domingo, 30 de junio de 2013

Domingo XIII (ciclo c) - San Ambrosio

El candidato descartado.
Las villas de Samaría
Las raposas tienen cuevas y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza. No pareceestar muy de acuerdo con la razón el considerar como un hombre sencillo y fiel a aquel que fue rechazado por la dignidad del Señor cuando le prometió su obediencia y su servicio; en verdad, el Señor no busca la apariencia de la entrega, sino la pureza del corazón. También había dicho El más arriba: El que recibe a un niño como éste en mi nombre... (9,10).
En este pasaje, el Señor nos enseña que la simplicidad debe estar libre de arrogancia, la caridad de envidia y la entrega de todo engreimiento. Porque, en realidad, aun al hombre adulto se le aconseja tener un espíritu infantil, ya que el niño, al no atribuirse nada a sí mismo, se adapta perfectamente a la virtud, y, no teniendo todavía razón, desconoce también la culpa. Sin embargo, puesto que muchos sostienen que la simplicidad sin la razón no es una virtud, sino un defecto, tienes que estar bien atento para que puedas adquirir lo que es verdadero, es decir, conseguir este don natural por medio de tu trabajo.
Y por eso dijo: Quien recibe a un niño en mi nombre a Mí me recibe. Y el que me recibe a Mí, recibe a Aquel que me ha enviado. En efecto, quien recibe a un imitador de Cristo, recibe al mismo Cristo, y el que recibe la imagen de Dios, recibe a Dios. Pero precisamente porque no podíamos ver la imagen de Dios, Él se nos ha hecho presente por medio de la encarnación de su Verbo, y así acercarnos la divinidad, realidad que está tan por encima de nosotros.
Y si por un celo de una caridad más acrisolada, Juan, que fue muy amado por haber amado él mucho, cree que hay que excluir del beneficio a aquel que no se sintió con fuerzas para seguir al Señor, me parece que debe ser adoctrinado más que reprendido; y no debe ser reprendido porque le guiaba el amor, pero debe ser enseñado para que pueda conocer la diferencia que existe entre los enfermos y los sanos. Y por eso el Señor, aunque recompensa a los esforzados, no, por lo mismo, descarta a los débiles.
Dejadles venir y no les impidáis; pues quien no está contra vosotros está a vuestro favor. Esto es verdad, Señor; pues José y Nicodemo, discípulos tuyos, aunque se escondieron por miedo, con todo, cuando los necesitaste, no te negaron su ayuda. Y puesto que en otro lugar dijiste: el que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama (Lc 9,23), debes explicárnoslo Tú, para que no parezca que existe una paradoja. Creo que cualquiera que trate de comprender un poco a Aquel que escruta las inteligencias, no puede dudar de que toda actuación de los hombres está presente a su entendimiento. Y a uno le dice: Sígueme; a otro: las raposas tienen cuevas. El primero es aceptado, el segundo rechazado, y, con este ejemplo, verás que el que verdaderamente se entrega es recibido, y al que no lo es se le excluye.
Y si El increpó a sus discípulos porque querían que descendiera fuego sobre aquellos que no recibieron a Cristo, nos quiere enseñar con ello que no siempre hay que vengarse de los que pecan, porque a veces la clemencia tiene grandes ventajas para adquirir más paciencia, y lograr así la corrección del culpable. Además, los samaritanos creyeron más pronto en aquellos que apartaron el fuego de aquel lugar. Al mismo tiempo aprende que El no quiso ser recibido por aquellos de quienes sabía que no se convertían con una mente sincera; pues, de haberlo querido, habría hecho hombres entregados aun de esos mismos que estaban dominados por el egoísmo. La razón de por qué no le recibieron, la dejó consignada el mismo evangelista al decir: porque tenía la apariencia de uno que se dirigía a Jerusalén. Los discípulos hacían gestiones para que se les recibiera en Samaria, pues Dios llama a los que quiere y hace religiosos a los que le place. Es cierto que los discípulos que siguen a la Ley no pecan; y así sabían que Finees fue tenido por justo cuando mató a los sacrílegos (Nm 15,7ss; Sal 105,30ss) y que, a ruegos de Elías, había bajado fuego del cielo para vengar la injuria inferida al profeta (1 R 18,38). Sólo el que tiene miedo consiente en vengarse, pero el que no teme nada no lo busca. Este mismo pasaje también nos enseña que los apóstoles tuvieron la prerrogativa de los profetas, dado que se apropian, por vía de plegaria, una potestad igual a la del mayor profeta. Efectivamente, habían presumido con cierta razón, que, puesto que eran "Hijos de Trueno", a su palabra habría descendido el fuego del cielo.
Pero el Señor hace admirablemente todas las cosas. El no recibe a nadie que se entrega con presunción ni se enfada para castigar a quienes, egoístamente, rechazan a su propio Señor, y actúa así con el fin de enseñarnos que la virtud perfecta no guarda ningún deseo de venganza y que, donde está presente la verdadera caridad, no tiene lugar la ira y, en fin, que la debilidad no debe ser tratada con dureza, sino que debe ser ayudada. La indignación está lejos de las almas piadosas, como lo está el deseo de venganza de las almas magnánimas y la amistad irreflexiva y la necia simplicidad, de las prudentes. De ahí que se le dijera a ése: Las raposas tienen madrigueras, y no se le admitiera su entrega, y la razón es que no parecía bueno su deseo. En verdad, la hospitalidad de la fe debe ser plenamente consciente, para que, al temer la posibilidad de dar la intimidad de nuestro interior a los infieles, no caigamos, por una credulidad inconsiderada, en las redes de la maldad ajena.
Mas, para que no parezca que queremos desviarnos de la razón por la que en este pasaje el Señor no deja actuar libremente a aquellos que pueden imperar a los espíritus por la imposición de las manos en el nombre de Jesús, y a los que, según Mateo, dijo : Nunca os conocí, apartaos de mí, obradores de iniquidad (Mt 7,23), debemos advertir que no se da, en realidad, esa diferencia de sentidos ni esa disonancia en las palabras, sino que, por el contrario, en el clérigo se debe tener en cuenta una doble realidad, es decir, la del ministerio y la de sus propios actos de virtud, pues el nombre de Cristo, aunque tan grande, poco ayudaría, aun a los santos, si no fuese una especie de socorro para que ellos pudieran conseguir la gracia. Por eso nadie se debe ensoberbecer ni atribuirse la gloria de la conversión de otro, puesto que en éste es la virtud de Dios la que ha obrado el cambio y no poder alguno de la debilidad humana; porque el demonio no es vencido por tus méritos, pero sí por el odio tuyo hacia él.
Todo lo que el hombre puede hacer es dar prueba de una fe sincera y guardar los mandamientos con un corazón piadoso, con el fin de que no se le diga a él también eso de las raposas tienen cuevas. En efecto, este animal, astuto y siempre maquinando insidias, comete sus robos fraudulentamente. No puede ver el orden, la tranquilidad y la seguridad, ya que él lo que busca es la presa por los rincones de las casas de los hombres.
La raposa se compara a los herejes. El Señor llama a los gentiles, pero aparta de sí a los herejes; a la verdad, la raposa es un animal lleno de engaño y que prepara su morada allí donde ve que puede vivir oculto. Así son los herejes, que no quieren construirse una casa propia donde vivir, sino que se esfuerzan en engañar a los otros con sus embustes. Jacob habita en una casa (Gn 25,27); el hereje, por el contrario, vive en una cueva, es como una raposa astuta que siempre está meditando el engaño con el que atrapará a esa gallina del Evangelio, de la que está escrito: ¡Cuántas veces quise congregar a tus hijos como la gallina a sus polluelos y no quisiste! Por eso vuestra mansión va a quedar desierta (Mt 23,27ss). Y con toda justicia deben tener madrigueras, ya que perdieron la casa que poseían. Este animal jamás se domestica, por eso dice el Apóstol: Evita la compañía del hereje que ha sido ya corregido (Tt 3,10); no sirve de ninguna utilidad ni de alimento para nadie; y es que sobre la cuestión del alimento Cristo había dicho: Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre, que está en el cielo (Jn 4,34). También al decir: Cazad las raposillas que nos destrozan las viñas (Ct 2,15), refiriéndose a las viñas pequeñas, no a las grandes, nos enseña que El aparta de sí y de sus frutos a esos animales. Y del mismo modo que Sansón ató teas encendidas a las calda de las zorras y las soltó por las mieses de los filisteos (Jc15,4), así los herejes intentan incendiar los frutos ajenos, usando más de gritos estentóreos, que de una manera de hablar moderada —en realidad, los que reniegan del Verbo no pueden tener este lenguaje—; en la actualidad, tienen su lengua completamente suelta, pero, cuando venga el fin, la tendrán esclavizada, y las teas de sus colas serán el anuncio de su incendio final.
De la misma manera, las aves del cielo, que frecuentemente son el símbolo de los malos espíritus, construyen una especie de nidos en los corazones de los malvados; por eso el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza en medio de tanta abundancia de maldad. Y, puesto que, a la verdad, en el reino del engaño no puede encontrar sitio la simplicidad para habitar, la divinidad no puede tomar posesión del corazón de muchos hombres. Es cierto que la cabeza de Cristo es Dios (1 Co 11,3), y El, cuando ha encontrado un alma pura, deja reclinar, por así decir, la acción de sumajestad; lo cual parece indicar que derrama una gracia más abundante en los corazones de los buenos.

Lc 9, 59-62. Otro llamamiento
Después y para que veas que Dios no desprecia los homenajes, sino el engaño, una vez descartado ese hombre doble, escoge para que le siga a otro, en el que no encontró engaño, y así le dice: Sígueme. Este llamamiento se lo dirige a uno de quien tenía noticia que acababa de morir su padre, pero este padre es, ciertamente, ese del que está escrito: Olvídate de la casa de tu padre (Sal 44,11). Observa cómo el Señor llama a aquellos que, aunque son poco prudentes, le mueven a piedad, y al que le pidió permiso para sepultar a su padre le responde: Deja que los muertos entierren a sus muertos, y tú vete y anuncia el reino de Dios.
Y si sabemos que el enterrar a los muertos es uno del os actos de la religión, ¿por qué se le prohíbe, en este pasaje, dar sepultura a los restos de su padre, si no es para que comprendas que las cosas de los hombres deben ser pospuestas a las de Dios? El cuidado es, ciertamente, bueno, pero los inconvenientes son, en este caso, mayores que aquél; ya que, al dividir ese cuidado, se distrae el afecto, y el que reparte su diligencia entre muchas cosas, retrasa su aprovechamiento. Por lo cual, es necesario vencer antes los obstáculos mayores; y así los apóstoles, para no entorpecer su quehacer de predicar, ordenaron a otros que cuidaran de los pobres.
Y cuando el Señor les envió a enseñar, les prescribió que no saludaran a nadie en el camino, y no porque viese que el deber de la cortesía era algo condenable, sino porque la entrega a llevar a cabo su deber les era de mayor consuelo. Pero ¿cómo pueden los muertos sepultar a los muertos? ¿No será que tal vez con esto se te quiera indicar que hay una doble muerte, la de la naturaleza y la del pecado? Sin embargo, se da también una tercera muerte, en la cual morimos al pecado y vivimos para Dios, como Cristo, que murió al pecado; en efecto: porque muriendo, murió al pecado una vez para siempre; pero viviendo, vive para Dios (Rm 6,10).
Existe una muerte que separa la unión del cuerpo y del alma, muerte que no se debe temer ni debe ser algo agobiante, sino que es preciso ver en ella un punto de partida y no un castigo; ningún hombre valeroso debe temerla, y el verdaderamente inteligente debe desearla, y el que lleve una vida miserable puede desearla. De ella se ha escrito: Los hombres buscarán la muerte y no la hallarán (Ap 9,6).
Hay otra clase de muerte que pone fin a los placeres terrenales, en la cual no muere la naturaleza, sino los vicios. De esta manera hemos muerto cuantos hemos sido sepultados en el bautismo, y, sepultados con Cristo, nos hemos hecho extraños a las cosas de este mundo (Rm 6,4; Col 2,12), olvidando con gusto las realidades pasadas. Esta es la muerte que Balaam quiso recibir cuando, con el fin de vivir para Dios, profetizó diciendo: ¡Muera yo la muerte de los justos, y sea mi descendencia semejante a la suya! (Nm 23,10).
 Y existe también la muerte que consiste en no conocer a Cristo, que es nuestra vida; ya que este conocimiento de Cristo es el elemento constitutivo de la vida eterna (Jn 17,3), la cual, ahora para los justos, permanece en la sombra, pero, al fin de la existencia, será vista cara a cara, pues Cristo, el Señor, es el Espíritu que se presentará ante nuestro rostro; de Él se ha dicho : a su sombra viviremos entre las naciones (Lm 4,20). Bajo la sombra de sus alas esperó David (Sal 56,2). Y la Iglesia ha deseado sentarse en su sombra (Ct 2,3).
Si sólo tu sombra, Señor Jesús, es tan agradable, ¿qué será, en realidad, tu verdad? ¿Cómo viviremos cuando ya no estemos en sombras, sino en la misma vida? Porque ya nuestra vida está escondida con Cristo en Dios; pero cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces también nos manifestaremos nosotros gloriosos con El (Col 3,3ss). Y ¡qué dulce es la vida que no conoce la muerte!; por una ley de la naturaleza, esta vida del cuerpo está sujeta a la muerte, que muchas veces hasta se desea. También, frecuentemente, el alma conoce la muerte por la mancha del pecado —pues el alma que pecare perecerá (Ez 18,4)—; pero cuando, robustecida por la fuerza de la belleza, se encuentre lejos del pecado, ya no gustará más la muerte, sino que tomará posesión de la vida.
Tendamos, hermanos, hacia esa vida, aunque estemos tristes en este mundo, ya que no nos encontramos cerca de Dios (2 Co 5,6); pues el que no ha salido de su cuerpo, está todavía lejos de Dios. Y es mucho mejor morir y unirse a Dios (Flp 2, 23), con el fin de que seamos uno al lado de Dios todopoderoso, y podamos ver a su Hijo unigénito, una vez admitidos a la claridad de su naturaleza por la gloria de la resurrección, imitando la unidad de la paz eterna en una concordia irrompible de almas y en una alianza sin fin; y todo esto para que se cumpla lo que nos prometió el Hijo de Dios cuando elevó a su Padre esta oración : Que todos sean uno, como nosotros lo somos (Jn 17,21).
Y no es que se proscriba dar sepultura a los restos paternos, sino que es necesario anteponer la piedad de la religión divina a los derechos de la familia; esto es dejar a aquellos que tienen nuestra misma naturaleza, mientras que lo otro es un mandato que se da a los elegidos. Y precisamente porque la garganta de los impíos es un sepulcro abierto (Sal 5,10), se manda que hay que hacer desaparecer la memoria de aquellos cuyo valor deja de existir con el cuerpo; y no es que el hijo sea apartado del deber que tiene para con su padre, sino que esto es un modo de hacernos entender que el creyente debe ser separado del infiel.
Los justos tienen una especie de sepultura propia, parecida a aquella de la que está escrito: Al derramar este ungüento sobre mi cuerpo, me ha ungido para mi sepultura (Mt 26,12), y, por eso, todo aquel que sepulta en su interior a Cristo, por medio de la verdadera fe, no debe enterrar en su persona la pérfida fe del diablo.
Existe otra clase de sepultura tomada en sentido profético, que consiste en depositar sobre la tumba de nuestros antepasados lo que tú, lector, ya sabes y que no debe saber un incrédulo; es decir, lo que manda dejar sobre ella, no es algo de comida o de bebida, sino la revelación de la venerable participación en la ofrenda. En otras palabras, hemos de decir que aquí no se prohíben los dones, sino que se trata de un misterio por el que se nos hace imposible unirnos a los gentiles que están muertos a la gracia; y, puesto que los muertos no tienen vida, los sacramentos no pueden ser algo propio de ellos.
(SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.7, 22-43, BAC, Madrid, 1966, pp. 356-366)

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