sábado, 6 de julio de 2013

Domingo XIV (ciclo c) - San Ambrosio

Misión de los 72 discípulos
(Lc 10,1-24)

He aquí que yo os envío como corderos en medio de lobos. Esto es lo que les dice a esos 72 discípulos a quienes designó y envió de dos en dos delante de Él. ¿Por qué razón los envió de dos en dos? Porque de dos en dos, es decir, macho y hembra, habían sido introducidos los animales en el arca; y aunque este número era inmundo por naturaleza, no obstante, había sido purificado por el misterio de la Iglesia. Esto fue completado por aquellas palabras que San Pedro escuchó cuando le dijo el Espíritu Santo: lo que Dios ha purificado no lo llames impuro (Hch 10,15). Y advierte que esto se refería a los gentiles, ya que ellos atienden más a una sucesión de filiación corporal que a la espiritual. Pero también a éstos los purificó el Señor y les hizo herederos de su pasión.
Por eso, una vez que hubo enviado a sus discípulos a su mies, que, aunque había sido sembrada por la palabra de Dios, sin embargo, necesitaba el trabajo del cultivo y el cuidado de un operario, con el fin de que las aves del cielo no acabaran con la semilla sembrada, dijo: He aquí que yo os envío como corderos en medio de lobos.
En verdad, estas dos clases de animales son tan enemigos, que una de ellas devora a la otra. Pero el Buen Pastor hace que su grey no tema a los lobos, y por eso sus discípulos son enviados, no como presas, sino como distribuidores de gracia; pues la solicitud del Buen Pastor consigue que los lobos no puedan atreverse a dañar a los corderos. Y así envió a los corderos entre los lobos para que se cumpliera aquello de: Entonces pacerán juntos los lobos y los corderos (Is 64,25).
Y puesto que ya he terminado de hablar de ese tema, interesante para nosotros, de las raposas, al ver que cuento con vuestro crédito en lo que se refiere al simbolismo que de este pequeño animal he dado, espero poder descubrir, ayudado por vuestro interés, los profundos misterios que se ocultan en la imagen de los lobos. Ya hemos dicho más arriba que las zorras simbolizaban a los herejes, que, aunque son seguidores de Cristo de nombre, sin embargo, reniegan de El por su afición a la mentira. El Señor no recibe a estos tales, sino que los aparta y arroja de su compañía. Ahora vamos a considerar qué pueden significar los lobos.
Estos son, ciertamente, unos animales que atacan a los rebaños, merodean las cabañas de los pastores, sin atreverse a entrar en lugares habitados, acechan el sueño de los perros y la ausencia o negligencia del pastor para lanzarse al cuello de las ovejas y matarlas con rapidez. Ahora bien, tanto las fieras salvajes como los animales rapaces tienen una gran rigidez en el cuerpo, de tal manera que no pueden fácilmente volver hacia atrás; y dejándose llevar de un gran impulso que las domina, no raras veces resultan engañadas. Además, dicen que, si son ellas quienes primero ven al hombre, pueden, por un don de su naturaleza, quitarle la voz; pero si las ve primero el hombre, huyen rápidamente. Y por eso he de precaverme, para que, si en este discurso de hoy no aparece con un fulgor especial la gracia de los misterios del espíritu, es que los lobos me vieron a mí antes y que me han privado del recurso habitual de la palabra.
¿Acaso no es exacto comparar los herejes a esos lobos, que andan acechando a las ovejas de Cristo y rugen en torno a los apriscos prefiriendo la oscuridad a la luz? Y es que, en realidad, siempre existe esa oscuridad para los malvados, que se esfuerzan con todo su ser en tapar y ofuscar la ley de Cristo con las sombras de una interpretación errónea. Por eso, aunque cercan los apriscos, con todo, nunca se atreven a entrar en los sitios donde está Cristo. Y permanecen siempre en esa situación porque Él no los quiere dejar entrar en esa mansión, que es enteramente suya, y en la que fue curado aquel hombre que bajaba de Jerusalén y cayó en manos de los ladrones, es decir, aquel a quien el samaritano, después de vendarle las heridas y haberle puesto sobre ellas aceite y vino, lo colocó sobre su cabalgadura y lo llevó al mesón, dejando al dueño de la fonda el encargo de que lo curara. A la verdad, el que no quiere buscar al médico, no recibe esa medicina, que tendría si lo buscara.
Ellos estudian el momento en que no esté el pastor; y por eso tienen tanto interés en matar o desterrar a los pastores de la Iglesia, puesto que, si están éstos presentes, no pueden atacar a las ovejas de Cristo. Estos tercos y altaneros, que jamás suelen reconocer su error, a causa de una manera de pensar demasiado material, se esfuerzan en disminuir la grey del Señor. Y por eso dice el Apóstol que se debe evitar la compañía del hereje que ya ha sido corregido (Tt 3,10), sabiendo que tales hombres están perdidos. Y Cristo, el verdadero intérprete de la Escritura, les desbarata el juego, con el fin de que sus esfuerzos resulten vanos y no puedan hacer mal.
Si ellos logran engañar a alguno con la mentira astuta de su discurso, le hacen callar; pues en esto consiste el ser mudo: en no confesar la gloria del Verbo, tal cual es. Ten cuidado, pues, para que ningún hereje te prive de voz, al no ser tú el primero que le descubras a él. Pues se va metiendo poco a poco, mientras permanece oculta su perfidia; pero, si conoces las argucias de su maldad, no tienes motivo para temer la pérdida de tu voz piadosa. Cuídate, por tanto, del veneno de una discusión astuta; ellos se esfuerzan en buscar las almas, atacar las lenguas y dominar las partes vitales. Los impactos de los herejes son graves; ellos, más crueles y rapaces que las mismas bestias, están dominados por una avidez e impiedad que no conoce límites.
Y no os debe sorprender el hecho de que parecen tener una manera muy humana de actuar, pues, aunque aparecen por fuera como hombres, dentro brama la bestia. Y por eso, sin duda, es a estos lobos a quienes va dirigido el dicho de Jesús, el Señor, cuando dice: Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidura de oveja, pero que por dentro son lobos rapaces; por sus frutos los conoceréis (Mt 7, 15). Y por eso, si alguien acostumbra a dejarse llevar de las apariencias, que mire el fruto. Si oyes llamar sacerdote a uno del que tú conoces sus rapiñas, ese tal tiene piel de oveja, pero sus obras son propias de un ladrón. El que es por fuera una oveja y un lobo por dentro, no conoce la medida en el robo; ese tal tiene endurecidos sus miembros como por el hielo en una noche de Escitia y va de un lado para otro, ensangrentando su boca y buscando a quien devorar (1 P 5,8). ¿No te parece que es verdaderamente un lobo aquel que, a través de la crueldad que supone la muerte de un hombre ya sin remedio, desea saciar su rabia matando a los pueblos creyentes?
Ladra, no dialoga, quien reniega del Autor de la palabra y entremezcla en su sacrílega conversación ruidos de bestia, no confesando a Jesús como el único Señor que nos conduce ala vida eterna. Cuando la lucha apareció sobre el mundo es cuando hemos oído sus ladridos. El enseñaba sus dientes feroces, sus labios hinchados y creía haber quitado a todos aquella voz que sólo él había perdido.
Y así, para que podamos vencer a estos lobos, el Señor nos enseña cómo nos debemos conducir, diciendo :No llevéis bolsa, alforja ni sandalias, El significado de que no hay que llevar bolsa ya lo expresó claramente en otro pasaje; en efecto, Mateo lo dejó escrito al recoger la sentencia que dirigió el Señor a los discípulos: ¡No tengáis oro ni plata! (Mt 10,9). Si se nos prohíbe tener oro, ¿cómo hallar una explicación al robo y a la injusticia? Si se te manda dar lo que tienes, ¿cómo explicar el coger lo que no es tuyo? Tú que predicas que no se debe robar, ¿robas? Tú que dices que no hay que adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿te apropias de los despojos de los templos? Tú que te glorías en la Ley, ¿ofendes a Dios transgrediendo la Ley? Por causa vuestra se blasfema del nombre de Dios (Rm 2,21-23).
El apóstol Pedro no era de ésos; él fue el primero en practicar el consejo divino para demostrar que el precepto del Señor no había caído en el vacío, y así, cuando aquel pobre le pidió que le diera una limosna, le respondió: No tengo oro ni plata (Hch 3,6). Él se gloriaba de no tener oro ni plata, y en cambio, ¿va a ser una gloria para vosotros el desear más de lo que tenéis? Existe, en verdad, una pobreza gloriosa, ya que esta pobreza nos comunica felicidad, como está escrito: Bienaventurados los pobres de espíritu (Mt 5,3); sin embargo, no se gloriaba tanto de no tener oro ni plata como de cumplir el mandato del Señor, que le ordenó que no tuviera oro (Mt 10,9), que es lo mismo que decir: Date cuenta que soy discípulo de Cristo, ¿cómo me pides oro? Él nos ha dado otras realidades más preciosas que el oro; el poder actuar en su nombre. Y así no tengo lo que Él no me ha dado, pero poseo lo que me concedió: En el nombre del Señor Jesús, levántate y anda.
Por tanto, de la misma manera que la autoridad de la sentencia del Señor prohíbe construir graneros al que quiere amontonar trigo (Lc 12,16), así, aquel que se esfuerza en hacerse con una bolsa para guardar oro, se hace reo de culpa y reprensión.
No llevéis alforja ni sandalias. Ambas cosas suelen elaborarse con cuero de animales muertos; y Jesús, nuestro Señor, no quiere que haya en nosotros nada que sea mortal. Y por eso dijo a Moisés: Quita las sandalias de tus pies; que el lugar en que estás es tierra santa (Ex 3,5). Y en el momento de recibir el encargo de salvar al pueblo, se le prescribe que se quite el calzado mortal y terreno; pues aquel al que se encarga tal función, no debe temer nada ni debe cumplir con tardanza el oficio que le han encomendado, por miedo a la muerte. En efecto, cuando espontáneamente Moisés tomó el encargo de defender a sus hermanos, es decir, a los judíos, él abandonó la empresa por temor a ser denunciado y huyó de Egipto. Pero el Señor, conociendo su disposición y teniendo en cuenta sobre todo su debilidad, creyó oportuno quitar de su alma todo rastro de temor a la muerte.
    Por eso, si alguno se deja llevar por la razón de que en Egipto se manda comer el cordero teniendo los pies calzados, mientras que los apóstoles fueron enviados a predicar el Evangelio sin calzado, ese tal debe considerar que el que come en Egipto todavía está expuesto a las mordeduras de las serpientes —y, a la verdad, en Egipto hay una gran abundancia de venenos—, y el que celebra la Pascua como un símbolo, puede recibir alguna herida, mientras que solamente el servidor de la verdad es el que es capaz de neutralizar el veneno, y nada teme. Y así, cuando una víbora mordió a Pablo en la isla de Malta (Hch28, 3ss) y los habitantes del lugar la vieron suspendida de su mano, creyeron que le iba a causar la muerte, no obstante, al darse cuenta que estaba completamente sano, le tomaron por un dios, a quien ningún daño podía causar el veneno. Y para que veas que todo esto responde a la realidad, lo confirmó el Señor diciendo:
He aquí que os he dado la potestad de andar sobre serpientes y escorpiones y sobre toda potencia enemiga, y nada os dañará (Lc10, 19).
Los discípulos no recibieron la orden de llevar en sus manos bastones; eso es lo que Mateo creyó que debía escribir (Mt 10,10). Y ¿qué otra cosa es la vara, sino un emblema del poder y un instrumento para vengar el dolor? Me parece que el mandato de un Señor humilde —en realidad, en la humillación es donde fue exaltado su juicio (Is 53,8)—, debe ser cumplido por los discípulos practicando la humildad; en efecto, les envió para predicar la fe, pero no obligando, sino enseñando; no implantándola por la fuerza, sino predicándola con la doctrina de la humildad. Y juzgó que a esa humildad había que unir la paciencia, ya que también El, como nos lo atestigua Pedro, cuando era ultrajado, no respondía con injurias, y cuando era atormentado, no amenazaba (1 P 2,23). Queriéndonos decir contestó: Imitadme; deponed los deseos de venganza, contestad a los golpes de los que os castigan sin devolver injurias, antes dad muestras de una paciencia magnánima. Nadie debe imitar aquello que censura en otro; y, en verdad, la mansedumbre es la peor injuria que se puede devolver a los insolentes. Con esta clase de venganza quiere el Señor que respondamos al que nos golpea, y así nos dice: Al que te pegue en una mejilla, ofrécele la otra (Mt 5,39). Porque así acontece que ese tal se condena a sí mismo y su corazón es como punzado por un aguijón, cuando se da cuenta que es objeto de atenciones como respuesta a su injuria.
Con todo, también tiene el poder de enviar a algunos apóstoles con la vara, como lo atestigua Pablo cuando dice: ¿Qué preferís? ¿Que vaya a vosotros con la vara o con amor y espíritu de mansedumbre? (1 Co 4,21). Y el propio Apóstol entregó esta misma vara a Timoteo diciéndole: Arguye, enseña, increpa (2 Tm 4,2). Es posible que antes de la pasión del Señor, que fue quien robusteció los corazones vacilantes de los pueblos, solamente fuese necesaria la mansedumbre, y que ya después fuese también imprescindible la corrección. Ciertamente el Señor logra ablandar esa increpación de Pablo, y le entrega la persuasión como el medio más eficaz para convertir los corazones más duros, y le da también la potestad de argüir por si no puede conseguirlo todo con la persuasión. En efecto, Pablo había tomado la vara de la Ley, pues él conocía, por haberlo leído, que el que no usa la vara, odia a su hijo (Pr 13,24). También conocía el hecho de que a los que comían el cordero se les prescribía, por una ordenación profética, que tuviesen un báculo en sus manos (Ex 12,11). Y por eso el Señor en el Antiguo Testamento dijo: Castigaré con vara sus rebeliones (Sal 88,33); mientras que en el Nuevo se ofreció a sí mismo para reparar por todos: Si me buscáis a Mí, dejad ir a éstos(Jn 18, 8); y en otra parte has visto que, cuando los apóstoles querían pedir que bajara fuego del cielo para consumir a los samaritanos, que no se habían dignado recibir al Señor Jesús en su ciudad, volviéndose a ellos los increpó diciendo: No sabéis de qué espíritu sois; pues el Hijo del hombre no vino a perder a los hombres, sino a salvarlos (Lc 9,54ss).
Los más perfectos son fácilmente gobernados sin necesitar castigo, aunque los más débiles precisen de él. Pero aun el mismo Pablo, que amenaza con la vara, visita con mansedumbre a los pecadores. Y con objeto de hacerte ver que es un doctor manso, él toma consejo de la voluntad de aquellos mismos a los que debe corregir: ¿Qué preferís —les dice—, que vaya a vosotros con la vara, o con amor y espíritu de mansedumbre? (1 Co 4,21). Sólo habla una vez de la vara, sin embargo, las otras realidades más agradables las cita por duplicado, uniendo la caridad a la mansedumbre. Y aunque la amenaza está en primer lugar, sin embargo, lo hace con paciencia, ya que, en la segunda epístola a los Corintios, les escribe: Pongo a Dios por testigo sobre mi alma de que, por amor vuestro, no he ido todavía a Corinto (2 Co 1,23); escucha ahora la razón por la que ha obrado así: Para no ir a vosotros —les dice— en espíritu de tristeza (ibíd., 2,2). Así, pues, abandona la vara y toma en su lugar una disposición amorosa.
Y no saludéis a nadie en el camino. Quizás a alguno esta actitud le parezca dura y altanera y que no está muy de acuerdo con el precepto de un Señor manso y humilde; puesto que Él fue quien aconsejó que se debía ceder el puesto en los banquetes (Lc 14,7ss) y ahora manda a sus discípulos que no saluden a nadie en el camino, cuando precisamente el saludo es una costumbre general. Y así como los inferiores acostumbran a ganarse el favor de sus superiores, así también los gentiles tienen para con los cristianos esas muestras de educación. Pues, ¿cómo va el Señor a abolir esta buena costumbre de los hombres?
Pero date cuenta que no dice sólo: No saludéis a nadie, sino que añade, y no en vano: en el camino. También Eliseo, cuando envió a su siervo a imponer su báculo sobre el cuerpo del niño difunto, le ordenó que no saludase a nadie en el camino (2 R 4,29), ya que le mandaba ir con rapidez para que llevase a cabo la resurrección que le había encargado, y no se apartase de ese quehacer por quedarse a hablar con cualquiera que pudiese salirle al encuentro. En realidad, en este pasaje no se pretende proscribir la prontitud en el saludo, sino que se quiere quitar el obstáculo de una obligación que se debe cumplir, con el fin de enseñarnos que, cuando existe un precepto divino, se debe considerar el humano como secundario. El saludo es, ciertamente, una hermosa costumbre, pero el cumplir prontamente las órdenes de Dios es algo todavía más hermoso, y su demora lleva consigo, muchas veces, una ofensa. Y aun la buena educación se ha de condenar, a veces, para que la gracia divina no sufra detrimento, o aquélla sea un impedimento para cumplir un deber, ya que con esa tardanza se cometería una falta.
Hay otra virtud que se desprende de este pasaje, y es la de no pasar de una casa a otra llevado de un sentir vagabundo, y esto con el fin de que guardemos la constancia en el amor a la hospitalidad y no rompamos con facilidad la unión de una amistad sincera, antes bien llevemos ante nosotros el anuncio de la paz, de suerte que nuestro arribo sea saludado con una bendición de paz, contentándonos con comer y beber lo que nos presentaren, no dando lugar a que se menosprecie el símbolo de la fe, y predicando el Evangelio del reino de los cielos, sacudiendo el polvo de los pies si alguien nos juzgase indignos de ser hospedados en su ciudad.
También nos enseña que los que no quieran aceptar el Evangelio, se harán reos de penas más graves que los que creyeron que la Ley se podía violar a la manera de Tiro y Sidón, que no hubieran dejado de remediar su mal con la penitencia si hubieran visto tantas maravillas y gracias del cielo. Pero, en verdad, ni se debe comparar esta prosperidad y vanidad del mundo a los dones celestiales, ni se debe abandonar al hombre sin remedio, ya que cada uno tiene la posibilidad de arrepentirse. Y cuando llegó el tiempo, descorrió el velo del misterio celestial, es decir, se complació en revelar su gracia a los pequeños con preferencia a los sabios de este mundo (Mt 11,25), que es lo mismo que expone el apóstol Pablo con más detalle cuando dice: ¿No ha hecho Dios necedad la sabiduría de este mundo? Porque el mundo no conoció a Dios por medio de la sabiduría de Dios, plugo al mismo Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación (1 Co 1,20ss).
Por "pequeño" debemos entender a aquel que no sabe envanecerse ni elogiar su prudencia con palabras engañosas, como hacen los filósofos. Pequeño era ciertamente aquel que dijo: No se ensoberbece, Señor, mi corazón, ni son altaneros mis ojos; no corro detrás de grandezas ni tras de cosas demasiado altas para mí (Sal 130,1). Y para que entiendas que este tal no era pequeño de edad o corto de inteligencia, sino que se hacía pequeño por la humildad y por una depuesta jactancia, añadió: Pero he levantado mi alma. ¿No ves qué grande era este pequeño y sobre qué cima de virtudes se encontraba? Y así es como nos quiere el Apóstol, y por eso nos dice: Si alguno entre vosotros cree que es sabio, según este siglo, hágase necio para llegar a ser sabio; porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios (1 Co3,18ss).
Y cuando Él dice que todo se lo ha entregado el Padre, nos muestra la lógica de este hermosísimo pasaje de la fe. Así, al leer todo, debes reconocer que es omnipotente, que no es distinto, ni tiene una naturaleza diversa de la del Padre; y cuando lees "se le ha entregado", confiesas que Él es el Hijo de quien todo es propio por naturaleza y por derecho de la unidad de la sustancia, y no que sea algo que se le haya dado como por gracia. Y por eso añadió: Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, o aquel a quien el Hijo quiera revelárselo.
Ahora recuerdo que he expuesto este punto en los libros en que he tratado acerca de la fe. Y para que veas que, como el Hijo revela a su Padre a los que quiere, así también el Padre revela a su Hijo a los que le place, escucha al mismo Señor, que, alabando a Pedro porque le confesó Hijo de Dios, le dice: Bienaventurado eres, Simón Bar-Jona, porque no es la carne y sangre quien te ha revelado eso, sino mi Padre que está en los cielos (Mt 16,17).
Este texto pone al descubierto a aquellos que se creen peritos en la Ley y que conocen la letra, pero ignoran su espíritu, y precisamente a ellos es a quienes va dirigido. Y ya desde el primer capítulo de esa Ley nos demuestran que no la conocen, puesto que dicha Ley, desde su comienzo, no hace más que predicar al Padre y al Hijo, anunciando también el misterio de la Encarnación del Señor, con estas palabras: Amarás al Señor tu Dios y amarás al prójimo como a ti mismo.
Por eso el Señor dijo al legisperito: Haz esto y vivirás. Pero él, que no sabía quién era su prójimo porque no conocía a Cristo, respondió: ¿Quién es mi prójimo? De aquí concluimos que quien no conoce a Cristo, tampoco conoce la Ley. Porque, ¿cómo es posible que conozca la Ley quien desconoce la verdad, cuando la Ley es precisamente la que anuncia esta verdad?
(SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.7, 44-69, BAC, Madrid, 1966, pp. 366-379)

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