miércoles, 20 de agosto de 2014

San Bernardo de Claraval - P. Alfredo Sáenz S.J.

El Abad - El poeta - El último de los Padres - El místico (Mística trinitaria y divinización - Mística eclesial - Mística mariana) - El apóstol (La conciencia de la sociedad - Monje-Caballero - Contemplación y acción o el eje de la rueda)

  

La figura de San Bernardo es estelar en la Iglesia, y sin duda la más representativa de la época de la Cristiandad medieval.

Nació en el año 1091, cerca de la capital de Borgoña, de padres de ilustre prosapia. Su educación, propia de las familias de su estirpe, fue esmerada, incluyendo la gramática, la retórica y la dialéctica, juntamente con la lectura y explicación de autores clásicos tales como Cicerón, Virgilio, Horacio, etc. Bernardo era un joven robusto, de frente amplia, ojos azules y penetrantes. Todos sus contemporáneos coinciden en afirmar que brotaba de él un prestigio singular.

Un día comprendió que Dios le llamaba para seguirlo de cerca como religioso. Su padre se opuso terminantemente. Pero entonces comenzó a manifestarse aquella capacidad de seducción que durante toda su vida habría de emanar de su persona. Uno tras otro, todos sus hermanos, sin excepción, hicieron suya la decisión de Bernardo. Comentando este poder de atracción contagiosa, escribe René Guénon en el tan breve como precioso estudio que dedicara a nuestro santo:

«Hay ya en ello algo de extraordinario, y sería sin duda insuficiente evocar el poder del «genio», en el sentido profundo de esta palabra, para explicar semejante influencia. ¿No vale mejor reconocer en ello la acción de la gracia divina que, penetrando en cierta manera toda la persona del apóstol e irradiando fuera por su sobreabundancia, se comunicaba a través de él como por un canal, según la comparación que él mismo emplearía más tarde aplicándola a la Santísima Virgen?».

Personalidad riquísima, polifacética; tratemos, en cuanto nos sea posible, de delinear sus principales rasgos.

 

I. El Abad

En razón de diversas actitudes que Bernardo tomara en el curso de su agitada vida, a las que luego nos iremos refiriendo, para muchos de sus contemporáneos –e incluso ahora– pudo parecer un hombre cortante, irascible y agresivo. Se olvida una faceta de su personalidad que le es esencial, la paternidad. Porque Bernardo, más allá de ser monje, fue sobre todo padre de monjes, que eso significa Abad. Como se sabe, fue él quien hizo florecer la Orden del Cister, que se extendería por toda Europa. El se consideraba el padre de todos. Pero de manera particular de los monjes del monasterio que fundara y presidiera durante tantos años, el de Claraval, que tanto amó.

En los monjes que tenía a su cargo veía a sus hijos predilectos. Su principal cuidado era, tras haberlos impulsado a la vida religiosa, ofrecerles un alimento espiritual sustancioso, una doctrina espiritual sólida. Así lo hizo mediante espléndidos sermones que todavía hoy podernos admirar, algunos de ellos elaborados en el curso de la noche, y en los que les descubría el sentido de los misterios sobrenaturales, como una madre descascara las nueces y las prepara para sus hijos, según él mismo lo dijera en uno de esos sermones.

Entrañas paternales las de este abad, que aun en los momentos en que se siente abrumado por acuciantes problemas que le han propuesto desde fuera del monasterio, a veces de parte de los reyes o del mismo Papa, no vacila en distraerse tres o cuatro veces, interrumpido por los golpes discretos de sus hijos en la puerta de su celda, debiendo escuchar sus penas pueriles, sus preocupaciones triviales. Porque no sólo les dio su enseñanza sino también su afecto. En cierta ocasión, en que los padres de un joven le manifestaban por carta su aflicción a raíz del ingreso de su hijo en Claraval, a quien así creían haber perdido para siempre, él respondió: «Nosotros lo adoptamos por hijo, y nosotros os adoptamos por padres... Yo seré su padre, su madre, su hermano, su hermana». Esta frase de Bernardo nos recuerda aquélla de San Agustín: «Como obispo soy vuestro padre, como cristiano soy hermano vuestro». Así era Bernardo, padre y hermano.

Pero Bernardo sabía ser también amigo, uno de esos grandes amigos que no es fácil encontrar. Conocida es su estrecha amistad con diversos contemporáneos suyos como Guillermo de Saint‑Thierry, Aelredo de Rievaulx, y tantos otros. Este último, precisamente, inspirándose en la persona y las enseñanzas de San Bernardo, haría la exposición teórica de la amistad en su libro Speculum Caritatis, donde entre otras cosas se lee esta frase, típicamente bernardiana: «La amistad viene de Dios, y Cristo es el lazo que une a los amigos».

Inmensa era, sin duda, la capacidad de afecto de San Bernardo, no sólo con sus hijos religiosos, sino también con laicos que en una u otra forma se relacionaban con él. Dio la razón de ello en una de sus cartas: «Todos están al servicio de un mismo Señor, militan bajo un mismo Rey; la misma gracia de Dios vale en la plaza pública y en el claustro –et in foro et in claustro gratia Dei eadem valet­–». Bernardo no era «clerical», ni creía que sólo en el claustro el hombre llega a su plenitud. Cada uno tenía su propia vocación y en ella debía alcanzar la perfección respectiva. Religiosos y laicos eran necesarios a la Iglesia, son una misma realidad, decía, unum sunt. Por eso no le parecía una sustracción de su vida monástica, perder tiempo escribiendo a amigos y dirigidos espirituales, incluso sobre temas aparentemente nimios:

A Matilde, condesa de Blois, que se quejaba de la ligereza de su hijo, le aconseja ser indulgente con aquel joven: «Tu hijo puede olvidar a veces que es hijo, pero una madre no puede ni debe olvidar que es madre». A otra Matilde, Reina de Inglaterra, se toma la libertad de escribirle, comunicándole que había encomendado a Dios el nacimiento difícil de su hijo, el príncipe Enrique: «Tomad el mayor cuidado del hijo que acabais de poner en el mundo; me parece, sea dicho sin herir al rey, vuestro esposo, que yo soy también un poco su padre». En carta a Ermendgarda, duquesa de Bretaña, le dice: «Si pudiéseis leer en mi corazón lo que el dedo de Dios se ha dignado escribir allí con motivo de mi afecto por vos... El que os ha inspirado amarme así y elegirme para director de vuestra salvación, me ha inspirado un sentimiento igual, para que pueda retribuir vuestro afecto».

Un afecto, por cierto, que no se queda entre los límites de lo natural. «Dios se encuentra entre los amigos..., la única razón de amar a los amigos es Dios», afirma en una carta a Thibaud de Champagne. Y en otra, a un abad como él: «Jesucristo es el vínculo entre los amigos». Su discípulo Aelredo de Rievaulx escribiría en su tratado al que acabamos de aludir: «La amistad humana es una participación en la Amistad que está en Dios, porque Dios es Amor, y es también Amistad». En carta a Suger, el fámoso abad de Saint‑Denis, Bernardo le diría: «Las amistades sólo serán verdaderas si el nudo de la verdad las consolida».

Mas, como dijimos antes, su capacidad de afecto la volcó especialmente sobre los monjes que eran sus hijos espirituales preferidos. Hablando en una carta de uno de ellos que él había recibido en el monasterio y que acababa de morir, escribe:

«Fue mío durante su vida, y lo será después de su muerte, y lo reconoceré como tal en la patria. Sólo aquel que sea capaz de arrancarlo de la mano de Dios logrará separarlo de mí».

¿Agresivo Bernardo, intratable? Fue, por cierto, duro, pero sólo cuando había que serlo. Bien describió el primero de sus biógrafos el estilo de su gobierno monacal: «El más humano posible por el afecto que en ello ponía, pero el más intratable donde la fe estaba en cuestión». Este hombre del que se nos da la imagen de un hombre severo hasta la obstinación y austero hasta la tristeza, fue el que dijo en un sermón: implentur omnia feruore spiritus et jucunda deuotione –todo se llena con el fervor del espíritu y la entrega gozosa–. Bernardo predileccionó el adjetivo jucundus, palabra cercana a jocus, juego. Los filólogos nos enseñan que conviene no tanto al hombre que es feliz, cuanto a aquel que es causa de alegría para los demás. La jucunditas es el encanto del alma, la capacidad de regocijar a los que integran el entorno, la alegría comunicativa, el espíritu eutrapélico. Un encanto que invade todo. Y así habla de jucunda meditatio, jucunda contemplatio, y cuando explique el Cantar de los Cantares, en el primer sermón calificará tres veces el diálogo entre el Esposo y la Esposa como de jucundum eloquium.

Sus monjes destacaban el encanto de su «sonrisa», no la sonrisa del bobo sino la del hombre que ha alcanzado la plenitud de la serenidad; multos hilarabat, escriben, alegraba a muchos. La vocación al claustro, a pesar de las terribles renuncias y exigencias que implica, era para él una vocación al gozo. «Yo os quiero alegres», exhortaba a los suyos. Y a un grupo de jóvenes decididos a entrar en su monasterio les diría:

«Yo os lo afirmo en nombre de la verdad que es Dios, y creed a mi experiencia: este camino cuya entrada parece tan difícil, y tan estrecha, se vuelve cada vez más gozoso y feliz, laetior et jucundior».

No se trata, por cierto, de alegrías puramente sensibles. Los apóstoles, les explicaba, gozaron de la presencia de Cristo, de la visión de su cuerpo. Pero era ése un gozo sensible. Cristo les sería quitado, primero en la cruz y luego en su Ascensión. Y, sin embargo, sólo entonces comprendieron aquello del Señor: «Os conviene que yo me vaya... Me voy y os alegraréis». Lo importante no era contemplarlo con los ojos corporales. Pedro, viéndolo en carne, lo traicionó, y careciendo de su vista, después de la Ascensión, murió gozosamente por El. Tal es la alegría espiritual, profunda y sobria, la que dilata el corazón. Cuando escriba la vida de San Malaquías, a quien había conocido personalmente, entre los rasgos admirables de dicho santo incluirá su capacidad de reír, «porque el reír es caridad, puesto que ésta es buen humor: una caridad gozosa, no relajada».

 

II. El poeta

Bernardo quiso que en el Cister se hermanasen perfectamente la lectio divina y el rezo del Oficio Divino con el trabajo de las manos y la labranza de los campos. Particular predilección experimentó por la Sagrada Escritura, paladeando cada una de sus frases. Nos cuentan sus biógrafos que conservaba fidelísimamente en su memoria las palabras reveladas que había aprendido en su celda, y después las iba rumiando en sus ocupaciones y faenas agrícolas, de donde vino a decir más adelante que la soledad del bosque, las hayas y las encinas, habían sido sus principales maestros. Así lo leemos en la primera Vida que de él se escribió:

«El sentido de las Escrituras, lleno de conocimientos espirituales, lo había encontrado, si hay que creer en sus propias palabras, meditando y rezando en los bosques. A menudo decía bromeando a sus amigos que jamás tuvo otros maestros que las hayas y los robles».

Un santo que aprende del bosque no puede sino ser un poeta. Bernardo contempló la naturaleza, no sólo la inanimada sino también la animada, con mirada penetrante, viendo en ella lo que los demás eran incapaces de observar; ante sus ojos las cosas se transformaban, se transfiguraban, ya que las contemplaba con los ojos de Dios, cuya luz, pasando por él, embellecía los objetos que alcanzaban sus sentidos. Era la mirada de un santo y de un poeta.

Algunos han afirmado que Bernardo era también músico. Incluso se le atribuye una reforma del canto cisterciense. No es un dato seguro. Pero lo que sí resulta indudable es que hay música en su estilo, escuchaba resonar lo que escribía. Los oficios litúrgicos que compuso nos revelan el dominio de la métrica de los himnos, de la estructura de los responsorios, etc. ¿Compuso melodías? No lo sabemos. Lo cierto es que creía firmemente en los efectos de la música sobre el corazón y la inteligencia:

«Si hay canto –escribe al abad de Montiéramey– ­que sea lleno de gravedad, no lascivo, ni tosco. Que sea suave sin ser superficial, que encante el oído para emocionar el corazón. Que alivie la tristeza, que calme la cólera. Que no vacíe el texto de su sentido, sino que lo fecunde».

Destaquemos esta última frase. Semejante declaración sobre la «fecundación de la letra» por la belleza nos dice mucho de los quilates del alma del abad de Claraval.

Es cierto que San Bernardo fue objetado por la posteridad como si hubiese sido perjudicial para el arte, en razón de una polémica que mantuvo con uno de los abades de Cluny por el tipo de arte que propagaban los cluniacenses. El asunto merece alguna explicación. En aquel tiempo, Cluny dominaba la Cristian­dad. Sus monjes constructores trabajaban por todas partes, entendiendo que la belleza alentaba la oración y alababa a Dios en sus formas. Allí donde construían aquellos monjes o sus discípulos, los capiteles de las iglesias se poblaban de represen­taciones de la flora. y de la fauna, y en sus portadas una abundante estatuaria de Reyes y de Santos cubría los dinteles y los tímpanos. Los interiores se enriquecían con frescos, las cruces se adornaban con esmaltes y piedras preciosas. La obra maestra de aquel arte glorioso fue la basílica de Cluny, la iglesia madre, construida por San Hugo, gigantesco templo de siete campanarios.

Pues bien, San Bernardo en su Apología protestó contra aquel lujo que le parecía inadmisible en hombres que habían renunciado a las glorias del mundo y a los goces de los sentidos. Condenaba

«la inmensa altura de las iglesias, su extraordinaria longitud, la inútil anchura de sus naves, la riqueza de sus materiales pulimentados, las pinturas que atraían las miradas. Vanidad de vanidades, más insensata aún que vana».

Se ha dicho que tal actitud no era sino una expresión de su ascética espiritual transpuesta al ámbito de la estética. ¿El resultado de dicha posición fue en detrimento de la auténtica belleza? Responden a esta pregunta las admirables abadías cistercienses diseminadas por Occidente, con su sobria belleza, su escueta elegancia, su despojo sensible, sus naves de líneas perfectas, sus piedras ennoblecidas por la pura solidez de las formas, sus oleadas de luz nacarada a través de los vitrales monócromos... Todo parece responder a aquella sobria embria­guez que quería San Bernardo para la vida interior.

Señala Daniel‑Rops que quizá el arte cisterciense, al negarse a lo fastuoso, contuvo al Gótico en la pendiente de lo excesivo y de lo redundante, por la cual, de hecho, habría de deslizarse más tarde, para convertirse en el Flamígero.

Lo cierto es que las ideas de San Bernardo en este campo sólo se aplicaron a los edificios conventuales, en la inteligencia de que el arte episcopal –por oposición al arte monástico– debía «hablar a los ignorantes», como una cátedra muda de la fe católica. Lejos de ser un menospreciador de la estatuaria y de los vitrales, San Bernardo los fomentó, pero no allí donde el primado de la espiritualidad desnuda debía dominar a las almas. Por lo que podemos concluir que, muy lejos de haber sido un enemigo de arte, San Bernardo fue uno de sus animadores. Y en este punto, como en tantos otros, inscribió profundamente su huella en la Cristiandad.

El abad de Claraval se nos revela como es: poeta, artista, músico y pensador. Todos estos talentos confluyeron en su estilo literario, reflejo de su inteligencia y de su buen gusto. Como bien dice Gilson, Bernardo «renunció a todo excepto al arte de escribir bien». Uno de sus biógrafos asegura que redactó personalmente sus sermones hasta el fin de su existencia, tachando y corrigiendo como un orfebre de la palabra. Todavía en su lecho de muerte, seguiría dictando a sus discípulos.

No es este el momento de analizar detalladamente sus recursos literarios. Fueron, por cierto, admirables. En uno de sus sermones sobre el Cantar, digámoslo a modo de ejemplo, se entrega a un juego de variaciones en tomo a los prefijos que entran en la composición de los derivados del verbo spirare; es una especie de sinfonía sobre la historia de la obra de Dios en favor del hombre: un sostenido crescendo nos eleva desde el día de la creación –dies inspirans– al de la gloria que aspira –dies adspirationis–, pasando por el del pecado –dies conspirans–, de la muerte espiritual –dies expirans–, de la vida nueva –dies inspirans–, y de la renovación pascual –dies respirans–.

Bernardo no sólo se preocupó por enseñar la doctrina, sino que consideró necesario revestirla de belleza, de esa belleza que, como se sabe, no es sino el esplendor de la verdad. Por eso trabajaba y pulía cada texto hasta llegar a la última perfección, que es la que nosotros conocemos. Durante los últimos cinco años de su vida, el viejo abad, a pesar de todos sus compromisos, se preocupará por revisar él mismo, párrafo por párrafo, sus obras mayores, en orden a preparar una edición revisada, con el deseo de dejar a la posteridad escritos cuya belleza fuese menos indigna de los misterios de Dios.

 

III. El último de los Padres

Bernardo fue el hombre de la Biblia. De tal manera la asimiló al tejido mismo de su psicología que la utilizaba espontáneamen­te, a veces quizás sin darse cuenta. Su vocabulario es en gran parte bíblico, tomado sobre todo de los evangelios, de San Pablo, de los Salmos y del Cantar. Con frecuencia sus citas no corresponden al texto conocido en su tiempo, el de la Vulgata, sino de acuerdo a como las encontraba en los Padres de la Iglesia y sobre todo en la liturgia. Según señala Jean Leclercq, resulta evidente que lo que se imprimió en su memoria fueron las partes cantadas en el Oficio Divino. Ello muestra hasta qué punto entendió la Biblia más que como un libro, como una expresión vital de la fe. Recibió la Escritura de la Tradición. La Biblia era para él la palabra de Dios viva en la Iglesia.

Uno de sus temas predilectos, en el campo bíblico, fue la concordia de los dos Testamentos. Siempre que se le presentaba la ocasión, mostraba el paso de las figuras a la verdad, de las profecías a sus realizaciones, de las sombras a la luz. Todo culminando en Cristo, como en las fachadas de las catedrales románicas.

También aquí Bernardo descubre su veta poética. Observa el mismo Leclercq que es propio del poeta en la Iglesia, hacer suyas las palabras de Dios, para repetírselas enseguida con toda espontaneidad, y servirse de ellas con entera libertad. Bernardo se ejercitó amorosamente en este juego sagrado, sea agotando los significados de una palabra, sea comentando su etimología, sea agregando en torno a una palabra clave otras explanaciones que la explican y la amplían, como vimos lo hizo con la palabra spirare. La Escritura era para él más que un estudio una plegaria: había que gustar, sentir, saborear cuán suave es el Señor. Bernardo emplea con gusto el vocabulario de los sentidos espirituales. Porque si la caridad de Dios está en el origen de la revelación, debe también estarlo en su término.

Pero insistamos sobre todo en el sentido bíblico‑litúrgico de su predicación. En ella encontramos lo que se podría llamar un subsuelo bíblico –ese cúmulo de textos escriturísticos que constituyen, por así decirlo, la materia prima de sus sermones–, y un telón de fondo litúrgico, a modo de atmósfera, de clima, que confiere al conjunto su colorido cultual.

Con todo, no olvidemos lo que hemos dicho más arriba, es a saber, que si su Biblia es litúrgica, es también patrística. Porque Bernardo fue un enamorado de los Padres. De Lubac ha detectado puntos de semejanza entre San Bernardo y diversos Padres como Orígenes, San Agustín, San Ambrosio, San Gregorio de Nyssa. Sabemos que hizo copiar para su monasterio de Claraval una serie muy vasta de obras patrísticas. No pretendía sino una cosa: ser el testigo de la doctrina de los Padres.

Diversos autores lo han llamado Padre de la Iglesia, el último de los Padres. ¿De dónde le viene esta denominación, este eminente privilegio que no le disputará, un siglo más tarde el genio de un Tomás de Aquino? Porque, como se sabe, la era patrística terminó en el siglo VIII, con la muerte de San Isidoro de Sevilla en el Occidente y de San Juan Damasceno en el Oriente. Lo que se quiere decir es que en su persona la edad patrística, dormida desde hacía 300 años, se despertó súbitamente, y lanzó un nuevo retoño, digno de la antigua grandeza.

Guillermo de Saint‑Thierry, al comienzo de su Vita del abad de Claraval, dice que Bernardo fue elegido por Dios para que en el siglo XII refloreciera la gracia de los tiempos apostólicos. Habiéndose puesto en la escuela de los comentaristas natos de la Escritura, cuales fueron los Padres, llegó a impregnarse de su espíritu y hasta de su lenguaje, al modo de un brote renacido de aquel magnífico árbol de la tradición. Por lo que se puede afirmar, juntamente con Guillermo, quien lo conocía tan bien, que si ha sido considerado Padre de la Iglesia, y no solamente discípulo de los Padres, a la manera de tantos otros, es porque surcando los arroyos de los Padres, supo remontarse hasta la fuente ­donde éstos abrevaron.

Especialmente frecuentó a San Ambrosio y San Agustín. Pero de manera particular, como señala Gilson, se dejó impreg­nar por la teología de los Padres griegos, principalmente de San Gregorio de Nyssa. Más aún, el logro esencial de su obra fue realizar una notable síntesis entre la teología griega y la teología latina, el pensamiento de Orígenes y el de Agustín. La traducción de la dupla modelo‑imagen, familiar a los Padres griegos, en términos de creador‑creatura, familiar a los latinos, significó para el Occidente una revolución teológica cuyas consecuencias fueron incalculables. Tal fue uno de los méritos de San Bernardo, «el último de los Padres y el igual de los más grandes», al decir de Mabillon.

 

 IV. El místico

Por sobre todo lo que hemos dicho hasta acá, el abad de Claraval se destaca por sus quilates místicos. Es, indudablemente, uno de los grandes doctores de la mística católica. Nos detendremos un tanto en la consideración de este aspecto de su personalidad espiritual.

1. Mística trinitaria y divinización

Bernardo vivía en la fascinación de Dios, que era a sus ojos el gozne de todo lo creado. En su obra De Consideratione, especie de carta‑tratado que dirigió al Papa, le decía:

«¿Quién es Dios, Santo Padre Eugenio, quién es Dios? Para todo lo que existe es el fin; para los elegidos la vida eterna. ¿Qué es para sí mismo? El lo sabe, ipse novit... El es aquel que ha creado las almas para darse a ellas; que las incita para hacerse desear por ellas; que las dilata para que puedan acogerlo».

No se trata, por cierto, de un Dios difuso, sino de un Dios en tres Personas concretas, cada una de las cuales mantiene con él una relación singular. Particularmente se siente penetrado por el Verbo, a quien, por el hecho de haberse encarnado, lo experimen­ta tan cercano.

«Tolerad un instante mí locura –confiesa en una de sus páginas–... El Verbo ha venido a mí y más de una vez. Si allí ha entrado frecuentemente, no siempre he tomado conciencia de su ingreso. Pero lo he sentido en mí y me acuerdo de su presencia. He subido a la parte superior de mí mismo y más alto aún reina el Verbo. Explorador curioso, he descendido al fondo de mí mismo, y lo he encontrado más bajo todavía. He mirado afuera y lo he percibido más allá de todo. He mirado adentro, y me es más íntimo que yo mismo... Cuando entro en mí, el Verbo no traiciona su presencia por ningún movimiento, por ninguna sensación; sólo lo descubre el secreto temblor de mi corazón. Mis vicios huyen, mis afectos carnales son dominados; mi alma se renueva; el hombre interior se restaura, y está en mí como la sombra misma de su esplendor».

Bernardo concibe el proceso de la redención al modo de una gran curvatura que va desde la animalidad, en que nos dejó el pecado, hasta la divinización que produce en nosotros la acción de las tres personas de la Trinidad. Originalmente el hombre fue ­creado en un estado sublime, a imagen y semejanza de Dios. «La grandeza –dice Bernardo– es la forma del alma». Mas al pecar, se degradó. El pecado enturbió la Imagen y desfiguró la Semejanza. Si el alma sigue siendo grande en su caída, perdió su rectitud, y encorvada hacia la tierra tomó la semejanza de las bestias, según aquello del salmo 48: «Se hizo semejante a ellas».

Pero Dios descendió hasta el tremedal de nuestra miseria, nos tomó de la mano, no sólo para evitar que nos condenásemos, sino para elevarnos a alturas insospechadas. La cumbre de la vida espiritual es la divinización, en la embriaguez del éxtasis, enseña Bernardo en su Comentario al Cantar de los Cantares, su obra mística por excelencia. Entonces, no amando ya en sí sino la semejanza de Dios, no amando ya a Dios mismo sino con un amor absolutamente desinteresado, el alma adhiere sin reservas al Esposo divino.

Bernardo, tras las huellas de los Padres griegos, destaca el papel peculiar del Espíritu Santo. Porque si el Padre es el autor primero de esta elevación suprema, como lo es de todo don, si el Verbo encarnado es su término, compete especialmente al Espíritu su realización. Es El quien incita al hombre a la empresa inaudita de «hacer del alma la Esposa de Dios»; El es quien da acceso a esta vía propiamente espiritual, en el sentido fuerte de la palabra, que deja al margen cualquier vana tentativa de presunción; El es quien conduce «a la imagen creada de claridad en claridad» hasta «convertirse y permanecer semejante a Dios».

Tal es la tarea propia del Espíritu Santo en el alma, para constituirla esposa de Cristo, lo que se cumple no sólo en los niveles superiores de la vida mística sino también en la existencia común de todos los cristianos; en efecto, la vida mística no es esencialmente diferente de la vida cristiana ordinaria, sino por una mayor elevación en la gracia y la caridad, y a veces una cierta anticipación de la gloria. Todas las obras de justificación suponen la presencia del Espíritu Santo en el alma. «Si los movimientos de la vida corporal –escribe el santo– prueban la habitación del alma en el cuerpo, la vida espiritual prueba la inhabitación del Espíritu en el alma». El Espíritu, que es «el beso mutuo del Padre y del Hijo, su lazo firme, sú único amor, su unión indivisible», al penetrar en nosotros se hace amor y don nuestro a Dios. En otras palabras, Dios se ama en sí mismo cuando el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo; se ama en nosotros y se hace amar por nosotros cuando el Padre envía a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo.

Por cierto que no somos del todo pasivos en este amor que el Espíritu Santo viene a inspirarnos. El alma debe dejarse hacer por Dios, respondiendo generosamente a la gracia divina, lo cual es también fruto de la gracia. Dicha respuesta es para San Bernardo inescindible de la imitación del Verbo encarnado. A ella alude con uno de aquellos juegos de palabras que tanto ama: Cristo es la forma a la que el hombre deformado debe conformarse para ser reformado. Tras esta fórmula de aparente ingenuidad se perciben las huellas de la Escritura, singularmente de San Pablo y de San Juan, así como de los Padres de la Iglesia, sobre todo griegos, y de la Liturgia. Advertimos aquí los esbozos de su piedad cristológica. San Bernardo ha querido habitar en las llagas de Cristo; como la paloma del Cantar, hizo su nido en los orificios de la piedra. ¿Acaso no es la Piedra uno de los nombres místicos de Cristo?

«¿Dónde puede haber un abrigo sólido, seguro y tranquilo para mi debilidad sino en las llagas del Salvador? El mundo se estremece, el cuerpo me agobia, el demonio me tiende redes; no caigo porque me has establecido sobre la piedra firme».

Como puede verse, la mística de San Bernardo es claramente trinitaria. Cada una de las personas divinas juega en ella su propio papel.

«¿Hay entre vosotros un alma –dice en su Comentario al Cantar– que sienta a veces en el secreto de su conciencia el Espíritu del Hijo que clama: Abba, Padre? Aquélla sí, aquélla puede creerse amada de un afecto paterno, cuando se siente colmada del mismo Espíritu que el Hijo. Ten confianza, quienquiera seas, ten confianza, y no te agites: en el Espíritu del Hijo, reconócete como Hija del Padre, Esposa del Hijo o su Hermana... Ella es, en efecto, su Hermana, porque nacida del mismo Padre; su Esposa, porque unida a El en un mismo Espíritu. Porque, si el matrimonio carnal establece dos seres en una sola carne, ¿por qué la unión espiritual no uniría más aún a dos seres en un solo y mismo espíritu?».

Y así se completa la inmensa curva, que va desde donde nos dejaron nuestros padres –el mundo de la animalidad– hasta el seno mismo de Dios. El alma, modelándose siempre más sobre la voluntad divina, haciéndose cada vez más una con él por el amor, va realizando su retorno a Dios, su repatriación, según dice Bernardo, retomando una expresión que viene del neoplatonismo. Como la gota de agua que se pierde en el vino; como el trozo de hierro que se mete en el fuego y se hace fuego él mismo, así el alma se pierde, se vuelve ignea en la voluntad divina. Hela ahí deificada –sic affici, deificari est–, exclama San Bernardo gozoso.

2. Mística eclesial

Todo lo que acabamos de decir respecto del alma y de su deificación, Bernardo lo aplica originariamente a la Iglesia. El alma, en efecto, no es esposa del Verbo sino en la medida en que integra la Iglesia.

Retomando las fórmulas de San Pablo en su epístola a los efesios, nuestro santo afirma que el Verbo experimenta por la Iglesia el amor peculiar de un Esposo. Su Encarnación es el beso puro del Verbo a la Iglesia, ese beso por el que suspiraron los justos del Antiguo Testamento. Así como Eva nació del costado de Adán, así del costado del nuevo Adán dormido en la Cruz, la Iglesia nace y a la vez es rescatada. «¿Podría desde entonces no reconocer en su esposa, el hueso de sus huesos, la carne de su carne, y más aún, en cierta manera, el alma de su alma?».

Este tema es predileccionado por Bernardo. A él se refiere por doquier, ya en sus cartas, ya en sus tratados y sermones, y muy particularmente en su Comentario al Cantar, donde en 57 ocasiones sus pláticas terminan explícitamente con una solemne alabanza a Cristo Esposo de la Iglesia. Bernardo se solaza con la sola mención de este desposorio místico.

«La Iglesia, animada del sentido y del espíritu de Dios, su Esposo, posee a su Bienamado y reposa en su seno, mientras ella misma tiene y conserva para siempre el primer lugar en su corazón. Es que ella ha herido el corazón de su Esposo; ella ha hundido el ojo de la contemplación hasta el abismo profundo de los secretos divinos; Él ha puesto para siempre su eterna morada en el corazón de ella y ella en el de Él».

La Iglesia ha abrazado estrechamente a su Esposo divino, dejándose impregnar de los perfumes que brotan de Él. Los perfumes simbolizan las riquezas con que el Esposo colma a su Amada: la fe, la esperanza, la caridad, los sacramentos, pero sobre todo el Don por excelencia, el Espíritu Santo. Unión que llega hasta el extremo de la identificación: caput et corpus unus est Christus –la cabeza y el cuerpo son un solo Cristo–. En fórmula atrevida, llega a decir que Cristo ama a su cuerpo que es la Iglesia más que a su propio cuerpo físico: «todo el mundo sabe que para preservarla de la muerte sacrificó el otro cuerpo».

Nuestro santo relaciona estrechamente a la Iglesia con el Espíritu Santo. No en vano ella es el reflejo terreno de aquel eterno beso místico intratrinitario. Principio de su existencia, el Espíritu es igualmente para la Iglesia el principio de su fecundidad divina, ya que de él vienen todas las plantas y las flores que crecen en la Iglesia, él es quien activa esa vegetación lujuriante que florece en el jardín del Esposo, el nuevo paraíso. Y no sólo asegura la fecundidad de la Madre, sino también la indefectible fidelidad de la Esposa; «en adelante jamás la fe faltará en la tierra ni la caridad en la Iglesia». Finalmente, al término de la historia, la Iglesia recibirá, también del Espíritu, la consumación y el esplendor de su gloria. Y «¿cómo entonces Cristo no reconocerá en ella la carne salida de su carne, y sobre todo.., el espíritu salido de su Espírítu?».

De Lubac ha destacado el paralelismo que traza San Bernardo entre el amor de Cristo y de su Iglesia y la unión del Verbo con el alma, de que acabamos de tratar. Cristo se desposa a la vez con el alma y con la Iglesia.

«Ninguno, de nosotros se anima a llamar a su alma esposa del Señor –escribe el santo–, pero como nosotros somos de la Iglesia, que se gloria del nombre y de la real cualidad de esposa, con justicia reclamamos participación en ese glorioso privilegio. Lo que plena y completamente poseemos todos juntos, lo tenemos indiscutiblemente de manera individual».

Y también: «Decir el Verbo y el alma, o Jesucristo y la Iglesia, es lo mismo, con una diferencia, es a saber, que el nombre de Iglesia no designa una sola alma, sino la unidad o, mejor, la unanimidad de numerosas almas». Entre la Iglesia y el alma hay, pues, una relación constante, pero todo lo que se dice del alma no le es atribuido sino por la participación de ésta en la Iglesia.

A partir de tales presupuestos se hace inteligible desde ahora cuál será la actitud de Bernardo: «Quienquiera que se dice amigo del Esposo no podrá fallarle a su Esposa». No hay asunto religioso que no le concierna: «Es la causa de Cristo, o mejor, Cristo mismo está en causa –Causa est Christi, immo Christus est in causa». La historia de Bernardo va a confundirse con la de la Iglesia.

3. Mística mariana

La Santísima Virgen ocupa un lugar insoslayable en la mística del abad de Claraval. En ella ve el camino por el que el Verbo llega a nosotros y por el que nosotros nos remontamos hacia El. Bernardo desarrolló esta idea por medio de una comparación encantadora, la del acueducto, cuyo extremo superior toca el cielo y el inferior la tierra. «El Hijo escuchará a la Madre, y el Padre escuchará al Hijo», escribe San Bernardo.

Es el misterio de las mediaciones. El término de «Medianera universal» es el que expresa mejor el pensamiento del santo. Nuestra Señora no es simplemente la Madre de Jesús, no es simplemente un instru­mento pasajero de elección, del que Dios se ha servido para llevar a cabo la Encarnación; ella es mediadora por estado, por vocación; tal es su razón de ser, su función siempre actual. María es la bisagra indispensable que anuda lo humano a lo divino, y esto por la libre voluntad de Dios «que quiso que nosotros no tuviésemos nada que no pasase por las manos de María», como afírma el santo en uno de sus sermones de Navidad.

María no esperó la visita del ángel para entrar en su papel de mediadora. Entre ella y el dragón, la oposición fue absoluta desde el comienzo de su vida, desde su misma concepción. San Bernardo la imagina orando incansablemente, de día y de noche, suplicando la Encarnación. Gracias a su fervor, sus plegarias, su virginidad, su ruego llegó hasta lo más alto de los cielos, hasta el corazón del Padre, tomando allí contacto con la fuente de agua viva para luego derivarla en favor de los hombres. Tal fue el anhelo que polarizó todos los momentos de su existencia previa a la Encamación; invenisti gratiam –dice el Evangelio–, encon­traste la gracia, señal de que la había buscado. En una de sus homilías dedicadas al misterio de la Anuncia­ción leemos estas inspiradas palabras:

«Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino del Espíritu Santo. El ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que le envió. Esperamos también nosotros, Señora, esa palabra de misericordia. He aquí que se pone en tus manos el precio de nuestra salud; al punto seremos liberados, si consientes. Por la palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y con todo eso morimos, mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos, para no volver a morir. Esto te suplica, piadosa Virgen, el triste Adán desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abraham, esto David, con todos los otros santos Padres tuyos, los cuales están detenidos en la región de la sombra de la muerte; esto mismo te pide el mundo todo postrado a tus pies... Da, Virgen, rápidamente la respuesta... A quien agradaste por tu silencio, agradarás ahora mucho más por tus palabras, pues Él te habla desde el cielo diciendo: «Oh hermosa entre las mujeres, haz que oiga tú voz. ¿Por ventura no es esto lo que buscabas, por lo que gemías, por lo que orando suspirabas día y noche?... Responde una palabra, y recibe la Palabra; pronuncia la tuya, y concibe la divina; emite la transeúnte, y admite la sempiterna –responde verbum, et suscipe Verbum; profer tuum, et concipe divinum; emitte transitorium, et amplectere sempiternum».

En el momento de la Encarnación, el Espíritu «sobreviene», fecundando a María con su sombra bienhechora. Entonces ella se ve llena para ella, y desbordante para nosotros –plena sibi, superplena nobis. Recibe una gracia personal, singular, pero al mismo tiempo una gracia plenaria, general, universal.

Bernardo destaca la identidad de la carne de Jesús con la de María. La carne del Hijo no ha sido creada nueva en el seno de Nuestra Señora, sino extraída de su sustancia virginal. María es la nueva Rebeca que reviste al nuevo Jacob de una piel hirsuta, velluda y rugosa, como la de Esaú: es nuestra piel, la piel del género humano, y ello conviene, puesto que para nosotros solicita Cristo la bendición del Padre.

María se muestra, así, mediadora entre Dios y los hombres. He ahí su primera función. Pero también es mediadora entre Cristo y la Iglesia. Trátase de un aspecto, no diferente, pero sí complementario de aquél. Encontrarnos expresada dicha doctrina en el sermón llamado de las Doce Estrellas, que es un verdadero tratado de la mediación marial, en base a la visión de San Juan que se consigna en Apocalipsis 12, 1. La luna, colocada bajo los pies de la mujer, designa a la Iglesia que recibe su luz de Cristo, sol de justicia, a través de Nuestra Señora.

«Oh madre de misericordia –ora San Bernardo–, la Luna, es decir la Iglesia, prosternada a tus pies, te suplica en nombre de tu corazon purisimo, a ti, su mediadora junto a Cristo, sol de justicia, para que en tu luz vea la luz –ut in lumine tuo videat lumen».

Enamorado de Nuestra Señora, místico de María. Con razón Dante recurrió a Bernardo, el teólogo de la unión con Dios, el contemplador que asume la función de psicopompo o conductor de almas. Por algo Dante eligió a San Bernardo para introducirlo en el Paraíso, haciéndole recitar una de las más bellas oraciones a la Santísima Virgen jamás escritas:

Vergine Madre, figlia del tuo Figlio,

Umile ed alta più che creatura,

Termine fisso d’eterno consiglio,

Tu se colei che l’umana natura

Nobilitasti, sí, che’l suo fattore

Non disdegnò di farsi sua fattura.

Donna, se ‘tanto grande e tanto vali,

Che qual vuol grazia, ed a te non ricorre,

Sua disïanza vuol volar senz ‘ali.

Mística trinitaria, mística cristológica, mística mariana. Si bien hay elementos místicos en todas sus obras, podríase decir que la mística encuentra su lugar teológico privilegiado en su magnífico Comentario al Cantar de los Cantares. De Santo Tomás se cuenta que pocos días antes de morir en la abadía cisterciense de Fossanova, habiendo sido invitado por los monjes a comentar el Cantar, «así como San Bernardo lo había hecho anteriormente», habría respondido: «Denme el espíritu de San Bernardo, y yo retomaré su comentario».

 

V. El apóstol

Nos extraña ver al místico lanzado a la acción. Es cierto que durante más de cuarenta años se obstinó en gustar de su celda, cumpliendo estrictamente los deberes del claustro. Y, sin embargo, lo vemos recorriendo Europa, pacificando príncipes cristianos, triunfando sobre el cisma terrible que dividió a la Iglesia, lanzando la Cristiandad a las cruzadas. Pero jamás hubiera hecho todo esto sino bajo la presión de las circunstancias. Cuando el pedían que actuase en algún problema, primero se mostraba reticente, dudaba, esperaba, reflexionaba, se hacía explicar minuciosamente por qué recurrían a él. Y si al fin aceptaba, era para obedecer a las órdenes de un superior –en ocasiones el mismo Santo Padre–, o por caridad hacia sus hermanos y hacia la Iglesia, o por fidelidad a la verdad y a la justicía.

No hay, pues, escapismo alguno en su apostolado. El amaba lo que llamó el paraíso claustral, lo amaba de manera entrañable.

«Felices aquellos a quienes el Señor ha escondido en su tabernáculo –escribió en una carta a los cartujos–; durante los días malos, esperan a la sombra de sus alas que, por fin, los días malos pasarán. En cuanto a mí, pobre, desgraciado y miserable, la pena es mi suerte; me veo como un pajarito, sin plumas, casi continuamente fuera de su nido, expuesto al viento y la tempestad».

Porque para él lo supremo no era su recogimien­to en el claustro. Lo primero sería siempre Dios y su gloria. En una ocasión lo confesó con entera claridad: «No lamentaré jamás haber interrumpido una meditación apacible si veo germinar en un alma el grano de la Palabra».

1. La conciencia de la sociedad

No se puede sino destacar con admiración el feliz encuentro entre el genio de San Bernardo y el reconocimiento de la sociedad que lo rodeaba. Porque con frecuencia la historia ha sido testigo de la existencia de hombres superiores que en su momento no fueron reconocidos coo tales. Acá, felizmente, se produjo el encuentro enriquecedor. Este hombre, dotado de tan eminentes cualidades, fue venerado por la sociedad de su tiempo, lo que permitió entre ambos un activo intercambio espiritual. El hecho de que sus contemporáneos lo apreciasen en tal forma que escuchasen sus consejos y se enmendasen al oír sus reprensiones, constituye una muestra acabada de cómo la Edad Media supo valorar, más aún que a los especialistas de la política, la diplomacia o la economía, a los santos y a los místicos.

Por eso San Bernardo se permitió intervenir en tantas cuestiones aparentemente ajenas a la vida monástica. «Los asuntos de Dios son los míos –exclamó un día–; nada de lo que a El se refiere me es extraño». Y en carta al canciller Heimeric: «Yo soy demasiado pequeño para tener en estos asuntos intereses personales, pero ¿cómo los podría tener por extraños, desde que son asuntos de Dios?». Ofender a Dios era ofenderlo a él, y por eso se erguía decididamente cuando estaban en juego los asuntos de Dios.

Dice Daniel‑Rops que San Bernardo concebía los asuntos de Dios de dos maneras. Por una parte se atentaba contra el Señor cuando se violaba su ley, cuando sus preceptos eran burlados; con lo que el santo se situó en el corazón mismo de aquella gran corriente de reforma que constituiría una fuerza de incesante renovación en la conciencia de la Iglesia durante la Edad Media. Pero Dios era también afectado cuando se amena­zaba a su Iglesia en su libertad, en su soberanía, o en el respeto que se le debía.

El género epistolar se avenía especialmente con su tempera­mento apasionado y tan personal en su manera de expresarse. A veces entusiasta, otras indignado, sus cartas son una radiografía de su modo de ser. El amor, la ternura, la irritación encuentran con facilidad los términos adecuados, por lo general no carentes de elegancia. Muchas de esas cartas se dirigen a las autoridades eclesiásticas y a los poderes civiles. Lo notable es que tanto los obispos como los políticos aceptaran las interferencias de este monje y con frecuencia le hicieran caso. Pongamos algunos ejemplos:

«Os mostrais odioso, intratable, a punto tal que yo había resuelto no hacer nada más por vos. De antemano desanimáis a los que os defienden y promovéis a vuestros propios acusadores. En todas las circunstancías no conocéis otra ley que vuestro placer, no obrais sino como déspota, sin pensar jamás en Dios, sin experimentar su temor». ¿A quién se dirige esta reconvención? A un arzobispo.

«Me hubiera gustado encerrarme en el silencio y el retiro; no por eso la Iglesia entera murmuraría menos contra la corte de Roma, mientras ella siga en sus extravíos actuales». ¿A quién envía esta advertencia? Al mismo Papa.

Por cierto que amaba y veneraba al Papa, pero precisamente en razón de ello lo quería santo y sabio, a la altura de su inmensa responsabilidad. Cuando veía que el círculo que lo rodeaba era incompetente o vicioso, que su Curía estaba lleno de empleados carentes de espíritu sobrenatural, con qué virulencia estigmatizaba a aquellos funcionarios. «¡Que el Papa escoja gente mejor, que elija en todo el universo a quienes debían juzgar el universo!».

En cierta ocasión, uno de sus hijos cistercienses subió a la Sede de Pedro con el nombre de Eugenio III. Bernardo le dirigió un espléndido tratado bajo el nombre de De Consideratione, dividido en cinco libros, donde alterna los consejos propiamente espirituales con la consideración de los deberes pastorales del Papa. El santo lo hace atendiendo a una cuádruple reflexión: el Papa mismo (te), la Iglesia (quae sub te), su entorno (quae circa te), Dios y las cosas divinas (quae supra te sunt).

Preocupóse también por salir al paso a algunas herejías que se cernían en el horizonte, particularmente la herejía cátara o albigense, aparecida en el sur de Francia, heredera del viejo dualismo maníqueo. Este error se fue extendiendo más y más, poniendo en peligro a la entera Cristiandad. «¡Las basílicas están sin fieles, los fieles sin sacerdotes, los sacerdotes sin honor; no quedan más que cristianos sin Cristo!», gimió el gran cisterciense cuando llegó al Languedoc. He aquí uno de los «asuntos de Dios». Y se lanzó intrépidamente a la acción, predicando por doquier, e instalando monasterios del Cister en las provincias más contaminadas.

Intervino asimismo, y de manera decidida, en las luchas doctrinales de su tiempo. Sintomática fue su contienda con Abelardo, aquel hombre devorado por la pasión de razonar, precursor de cierta mentalidad racionalista que atenta contra la misteriosidad de la fe. Entendiendo que su silencio le favorecía, Bernardo entró en escena. Para dirimir la disputa, Abelardo solicitó la convocatoria de un Concilio. Ya desde el comienzo del mismo se mostró hasta qué punto la actitud de ambos era diferente. Abelardo se sentía seguro de sí, de su capacidad dialéctica, considerando el Concilio como una especie de palestra donde lucir su inteligencia; Bernardo era un santo, un hombre lleno de Dios.

El hecho es que antes que Abelardo abriese la boca, Bernardo comenzó a atacarlo, arguyendo que los temas que pretendía discutir no eran temas sujetos a discusión, porque rozaban el orden de la fe. Y lo abrumó con un diluvio de citas tomadas de las Escrituras y de los Padres, identificándolo con Arrio, Nestorio y Pelagio. Totalmente desconcertado, Abelardo apeló del Concilio al Papa. Y se encaminó hacia Roma. Pero no tuvo tiempo de llegar... ni valía ya la pena hacerlo porque al arribar a Cluny le alcanzó la condena romana. Advertido del hecho, y enterándose de que su adversario se encontraba indispuesto, Bernardo acudió inmediatamente al lecho del enfermo y le dio el ósculo de paz.


2. Monje-Caballero

Como lo hemos reiterado, San Bernardo fue antes que nada y por sobre todo un monje. Aun en medio de sus viajes, de sus mediaciones político-religiosas, de sus debates doctrinales, siguió siendo siempre monje, Sin embargo, no fue un monje común. Detrás de su cogulla monacal se escondía el yelmo del caballero.

La iconografía ha conservado aquella imagen del monje blanco que, predicando desde el elevado atrio de la iglesia de Vézelay, el día de Pascua de 1146, a una inmensa multitud, volvió a encender en ella el entusiasmo que había decaído, y lanzó a la Cristiandad a la segunda Cruzada para la recuperación del Santo Sepulcro.

Habían pasado casi cuarenta años desde que Godofredo de Bouillon conquistara Jerusalén. Pero el enemigo, que era abrumador, había logrado retomar la iniciativa, y la nobleza europea ya no vibraba por la causa de las Cruzadas, como en el siglo pasado. Bernardo sufría ante esta situación, y entonces se dirigió al Papa, que era por aquel tiempo Eugenio III, al que nos referimos recientemente, solicitándole su intervención.

Con la Bula del Papa en sus manos, Bernardo entró en acción, consiguiendo en Vézelay resultados excepcionales, ya que las multitudes, profundamente conmovidas, reclamaban el honor de cruzarse allí mismo. Relatan las crónicas que faltó tela para las cruces, que todos querían coser sobre sus hombros. Hasta el manto de Bernardo sirvió para ello. Pero tal éxito no satisfizo del todo al santo, quien desde Vézelay se lanzó por los caminos de Europa para seguir enrolando nuevos combatientes. Sólo en Alemania logró levantar un ejército de más de 100.000 cruzados, a cuyo frente se puso el emperador Conrado III, a pesar de que al principio se había mostrado sumamente reacio para alistarse en la noble empresa.

Enardecido con tan resonantes éxitos, el abad de Claraval concibió el proyecto de extender a todo el Occidente la predicación de la Cruzada, a fin de conseguir que se alistaran en ella Inglaterra, España, Italia, Hungría, Bohemia, Baviera, Moravia, Polonia y Dinamarca, valiéndose para ello de cartas, de emisarios, y especialmente de los monjes cistercienses, extendidos a la sazón por casi toda Europa.

Así desde el Elba al Tajo y desde el Támesis a las estepas rusas, el Occidente cristiano se alistó contra el Oriente dominado por los árabes. Y no sólo contra los infieles de Palestina. En la primavera de 1147, la nobleza germánica decidió lanzarse contra los eslavos paganos del este del Elba. Al mismo tiempo, Alfonso Enríquez, ayudado por cruzados ingleses y flamencos, se apoderaba de Lisboa, y Roger II de Sicilia se posesionaba de las costas africanas de Trípoli a Túnez. Toda la Cristiandad se había puesto de pie. Esta enorme conmoción de razas y pueblos conducidos por una sola idea, era obra casi exclusiva de un solo hombre, el abad de Claraval, quien escribiría al Papa con tanta humildad como legítima alegría:

«Me lo ordenasteis, y, yo obedecí; la autoridad del que me mandaba hizo fecunda mi obediencia. Abrí mis labios, hablé, y se multiplicaron los cruzados; de suerte que quedan vacías las ciudades y castillos, y difícilmente se encontrará un solo hombre por cada siete mujeres».

Un autor moderno ha destacado el éxito del verbo bernardiano, sea éste oral o escrito, influyendo de manera decisiva tanto sobre las personas individuales como sobre las grandes multitudes a las que logró arrastrar a empresas universales. Sabemos cómo los políticos actuales recurren para sus campañas a los llamados medios de comunicación, sobre todo la televisión, capaz de alcanzar millones de personas a la vez. Pero lo que más impresiona no es la eficacia sino la relativa ineficacia de semejante propaganda. La palabra moderna, propalada con estridencia y universalidad, no obtiene efectos tan súbitos e impresionantes como la sola palabra de Bernardo. Ello se explicaría de algún modo si Bernardo hubiera sido Papa. Lo admirable es que, sin serlo, por el solo peso de su autoridad moral, tuvo más resonancia que la de los mismos Papas, aunque fuesen grandes, como por ejemplo Gregorio VII.

Pero volvamos al tema de la Cruzada. ¿Qué significaba para San Bernardo? Una de sus ilusiones, más allá de los objetivos militares, fue creer que ofrecería la ocasión de reunir a todos los cristianos, incluso a los separados de Roma, en la lucha contra un enemigo común. El mismo, como dijimos, estaba muy impregna­do del espíritu teológico griego, gozando de una gran reputación en la Iglesia oriental, y siendo su santidad reconocida y venerada también en el Oriente.

En lo que toca a los católicos, Bernardo veía en la Cruzada una oportunidad de conversión para aquellos que eran creyentes sólo de nombre, y para los pecadores, un medio de volverse al Señor y de probar la autenticidad de su transformación espiritual. De lo que se trataba, en última instancia, era de amar y servir a Cristo. Y así se puede decir que Bernardo interiorizó la Cruzada. Como jubileo, acordaba el perdón; como peregrinación, santificaba; como martirio eventual, merecía la recompensa suprema.

Por desgracia, la Cruzada a Tierra Santa, pieza esencial de aquel plan grandioso, culminó en un penoso fracaso. Y la gente, en lugar de considerar serenamente las causas de aquel desastre, múltiples y complejas, guiados por el facilismo y por la pasión, buscaron una cabeza sobre la cual descargar todo su desencanto, olvidando la perfidia y traición de los bizantinos, la defección de los príncipes latinos de Oriente y la mala estrategia de los mismos jefes cruzados que tan deficientemente habían dirigido la campaña, casi no dejando desacierto por cometer. ¿Podía seguirse pensando que aquella empresa tan desgraciada había sido inspirada por Dios? ¿El que la había predicado no sería al cabo un falso profeta?

Resulta reveladora la actitud que San Bernardo va a tomar ante semejantes cargos. Mientras las acusaciones, por injustas que fuesen, se dirigieron contra su persona, guardó silencio en el retiro de su claustro; pero cuando llegó a su conocimiento que las quejas y voces de indignación se volvían blasfemas, acusando a la divina Providencia, entonces rompió el silencio, dirigiéndose filialmente a su jefe espiritual, el monje‑papa Eugenio III. Tras diversas consideraciones inspiradas en acontecimientos del Antiguo Testamento, donde el fracaso acompañó a los que dirigían al pueblo elegido, escribe:

«En todo caso, si se me diera a escoger, preferiría que las murmuraciones de los hombres se volvieran todas contra mí que contra Dios. ¡Ojalá que el Señor se digne servirse de mí como de un broquel! Recibiré gustoso los dardos agudos de las lenguas maledicentes y las flechas envenenadas de los labios blasfemos, a fin de impedir que lleguen a Él. Consiento de buena gana en verme deshonrado, con tal de que no se toque a la honra de Dios».

Pero el pensamiento profundo del santo incluye otro aspecto, más positivo. Dios no tiene necesidad del socorro de los hombres; de lo que tiene sed es de sus almas. Si la patria terrestre de su Encarnación es amenazada por los infieles, si cae incluso en sus manos, en última instancia es Él quien lo permite. «Le bastaría mandar doce legiones de ángeles o decir solamente una palabra y la Palestina sería liberada». Si invita a defenderla, es por misericordia, para permitirnos mostrarle nuestro afecto. Muchas veces acontece que las mejores obras de Dios se echan a perder por las imprudencias, pasiones, errores y culpas de los hombres. En lo que toca a los Cruzados nobles y generosos, lo importante fue la lucha, el servicio desinteresado de Dios, más que la victoria, que no siempre estuvo en sus manos alcanzar.

Dando por terminado este penoso asunto, destaquemos el espíritu caballeresco de San Bernardo, un hombre de la misma pasta que Godofredo de Bouillon o el Cid Campeador. El cristianismo que predicó fue enérgico, conquistador y casi castrense. Su mismo modo de dirigirse a la Santísima Virgen, llamándola «Nuestra Señora», brota del lenguaje caballeresco; se consideró como el caballero de la Virgen y la sirvió como a la dama de sus sueños.

San Bernardo trató de dar forma institucional a su concepción del cristianismo, imaginando una Orden religiosa que la encarna­ra. Tal fue la Orden del Temple, orden militar y caballeresca, cuya misión sería la defensa de Tierra Santa contra los ataques de los infieles. Para ellos hizo redactar estatutos adecuados y escribió aquel Elogio de la nueva milicia, donde exalta el ideal del caballero cristiano enamorado de Jesucristo y de la tierra en que vivió Nuestro Señor. Los templarios eligieron un hábito blanco, como los monjes del Cister –la gran cruz roja fue un añadido posterior–. En la concepción de Bernardo la caballería habría así hallado su expresión más acabada en aquellos hombres que unían el espíritu de fe y de caridad, propio de la vida religiosa, con el ejercicio de la milicia en grado heroico. Algo parecido a lo que era él: un monje‑ caballero. En carta a un amigo que llevaba su mismo nombre, Bernardo, prior de la Cartuja, se llama a sí mismo la quimera del siglo –mitad‑monje, mitad-­caballero–.

Pero ya se conoce lo que sucedió con la Orden del Temple, o mejor, lo que de ella se dice, es a saber, que con el tiempo se fue mercantilizando, entrando en transacciones financieras, no siempre por encima de toda sospecha. Así se degradan las cosas más nobles. Sin embargo, hay demasiados misterios en este asunto para que pueda hacerse de ello un juicio imparcial. No deja de ser sintomático que fuera Felipe el Hermoso, uno de los grandes rebeldes de la Edad Media contra la supremacía de la autoridad espiritual, quien proclamara el acta de defunción de aquella milicia de Cristo, como la había llamado San Bernardo. Guénon lo ha advertido en su libro sobre el santo:

«El que dio los primeros golpes al edificio grandioso de la Cristiandad medieval fue Felipe el Hermoso –escribe–, el mismo que, por una coincidencia que no tiene sin duda nada de fortuito, destruyó la Orden del Temple, atacando con, ello directamente la obra misma de San Bernardo».

Señala Daniel‑Rops que tanto la Orden del Temple como el ciclo literario de la busca del Santo Grial ocuparon un lugar considerable en la leyenda áurea que se formó en tomo a la figura de San Bernardo, apenas éste hubo muerto. Los caballeros del Grial, puros, desprendidos, y a la vez heroicos, no parecen sino la expresión literaria de la nueva milicia esbozada por Bernardo. El poema del alemán Wolfram von Eschenbach, en la parte que empalma con la obra del poeta francés Guyot, hace de Parsifal el rey de los templarios. Y no son pocos los comentaris­tas que se han preguntado si el paradigma de Galaad, el caballero ideal, el paladín sin tacha, no habrá sido el propio Bernardo de Claraval. Monje y caballero.

«Hecho monje –escribe Guénon–, seguira siendo siempre caballero como lo eran todos los de su raza; y, por lo mismo, se puede decir que estaba en cierta manera predestinado a jugar, como lo hizo en tantas circunstancias, el rol de intermediario, de conciliador y de árbitro entre el poder religioso y el poder político, porque había en su persona como una participación en la naturaleza del uno y del otro».

3. Contemplación y acción o el eje de la rueda

¿Qué fue al fin y al cabo San Bernardo: un hombre de acción o un místico? A decir verdad –como afirma Jean Leclercq– fue simultáneamente místico y hombre de acción, o mejor, fue hombre de acción por ser místico. Al mismo tiempo que se involucra en muchos de los conflictos y problemas de su tiempo, ejerciendo un indudable influjo en ambientes muy diversos, pronuncia ante su comunidad los espléndidos sermones sobre el Cantar de los Cantares, exactamente como si hubiese pasado su vida no haciendo otra cosa que meditar la palabra de Dios. Pareciera que hubiese en él dos hombres, pero ello es sólo una apariencia; el verdadero Bernardo, el que sostiene al otro, es el predicador del Cantar. El abad, el reformador, el consejero, el pacificador, el taumaturgo incluso, reciben su animación del contemplativo extático.

Los historiadores hablan mucho de los viajes de Bernardo, porque los documentos contemporáneos dan detallada cuenta de sus desplazamientos. Pero su itinerario espiritual es mucho más importante que el otro, al tiempo que lo explica. Los períodos en que puede residir en Claraval son densos en experiencia de Dios. Bernardo prolonga esa experiencia cuando el amor del prójimo lo fuerza a abandonar su clausura.

«Se mezcla en la acción –es­cribe Leclercq–, pero no abandona su contemplación; ha recibido el don de conciliarlas de otra manera que por la alternancia: por la fusión de la una en la otra; en él, el conflicto que opone la acción y la contemplación en tantos hombres de Dios es resuelto por Dios sobre un plano superior al de la psicología humana. Por eso, sin duda, Bernardo se queja menos que muchos otros de este desgarramiento que los divide entre los dos campos sucesivos donde su actividad se ejerce: él no está dividido, conserva la unidad de espíritu. No hay separación entre su acción y su contemplación, no hay ni siquiera paso de la una a la otra; él se entrega al mismo tiempo a esas dos formas de actividad espiritual que se conjugan en Dios: la que consiste en contemplar, la que consiste en servir a Dios en el hombre. Cuando obra, Bernardo contempla, y sabemos que en sus viajes permanece absorto totalmente en su visión interior de Dios. Cuando contempla, extrae de su unión a Dios el alimento de su acción y la materia de su predicación...

«Arrebatado a veces a la vida contemplativa, Bernardo no lo es jamás a la contemplación; cuando Dios lo aparta de su monasterio, le deja el modo de llevar con él su soledad y su contemplación. Bernardo es este hombre perfecto, que puede, al mismo tiempo, realizar lo que en otros es sucesivo... El sabe que la más útil de las obras en las que se destaca es la actividad de la oración. La acción y la contempla­ción, igualmente necesarias, son dos formas de caridad; pero la más alta es la contemplación: es la única que vale que se la busque por sí misma; la otra no es fecunda sino por ella... Pero en realidad, concibe estas dos formas de unión a Dios como prolongándose entre sí, y la primera de las dos, aquella que es el principio de la otra, es la contemplación. Esta podría bastarse mientras que, sin ella, la acción sería estéril y vana».

En última instancia, ya contemple, ya actúe, será siempre bajo el señorío de la Caridad, de la Dama Caridad –Domina caritas­–, según le decía al papa Honorio II en una de sus cartas, como un siglo más tarde Francisco de Asís hablará de la Dama Pobreza.

Se ha comparado a San Bernardo con el eje de una rueda. A semejanza del eje que no se mueve, Bernardo vivía inmóvil en su contemplación, pero así como el eje quieto mueve a toda la rueda, de modo similar él ponía en movimiento la entera sociedad. Ya, muchos siglos atrás, había dicho Boecio que así como cuanto más nos acercamos al centro de una rueda, menos movimiento notamos, de manera análoga cuanto más se aproxima un ser finito a la inmóvil naturaleza divina, tanto menos sujeto se ve al destino, que es una imagen móvil de la eterna Providencia.

A la manera del Motor inmóvil, desde el centro fue Bernardo capaz de atender la periferia. Santa Hildegarda se lo dijo en una carta, si bien con otra formulación: «Tú eres móvil, pero sostienes a los otros». Viene aquí al caso aquel espléndido pensamiento de Pascal: «No muestra uno su grandeza por ser una extremidad, sino más bien por tocar las dos a la vez y por llenar todo lo que hay entre ambas».

Con frecuencia lo reprendieron por abandonar la celda y fastidiar a los demás, en vez de dedicarse a la oración –«esos monjes que salen de los claustros para molestar a la Santa Sede y a los Cardenales»–. Pero tales acusaciones, que a menudo llegaban a Roma, apenas si le impresionaban. Y en cuanto al simpático Cardenal que le escribió amonestándolo, le respondió secamente que las voces discordantes que alteran la paz de la Iglesia le parecían ser las de las ranas alborotadoras que atestaban los palacios cardenalicios y pontificios. Bien ha escrito Guénon:

«Entre las grandes figuras de la Edad Media, pocas hay cuyo estudio sea más propio que la de San Bernardo para disipar ciertos prejuicios caros al espíritu moderno. ¿Qué hay, en efecto, más desconcertante para éste que ver un contemplativo puro, que siempre ha querido ser y permanecer tal, llamado a ejercer un papel preponderante en la conducción de los asuntos de la Iglesia y del Estado, y triunfando a menudo allí donde había fracasado toda la prudencia de los políticos y los diplomáticos de profesión?... Toda la vida de San Bernardo podría parecer destinada a mostrar, mediante un ejemplo impre­sionante, que existen para resolver los problemas del orden intelectual e incluso del orden práctico, medios completamente distintos que los que se está habituado desde hace mucho tiempo a considerar como los únicos eficaces, sin duda porque son los únicos al alcance de una sabiduría puramente humana, que no es ni siquiera la sombra de la verdadera sabiduría».

 

Conclusión

He aquí este gran hombre. Su personalidad delata una extraña mezcla de suavidad y de pasión, de ternura y de ardor, de acción y de contemplación, de mansedumbre y de militancia, contradicciones todas que se resuelven en Dios, confiriendo a su fisonomía un encanto particular. Bernardo fue todo lo opuesto a un mediocre.

Por su apego a la humanidad de Cristo, por ser en cierto modo un precursor de la devoción al Corazón de Jesús, se le calificó de melifluo, transformándose su recia figura en la de un santo piadoso, convirtiéndose al místico en un sentimental. Pero Bernardo está muy lejos de ello, así como de cualquier tipo de beatonería o fideísmo. De él es la frase: «No conviene que la esposa del Verbo sea estúpida», esa esposa que es la Iglesia, pero también el alma. Para compensar los abusos que se hacía de aquella melifluidad, el P. Raynaud, S.J., comparó a San Bernardo con una abeja belicosa.

El influjo de Bernardo en la posteridad ha sido realmente formidable. Su tratado De Consideratione en ninguna parte sería reeditado tan frecuentemente como en la Biblioteca del Vaticano, tantos fueron los Papas y los Cardenales que aun en las peores épocas de la decadencia romana quisieron tener ese tratado para inspirarse en él y en su ideal de reforma. Por su parte, el P. Polanco, secretario de San Ignacio de Loyola, queriendo proponer a los miembros de la Compañía de Jesús un modelo de las cartas que habían de escribir, aconsejará que lean las del abad de Claraval.

Bérulle y los autores espirituales de la escuela francesa del siglo XIX, que acordaban tanta importancia a la consideración de los misterios del Verbo encarnado, manifestaron gran aprecio por el santo, así como notables afinidades con algunas de sus enseñanzas. Asimismo encontrarnos en Pascal evidentes resonancias de San Bernardo. No olvidemos que Port‑Royal había sido antes un monasterio cisterciense. El «tú no me buscarías si no me hubieses encontrado ya», está a la letra en el Tratado del amor de Dios».

En tiempos más recientes, durante la primera mitad del siglo XX, Bernardo se convirtió en una especie de símbolo de lo que había sido el poder del espíritu en el período de la Cristiandad­. En lo que hace a nuestro siglo, debemos destacar la resonancia alcanzada por la magnífica obra de Etienne Gilson La Teología mística de San Bernardo, uno de los estudios que mejor han penetrado en la espiritualidad de nuestro santo.

La figura de San Bernardo emerge hoy con toda la plenitud de un arquetipo fascinante. Su capacidad de asimilación de las doctrinas antiguas, para traducirlas enseguida en su lenguaje de fuego, lo hace legible y admirable para todas las épocas. Y la nuestra, que está en busca de la unidad europea, si bien sobre bases no cristianas, podrá apreciar en San Bernardo, como alguien ha dicho, a un gran europeo, que unificó a Europa en torno a acciones trascendentes.

«Tradicional y patrístico –escribe Leclercq–, Bernardo es, al mismo tiempo, plenamente medieval. Es ya moderno o, más exactamente, es de todos los tiempos, porque satisface lo que hay en el hombre de más universal: la necesidad de elevarse por encima de si mismo, para comulgar en una belleza que lo trasciende».

 

 

Bibliografía consultada:

 

Obras completas de San Bernardo de Claraval, en 5 tomos, traducidas del latín con notas aclaratorias y precedidas de la vida del Santo, por el P. Jaime Pons, S.J., Rafael Casulleras, Librero‑Editor, Barcelona, 1925 en adelante. (Hay también una edición de la BAC, Madrid, 1955).

E. Gilson, La Théologie mystique de saint Bernard, 2ª ed., Vrín, Paris, 1947.

AA.VV., Saint Bernard, homme d’Èglise, Desclée de Brouwer, Paris, 1953.

Daniel‑Rops, Saint Bernard et ses fils, Mame, Paris, 1962.

Jean Leclercq, St. Bernard et l’esprit cistercien, Seuil, Paris, 1966.

René Guénon, Saint Bernard, 4ª ed., Ed. Traditionelles, Paris, 1973

 

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