lunes, 17 de febrero de 2014

Ministros de la misericordia - Card. Mauro Piacenza

Conferencia del Card. Mauro Piacenza
Penitenciario Mayor
de la Santa Iglesia Romana
El curso “Ministros de la misericordia,
según San Juan de Ávila”
organizado por el Centro Diocesano
“San Juan de Ávila”
 Córdoba (España)
-Viernes, 14 de febrero de 2014- 
 
“Ministros de la Misericordia,
porque son objeto de la Misericordia”
 
Excelencia Reverendísima,
queridos hermanos en el sacerdocio,
Estoy muy contento de encontrarme con ustedes junto al santo doctor Juan de Ávila para orar y reflexionar sobre uno de los aspectos más importantes de nuestra existencia humana y sacerdotal, y, por tanto, de nuestro ministerio: la experiencia de la Misericordia.
 
Introducción
El título que he querido dar a mi conferencia desea poner el acento en aquella experiencia imprescindible, tratando de describir sus raíces humanas, así como diseñar su imprescindible perfil teológico-doctrinal, que – como veremos – es también la raíz de la citada dimensión antropológica bien entendida.
“Ministros de la Misericordia, porque son objeto de la Misericordia” podría ser una afirmación válida para todo bautizado, que tuviera el propósito de colocarse al servicio de la Misericordia Divina, fortalecido por una gran experiencia personal y eclesial del amor de Dios. Ello, sin embargo, no haría de él un “ministro” en sentido propio, no le concedería aquel mandato, que Jesús resucitado da a los Apóstoles de manera muy clara e inequívoca: “A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 23).
 Existe, por lo tanto, una dimensión universal de la Misericordia, que concierne y abraza a todos los bautizados y que constituye la verdadera raíz de la esperanza cristiana, auténtico motor de toda evangelización. La alegría del Evangelio, como el Papa Francisco nos ha recordado recientemente en su Exhortación Apostólica, nace exactamente de la experiencia de la Misericordia, la única capaz de dilatar la mirada humana hasta aquella “medida divina”, a la que estamos llamados siempre.
Existen, dentro de esta dinámica de alegría y de anuncio, una dimensión y experiencia de la Misericordia propias del Sacerdote, que es necesario redescubrir y reavivar continuamente, para poder ser, en modo siempre menos imperfecto, servidores y administradores de la Misericordia, conforme al mandato del Señor.
 
1. La importancia de las experiencias “humanas” de misericordia
Existen, en la naturaleza, algunas leyes imprescindibles que el Creador ha establecido, las cuales también tienen una inmediata y fuerte resonancia en el tema central de la Misericordia. Basta pensar, por ejemplo, qué significa en biología el axioma: “nadie engendra si no es engendrado” y qué consecuencias pueda tener ello en la vida concreta de los hombres, en particular, en la gran tarea de la educación, que es siempre nueva para cada nueva generación.
Del mismo modo, sabemos que “nadie ama si no es amado”, es decir, incluso hablando psicológicamente, nadie puede amar verdaderamente si no parte de una experiencia sólida y profunda de amor. Desde este punto de vista, las ciencias humanas nos podrían ayudar en gran medida, haciéndonos ver, no sin razón, la importancia de las relaciones parentales – sobre todo para los hombres, de la relación con la madre - de las experiencias recogidas en los primeros años de vida y de aquel núcleo sustancial que está en la base de la certeza de ser amados y de valer, que llamamos “estima de sí mismo”.
Incluso a nivel puramente natural surge, con una evidencia razonable cómo la situación más pacífica, que se pueda imaginar desde este punto de vista, deba contar con la experiencia del límite y, si se quiere, del pecado. No hay certeza de ser amados, ni solidez de la propia imagen y de la estima de sí mismo, que no deban, antes o después (preferiblemente antes), contar con el fracaso, el pecado, la traición y la consiguiente soledad. El hombre posee, en ese sentido, una “necesidad natural” de ser confirmado en el amor, en el valor del propio “yo”, en el significado de la propia existencia, y tal necesidad encuentra en la misericordia la única y real posibilidad de respuesta.
¡Podríamos decir que la misericordia es el nombre del amor, que permanece incluso frente a la traición! Es el nombre del amor, que permanece fiel incluso frente a la infidelidad y que, por esto, es capaz de reconstruir la estima de sí mismo, que inevitablemente se debilita, o, incluso, se destruye.
Pesándolo bien, sin ninguna pretensión de índole exegética, se trata de la narración siempre actual de los tres primeros capítulos del libro del Génesis, en los cuales, después de la caída, el hombre “se esconde de Dios porque estaba desnudo” (cfr. Gen 3, 10), temiendo no poder permanecer más delante de la presencia de Dios, porque ha cometido aquello que Él le había prohibido explícitamente.
La experiencia de la Misericordia es y permanece una profunda necesidad del hombre que, a nivel de la historia de la salvación, encuentra la respuesta sólo en el rostro de Jesús, Cordero inmolado, Misericordia hecha carne para los hombres.
Sin embargo uno se pregunta cómo fueron posibles experiencias reales de misericordia, incluso antes de Cristo, sin haber recibido el conocimiento del Señor. En realidad es la acción del Espíritu Santo que habla al corazón. En todo caso, son una base fundamental para la comprensión de lo que es realmente la misericordia.
También en la misericordia, “nadie engendra si no es engendrado”, es decir, nadie es verdaderamente capaz de ser misericordioso, sin comenzar recordando situaciones concretas, en la cual uno mismo ha sido objeto de la misericordia. ¡Sólo un desmemoriado es incapaz de misericordia! Y no es una casualidad que tanto la fe de Israel, como la fe cristiana tengan al centro, aún cuando en un modo diferente, la experiencia de la memoria.
El mismo Señor, en varios pasajes del Evangelio, destaca el vínculo que existe entre las experiencias del amor dado y de aquel recibido, uniéndolo al dato objetivo de la misericordia; basta pensar en el episodio de la pecadora, que Jesús concluye afirmando: “Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho” (Lc 7, 47).
Existe entonces un profundo e imprescindible vínculo entre la misericordia “recibida” y la misericordia “ofrecida”, entre las experiencias de misericordia vividas y aquellas propuestas, teniendo siempre presente que existe una misteriosa y muy eficaz relación circular de la misericordia, que, de hecho, impide distinguir netamente las primeras de las segundas.
Es de desear, diría, casi necesario, que cada uno de nosotros, llamado a ser ministro de la Misericordia, recuerde de modo permanente las propias experiencias “humanas” de misericordia. ¿Cuántas veces he sido perdonado? ¿Cuántas veces me ha perdonado un hermano con el cual no me he comportado bien? ¿Cuántas veces he sido perdonado en las relaciones familiares o de amistad? No es algo secundario, en la oración, acordarse de los rostros o de los nombres, que, a lo largo de los años, nos han perdonado, haciéndonos sentir amados, diciéndonos que nuestra vida valía – y vale – mucho más que cualquier posible error. Tales experiencias, que en esta primera parte de la conferencia calificamos de “humanas”, en realidad no son jamás solamente humanas, porque llevan consigo, en su profunda estructura, la huella de la gratuidad, la memoria de la libre creación y de la promesa de cumplimiento de la redención.
 
2. La experiencia humana de la Divina Misericordia
Es fundamento de nuestra fe el Misterio de la Encarnación, en el cual el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, es decir, el Dios personal, ha decidido manifestarse en modo pleno al hombre, asumiendo su naturaleza. Jesús de Nazareth, Señor y Cristo, es pues, el Rostro de Dios que estamos llamados a reconocer, a conocer, a profundizar continuamente y a seguir con humildad, para que nuestros rostros asuman progresivamente las facciones del Suyo, y nuestra existencia se convierta, en modo siempre menos imperfecto, forma et praesentia Christi.
Por esta razón, precisamente por el Misterio de la Encarnación, la Divina Misericordia se ha hecho “experimentable”: en la Santa Humanidad de Cristo, que no tiene necesidad de misericordia, pero que es toda Misericordia, brilla para los hombres y asociados a ella el Misterio oculto, pero profundamente anhelado, de Dios como Misericordia.
Queridos hermanos, ¡Dios es misericordia! ¡Dios es todo Misericordia! ¡Dios es sólo Misericordia! ¡Y de esta identidad profunda de Dios, de esta “ontología divina” de Misericordia, nosotros somos, por gracia, ministros, es decir, servidores, anunciadores, custodios y administradores!
¿Cuál es nuestra experiencia del Rostro de Dios como Misericordia? ¿Cuál ha sido nuestra experiencia pasada y cuál es la que tenemos de ella en la actualidad? Cada uno puede responder personalmente a estas preguntas en el diálogo fraterno con el propio confesor o director espiritual, o, también con cualquier hermano que nos conoce más profundamente; sin embargo, existe para nosotros una experiencia objetiva, histórica y totalmente gratuita de la Misericordia, a la cual no podemos dejar de contemplar, aún a distancia de decenios, con profunda emoción: nuestra definitiva configuración con Cristo en la Ordenación sacerdotal.
Compartimos con todos los hombres – y no puede ser de otro modo – la necesidad de amor, de estima y de misericordia.
Compartimos alegremente con todos nuestros hermanos bautizados la experiencia de la inmersión en Cristo, que, asumiendo nuestra naturaleza, nos hace partícipes de la Vida divina, abriéndonos totalmente hacia un horizonte existencial sobrenatural, antes inimaginable, pero, con Cristo, más real que toda otra posibilidad humana.
Entre los hombres mendicantes de misericordia y los bautizados enriquecidos por la misericordia recibida, sin ningún mérito de nuestra parte, hemos sido elegidos nosotros, para llegar a ser también “donantes” de Misericordia. Los tres momentos (la petición, la acogida y el don de la misericordia) no son ni separables, ni cronológicamente sucesivos, pero – podríamos decir – profundamente relacionados entre sí y coexistentes. En realidad, la experiencia de la misericordia agudiza y hace más profundo el deseo de ella, así como el donarla renueva su experiencia. Un ministro que ofreciera, por divino mandato, la Misericordia del Padre, sin mendigarla para su propia vida y sin gozar tal experiencia, difícilmente lograría hacer percibir a sus hermanos la esencia de tal don.
Como bien lo sabemos – y la Carta a los Hebreos nos lo recuerda siempre (cfr. Heb 5, 4) – nadie puede atribuir a sí mismo este honor. Ese es fruto de un acto de gratuita elección, que solo, en un breve instante, puede ser suficiente para curar eventualmente toda herida humana, inseguridad de ser amados, duda sobre el valor de nuestra existencia e incertidumbre de ser dignos de la Misericordia.
Los Padres de la Iglesia llaman a la Redención “nueva creación” y de ello hemos sido hechos partícipes por gracia, en el Misterio del Bautismo, que imprime el carácter sacramental. También la Ordenación sacerdotal, que nos configura con Cristo Sumo Sacerdote y que nos habilita para actuar in Persona Christi Capitis, representa ella – y la Iglesia ha expresado tal verdad en la doctrina del carácter – una “nueva creación” para quien la recibe. En el día de tu Ordenación sacerdotal, el Padre se ha inclinado sobre ti y te ha abrazado con la fuerza del Espíritu; con ese mismo Espíritu te ha plasmado, formando en ti y configurándote con su Hijo Jesucristo.
No es posible imaginar una misericordia más grande y sólo esta concepción ontológica (y no meramente funcionalista) que el Sacerdocio justifica, ya sea a los ojos del ministro, como – sobre todo – a los ojos de los fieles laicos, el mandato de absolver los pecados.
Somos “Ministros de la Misericordia” porque hemos sido hechos “objeto de la Misericordia” en aquella llamada gratuita a vivir en la apostolica vivendi forma, estrechamente unidos a Jesús, renovando permanentemente la gracia del Espíritu, para la Misión.
¡Cómo se empobrecería nuestra existencia sacerdotal si no comenzáramos, cada día, del estupor por cuanto nos ha sucedido! Si el estupor tiene su raíz en el encuentro personal y comunitario con Cristo, del cual la Misión también depende, él se hace aun más grande por la objetividad del Sacramento recibido. Hemos sido tomados por Cristo por la vía sacramental, es decir, real, y nada puede destruir tal evento.
El Papa Francisco afirma, en el número 3 de la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso”. No podemos considerarnos excluidos de tal invitación, al contrario, será precisamente el renovarse cotidianamente de este encuentro lo que constituye aquella “conciencia de misericordia”, que es el ámbito más propio del ejercicio del ministerio de la Misericordia.
Para nosotros el ámbito específico del ministerio de la Misericordia es la celebración del Sacramento de la Reconciliación. Como Penitenciario Mayor de la Iglesia siento sobre mí la responsabilidad de tal ministerio y señalo que nuestro Tribunal está al servicio de todos los sacerdotes, para que siempre puedan administrar en modo más generoso y fiel el tesoro inagotable que ha sido depositado en sus manos.
El ejercicio del ministerio de la Reconciliación, el ofrecer nuestra vida para que nuestros hermanos puedan ser reconciliados con Dios, exige tener siempre presentes los tres momentos antropológicamente significativos indicados anteriormente: la petición de misericordia, la experiencia que se tiene de ella y la llamada a ofrecérsela a los demás hermanos.
Por tales motivos, debemos con gran empeño favorecer el surgimiento del deseo de misericordia en nuestros hermanos: los hombres. Ello, como bien sabemos, está a menudo oculto inadvertidamente, o reprimido voluntariamente, a causa del misterioso pero real temor, fruto de la mentira, que ve en la petición una debilidad, una fragilidad, en lugar de una apertura y una posibilidad de acogida de la misericordia. Los hombres de nuestro tiempo huyen de lo que más desean, porque la cultura dominante les repite obstinadamente que aquello que ellos desean no existe y aún, de forma más radical, que no tiene sentido pedirlo.
El ministerio al cual hemos sido llamados nos empuja a ser “promotores de petición”, en el esfuerzo y en la responsabilidad de quien sabe, que una ver suscitada la petición, es un deber dar respuestas, las cuales pasan inevitablemente a través de nuestra concreta humanidad y nuestro ministerio. De hecho sería una gran traición a los hombres – y sobre todo a los más jóvenes y a los más frágiles – estimular la petición de misericordia, que es petición de Cristo, y después no estar disponibles a acompañar concretamente en una experiencia real de ese tipo.
Tomar en serio la petición de misericordia de nuestros hermanos los hombres es posible, porque tenemos en nosotros una viva – diría una ardiente – exigencia de misericordia. ¡Quien ha encontrado a Cristo, quien ha sido tomado por Él y configurado con Él, quien ha sido herido por la Belleza de Cristo, no puede pedir incesantemente otra cosa que esta Belleza no termine jamás y que este Encuentro sea para siempre! La Misericordia es la condición del “para siempre”. De esta conciencia fluye toda preocupación pastoral: desde la simple fidelidad a un horario fijo de confesionario a la preocupación por quien se dirige a nosotros, pidiendo otra cosa, pero pudiendo ser eficazmente guiado a la celebración del Sacramento; desde la predicación, que no puede ignorar el tema central de la Misericordia a la organización de momentos pastorales, que deben tener, como finalidad apostólica, precisamente la experiencia de la Misericordia, capaz de cambiar la vida de los hombres. Todas son expresiones de la caridad pastoral.
Ser fieles en la predicación, en la administración de los Sacramentos y en la guía pastoral de las comunidades, es decir, ser fieles en el ejercicio de los tres munera sacerdotales, al ministerio de la Divina misericordia, significa, no solo, quedarse con escuchar la petición de misericordia, sino también hacer de ella una continua experiencia. Aquel lugar santo, sagrado casi como el Tabernáculo, que es el confesionario, se convierte frecuentemente, para nosotros, en el “teatro”, en el cual asistimos al drama de la lucha del hombre contra el pecado, al drama de la lucha del pecado en el hombre y al final, a la victoria de Cristo, que vence el pecado del mundo, venciendo el pecado de los hombres.
Poder renovar cotidianamente este milagro extraordinario frente a los propios ojos y a la propia mente, en la propia oración y espiritualidad, significa acordarse de la nuestra condición humana y, a la vez, glorificar al Padre por la experiencia de Misericordia que continuamente nos concede.
Queridos hermanos, seamos cada vez más ministros de aquella Misericordia de la cual hemos sido objeto, también “habitando en el confesionario”, como tantas veces se ha dicho durante el transcurso del Año Sacerdotal.
¿No es acaso que hemos sido llamados por misericordia a convertirnos en médicos y jueces de nuestros hermanos? ¿No es acaso que por misericordia, hombres como los hombres, podemos decir a todo hermano: “Yo te absuelvo de tus pecados”?
Existe pues una experiencia remota humana de la misericordia, que constituye como el fondo, frente al cual sucede el drama, la dinámica de la experiencia de la misericordia. Pero es así de nueva, radical, “diversa” la experiencia que nos ha sido dada, que el “fondo” prácticamente se desvanece frente a la eficacia, a la fuerza y al envolvimiento de la trama, constituida por la experiencia sobrenatural de la Misericordia, manifestada en la Encarnación, donada a nosotros en el Bautismo y en la Ordenación y que continuamente se nos representa en el ejercicio concreto de nuestro ministerio pastoral.
Estamos llamados a donar a los hombres la Misericordia de Dios, pero, en realidad, es la Misericordia de Dios la que se nos da cada vez que la damos a nuestros hermanos. A través de nuestras manos, nuestra mente, nuestro corazón, nuestras palabras, pasa misteriosamente la Divina Misericordia, en modo análogo al Misterio de la Encarnación, que nos hace asombrarnos y llenarnos de ansia, contentos y seguros, responsables y fieles al ministerio que se nos ha confiado.
Ministerio que no ejercemos jamás en modo arbitrario, desvinculados de la Doctrina, que ve en el Catecismo de la Iglesia Católica dos momentos imprescindibles, y que precisamente de tal fidelidad saca su más grande eficacia, capaz de renovar la vida de los hombres, la faz de la tierra y nuestra propia existencia sacerdotal. ¡Esta fidelidad no es rigidez, sino pastoralidad!
Queridísimos hermanos, somos ministros de la Misericordia porque somos objeto de la Misericordia, donamos lo que nos ha sido donado, conscientes de nuestros límites, pero llenos de confianza en la Omnipotencia de Dios y en Su permanente Voluntad salvífica. Que la Reina de la Misericordia nos sostenga, Ella que ha tejido en su seno la Misericordia que se hizo carne, en una incesante petición de Misericordia por nuestras existencias, en una alegre experiencia de la Divina Misericordia y en una fiel donación del Sacramento de la Misericordia a los hombres, sin olvidar jamás todas aquellas mediaciones humanas, que pueden conducir eficazmente a la celebración del Sacramento.


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