domingo, 6 de septiembre de 2020

Catequesis Marianas de San Juan Pablo II (17) - La hija de Sión

 

SAN JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 24 de abril de 1996

 La hija de Sión


1. La Biblia usa con frecuencia la expresión hija de Sión para referirse a los habitantes de la ciudad de Jerusalén, cuya parte histórica y religiosamente más significativa es el monte Sión (cf. Mi 4, 10­13; So 3, 14­18; Za 2, 14; 9, 9­10).

Esta personalización en femenino hace más fácil la interpretación esponsal de las relaciones de amor entre Dios e Israel, señalado a menudo con los términos novia o esposa.

La historia de la salvación es la historia del amor de Dios, pero en ocasiones también de la infidelidad del ser humano. La palabra del Señor reprocha a menudo a la esposa­pueblo el hecho de haber violado la alianza nupcial establecida con Dios: "Como engaña una mujer a su compañero, así me ha engañado la casa de Israel" (Jr 3, 20) e invita a los hijos de Israel a acusar a su madre: "¡Acusad a vuestra madre, acusadla, porque ella ya no es mi mujer, y yo no soy su marido!" (Os 2, 4).

¿En qué consiste el pecado de infidelidad con el que se mancha Israel, la esposa de Yahveh? Consiste, sobre todo, en la idolatría: según el texto sagrado, para el Señor, cuando el pueblo elegido recurre a los ídolos comete un adulterio.

2. El profeta Oseas es quien desarrolla, con imágenes fuertes y dramáticas, el tema de la alianza esponsal entre Dios y su pueblo, y el de la traición por parte de éste: la historia personal de Oseas se convierte en símbolo elocuente de esa traición. En efecto, cuando nace su hija, recibe la orden siguiente: "Ponle por nombre 'No-compadecida', porque yo no me compadeceré más de la casa de Israel" (Os 1, 6) y un poco más adelante: "Ponle el nombre de 'No­mi­pueblo', porque vosotros no sois mi pueblo ni yo soy para vosotros El­que­soy" (Os 1, 9).

El reproche del Señor y el fracaso de la experiencia del culto a los ídolos hacen recapacitar a la esposa infiel que, arrepentida, dice: "Voy a volver a mi primer marido, que entonces me iba mejor que ahora" (Os 2, 9). Pero Dios mismo desea restablecer la alianza, y entonces su palabra se hace memoria, misericordia y ternura: "Por eso yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón" (Os 2, 16). En efecto, el desierto es el lugar donde Dios, después de la liberación de la esclavitud, estableció la alianza definitiva con su pueblo.

Mediante estas imágenes de amor, que vuelven a proponer la difícil relación entre Dios e Israel, el profeta ilustra el gran drama del pecado, la infelicidad del camino de la infidelidad y los esfuerzos del amor divino para hablar al corazón de los hombres y llevarlos de nuevo a la alianza.

3. A pesar de las dificultades del presente, Dios anuncia, por boca del profeta, una alianza más perfecta para el futuro: "Y sucederá aquel día ―oráculo del Señor― que ella me llamará: "Marido mío", y no me llamará más: "Baal mío" (...). Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión; te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor" (Os 2, 18. 21-22).

El Señor no se desalienta ante las debilidades humanas, sino que responde a las infidelidades de los hombres proponiendo una unión más estable y más íntima: "Yo la sembraré para mí en esta tierra, me compadeceré de "No-compadecida", y diré a "No­mi­pueblo": Tú "Mi pueblo", y él dirá: "¡Mi Dios!"" (Os 2, 25).

La misma perspectiva de una nueva alianza es propuesta, una vez más, por Jeremías al pueblo en el exilio: "En aquel tiempo ―oráculo del Señor― seré el Dios de todas las familias de Israel, y ellos serán mi pueblo". Así dice el Señor: "Halló gracia en el desierto el pueblo que se libró de la espada: va a su descanso Israel". De lejos se le aparece el Señor: "Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti. Volveré a edificarte y serás reedificada, virgen de Israel" (Jr 31, 1­4).

A pesar de las infidelidades del pueblo, el amor eterno de Dios siempre está dispuesto a restablecer el pacto de amor y a dar una salvación que supera todas las expectativas.

4. También Ezequiel e Isaías utilizan la imagen de la mujer infiel perdonada.

Lecturas del domingo y el catecismo de la Iglesia - Domingo XXIII Ciclo A

 

Vigésimo tercer domingo del Tiempo Ordinario

 

CEC 2055: el Decálogo se resume en el mandamiento de amar

CEC 1443-1445: reconciliación con la Iglesia

CEC 2842-2845: “como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”

 

CEC 2055: el Decálogo se resume en el mandamiento de amar

2055 Cuando le hacen la pregunta: “¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” (Mt 22, 36), Jesús responde: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas” (Mt 22, 37-40; cf Dt 6, 5; Lv 19, 18). El Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley:

«En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm 13, 9-10).

 

CEC 1443-1445: reconciliación con la Iglesia

Reconciliación con la Iglesia

1443 Durante su vida pública, Jesús no sólo perdonó los pecados, también manifestó el efecto de este perdón: a los pecadores que son perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del pueblo de Dios, de donde el pecado los había alejado o incluso excluido. Un signo manifiesto de ello es el hecho de que Jesús admite a los pecadores a su mesa, más aún, Él mismo se sienta a su mesa, gesto que expresa de manera conmovedora, a la vez, el perdón de Dios (cf Lc 15) y el retorno al seno del pueblo de Dios (cf Lc 19,9).

1444 Al hacer partícipes a los Apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea se expresa particularmente en las palabras solemnes de Cristo a Simón Pedro: "A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mt 16,19). "Consta que también el colegio de los Apóstoles, unido a su cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro (cf Mt 18,18; 28,16-20)" LG 22).

1445 Las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien que recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios.

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 158

 

Domingo de la 23ª semana

EFECTOS DE LA CONTEMPLACIÓN

 

Me introdujo el rey en sus cámaras (Cant 1, 3).

 

1º) Me introdujo el rey en sus cámaras, esto es, en su dulzura, dándome su gracia. Llama a la gracia cámaras, en plural, porque de ella fluyen y se derivan cada una de las virtudes espirituales que perfeccionan las diversas potencias; y según las variadas virtudes de las diversas potencias, nos alegramos y regocijarnos diversamente en el Señor, y perfeccionados con estas virtudes derivadas de la gracia, bebemos en cierto modo los vinos de la alegría espiritual de las diversas cámaras.

(In Cant., I)

 

2°) La contemplación mitiga las tristezas.

 

En la contemplación de la verdad reside la mayor delectación; y, como toda delectación mitiga el dolor, la contemplación mitiga la tristeza o el dolor; y tanto más, cuanto más perfecto amador de la sabiduría sea uno.

 

Por lo tanto, los hombres, por la contemplación de las cosas divinas y de la futura bienaventuranza, se regocijan en las tribulaciones, según aquello de Santiago: Hermanos míos, tened por sumo gozo, cuando fuereis envueltos en diversas tribulaciones (Stgo. 1, 2). Y lo que es más, aun en medio de los suplicios corporales se halla también este gozó, como lo manifestó el mártir Tiburcio, cuando con los pies desnudos sobre brasas encendidas dijo: “Paréceme que ando sobre flores de rosas en nombre de Jesucristo.”

 

Esto ocurre porque en las potencias del alma; hay redundancia de lo superior a lo inferior, y según esto, el deleite de la contemplación, que está en la parte superior, rebosa hasta mitigar también el dolor que está en los sentidos.

(1ª 2ae , q. XXXVIII, a. 4)

 

3º) La contemplación adormece el amor de las cosas temporales.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 157

 

Sábado de la 22ª semana

LA JUSTICIA

La justicia - Piero Pollaiolo
 

I. Pertenece a la justicia dar cada uno lo que es debido.

 

Todas las virtudes morales que conciernen las acciones convienen en general con la justicia, porque tienen, de algún modo, razón de deuda. Pero la deuda no tiene la misma razón en todas; porque una cosa se debe al igual, otra al superior, otra al menor; una se debe por razón de un pacto, otra por promesa, otra por un beneficio recibido. Todos estos títulos diversos dan lugar a distintas virtudes; por ejemplo, la religión, por la cual se da a Dios lo que le es debido; la piedad, por la cual se da lo debido a los padres o a la patria; la gratitud, por la cual se paga lo debido a los bienhechores, y así otras. Además está la justicia legal, llamada virtud general, en cuanto ordena todas las virtudes al bien común.

 

Además de la justicia que mira al bien común, existe otra justicia propiamente dicha, que se ordena al bien privado de alguno, para devolver a éste lo suyo.

 

II. La justicia es más eminente que las demás virtudes morales.

 

Si hablamos de la justicia legal, resulta evidente que es la más preclara entre todas las virtudes morales, por cuanto el bien común es más importante que el bien particular de una persona, y según esto dice el Filósofo que "la justicia es la más preclara de las virtudes"1.

 

Pero, aun hablando de la justicia particular, sobresale entre las otras virtudes morales; porque se llama virtud mayor aquélla en que resplandece mayor bien de la razón, y conforme con esto la justicia sobresale como más próxima a la razón.

Santa Teresa de Calcuta y la Eucaristía


viernes, 4 de septiembre de 2020

Letanías de la humildad - Cardenal Merry del Val

 

Letanías de la humildad

Cardenal Merry del Val

(Secretario de San Pío X)

 

¡Oh Jesús, manso y humilde de corazón,
   haz mi corazón como el tuyo.

¡Oh Jesús, manso y humilde de corazón,
   Óyeme.

Del deseo de ser estimado,
   Líbrame, Señor.

Del deseo de ser amado,
   Líbrame, Señor.

Del deseo de ser respetado,
   Líbrame, Señor.

Del deseo de ser alabado,
   Líbrame, Señor.

Del deseo de ser preferido a los otros,
   Líbrame, Señor.

Del deseo de ser consultado,
   Líbrame, Señor.

Del deseo de ser aprobado,
   Líbrame, Señor.

Del temor de ser humillado,
   Líbrame, Señor.

Del temor de ser despreciado,
   Líbrame, Señor.

Del temor de ser rechazado,
   Líbrame, Señor.

Del temor de ser calumniado,
   Líbrame, Señor.

Del temor de ser olvidado,
   Líbrame, Señor.

Del temor de caer en ridículo,
   Líbrame, Señor.

Del temor de ser injuriado,
   Líbrame, Señor.

Del temor de ser sospechado,
   Líbrame, Señor.


Jesús, dame la gracia de desear ...

Catequesis Marianas de San Juan Pablo II (16) - La nobleza moral de la mujer

 

SAN JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 10 de abril de 1996

La nobleza moral de la mujer


(Lectura: Proverbios, capítulo 31, versículos 10-12 y 30)

1. El Antiguo Testamento y la tradición judía reconocen frecuentemente la nobleza moral de la mujer, que se manifiesta sobre todo en su actitud de confianza en el Señor, en su oración para obtener el don de la maternidad y en su súplica a Dios por la salvación de Israel de los ataques de sus enemigos. A veces, como en el caso de Judit, toda la comunidad celebra estas cualidades que se convierten en objeto de admiración para todos.

Junto a los ejemplos luminosos de las heroínas bíblicas, no faltan los testimonios negativos de algunas mujeres, como Dalila, la seductora que arruina la actividad profética de Sansón (Jc 16, 4-21); las mujeres extranjeras que en la ancianidad de Salomón, alejan el corazón del rey del Señor y lo inducen a venerar otros dioses (1 R 11, 1-8); Jezabel, que extermina «a todos los profetas del Señor» (1 R 18, 13) y hace asesinar a Nabot para dar su viña a Acab (1 R 21); y la mujer de Job que lo insulta en su desgracia, impulsándolo a la rebelión (Jb 2, 9).

En estos casos, la actitud de la mujer recuerda la de Eva. Sin embargo, la perspectiva predominante en la Biblia suele ser la que se inspira en el protoevangelio, que ve en la mujer a la aliada de Dios.

2. En efecto aunque a las mujeres extranjeras se las acusa de haber alejado a Salomón del culto del verdadero Dios, en el libro de Rut se nos propone una figura muy noble de mujer extranjera: Rut, la moabita, ejemplo de piedad para con sus parientes y de humildad sincera y generosa. Compartiendo la vida y la fe de Israel, se convertirá en la bisabuela de David y en antepasada del Mesías. Mateo, incluyéndola en la genealogía de Jesús (1, 5), hace de ella un signo de universalismo y un anuncio de la misericordia de Dios, que se extiende a todos los hombres.

Entre las antepasadas de Jesús, el primer evangelista recuerda también a Tamar, a Racab y a la mujer de Urías, tres mujeres pecadoras, pero no desleales, mencionadas entre las progenitoras del Mesías para proclamar la bondad divina más grande que el pecado. Dios, mediante su gracia, hace que su situación matrimonial irregular contribuya a sus designios de salvación, preparando también, de este modo, el futuro.

Otro modelo de entrega humilde, diferente del de Rut, es el de la hija de Jefté, que acepta pagar con su propia vida la victoria del padre contra los ammonitas (Jc 11, 34-40). Llorando su cruel destino, no se rebela, sino que se entrega a la muerte para cumplir el voto imprudente que había hecho su padre en el marco de costumbres aún primitivas (cf. Jr 7, 31; Mi 6, 6-8).

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 156

 

Viernes de la 22ª semana

MODO DE RECUPERAR LA DULZURA DIVINA PERDIDA


 

En mi lecho, por las noches, busqué al que ama mi alma (Cant 3, 1).

 

El hombre debe escudriñar su conciencia. Los cuidados exteriores de tal modo ocupan al alma que, cuando quiere volver a su conciencia, encuentra muchas veces haber perdido aquella dulzura que antes poseía. Mas cuando el hombre está distraído en su espíritu, y no puede gustar esa dulzura que primero sentía, debe entrar en lo íntimo de su corazón y buscar a Cristo. La esposa busca en su lecho, es decir, en su conciencia, y no lo encuentra: En mi lecho, por las noches, busqué al que ama mi alma; le busqué, y no le hallé. Y cuando esto ocurre debe levantarse y buscar si ha deseado o ejecutado alguna cosa que hubiere desagradado a Cristo, por lo cual se siente distraído en la conciencia.

 

El modo de buscarlo se indica aquí: Me levantaré, y daré vueltas a la ciudad; por las calles y por las plazas buscaré (Cant 3, 2). Es decir, entrando en la conciencia, busqué a Cristo y no lo encontré. Por lo cual, a fin de encontrarlo, buscaré todavía, me levantaré y daré vueltas a la ciudad, esto es, por un examen actual indagaré en mi conciencia, y por las calles y por las plazas, es decir, por todos los dichos, deseos y hechos que ejecuté, dije y deseé, y veré si he hecho alguno que le ha desagradado, y obrando de esta manera, buscaré al que ama mi alma (Cant 3, 2). Porque si alguno, después de esto, no puede volver a la dulzura de la contemplación, debe pensar que tal vez ha delinquido en alguna cosa que le impide sentir la dulzura acostumbrada. Y en consecuencia, debe escudriñar totalmente la ciudad, esto es, su conciencia.

 

Conviene advertir que la conciencia es el lecho en que Cristo descansa, porque es un lecho estrecho, en el cual sólo puede acostarse uno, es decir, Cristo o el diablo. Mas, si consideramos la conciencia y nuestro corazón en 'cuanto al género de pecados que en ellos puede haber, entonces la ciudad es distinta de las calles y plazas, esto es, en ella hay delitos mayores y menores.

 

II. El hombre debe evocar el recuerdo de la divina dulzura.

jueves, 3 de septiembre de 2020

Lección Católica 12 ¿Quién es Dios?

Carta Plurimum Significans, en el XVI centenario de la elevación de San Gregorio magno al pontificado - San Juan Pablo II

 

CARTA APÓSTOLICA
«PLURIMUM SIGNIFICANS»
DEL SANTO PADRE  SAN JUAN PABLO II
EN EL XVI CENTENARIO DE LA ELEVACIÓN
DE SAN GREGORIO MAGNO AL PONTIFICADO

 

A todos los obispos, sacerdotes y fieles de la Iglesia
con ocasión del XIV centenario de la elevación
de san Gregorio Magno al pontificado

El ya cercano décimo cuarto centenario de la elección de san Gregorio Magno como Obispo de Roma es una circunstancia significativa y digna de ser recordada a todos los fieles de la Iglesia y, especialmente, a los obispos y a los sacerdotes. Su título de honor, que ha transmitido su grandeza a la historia; su intenso sentido pastoral, que en él siempre prevaleció, como criterio primario de referencia y como deber irrenunciable, sobre las ocupaciones y las atribuciones civiles que tuvo que desempeñar; el envío de Agustín y de sus monjes a los Anglos para llevar a cabo una valiente y fecunda misión evangelizadora: son algunos de los aspectos más destacados de su personalidad singular que merecen una especial mención, pues resultan ejemplares aún hoy a pesar de los muchos siglos que han transcurrido desde su tiempo.

La figura de Gregorio en sus aspectos humanos y sacerdotales despierta también hoy nuestra admiración y, a pesar del clima sociocultural tan cambiado, por no decir nuevo, se presenta como válido testimonio de fidelidad evangélica y estímulo poderoso a nuestro celo y a nuestra inventiva de pastores de almas.

Servus servorum Dei: es sabido que este título, escogido por él desde que era diácono y usado en muchas de sus cartas, se convirtió a continuación en un título tradicional y casi una definición de la persona del Obispo de Roma. Y también es cierto que por sincera humildad él lo hizo lema de su ministerio y que, precisamente por razón de su función universal en la Iglesia de Cristo, siempre se consideró y se mostró como el máximo y primer siervo, siervo de los siervos de Dios, siervo de todos a ejemplo de Cristo mismo, quien había afirmado explícitamente que "no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 28). Profundísima fue, por tanto, la conciencia de la dignidad del Papado, que aceptó con gran temor tras haber intentado en vano evitarla permaneciendo escondido; pero, al mismo tiempo, fue clarísima la conciencia de su deber de servir, pues estaba convencido de que toda autoridad, sobre todo en la Iglesia, es esencialmente un servicio; convicción que trató de infundir a los demás.

Esa concepción de su propia función pontificia y, por analogía, de todo ministerio pastoral se resume en la palabra responsabilidad: quien desempeña algún ministerio eclesiástico debe responder de lo que hace no sólo ante los hombres, no sólo ante las almas que le fueron confiadas, sino también y en primer lugar ante Dios y ante su Hijo, en cuyo nombre actúa cada vez que distribuye los tesoros sobrenaturales de la gracia, anuncia las verdades del Evangelio y realiza actividades directivas o de gobierno.

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 155

 

Jueves de la 22ª semana

ADMIRABLE PRIVILEGIO DEL AMOR

 

El que me ama será amado de mi Padre; y yo le amaré y me le manifestaré a mí mismo (Jn 14 21).

 

El que me ama será amado de mi Padre. Esto, a primera vista, parece absurdo. ¿Por ventura nos ama Dios porque nosotros lo amamos? Ciertamente, no; porque se dice en la primera epístola de San Juan (4, 10): No que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó primero a nosotros. Luego debe decirse que uno ama a Cristo porque es amado por el Padre, y no que él es amado porque ama. Amamos, pues, al Hijo, porque el Padre nos ama. Es privilegio del amor verdadero atraer el amor de aquél a quien se ama. Por eso dice Jeremías (31, 3): Con amor perpetuo te amé; por eso te atraje, teniendo misericordia. Mas porque el amor del Padre no existe sin el amor del Hijo, ya que es una misma cosa el amor de ambos: Todo lo que el Padre hiciere, lo hace también igualmente el Hijo (Jn 5, 19), por eso añade: Y yo le amaré.

 

Pero si el Padre y el Hijo aman todas las cosas desde la eternidad, ¿por qué dice amaré, en futuro? Es porque el amor, considerado en cuanto reside en la voluntad divina, es eterno; pero considerado en cuanto se manifiesta en la acción, es temporal, y por eso el sentido es el siguiente: y yo le amaré, mostraré el efecto del amor, pues me le manifestaré a mí mismo, porque le amaré para esto, para manifestarme.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

La vaca que no tenía voluntad - P. Leonardo Castellani

 

La vaca que no tenía voluntad

 

Una novilla curioseando el campo fue y mordió una hoja de potota, no sabiendo que era veneno. Enseguida propuso no hacerlo más; y mostró su propósito de la manera más original del mundo, brincando furiosamente, bramando sin cesar, corriendo de un lado a otro, atracándose de agua y sacando la lengua que le parecía que la traspasaban millares de alfileres, con gran risa de todos sus amigos de la tropa.

Pero sucedió que al año siguiente, medio olvidada del caso, fue y se tentó de nuevo con la ancha hoja en forma de escudo, y le tiró el mordisco. Y quemadas de nuevo las fauces y las achuras por la horrible planta, bailó de nuevo la tarantela.

Y un año y medio después, un tiempo de sequía, fue y, medio queriendo y medio sin querer, comió de nuevo y se arrepintió otra vez. Por lo cual cayó en el más profundo desprecio de toda la tropa de bueyes viejos y jóvenes terneras, de todos los cuales era la más inteligente y ladina, por su falta increíble de fuerza de voluntad. ¿De qué le servía entonces toda su inteligencia...?

San Salomón Leclercq, mártir de la revolución francesa

 


El Hermano salomón en el furor de la Revolución Francesa

El Hermano Salomón manifestó siempre un gran amor por las personas y una gran dedicación a los propios deberes.

Al estallar la Revolución Francesa, habiéndose negado a prestar juramento a la Constitución civil del Clero que pretendía transformar a los sacerdotes en funcionarios del estado, se vio obligado a vivir solo en París en la clandestinidad.

Nos quedan muchas cartas suyas que escribió a la familia en aquel periodo, la última lleva por fecha el 15 de agosto de 1792: en ese mismo día fue arrestado y recluido en el convento de los Carmelitas de París, transformado en prisión, con muchos otros compañeros. El 2 de septiembre siguiente casi todos los prisioneros, entre ellos precisamente el Hermano Salomón, fueron masacrados a golpes de espada en los locales y en el patio del convento.

Fueron beatificados el 17 de octubre de 1926 por el Papa Pío XI junto con otro grupo: 191 víctimas de las masacres de septiembre.

De ese modo, el Hermano Salomón fue el primer Lasaliano que murió mártir por Cristo y que fue reconocido como tal, seguido posteriormente por otros Hermanos muertos en los pontones de Rochefort, siempre dentro del contexto de la Revolución Francesa, y beatificados en 1995.

El 3 de marzo de 2016, la Consulta médica de la Congregación de las Causas de los Santos declaró inexplicable la supervivencia de la niña María Alejandra Hernández (de Venezuela) a la mordedura de una serpiente venenosa. Era la admisión de milagro ocurrido por intercesión del Beato Hermano Salomón Leclercq.

Fue canonizado el 16 de octubre de 2016 por el Papa Francisco.

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 155

 

Miércoles de la 22ª semana

CRISTO NO DEBIÓ LLEVAR VIDA AUSTERA

Cristo en la casa de Marta - Georg Fiedrich Stettner
 

Vino el Hijo del hombre, que come y bebe (Mt 11, 19).

 

Era adecuado al fin de la Encarnación que Cristo no hiciera una vida solitaria, sino que viviese con los hombres. Pero es muy conveniente que el que vive con otros se adapte a su modo de vivir, según aquello del Apóstol: Me he hecho todo para todos (1 Cor 9, 22). Por tanto fue muy conveniente que Cristo comiese y bebiese en compañía, como lo hacen los demás.

 

El Señor en su vida dio ejemplo de perfección en todo lo que por sí mismo pertenece a la salvación. Mas la abstinencia en la comida y bebida no pertenece directamente a la salvación, según aquello del Apóstol: El reino de Dios no es comida ni bebida (Rom 14, 17). Y San Agustín dice que "no es culpable el uso de tales cosas, sino la pasión del que usa de ellas"1.

 

Pero ambas vidas son lícitas y laudables, a saber: la del que, segregado de la comunidad de los hombres, guarde abstinencia, y la del otro que, viviendo en sociedad, haga una vida común. Por eso quiso el Señor dar ejemplo a los hombres de una y otra vida.

 

Como dice San Juan Crisóstomo: "para que aprendas el gran bien que es el ayuno y qué escudo es contra el diablo, y por qué después del bautismo no conviene darse a la lascivia sino al ayuno, ayunó Él (Cristo) también, no porque necesitase de él, sino para instruirnos. No fue en el ayuno más lejos que Moisés y Elías, para que no pareciese increíble que se había encarnado en carne humana"2.

martes, 1 de septiembre de 2020

Espiritualidad Bíblica 18 - Da gloria a Dios - Mons. Dr. Juan Straubinger

 

ESPIRITUALIDAD BÍBLICA

2. HACIA EL PADRE

2.5. “DA GLORIA A DIOS”

(Juan IX, 24)

 

I

He aquí un ejemplo de claro pecado contra el Espíritu Santo, un detalle asombroso de la apostasía de los directores espirituales de todo un pueblo. El Evangelio nos lo presenta con la elocuencia divina de su sobriedad única sin parangón en escrito alguno de los hombres.

Lo leemos en el capítulo IX de S. Juan, que está dedicado todo entero a la curación del ciego de nacimiento. Tiene más juego de pasiones, más psicología intima, que mil dramas, pero es psicología espiritual, que hay que desentrañar con amor. El que no tiene su corazón puesto en los sucesos de una narración, la escucha fríamente aunque ella se refiera a una acción de guerra con millares de muertos. En esto, el Evangelio está hecho para poner a prueba la profundidad del amor, que se mide por la profundidad de la atención prestada al relato: porque no hay en él una sola gota de sentimentalismo que ayude a nuestra emoción con elementos de elocuencia no espiritual. Por ejemplo, cuando llegan los Evangelistas a la escena de la Crucifixión de Jesús, no solamente no la describen, ni ponderan aquellos detalles inenarrables, que María presenció uno por uno; ni siquiera la presentan, sino que saltan por encima, dejando la referencia marginal indispensable para la afirmación del hecho. Dos de ellas dicen simplemente: Y llegaron al Calvario donde lo crucificaron (Luc. XXIII, 55; Juan XIX, 18). Los otros dicen menos aún: Y habiéndolo crucificado, dividieron sus vestidos (Mat. XXVII, 35; Marc. XV, 24). ¡Y cuidado con pensar que hubo indiferencia en el narrador! Porque no sólo eran apóstoles o discípulos que dieron todos la vida por Cristo, sino que es el mismo Espíritu Santo quien por ellos habla.

Pues bien, en la curación de este ciego los fariseos han puesto en juego primero, “honradamente”, todo cuanto era posible para persuadirse de que no hay tal milagro. Cuidadosa indagación ante el público, interrogatorio especial a los padres del ciego, y por fin a éste mismo, el cual afirma el hecho con una insistencia tan terminante, que desconcierta la insistencia con que ellos, los fariseos, deseaban poder negarlo. Queda así establecida la clase de rectitud de los fariseos: Ellos no deseaban pecar, ni querían mentir gratuitamente: tenían un solo inocente deseo: que Jesús no fuera el Mesías. Si se les hubiera concedido esto, no se habrían empeñado en hacer daño a Jesús ni al pobre ciego. Pero admitir la posibilidad de que aquel advenedizo carpintero viniese a despojarlos de su situación y a burlarse de su teología formulista: ¡eso, jamás! esto era para ellos su propia gloria, es decir, su interés supremo, el único dogma que no podía admitir ni sombra de prueba en contrario.

 

II

Vemos aquí el estrago que produce en un alma la pasión que domina. Ellos empezaron por admitirla, y luego concluyeron por justificarla. Entonces esa pasión del odio contra Cristo se convirtió para ellos en una virtud, compatible con sus demás creencias y vida de piedad. Porque no hemos de olvidar que los fariseos eran considerados como “justos” y “santos”. No sólo ayunaban y pagaban el diezmo, como el Fariseo del Templo (Luc. XVIII, 12), sino que conservaban con mucho celo sus “prácticas religiosas”, como hoy se suele decir, y una gran dignidad exterior. Recuérdese, por ejemplo, cuando rechazaron la devolución de las monedas que habían dado a Judas: sinceramente no habrían querido, por ningún interés mezquino, manchar el Templo con aquel precio de Sangre. Que esa Sangre hubiese sido comprada por ellos mismos, eso era otra cuestión: era cuestión de aquella pasión dominadora, ante la cual todo se acalla.

Catequesis Marianas de San Juan Pablo II (15) - Mujeres comprometidas en la salvación del pueblo

 

SAN JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 27 de marzo de 1996

Bendita entre las mujeres

Mujeres comprometidas en la salvación del pueblo


(Lectura: Judith, capítulo 15, versículos 8-10)

1. El Antiguo Testamento nos hace admirar a algunas mujeres extraordinarias que, bajo el impulso del Espíritu de Dios, participan en las luchas y los triunfos de Israel o contribuyen a su salvación. Su presencia en las vicisitudes del pueblo no es ni marginal ni pasiva: se presentan como auténticas protagonistas de la historia de la salvación. He aquí los ejemplos más significativos.

Después del paso del mar Rojo, el texto sagrado pone de relieve la iniciativa de una mujer inspirada para celebrar con júbilo ese acontecimiento decisivo: «María, la profetisa, hermana de Aarón tomó en sus manos un tímpano y todas la mujeres la seguían con tímpanos y danzando en coro. Y María les entonaba el estribillo: «Cantad al Señor pues se cubrió de gloria arrojando en el mar caballo y carros» (Ex 15, 20-21).

Esta mención de la iniciativa femenina en un marco de celebración pone de relieve no sólo la importancia del papel de la mujer, sino también su aptitud particular para alabar y dar gracias a Dios.

2. Una acción aún más importante realiza, en tiempos de los Jueces, la profetisa Débora. Después de haber ordenado al jefe del ejército que reuniera a sus hombres y entablara batalla, ella, con su presencia, asegura el éxito del ejército de Israel, anunciando que otra mujer Yael, matará al jefe de los enemigos.

Además, para celebrar la gran victoria, Débora entona un largo cántico con el que alaba la acción de Yael: Bendita entre las mujeres Yael (...). Bendita sea entre las mujeres que habitan en tiendas» (Jc 5, 24). Las palabras que Isabel dirige a María el día de la Visitación: «Bendita tú entre las mujeres...» (Lc 1, 42), son un eco de esa alabanza en el Nuevo Testamento.

Meditaciones del tiempo ordinario con textos de Santo Tomás de Aquino 154

 

Martes de la 22ª semana

LLAMAMIENTO DE LA VOZ DE DIOS

 

Oí en pos de mí una grande voz como de trompeta (Apoc 1, 10).

 

Esta voz es el llamamiento del Señor que llama y nos vuelve a llamar, cuando nosotros huirnos de él: Tus oídos oirán la palabra del que a las espaldas te dirá amonestando (Is 30, 21) Vuélvete, vuélvete, Sulamita, esto es, alma cautiva, vuélvete, vuélvete, para que te miremos (Cant 6, 12). ¿Por qué se dice: vuélvete, vuélvete? Para que se vuelva en la niñez, en la juventud, en la vejez y en la senectud. O también porque cuatro cosas hacen huir de Dios: la presunción de la juventud; es la huida hacia el oriente; la dilación de la muerte; es la huida al occidente; el amor de la prosperidad, es la huida hacia el mediodía; el temor a la adversidad, que es la huida hacia el aquilón.

 

Por eso clama el Señor: Vuélvete del oriente, porque la juventud termina pronto; vuélvete del occidente, porque la vejez no vive mucho tiempo; vuélvete del mediodía, porque la prosperidad del mundo pasa rápidamente; vuélvete del aquilón, porque la adversidad del mundo no puede dañar más que al que quiere.

 

Se dice: grande voz, porque el Señor es grande y llama para grandes cosas.

 

El Señor llama de cuatro maneras: predicando, otorgando beneficios, inspirando y castigando. Estos cuatro modos están indicados en los Proverbios (1, 24-25): Os llamé, y dijisteis que no; extendí mi mano, y no hubo quien mirase; despreciasteis todo mi consejo, y de mis reprensiones no hicisteis caso.

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