Icono colocado sobre el altar mayor representa algunos testigos de la fe, incluso de distintas confesiones cristianas, no canonizados oficialmente. En la parte superior se ve un grupo de figuras vestidas de blanco, con palmas en las manos, adultos y niños, rodeando la figura de Cristo resucitado. A sus pies, dos ángeles portan una cartela con la cita del Apocalipsis: “Atravesaron la gran tribulación” (Ap 7,14). La Basílica está muy próxima a la Gran Sinagoga de Roma y fue lugar de refugio para los judíos perseguidos en 1943. Todas estas circunstancias le confieren un carácter acogedor y ecuménico. Actualmente, recoge también testimonios de los cristianos muertos en el presente siglo, los Mártires del s. XXI. Al visitarla, estuve contemplando largamente el Icono central: el cortejo de figuras vestidas de blanco, hombres, mujeres y niños… “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblos y lenguas…” (Ap 7,9), ”Estos son los que vienen de la gran tribulación…” (Ap 7,14). ¿Y quienes más atribulados y martirizados que los embriones y bebés, manipulados y abortados? ¡Pero que difícil es verlos, pintarlos!, ¡son tan pequeños!.

          El 20 de Abril de 2007 se hizo público un Documento de la Comisión Teológica Internacional titulado La esperanza de salvación para los niños que mueren sin ser bautizados. El consentimiento y aceptación por parte del Papa Benedicto XVI se hizo explícito para su publicación. No obstante, por el momento, no tiene un valor magisterial, por no haber obtenido declaración alguna por parte del Magisterio del Colegio Episcopal con su cabeza el Papa. Se trata, pues, de un documento teológico emanado por “urgentes necesidades pastorales”. Pero sus argumentos contestan a todas las preguntas que surgen en el corazón de las madres que hemos vivido el aborto natural. Asimismo, presupone todas las cuestiones que surgen ante el terrible panorama expuesto anteriormente “del número inmenso de niños a quienes se impide nacer”, a causa de las manipulaciones genéticas y del aborto. El Documento funda la esperanza de que los niños no bautizados estén también en el cielo, en argumentos basados en el proyecto universal de salvación querido por Dios. Estas son las razones presentadas:

          Primera: La voluntad salvífica universal de Dios Padre, que es no solo justo, sino infinitamente misericordioso. El profeta Isaías nos revela el corazón de Dios y su ternura maternal:”¿Puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré” (Is 49, 15).
Segunda: El amor preferencial de Jesús por los niños: “Dejad que los niños vengan a Mí, y no se lo impidáis” (Mt 19, 13-16).
          Tercera: El Espíritu Santo, que por caminos tantas veces desconocidos, ofrece a todos la posibilidad de asociarse con el Misterio Pascual de la salvación.

          Siguiendo esta doctrina: ¿Podría la Iglesia algún día reconocer y venerar como Mártires a los niños víctimas de las manipulaciones genéticas y del aborto procurado, de un modo similar a como considera y venera a los Santos Inocentes de Belén?
A este respecto es revelador el párrafo 104 de la Conclusión de la Encíclica Evangelium Vitae, que recoge y comenta diversas afirmaciones del Libro del Apocalipsis. En él se destaca la “gran señal” de la “Mujer” (Ap12, 1), que es acompañada por “otra señal en el cielo”: se trata de “un gran Dragón rojo” (Ap12, 3) que simboliza a Satanás, potencia personal maléfica, y, al mismo tiempo, a todas las fuerzas del mal que intervienen en la historia y dificultan la misión de la Iglesia. “

          Con ello, el Papa quiere subrayar que “también en esto María ilumina a la Comunidad de los creyentes. En efecto, la hostilidad de las fuerzas del mal es una oposición encubierta que, antes de afectar a los discípulos de Jesús, va contra su Madre. Para salvar la vida del Hijo de cuantos lo temen como una amenaza peligrosa, María debe huir con José y el Niño a Egipto (Mt 2, 13-15). María ayuda así a la Iglesia a tomar conciencia de que la vida está siempre en el centro de una gran lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. El Dragón quiere devorar al Niño recién nacido, figura de Cristo (Ap 12, 4), al que María engendra en la “plenitud de los tiempos” (Gal 4, 4) y al que la Iglesia debe presentar continuamente a los hombres de las diversas épocas de la Historia. Pero, en cierto sentido, es también figura de cada hombre, de cada niño, especialmente de cada criatura débil y amenazada, porque, como recuerda el Concilio Vaticano II, “El Hijo de Dios, con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. Gaudium et spes, 22) Precisamente en la “carne” de cada hombre, Cristo continua revelándose y entra en comunión con nosotros, de modo que el rechazo de la vida del hombre, en sus diversas formas, es realmente rechazo de Cristo.

          Esta es la verdad fascinante y al mismo tiempo exigente, que Cristo nos descubre y que su Iglesia continúa presentando incansablemente: “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a Mí me recibe”(Mc 9,37). “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a Mí me lo hicisteis” (Mt 25,40).

          El Documento de la Comisión Teológica Internacional habla de la necesidad de profundizar en la “eclesiología de comunión” -en la comunión de los santos- y en la necesidad de un estudio más atento de “la teología de la esperanza”.

          La Iglesia es una madre que reza, que tiene esperanza en la salvación eterna de sus hijos. ¿Y cómo no va a esperar la salvación de los más pequeños? ¿Y por qué no venerar como Mártires a estos bebés humanos, muertos por la soberbia de unos científicos endiosados que muerden el fruto prohibido del árbol de la vida o que son asesinados por la codicia o por el miedo a aceptar la voluntad de Dios, presente en cada ser humano que vive?

          Ciertamente, parece que no se dan las razones teológicas para “canonizarlos”. No siempre el aborto, y las manipulaciones genéticas, se hacen por odio a la fe de un modo explícito sino por otros motivos aparentemente ajenos a cualquier consideración cristiana. Pero es frecuente que el “odio a la fe” esté presente en no pocas ideologías favorables al aborto.

          Comenzamos ya a escuchar la denominación de”los nuevos Santos Inocentes“, para los niños víctimas del aborto en diversas manifestaciones culturales y homilías incluso de algunos obispos .En este supuesto, de algún modo, participan del significado de la Fiesta litúrgica del 28 de Diciembre respecto a los niños ya nacidos que fueron inmolados por la codicia de un rey sanguinario.

          La Beata Madre Teresa de Calcuta decía: “Los niños que aún no han nacido son los más pobres entre los pobres. ¡Están tan cerca de Dios...! Yo siempre les suplico a los médicos de los Hospitales de la India que no maten jamás a un niño. Si nadie lo quiere, me lo quedaré yo” (Orar con Teresa de Calcuta. Ed. Desclee de Brouwer 2003, 34, 5).

          Con el mismo simbolismo, en el Primer Congreso de Oración por la Vida, celebrado en Fátima (Octubre 2006) rezamos el Via Crucis, siguiendo el Camino de los Pastorcitos, que une Cova de Iría con Aljustrel. El Via Crucis iba presidido por una cruz, formada con el instrumental empleado en clínicas abortistas, realizada por las Hermanas de la Vida, fundadas por el Cardenal O’Connor de Nueva York.

PERSECUCIONES A LOS DEFENSORES DE LA VIDA

          “La vida humana está siempre en el centro de una gran lucha, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas” (Evangelium Vitae, 104). La vida aún no nacida está amenazada por una persecución solapada y de extrema violencia a la vez. Y sus defensores la experimentan también ..

          El célebre Dr. Bernard Nathanson, en su autobiografía -La mano de Dios (Ed. Palabra 1997)- narra su conversión al catolicismo a través de la defensa de la vida. Cuenta como le impresionaban las manifestaciones de los defensores de la vida ante las clínicas de abortos, rezando, cantando pacífica y desinteresadamente, para terminar siendo detenidos y golpeados por la policía.

          Él mismo Nathanson y su mujer fueron denunciados y juzgados por un Juzgado federal de Nueva York por participar, después de su conversión, en estas manifestaciones pro-vida. “Resolvimos el caso […] y resultaba caro, aunque no me arrepiento de haber gastado hasta el último céntimo que me gasté” (op. cit., pág. 235).

          Se pueden citar otros casos más cercanos. El Dr. Jesús Poveda, fundador del Movimiento Pro-vida en España, es un buen conocedor de varias comisarías madrileñas. El líder pro-vida mexicano, D. Jorge Serrano Limón, encontró un puñal clavado en el sillón de su despacho como advertencia.

          Doña Amparo Medina (Ecuador), recibió en este año 2008 tantas amenazas de muerte, por su oposición a la legalización del aborto en su país, que tuvo que cambiar de domicilio (crf. Anexo nº 1).

          Muchas legislaciones a favor del aborto son motivadas por razones contra la fe católica. La prueba es que incluso tratan de negar el derecho a la objeción de conciencia. Por ejemplo, en Uruguay se ha presentado un proyecto de Ley de Salud sexual y reproductiva que fue aprobado por un estrecho margen de votos en el Senado y en el Congreso. (Noviembre 2008)

          La Ley fue vetada, a posteriori, por el Presidente Dr. Tabaré Vázquez, que argumentó así su decisión :”El verdadero grado de civilización de una nación se mide por como se protege a los mas necesitados […] Porque el criterio no es ya el valor del sujeto en función de los afectos que suscita a los demás, o de la utilidad que presta, sino del valor que resulta su mera existencia”.

          La Ley incluía la prohibición de la objeción de conciencia para los médicos que tendrían que aplicarla, con la consecuente discriminación que esto supondría para los profesionales del mundo de la salud. El propio Presidente Tabaré Vázquez ha abandonado la militancia en el Partido Socialista por los ataques recibidos por sus compañeros en la política.

          Esto mismo se quiere imponer en España a través del Proyecto de Ley del Aborto presentado al Congreso.

          Es estimulante recordar a los cristianos empeñados en esta gran tarea de la defensa de la vida y la dignidad humana que en ellos se cumplen las palabras de Jesús: “Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5, 10).

CONVERSIONES A LA VIDA

         
Juan Pablo II, en la obra ya citada, Memoria e identidad, hace una cita impresionante de Goethe: “El diablo es una parte de esa fuerza que desea siempre el mal y que termina siempre haciendo el bien” (pág. 29). Esta afirmación puede aplicarse al oscuro y demoníaco imperio de la “cultura de la muerte”. Se confrontan el bien y el mal, pero así como surge el odio a la fe, en ocasiones también es motivo de una nueva conversión a la vida cristiana.


          Los testimonios de los “convertidos” desde la defensa del aborto al bando de los defensores de la vida son reveladores: “Al abandonar el mundo satánico del aborto me convertí en un médico provida. Y de ahí, agarrándome a la mano de Dios, salté a la Vida en la iglesia Católica (Bernard Nathanson, op. cit.). La madrina de Bautismo del Doctor Nathanson, fue Joan Andrews “ una heroína del movimiento pro –vida que pasó varios años en prisión dando testimonio de los males del aborto “(Epílogo op.cit. pág, 243)

          Norma McCorvey, nombre autentico de “Jane Roe”, protagonista de la sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos ”Roe versus Wade” (22/01/1973), que legalizó el aborto en este país, cuenta su conversión a través de su amistad con una mujer del Movimiento Pro-vida americano: “Durante una misa caí de rodillas y pedí perdón” (Antonio Socci, El Genocidio censurado. Ediciones Cristiandad, 2007, pág. 113).

          Junto a estos dos conversos superfamosos, conocemos el testimonio de mujeres y de hombres, que en su angustia ante lo irreversible del aborto llevado a cabo, vuelven sus ojos a Dios, buscando el perdón y la paz. En algunas publicaciones, tales como Myriam… ¿por qué lloras (Ed. Combel S.A., 2004) y Yo aborté (Sara Martín, Voz de Papel, 2005), se pueden leer testimonios de mujeres que sufren el síndrome del postaborto y su necesidad de alcanzar el perdón de Dios.

          Contaré una historia vivida personalmente. La Asociación Evangelium Vitae acude a rezar el Rosario en expiación de los pecados cometidos contra la vida, ante la clínica Dator Médica, de Madrid, los primeros domingos de cada mes. El Domingo de Resurrección del año 2007, acudimos a rezar una vez más ante ese Monte Calvario, donde mueren tantos inocentes. Allí siempre es Viernes Santo, y por este motivo rezamos siempre los Misterios Dolorosos, pero, siendo Domingo de Resurrección, decidimos rezar aquel día los Misterios Gloriosos. Éramos pocos los orantes. De la clínica sale un grupo de gente joven. Una pareja se besa con ternura. Está claro que ella necesita el apoyo de él, ante lo cometido, y que ya es irreversible. La oración se vuelve más profunda. Suben a un coche aparcado ante nosotros. El motor en marcha, mientras vamos desgranando, lentamente, un misterio entero. ”Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores…”. De pronto, se abren las puertas del coche y una mujer y un hombre salen y nos abordan. ”¿Por qué rezáis aquí?”. “Porque desde esta clínica suben muchos niños al cielo. Pedimos perdón y ayuda para sus madres, para sus padres, para los médicos…” Escuchamos una dolorosa confesión en la que se entrelazaban engaños e ignorancia. “Nos dijeron que podía venir mal, enfermo… No podría llevarlo a jugar al fútbol. Tendría que llevarlo al hospital, en vez de al colegio…”Intuían que habían hecho algo terrible, definitivo.

          No era momento de condenar, sino de ofrecer acogida, amor de Dios. Lloramos con ellos, les hablamos de la necesidad de resucitar. Se llevaron la Oración por la vida, de Juan Pablo II. Se despidieron diciendo: “Gracias, por estar rezando aquí”. Recordaremos siempre sus ojos, llenos de tristeza, espejos del alma.

          Visitando este año 2008, la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén, he podido comprobar con asombro que el lugar desde el que acompañaban a Jesús Crucificado, Su Madre la Virgen, las Santas Mujeres y San Juan, señalado por un templete, esta equidistante del lugar de Su muerte en el Calvario y del Sepulcro vacío, lugar de la Resurrección. A una distancia similar, nos situamos nosotros, ante la puerta de Dator Médica, la esquina más fría, obscura y sobrecogedora de toda la ciudad, a rezar, a pedir perdón y resurrección para todos los actores del drama del aborto. Con sentido nuevo, nos unimos a la oración de Jesús: “Perdónales Señor, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 33).

CONCLUSIONES

          Las ideas recogidas en esta Comunicación van destinadas a suscitar una reflexión por parte de los expertos en las “Causas de los Santos”, sobre la posibilidad de otorgar cierta veneración “al inmenso número de niños a quienes se impide nacer” a causa de las manipulaciones genéticas y el aborto y a poner de relieve las ideas anticristianas que subyacen en la “cultura de la muerte”, por lo que se podría considerar a estos niños como los “Nuevos Santos Inocentes”.

          En las “Causas de los Santos”, para declarar la realidad del martirio como “supremo testimonio de la verdad de la fe… testimonio que llega hasta la muerte” (CIC, 2473), lo fundamental no es la crueldad a la que se somete al mártir, sino “la causa”, por la que entrega su vida: “El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad”(CIC, 247). En las manipulaciones genéticas y en el aborto como en cada una de las manifestaciones de la “cultura de la muerte “, eutanasia, terrorismo, guerras, etc…no siempre se da el odio a la fe explícitamente pero si son siempre expresión de la acción del Maligno que pretende constituirse como el único Príncipe de este mundo en oposición clara a la voluntad y gloria de Dios.

          A esta Comunicación adjuntamos el Anexo 1, en el cual se puede leer el correo llegado desde Ecuador relatando las amenazas recibidas por los defensores de la vida y la profanación de iglesias, promovidas desde las más altas instancias gubernativas del país.

          Durante la visita (Octubre 2008) al puerto de Valencia del llamado “Yate del aborto”, yate de bandera holandesa, preparado para realizar abortos, aunque no se ajusten a legalidad del país donde atraque, se repartió una sacrílega “Oración por el derecho al aborto”, en la que se pedía entre otros dislates que las mujeres que deseen abortar sean liberadas “de la autoridad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Evidente blasfemia contra la fe en Dios, Padre y Creador de la vida. Desde la Asociación Evangelium Vitae dirigimos una carta a los medios de comunicación en estos términos ante el ambiente festivo de los manifestantes abortistas: “Los defensores de la cultura de la muerte son así, capaces de convertir un funeral en un baile de disfraces, para ocultar, tras las máscaras de forzadas sonrisas, las penas del alma..Recemos a la Virgen de los Desamparados…”(Alfa y Omega 30/ X / 2008).

          En ambos testimonios se hace patente la presencia personal y real del Maligno que habita en la “cultura de la muerte”. Es evidente que el demonio alimenta en sus seguidores el “odium fidei” que hace nacer testigos de la fe, “mártires”. Esto añade gravedad a las persecuciones a las que son sometidos los defensores de la vida. Citando a Tertuliano, el Catecismo de la Iglesia Católica afirma: ”La sangre de los mártires es semilla de cristianos” (CIC, 852).

          En este Año paulino, resuenan con mas fuerza las palabras del Apóstol Pablo a los Romanos: “ Pero si creció el pecado, más desbordante fue la gracia” (Rm 5, 20). Esta es nuestra esperanza y nuestro consuelo.

          La Asociación Evangelium Vitae nació en el año 1998 como respuesta a la llamada que el Papa Juan Pablo II dejó escrita en la Encíclica de la que hemos tomado el nombre: “Es urgente una gran oración por la vida que abarque al mundo entero” (EV, 100).

          Con este objetivo, en el primer Congreso “Católicos y Vida Pública” (1999) presentamos una Comunicación titulada “Defensa de la vida en la Doctrina social de la Iglesia. Influencia en la vida social y familiar”, donde se narraba su gestación y nacimiento (pág. 615).

          El carisma de nuestra Asociación es abrir un camino de oración por la “Causa de la vida”, y poner de relieve la necesidad de la expiación por los pecados cometidos contra el plan de Dios: aborto, eutanasia, divorcio, etc. (Estatutos fundacionales. Título II. Finalidades).

          En el año 2006 presentamos una nueva Comunicación al Congreso correspondiente a este año titulada “Santa María Madre de la Vida. Historia de una advocación teológica”. Es una propuesta para la inclusión de la invocación “Mater Vitae. Ora pro nobis” en las letanías del Rosario” (Actas del Congreso, pág 1075). Si se aceptase dicha propuesta, ”la oración por la vida, abarcaría el mundo entero” según el deseo expresado por el Papa Juan Pablo II.

          En este año en la Asociación Evangelium Vitae, conociendo el enorme dolor que hiere el corazón de la madre que sufre las consecuencias de haber abortado a su hijo, hemos redactado el texto de la “Oración desde el dolor de una madre arrepentida por el aborto de su hijo” , que se imprimirá en breve, por haber obtenido ya la “licencia eclesiástica”. Esta Oración concluye con la invocación: “Santos Inocentes, rogad por nosotros”.

          Invocándolos como intercesores para la conversión de todos los que han intervenido en su muerte martirial: madres, y padres, familiares y amigos, personal sanitario, políticos…, intuimos que ayudarían a “conseguir que la fuerza que viene de lo alto haga caer los muros del engaño y la mentira, que esconden a los ojos de tantos hermanos y hermanas nuestros la naturaleza perversa de comportamientos y de leyes hostiles a la vida, y abra sus corazones a propósitos e intenciones inspirados en la civilización de la vida y del amor” (E.V., 100). La presencia espiritual de estos pequeños-grandes Mártires los hará visibles a la Iglesia y al mundo.

          Pedimos, por último, a la Comunidad de San Egidio, a quien ha correspondido la presidencia de la Mesa Redonda sobre “Mártires de la esperanza”, que incluya en la Basílica de San Bartolomé de Roma la veneración al grupo más numeroso de mártires de la Historia:
LOS NUEVOS SANTOS INOCENTES.
          Que Nuestra Señora, Santa María, Madre de la Vida, ruegue por nosotros pecadores ”para construir, junto con todos los hombres de buena voluntad, la civilización de la verdad y el amor, para alabanza y gloria de Dios Creador y amante de la vida”(Oración por la Vida. Juan Pablo II. Evangelium Vitae 105).
Laus Deo.

Margarita Mª Fraga Iribarne.
Asociación Evangelium Vitae

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