sábado, 8 de junio de 2013

Domingo X (ciclo c) San Ambrosio

Resurrección en Naím
(Lc 7, 11-17)

Y como llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre; y ésta era viuda; y estaba con ella mucha gente de la ciudad. En viéndola el Señor, se movió a compasión, y dijo: No llores. Y lle­gándose al féretro lo tocó.
Este pasaje también es rico en un doble provecho; creemos que la misericordia divina se inclina pronto a las lágrimas de una madre viuda, principalmente cuando está quebrantada por el su­frimiento y por la muerte de su hijo único, viuda, sin embargo, a quien la multitud del duelo restituye el mérito de la materni­dad; por otra parte, esta viuda, rodeada por una multitud de pueblo, nos parece algo más que una mujer: ella ha obtenido por sus lágrimas la resurrección del adolescente, su hijo único; es que la Iglesia santa llama a la vida desde el cortejo fúnebre y desde las extremidades del sepulcro al pueblo más joven, en vista de sus lágrimas; está prohibido llorar a quien está reservada la resurrección.
Este muerto era llevado al sepulcro en un féretro por los cuatro elementos de la materia; pero tenía la esperanza de la resurrección, ya que era llevado sobre el leño, el cual, aunque antes no nos aprovechaba, sin embargo, después que Jesús le tocó, comenzó a procurarnos la vida; esto era un signo de que la salvación se extendería en el pueblo por el patíbulo de la cruz. Habiendo oído la palabra de Dios, los lúgubres portadores de este duelo se detuvieron; ellos arrastran el cuerpo humano en el despojo mortal de su naturaleza humana. ¿Qué otra cosa es, sino que yacemos sin vida, como en un féretro, instrumento de los últimos obsequios, cuando el fuego de una pasión sin me­dida nos consume, o el frío humor nos invade, o una cierta indo­lencia habitual del cuerpo humano debilita el vigor del alma, o que nuestro espíritu, vacío de la pura luz, alimenta nuestra inte­ligencia con el pecado? Tales son los portadores de nuestros funerales.
Más, aunque los últimos síntomas de la muerte hayan hecho desaparecer toda esperanza de vida y que los cuerpos de los difuntos estén próximos al sepulcro, sin embargo, a la palabra de Dios, los cadáveres, dispuestos a perecer, resucitan, vuelve la voz, se entrega el hijo a la madre, se llama de la tumba, se arran­ca del sepulcro. ¿Cuál es esta tumba, la tuya, sino las malas cos­tumbres? Tu tumba es la falta de fe; tu sepulcro es esta garganta —pues su garganta es un sepulcro abierto (Sal 5, 11)— que pro­fiere palabras de muerte. Este es el sepulcro del que Cristo te libra; resucitarás de esa tumba si escuchas la palabra de Dios.
Aunque existe un pecado grave que no puede ser lavado con las lágrimas de tu arrepentimiento, llora por ti la madre Iglesia, que interviene por cada uno de sus hijos como una madre viuda por sus hijos únicos; pues ella se compadece, por un su­frimiento espiritual que le es connatural, cuando ve a sus hijos arrastrarse hacia la muerte por vicios funestos. Somos nosotros entrañas de sus entrañas; pues también existen entrañas espiri­tuales; Pablo las tenía, al decir: Sí, hermano; reciba yo de ti gozo en el Señor; alivia mis entrañas en Cristo (Flm 20). Somos nosotros las entrañas de la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, hechos de su carne y de sus huesos. Que llore, pues, la piadosa madre, y que la multitud la asista; que no sólo la multitud, sino una multitud numerosa compadezca a la buena madre. Entonces tú te levantarás del sepulcro; los ministros de tus funerales, se detendrán, y comenzarás a pronunciar palabras de vida; todos temerán, pues, por el ejemplo de uno solo, serán muchos corregidos; y, más aún, alabarán a Dios, que nos ha con­cedido tales remedios para evitar la muerte.
(SAN AMBROSIO, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (I), L.5, 89-92, BAC, Madrid, 1966, pp. 272-274)

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