martes, 18 de febrero de 2014

El abandono de los sagrarios acompañados (9) Beato Manuel González García

IX. El abandono del dogma de la Misa

Insistiendo y desarrollando las ideas del anterior capítulo, y sin perder de vista que no escribo un tratado ni doy una clase de teología, sino que echo un rato de conversación con amigos bien intencionados, la sigo con el fin, más que de enterarlos de todo, de meterles ganas y despertarles hambre de que se decidan a enterarse y obren luego en consecuencia.

Nada mejor para esto que dejar aquí apuntados el fin y los caracteres del santo Sacrificio de la Misa.

Este conocimiento pondrá de manifiesto, más que otros encomios, nuestras obligaciones para con la Misa, y en caso contrario, lo grave y funesto de nuestros abandonos.

 

Fin de la Misa

¿Qué fin se propuso nuestro Señor Jesucristo al instituir el augusto Sacrificio de la Misa?

Con esta sola respuesta tendrían la fe y la piedad sobrado campo en que avivarse, ocuparse y extenderse por espacios infinitos.

La Misa se ha hecho por Cristo para esto sólo:

Para dejar a los que el Padre le confió el recuerdo vivo, operativo y eficaz de su redención: Haced esto en memoria mía.

Explico estas palabras. La redención se hizo en el Sacrificio de la Cruz y se aplica en el Sacrificio de la Misa.

Jesucristo, Hijo natural de Dios, hecho hombre, por su Sacrificio en la Cruz se ha ganado, a más de la gloria de su nombre y de su cuerpo resucitado y sentado a la derecha del Padre, el título de sacerdote, único adorador perfecto de la Trinidad augusta. De Víctima de alabanza, acción de gracias, expiación e impetración infinitas. De Mediador único absolutamente eficaz entre Dios y los hombres. De Cabeza y Modelo de todos los elegidos. De Causa meritoria y ejemplar de su gracia y de la gloria del cuerpo y del alma de ellos. De Hermano mayor o Primogénito de todos los hijos de Dios. De Piedra angular del templo en que Dios recibe de la creación entera su mayor gloria. Y de Pastor supremo de innumerables ovejas.

Todo esto ha ganado Cristo Hombre por su Sacrificio y su muerte de Cruz. Y por esto su Sacrificio de la Misa ya no tiene que ganar nada nuevo, sino aplicárnoslo. Y, si vale decirlo así, injertar nuestra alma y nuestro cuerpo en su alma y en su cuerpo gloriosos y honrados con tan altos títulos, realizando, de hecho, en cada uno de nosotros lo que en el Sacrificio de la Cruz no estaba más que como en derecho y en principio.

Y ved ahora, gustad y agradeced hasta el derretimiento estas aplicaciones.

¿En la Cruz Jesucristo se constituye sacerdote y Víctima?

En la Misa, el ministro que celebra, la Iglesia que ofrece y los fieles que participan debidamente, son ¡no os asustéis!, cosacerdotes y covíctimas.

Cada cual, en su medida y a su modo, sacerdotes son que ofrecen y se ofrecen. Sacrifican a Cristo y se sacrifican con Él. Y con Cristo, alaban, agradecen, expían e interceden.

¿En la Cruz, es Jesucristo único Mediador y Cabeza y Modelo y Primogénito y Piedra angular y Pastor?

Por la Misa y por los Sacramentos, que de ella toman virtud 1, yo, pecador y gusano y extremo infinitamente opuesto a Dios, quedo hecho amigo, hijo adoptivo y heredero de Dios, hermano de Jesús y miembro de su Cuerpo místico y piedra viva de su templo viviente y oveja de su rebaño.

Tienen mucho que saborear esas ganancias de la Misa para que os las haga olvidar con otras reflexiones.

¡Lo que nos da una Misa!

 

El gran recuerdo. "¡En memoria mía!"

Para eso, os decía, se ha instituido el Sacrificio de la Misa: "Haced esto en memoria mía" 2. ¡Cómo se adivina, se siente a Dios en esa misteriosa concisión de la palabra de Jesucristo!

En esas únicas palabras con que acompaña, comenta y define el Sacramento augusto de la Eucaristía que acababa de instituir consagrando el pan y el vino, deja instituidos los elementos esenciales de su religión: el Sacrificio, o sea, la repetición perenne hasta su segunda venida, "hasta que venga" 3, del acto que acababa de realizar como recuerdo suyo, y el sacerdocio. "Haced esto" vosotros y vuestros sucesores con el poder que éste mi mandato os confiere. ¡Haced!

 

¿Sólo un recuerdo?

Quizá parezca a alguno que esa palabra recuerdo no expresa todo lo que es, vale y significa la Misa. ¡Es tan relativo el valor de un recuerdo! A los que eso teman, yo les haría una distinción entre:

 

Recuerdos de Dios y recuerdos de hombres

Los hombres se retratan por un rasgo, una palabra, un hecho culminante de sus vidas. Por ejemplo, un guerrero, arrojando desde lo alto de una muralla una espada a unos moros que al pie de ella le presentan a su hijo aprisionado, es Guzmán el Bueno. Una Reina quitándose la corona de su cabeza y las joyas de su pecho para darlas a un sabio vestido de harapos de mendigo, es Isabel la Católica. Así el Dios Hombre, nuestro Jesús, se retrata por este solo hecho: su Sacrificio en la Cruz, que es su obra cumbre, su Obra.

Pues bien, así como el recuerdo de los hombres es la perpetuación de sus rasgos salientes, de sus hechos culminantes, el recuerdo de Jesucristo, lo que Él dejaba y solemne-mente instituía, como recuerdo suyo, tenía que ser la perpetuación de su obra, el Sacrificio de la Cruz.

Por esto la palabra recuerdo dice todo y muy gráficamente lo que es y vale la Misa. La Misa es recuerdo de Jesucristo, pero recuerdo vivo, operativo, eficaz de toda la redención, preparada en su vida terrenal y ganada en su muerte en Cruz y consumada en el cielo. Recuerdo no al estilo de los hombres, que, como son fugaces e inestables, no pueden dejar como recuerdo de ellos y de sus acciones sino señales, símbolos o retratos, cosa muerta o que morirá presto, sino recuerdo al estilo de Dios, que ni se muda, ni se va, ni se acaba, ni se mengua. Y digno de su obra más grande, de su Obra por antonomasia. Recuerdo vivo y siempre vivo como el Corazón y el Espíritu que lo inspiraron. Y, tan semejante a la acción que se intenta perpetuar, que con ella se identifica. Y tan personal, auténtico y característico, que es inconfundible.

Los artistas pintan un cuadro, tallan una escultura, y al pie de aquél y de ésta, estampan su firma.

Los conquistadores levantan arcos y monumentos conmemorativos que perpetúen el recuerdo de sus victorias.

Los sabios bautizan con sus nombres sus inventos y sus teorías. La redención por la Cruz, obra infinitamente más excelsa que la de todos los genios, pedía, merecía una conmemoración digna.

Ésa es nuestra Misa.

El Sacrificio de la Misa es, con respecto al de la Cruz, firma de autenticidad, monumento conmemorativo, título de pertenencia perpetua, pero firma escrita con sangre divina, palpitante cada día, cada hora sobre infinitos calvarios; monumento labrado con carne divina en el acto consecratorio de cada Sacrificio y título tan inconfundible y propio que la más exaltada locura del amor y del genio humano, no podrían ni soñar con aplicárselo.

 

Los caracteres del Sacrificio de la Misa

Fluyen espontáneamente de la noción de recuerdo.

La Misa, ante todo, es:

1º Un Sacrificio verdadero y real, pero relativo, en comparación al Sacrificio absoluto de la Cruz, del que aquél no es más que una reproducción.

2º Sacrificio eucarístico, como dedicado principalmente y sin menoscabo de su carácter latréutico, expiatorio e impetratorio, a dar gracias al Padre celestial del gran beneficio de la reconciliación y de la filiación adoptiva por la incorporación en Cristo.

3º Y Sacrificio aplicativo: destinado no a ofrecer una nueva víctima ni a ofrecer nuevos méritos, sino a aplicar los infinitos, ganados en el Sacrificio de la Cruz.

En resumen: El Sacrificio de la última Cena, el de la Cruz y el de la Misa, no son tres sacrificios, sino uno sólo, o tres oblaciones reales de una sola inmolación: la Cena es la oblación real de Cristo que se ha de inmolar; la Cruz es la oblación real de Cristo inmolándose; La Misa es la oblación real de Cristo inmolado. La primera es el anuncio; la segunda es la inmolación; la tercera es el recuerdo.

¡Qué tesoros nos descubre y regala la sagrada liturgia cuando realiza y exhibe ese fin y esos caracteres en las modalidades por las que hace pasar nuestro Señor la materia de su Sacrificio eucarístico!

Por hoy, quédese en vuestro corazón este grito, que es a la vez una queja.

Recuerdo de la Misa cristiana ¡qué olvidado estás!

 

Notas:

1 PO nº 5, párrafo 2

2 Lc 22,19; 1 Cor 11,24

3 1 Cor 11,26

 

 

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