sábado, 9 de febrero de 2013

Domingo V durante el año (ciclo c) - Card. Joseph Ratzinger


Reflejos de la imagen sacerdotal
en los relatos de vocaciones
de Lc. 5, 1-11 y Jn 1, 35–42

Para empezar he elegido el texto de Lc 5,1-11. Se trata de aquel precioso relato de vocación en el que se cuenta cómo Pedro y sus compañeros, después de haber estado pescando inútilmente durante toda la noche, se hacen de nuevo a la mar, fiados de la palabra del Señor. Consiguen una captura tan abundante que las redes amena­zan romperse. Viene a continuación la llamada: Serás pescador de hombres. Siento una especial predilección por este relato, porque en él se en­cierra el aura matinal del primer amor, de un co­mienzo lleno de esperanzas y de disposición, en cuya meditación me llega siempre la luminosidad y el frescor que es propio de los inicios: aquella alegría en el Señor de la que hemos hablado, si­guiendo el antiguo Salterio, al principio de la mi­sa: «Me acercaré al altar de Dios, al Dios que ale­gra mi juventud» (Sal 42,4). Al Dios a cuyo lado se renueva siempre la alegría juvenil, porque al ser la vida, es también la fuente de la auténtica juventud.
Pero volvamos al texto. Se nos cuenta que las gentes se aglomeraban en torno a Jesús porque querían escuchar la palabra de Dios. Jesús se en­cuentra a orillas del mar, los pescadores están limpiando las redes y el Maestro sube a una de las dos barcas que allí había, la de Pedro. Le pide alejarse un poco de la orilla, se sienta en la barca y desde allí enseña. La barca de Pedro se ha con­vertido en cátedra de Jesucristo. Luego le dice a Simón:Boga mar adentro y echa las redes. Los pescadores han pasado toda la noche anterior tra­bajando en vano y parece absurdo salir a pescar ahora, en esta hora de la mañana. Pero ya Jesús se ha hecho tan importante para Pedro, tan deter­minante, que éste puede decir: Lo hago fiado de tu palabra. La palabra cobra, pues, más realidad que lo al parecer empíricamente real y seguro. La mañana galilea, cuyo frescor parece poderse respirar en esta descripción, se convierte en imagen del nuevo amanecer del evangelio tras la noche de infructuosas actividades a que nos conduce una y otra vez nuestro hacer y querer. Cuando Pedro regresa a tierra con sus compañeros con tal cantidad de peces que las dos barcas juntas apenas podían transportarlos —la pesca había si­do tan abundante que amenazaba con romper las redes— no dejaba a sus espaldas sólo un camino exterior, una profesión artesana. Este viaje se ha­bía convertido en un camino interior, cuya ampli­tud ha indicado Lucas mediante dos palabras que le sirven de marco.
El evangelista nos transmite, en efecto, que antes de la pesca Pedro se dirige al Señor con un epistata,equivalente a nuestro «profesor», o «maestro» (rabbi).Pero al volver, se postra de ro­dillas ante Jesús y ya no le llama rabbi sino kyrie, es decir, le aplica expresiones propias de la di­vinidad. Pedro había recorrido el trayecto que va desde el rabbi al Señor, del maestro al Hijo. Tras esta peregrinación interior, ya está capacitado pa­ra recibir la vocación.
Se hace aquí patente el paralelismo con Jn 1,35-42, el primer relato de vocación del cuarto Evangelio. Se narra aquí cómo se unieron a Jesús los dos primeros discípulos —Andrés y otro del que no se da el nombre— impresionados por las palabras del Bautista:«He aquí el cordero de Dios.» Se sienten impresionados de un lado por la conciencia de su condición de pecadores que resuena en esta sentencia y, del otro, por la espe­ranza que trae a los pecadores el cordero de Dios. Se puede barruntar cómo ambos se sienten to­davía inseguros: su discipulado es todavía va­cilante. Van tras él cautelosamente, sin decir na­da; al parecer, aún no se atreven a dirigirle la palabra. Entonces él se vuelve hacia ellos y les pregunta: ¿Qué queréis? La respuesta sigue sien­do indecisa, un poco tímida y perpleja, pero no obstante lleva a lo esencial: Rabbi, ¿dónde vives? O con traducción más literal: ¿Dónde permaneces? ¿Dónde está tu lugar o morada permanente, lo propio tuyo, para que podamos ir allá? Conviene recordar en este punto que la palabra «perma­nencia» es una de las de más hondo y denso con­tenido del Evangelio de Juan.
Jesús les respondió: «Venid y lo veréis.» La fórmula se repite en la conclusión del segundo relato de vocación, el referente a Natanael, donde al final se dice: «Verás cosas mayores» (1,50). Así, pues, el contenido del venir es ver; venir es un entrar en un ser visto por él y en un ver con él. Donde él permanece, está abierto al cielo, el espa­cio oculto de Dios (1,51); allí se encuentra el hom­bre en la luminosidad de Dios.«Venid y lo veréis» concuerda también con el Salmo de co­munión de la Iglesia: «Gustad y ved cuán bueno es el Señor» (Sal 33[34], 9). El venir, y sólo el ve­nir, lleva al ver. El gustar abre los ojos. Así como en el pasado, en el paraíso, al gustar del fruto prohibido se abrieron de manera funesta los ojos, también ahora, pero en sentido inverso, el gustar de lo verdadero abre los ojos, de modo que pueda verse la bondad del Señor. Sólo en el venir, en la permanencia de Jesús, acontece el ver. Sin el ries­go del venir, no puede darse un ver. Juan añade una observación: era la hora décima (1,39); es de­cir, una hora ya muy tardía, en la que de ordina­rio no se piensa ya en emprender nuevas tareas; pero justamente en este momento acontece lo inaplazable, lo decisivo. Según ciertos cálculos apocalípticos, se pensaba que en esta hora se pro­duciría el fin de los tiempos. Quien viene a Jesús entra en lo definitivo, en el tiempo del fin;entra en contacto con la parusía, que es ya realidad pre­sente de la resurrección y del reino de Dios.
En el venir acontece, pues, el ver. Juan ilustra esta idea mediante el mismo procedimiento que vimos antes en Lucas. A las primeras palabras de Jesús responden los dos con un rabbi.Pero cuan­do regresaron del lugar donde «permanecía»,di­jo Andrés a su hermano Simón: «Hemos encon­trado a Cristo» (1,41). Viniendo a Jesús, permaneciendo a su lado, recorrió el camino que del rabbi lleva a Cristo, aprendió a ver en el maestro a Cristo. Sólo en la permanencia puede aprenderse esta lección. Se hace así visible la unidad interna entre el tercero y el cuarto Evangelios: en ambas ocasiones, tras una primera palabra aparece el va­lor para caminar con Jesús. Las dos veces se em­prende, por una palabra suya, el experimento de la vida y las dos veces sucede que el venir se transforma en ver.
Todos nosotros hemos iniciado ya, con el re­conocimiento pleno del Hijo de Dios a través de la Iglesia, nuestro camino, pero aquel venir «fiado en tu palabra», aquel entrar en su «perma­nencia» sigue siendo, también para nosotros, condición previa del auténtico ver. Y sólo quien ve por sí mismo, quien no cree como «de segunda mano», puede llamar a otros. Este venir, este atreverse fiados de su palabra es, también hoy y por siempre, el presupuesto indispensable del apostolado, del llamamiento al servicio sacer­dotal. Siempre tendremos necesidad de pregun­tarle: ¿Dónde vives (permaneces)? Y también será siempre necesario dirigirse, desde el interior, hacia la morada-permanencia de Jesús. Deberemos arrojar una y otra vez las redes fiados de su pala­bra, por absurdo que pueda parecer. Siempre se­rá preciso tener a su palabra por más real que aquello que pretende ser lo único realmente vá­lido: la estadística, la técnica, la opinión pública. A menudo nos parecerá que es ya la hora décima y que deberíamos aplazar para más tarde la hora de Jesús. Pero precisamente así puede ser la hora de su cercanía.
Hay todavía algunos rasgos más, comunes a ambos Evangelios. En Juan los dos discípulos se sienten llamados por la sentencia sobre el corde­ro. Saben, evidentemente por propia experiencia, que son pecadores. Y esto no es para ellos un distante lenguaje religioso, sino algo que palpan y sienten en su interior, que constituye para ellos una realidad. Y como lo saben, el cordero es su esperanza y por eso empiezan a caminar tras él. Cuando Pedro regresa con su abundante pesca, sucede algo inesperado. Contra lo que cabría imaginar, no abraza efusivamente a Jesús por el buen resultado del negocio, sino que cae de rodi­llas a sus pies. No intenta retenerlo, como una sólida garantía de éxito, sino que le ruega que se aleje, porque se siente temeroso ante el poder de Dios.«Aléjate de mí, que soy un hombre pe­cador» (Lc 5,8). Cuando experimenta el hombre a Dios, conoce su condición de pecador, y sólo cuando ha conocido y reconocido verdaderamen­te a Dios se conoce tal como él mismo es en realidad. Pero también así es como llega el hombre a la autenticidad. Sólo cuando el hombre sabe quees pecador y ha comprendido el carácter funesto del pecado entiende también el sentido de la llamada: «Convertíos y creed en la buena nueva» (Mc 1,15). Sin conversión no es posible acercarse a Jesús ni al evangelio. Hay, a este propósito, una paradoja de Chesterton que expresa con sumo acierto esta conexión: Se conoce a un santo en que sabe que es pecador. El oscurecimiento de la experiencia de Dios se manifiesta hoy en la des­aparición de la experiencia del pecado; y a la inversa, la desaparición de este conocimiento aleja al hombre de Dios. Aunque sin caer en una falsa pedagogía del temor, debemos aprender una vez más la verdad de la sentencia: Initium sapientiae timor Domini: la sabiduría, el verdadero conocimiento, empieza con el justo temor de Dios. Debemos aprenderlo de nuevo, para apren­der también el verdadero amor y para compren­der qué significa que podemos amarle y que él nos ama. También, pues, esta experiencia de Pe­dro, de Andrés y de Juan es un presupuesto bá­sico del apostolado y, por ende, del sacerdocio. Sólo puede anunciar la conversión —la primera palabra del cristianismo— quien previamente se siente invadido por el sentimiento de su necesidad y ha comprendido, por consiguiente, la grandeza de la gracia.
En los elementos fundamentales del camino espiritual del apostolado que aquí se van descu­briendo se perfila también, al mismo tiempo, la conexión sacramental básica entre la Iglesia y el servicio sacerdotal. Si a la experiencia del pecado corresponden el bautismo y la penitencia, al venir y ver, al entrar en la morada permanente de Je­sús, corresponde el misterio de la eucaristía. Ella es, en un sentido que antes de su institución no era posible ni tan siquiera imaginar, la permanen­cia de Jesús entre nosotros. «Allí veréis.» La euca­ristía es el lugar donde se cumple la promesa he­cha a Natanael, de que podremos ver el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre (Jn 1,51). Jesús mora y «per­manece» en el sacrificio, en el acto de amor con el que se transfiere al Padre y, mediante su amor vicario, también a nosotros nos devuelve a él. El salmo de comunión (Sal 33[34]), que habla del gustar y ver, contiene esta otra frase: «Entrad y seréis iluminados» (ver. 6, según la Vulgata). Co­mulgar con Cristo es comulgar con la luz verda­dera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn 1,9).
Consideremos ahora el siguiente punto co­mún a las dos narraciones que nos ocupan: la abundante pesca amenaza romper la red. Pedro y los suyos no conseguían alcanzar la orilla. A con­tinuación se nos dice que entonces hicieron señas a sus compañeros de la otra barca, los cuales vi­nieron en su ayuda. Las dos barcas se llenaron tanto que casi se hundían (Lc 5,7). La llamada de Jesús es al mismo tiempo una convocatoria, una llamada asyllabesthai, como se dice en el texto griego, a trabajar juntos, a la cooperación y ayuda mutua, a la labor en equipo de las dos barcas. La misma idea reaparece en Juan. Cuando Andrés regresa del lado de Jesús, no puede mantener en secreto su descubrimiento. Conduce hasta Jesús a su hermano Simón y también a Felipe, que, por su parte, hace lo mismo con Natanael (Jn 1,41-45). La llamada lleva a la unión, a la concor­dia, a la convivencia. Introduce en el discipulado y pide retransmisión. En toda vocación hay tam­bién un elemento humano, la dimensión de la fraternidad, del estímulo, del impulso proporcio­nado por otros. Cuando reflexionamos sobre nuestro propio camino, cada uno de nosotros sa­be que el resplandor de Dios no ha descendido directamente sobre él, sino que de alguna manera me vio interpelado por algún creyente, fue acompañado y sostenido por otros. Es cierto que la vocación sólo puede mantenerse en pie cuando no creemos únicamente como «de segunda na­no», «porque lo ha dicho éste o el otro», sino cuando, guiados por los hermanos, somos nos­otros mismos quienes encontramos a Jesús (cf. Jn 4,42). Ambas cosas están indisolublemente unidas: guiar, hablar, acompañar, sostener, y aquel«venid y veréis». Por eso creo que deberíamos desplegar mucho más valor para ha­blarnos los unos a los otros y para no tener en poco aceptar la compañía de otros, fiados del tes­timonio ajeno. El «con» es parte constitutiva de la vertiente humana de la fe. Es uno de sus compo­nentes. En este «con» debe madurar el encuentro personal con Jesús. Del mismo modo que el acompañar y el tomar consigo, también es impor­tante soltar, liberar lo que cada vocación personal tiene de peculiar, por muy diferente que sea de lo que nosotros habíamos atribuido al interesado.
En Lucas estas ideas se amplían hasta ofrecer una visión total de la Iglesia. A los hijos del Ze­bedeo, Santiago y Juan, se les llama koinonoi «compañeros», o más exactamente,«socios» de Pedro. Esto significa que entre los tres habían montado una pequeña asociación pesquera, una cooperativa, en la que Pedro figuraba como direc­tor y propietario principal. Jesús dirigió su primera llamada a este grupo, a esta, koinonia (communio), a la cooperativa de Simón se convierte en imagen de lo nuevo, de lo que está por venir. La asociación pesquera hacer la communio de Jesús. Los cristianos forman la communiode esta barca de pescador, en virtud de la llamada de Jesús, unido en el milagro de la gracia que, tras las noches sin esperanza, regala las riquezas del mar. Y, como en el don, también están unidos en la misión.
Hay en Jerónimo una hermosa interpretación de la expresión «pescador de hombres» que en esta transformación interior de la profesión, pasa a ser una visión de futuro. Dice Jerónimo que sacar a los peces del agua significa arrancarlos de su elemento vital y entregarlos, por tanto, a la muerte. Pero, en cambio, sacar a los hombres del agua del mundo significa arrancarlos del elemento de muerte y de la noche sin estrellas para darles el aire y la luz del cielo. Significa tras­ladarlos al elemento de la vida, que da al mismo tiempo luz y contemplación de la verdad. La luz es vida, porque el elemento vital del hombre, aquello de lo que vive en lo más hondo de sí, es la verdad, que es a la vez amor. Es cierto que el hombre que nada en las aguas del mundo ignora estas cosas. Por eso se resiste a ser sacado del agua. Cree, por decirlo de algún modo, que es uno que morirá sin remedio si es arrancado delagua de las profundidades. Se trata, en realidad, de un acontecimiento mortal. Pero esta muerte lleva a la vida verdadera, sólo en la cual el hombre a su auténtica realidad. Ser discípulo significa dejarse capturar por Cristo, que es el Pez misterioso que ha descendido hasta el agua del mundo, el agua de la muerte; que se ha hecho pez para dejarse primero capturar por nosotros, para ser nuestro pan de vida. Se deja capturar paraque nosotros seamos capturados por él y hallemos el valor suficiente para dejarnos sacar con Él de las aguas de nuestra rutina y de nuestras comodidades. Jesús se ha convertido en pescador le hombres al tomar sobre sí la noche del mar, al descender a la pasión de las profundidades. Pes­cador de hombres sólo puede ser quien, como él, se entrega a sí mismo. Y esto sólo puede hacerse cuando se confía en la barca de Pedro, cuando se entra en la comunión de Pedro. La vocación no es asunto privado, no es un perseguir por iniciativa propia la causa de Jesús. Su espacio es la Iglesia entera, que sólo puede existir en comunión con Pedro y en comunión, por tanto, con los apósto­les de Jesucristo.
(RATZINGER, J., Servidores de vuestra alegría, Ed. Herder, Barcelona, 1989, pp. 92-103)

 

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