sábado, 22 de febrero de 2014

Domingo VII durante el año (ciclo a) - San Juan Crisóstomo

LA LEY ANTIGUA PREPARÓ
LA NUEVA
 
1. Por aquí se ve que no hablaba antes del ojo corporal cuando nos mandaba arrancarnos el ojo que nos escandalizara, sino de quien por su amistad nos dañara y nos pudiera preci­pitar al abismo de la perdición. Porque quien ahora llega a tal extremo que no nos permite arrancar el ojo ni al mismo que nos hubiera arrancado el nuestro, ¿cómo pudo poner ley de arrancarnos el propio? Más, si alguno acusa a la antigua ley por mandar esta forma de vindicta, poco sabe, a mi parecer, de la sabiduría que conviene al legislador y mucho desconoce la fuer­za de los tiempos y el provecho de la condescendencia. Porque, si consideramos quiénes eran y en qué disposiciones se hallaban los que esto oían y en qué tiempo recibieron esa ley, no podre­mos menos de alabar la sabiduría del legislador, y veremos que uno solo y mismo legislador es el que mandó lo antiguo y lo nuevo, y que lo uno y lo otro fue mandado muy útilmente y a su debido tiempo. A la verdad, si desde el principio se hu­bieran introducido estos altos y difíciles preceptos del Evangelio, no se hubieran aceptado ni éstos ni aquéllos; pero lo cierto es que, al disponer cada cosa a su debido tiempo, el Señor ha enderezado por unos y otros la tierra entera. Por otra parte, el fin de esta ley no es que andemos arrancándonos los ojos unos a otros, sino detener más bien nuestras manos, pues la amenaza de sufrir tenía que contener el ímpetu de la acción. Y de este modo, mandando que el dañado se vengara con daño igual, el Señor iba ciertamente sembrando casi furtivamente mucha filosofía. A la verdad, mayor castigo merecía el que había empezado esta maldad, y eso hubiera exigido la estricta razón de la justicia; mas como el legislador quería mezclar la benignidad a la justicia, condena al culpable a menos pena de la que merece, con lo que nos enseña a mostrar la mayor mo­deración en el sufrimiento.

 
LA INJURIA QUE SE NOS HACE VIENE DEL DEMONIO
 
Una vez, pues, que el Señor hubo citado la antigua ley y hasta leído en su texto, nos hace ver seguidamente que no es nuestro hermano quien nos ha hecho el agravio, sino el ma­ligno. De ahí que prosiguiera: Pero yo os digo: No resistir al maligno. No dijo: "No resistir al hermano", sino: Al maligno. Con lo que nos dio el Señor a entender que, si nuestro hermano comete esa falta, es porque el demonio le instiga, y, al trasladar la culpa a otro, trata de mitigar y cortar la mayor parte de la ira contra el que materialmente ha obrado. —¿Cómo? ¿Es que no hemos de resistir—me dices—al maligno? —Hemos, ciertamen­te, de resistirle; pero no de ese modo. Hemos de resistirle como Él nos lo mandó: entregándonos a padecer. De este modo, la victoria es infalible. El fuego no se extingue con fuego, sino con agua. Y para que te des cuenta que, aun en la antigua ley, el que sufre es el que mejor vence y a ése se le corona, exa­mina bien el hecho mismo, y verás cómo de él es toda la ven­taja. Porque el que movió primero sus manos inicuas, son dos ojos los que arranca, el de su prójimo y el suyo propio. De ahí que con justicia es de todos aborrecido y sobre él recaen todas las recriminaciones. Más el que ha sido agraviado, aun cuando se vengue con pena igual, nada malo habrá hecho. De ahí que tenga muchos que le compadezcan, puesto caso que, aun des­pués de sacar el ojo al otro, está limpio de toda culpa. De modo que la desgracia es, igual para quien agravia y para quien sufre el agravio; no así el honor ni delante de Dios ni delante de los hombres. De ahí que: ya tampoco la desgracia es igual. Por lo demás, al comienzo de su sermón en la montaña, el Señor había dicho: El que se irrite contra su hermano sin motivo y el que le llame necio, será reo de la gehena del fuego; mas aquí exige mayor filosofía, pues no manda sólo que quien sufre un mal guarde silencio, sino que aquí la perfección ha de ser ma­yor, volviendo a quien nos hiere la otra mejilla. Y esta ley no la sienta sólo sobre el golpe precisamente en la mejilla, sino sobre la paciencia que en todo lo hemos de tener.
 
LA FUERZA DE LA PACIENCIA
 
2. En efecto, al modo que cuando dice: El que llama a su hermano fatuo, será reo de la gehena del fuego, no habla sólo de esta palabra, sino de toda injuria, así aquí, indudablemente, no nos pone solamente ley de sufrir pacientemente una bofe­tada, sino de no turbarnos por nada que hubiéremos de pade­cer. De aquí que en el caso anterior escogió como ejemplo la injuria mayor, y ahora escoge el golpe más ignominioso que se puede recibir, que es un bofetón en la mejilla. No hay insolen­cia más grande. Y, al mandar aquí la mansedumbre, el Señor tiene cuenta así del que da como del que sufre el golpe. Por­que el agraviado, así preparado para obrar filosóficamente, pensará no haber sufrido injuria alguna. Ni cuenta se dará de su ultraje, al pensar que está más bien luchando en el estadio que no recibiendo un golpe ultrajante. Y el que está cometien­do el agravio, avergonzado, no tendrá valor para repetir el golpe, así sea más feroz que una fiera; antes se condenará ín­timamente a sí mismo por el primero. Nada, en efecto, contie­ne tanto a los que hacen mal, como la paciencia con que sus víctimas lo soportan. Y no sólo les contiene para que no pasen en su ímpetu adelante, sino que les hace arrepentirse de lo pasado. Admirando la moderación de sus víctimas, terminará por retirarse, y de enemigos mortales, pasan a ser más que amigos: familiares y esclavos de ellos. Como, al revés, la ven­ganza produce contrarios efectos: a los dos contrincantes los cubre de ignominia, los hace peores y echa leña al incendio de la ira. Tan lejos puede llegar el mal, que se termine catastró­ficamente por una muerte. De ahí que Cristo nos manda no sólo que no nos irritemos al ser abofeteados, sino que le dejemos que sacie en nosotros su rabia, a fin de que no parezca que ni el primer golpe lo sufrimos contra nuestra voluntad. De este modo, por desvergonzado que sea tu ofensor, le has asestado más duro golpe que si le hubieras respondido con tu mano, y de desvergonzado le harás modesto.
 
“DALE TAMBIÉN TU TÚNICA”
 
A quien quiera llevarte a juicio y tomar tu manto, dale tam­bién tu túnica.
No sólo en los golpes, sino también en el desprendimiento de los bienes, quiere el Señor que mostremos heroica paciencia. Como antes nos manda vencer por el sufrimiento, así aquí, des­prendiéndonos más de lo que nuestro contrario nos exige. Sin embargo, esto no lo puso de modo absoluto, sino con una aña­didura. Porque no dijo: “Da tu manto a quien te lo pida”, sino: Al que quiera llevarte a juicio, es decir, arrastrarte a un tribu­nal y formarte pleito. Antes había dicho que no llamáramos necio a nuestro hermano ni nos irritáramos sin motivo; luego, pasando más adelante, exigió algo más, y nos mandó que vol­viéramos la otra mejilla. Aquí, después de decir que nos pongamos de acuerdo con nuestro contrario, nuevamente encarece: también el precepto, pues no sólo nos manda darle lo que quie­ra tomar, sino mostrar generosidad mayor que la que él espera. —¿Cómo?—me dirás—. ¿Tendré entonces que ir yo desnudo? —Si con perfección cumplimos estos preceptos del Señor, no sólo no iremos desnudos, sino mejor vestidos que nadie del mundo. En primer lugar, porque no habrá nadie que con tan malas in­tenciones nos venga a atacar, y luego, porque, dado caso que hubiera alguien tan feroz y desalmado que a tanto llegara, muchos más aparecerían que, a quien tan filosóficamente se portara, le cubrirían no sólo con sus vestidos, sino, de ser ello posible, con su propia carne.
 
LOS PRECEPTOS EVANGÉLICOS NO SON IMPOSIBLES
 
3. Más aun cuando, por cumplir esta filosofía, hubiéramos de andar desnudos, no habría en ello deshonra alguna. Desnudo estaba Adán en el paraíso, y no se avergonzaba. Isaías iba desnudo y descalzo, y era el más ilustre de los judíos, y José nunca fue tan glorioso como cuando se quedó sin manto. Porque no está el mal en ir así desnudos, sino en vestir como ahora nosotros, con trajes tan lujosos. Esto sí que es vergon­zoso y ridículo. De ahí que a aquéllos los alabó Dios y a nos­otros nos reprocha, no sólo por boca de los profetas, sino también de los apóstoles. No pensemos, pues, que los preceptos del Señor son imposibles. En realidad, como seamos vigilantes, no sólo son sobremanera fáciles, sino también provechosos; tanto, que no sólo nos aprovechan a nosotros, sino también, y en sumo grado, a los mismos que pretenden perjudicarnos. Y justamente, privilegio y excelencia suya es que, a par que a nosotros nos persuaden a sufrir el mal pacientemente, por el mismo hecho enseñan a los que nos lo hacen a obrar filosóficamente. Éstos piensan ser magna hazaña quitar los bienes aje­nos; tú les muestras que para ti es cosa ligera darles aún más de lo que piden, y, al oponer a su miseria tu generosidad y a su rapiña tu filosofía, considera la lección que les das, no por palabras, sino por obras, sobre el desprecio de la maldad y el amor de la virtud. A la verdad, Dios no quiere que seamos útiles sólo a nosotros mismos, sino también a nuestros prójimos todos. Ahora bien, si das para no ser juzgado, has buscado sólo tu utilidad; pero, si añades también lo otro, tu contrario se irá de tú lado mejorado. Tal es por su naturaleza la sal, que el Señor quiere seamos: se conserva a sí misma y conserva juntamente los cuerpos en que se esparce. Tal es también el ojo que mira para sí mismo y juntamente para los otros miem­bros. Ya, pues, que a ti te ha puesto el Señor en ese orden de la sal y del ojo, ilumina al que está entre tinieblas y hazle com­prender que ni aun lo primero te lo quitó a la fuerza. Persuá­dele que no te ha perjudicado. De este modo, demostrándole que fue gracia que le hiciste y no rapiña que sufriste, tú mis­mo serás más digno de respeto y veneración. Haz, pues, por tu modestia, de lo que fue pecado suyo, acto de liberalidad tuya.
 
“VE CON ÉL DOS"
 
Más, si esto te parece grande, espera y verás claramente que todavía no has llegado a la última perfección. Porque el Señor, que nos está dando las leyes de la paciencia, no se para aquí siquiera, sino que prosigue más adelante, diciendo: Si alguien te engancha para una milla, anda con él dos. ¡Mirad qué extre­mo de filosofía! Porque si, aun después de darle el manto y la túnica, nuestro enemigo quiere valerse de nuestra propia per­sona, sin vestidos, para fatigas y trabajos, ni aun en ese caso hay que impedírselo—nos dice el Señor—. Todo quiere que lo poseamos en común; no sólo nuestras riquezas, sino también nuestros cuerpos, para poner las unas a disposición de los ne­cesitados, y los otros, de quienes nos insultan. Lo uno es acto de misericordia; lo otro, de valor. De ahí que diga: Si alguien te engancha para andar una milla, ve con él dos. Lo cual es levantarnos más alto y mandarnos mostrar la misma liberalidad que antes. Ahora bien, si lo que al principio de su discurso dijo, con ser muy inferior a lo que nos manda ahora, tan gran­des bienaventuranzas merece, considerad la suerte que está re­servada a quienes estas obras practican y, antes de la recom­pensa eterna, pensad qué tales han de ser quienes, en cuerpo humano y pasible, realizan la impasibilidad más completa. Con­siderad, en efecto, qué alma han de tener quienes no se dejan impresionar ni por las injurias y golpes ni por la pérdida de las riquezas, y que a nada semejante se rinden, sino que el agra­vio mismo los hace más generosos. De ahí que el Señor nos manda que hagamos aquí lo mismo que mandó en el caso de las injurias y de los bienes. Porque ¿qué digo—dice—si te in­jurian y quitan lo tuyo? Aun cuando de tu propio cuerpo quiera valerse para trabajos y fatigas, y eso contra toda justicia, vendrá también en ello y pasa más allá de lo que te pide su injusto deseo. Porque eso quiere decir enganchar": arrastrar a uno injustamente y sin razón alguna y dañándole. Y, sin em­bargo, aun para eso has de estar preparado y sufrir aún más de lo que el otro quiera hacerte.
 
“A TODO EL QUE TE PIDA, DALE”
 
Al que te pida, dale, y no te apartes del que quiera tomar de ti prestado. El precepto parece inferior a los pasa­dos; pero no te sorprendas, pues así suele hacerlo siempre el Señor, que mezcla lo grande con lo pequeño. Más si este pre­cepto es pequeño en comparación de los otros, escúchenlo los que toman lo ajeno y luego lo dilapidan con las rameras. Con lo que se encienden contra sí mismos doble hoguera: una, por su inicua ganancia; otra, por el pernicioso empleo que de ella hacen. Por lo demás, el préstamo de que aquí se habla no es un contrato de usura, sino el uso simplemente de las cosas. Y en otro pasaje encarece más lo mismo, al decirnos que demos prestado a aquellos de quienes no esperemos recibir nada.
 
EL AMOR DE LOS ENEMIGOS
 
Oísteis que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os calumnian y persiguen. Bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, a fin de que seáis semejantes a vuestro Padre, que está en los cielos. Porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos. ¡He aquí cómo pone el Señor el coronamiento de todos los bienes! Porque, si nos enseña no sólo a sufrir pacientemente una bofetada, sino a volver la otra mejilla; no sólo a soltar el manto, sino a añadir la túnica; no sólo a andar la milla a que nos fuerzan, sino otra más por nuestra cuenta, todo ello es porque quiere que recibas como la cosa más fácil algo muy superior a todo eso. —¿Y qué hay—me dices—superior a eso? —Que a quien todos esos desafueros cometa con nosotros, no le tengamos ni por enemigo. Y todavía algo más que eso. Porque no dijo: No le aborrecerás, sino: Le amarás. Ni dijo: No le ha­gas daño, sino: Hazle bien.
 
GRADOS DE LA PERFECCIÓN CRISTIANA:
ORAR POR LOS ENEMIGOS
 
4. Mas, si atentamente examinamos las palabras del Señor, aún descubriremos algo más subido que todo lo dicho. Porque no nos mandó simplemente amar a quienes nos aborrecen, sino también rogar por ellos. ¡Mirad por cuántos escalones ha ido subiendo y cómo ha terminado por colocarnos en la cúspide de la virtud! Contémoslos de abajo arriba. El primer escalón es que no hagamos por nuestra cuenta mal a nadie. El segundo, que, si a nosotros se nos hace, no volvamos mal por mal. El tercero, no hacer a quien nos haya perjudicado lo mismo que a nosotros se nos hizo. El cuarto, ofrecerse uno mis­mo para sufrir. El quinto, dar más de lo que el ofensor pide de nosotros. El sexto, no aborrecer a quien todo eso hace. El séptimo, amarle. El octavo, hacerle beneficios. El noveno, ro­gar a Dios por él. ¡He aquí una cima filosófica! De ahí también el espléndido premio que se le promete. Como el precepto es tan grande y pide un alma tan generosa y un esfuerzo tan le­vantado, también el galardón es tal como a ninguno de sus anteriores mandatos lo propuso el Señor. Porque aquí ya no habla de poseer la tierra, como se prometo a los mansos; no de alcanzar consuelo y misericordia, como los que lloran y los misericordiosos; ni siquiera se nos habla del reino de los cielos, sino de algo más sublime que todo eso y que bien puede hacer­nos estremecer: se nos promete ser semejantes a Dios, cuanto cabe que lo sean los hombres: A fin—dice—de que seáis seme­jantes a vuestro Padre, que está en los cielos. Mas observad, os ruego, cómo ni aquí ni antes llama a Dios Padre propia­mente suyo. Antes, cuando habló de los juramentos, nos habló del trono de Dios y de la ciudad del gran Rey; aquí nos habla de vuestro Padre. Al hablar así, no hace sino reservar para el momento oportuno la doctrina sobre su propia filiación di­vina. Seguidamente, como quien explica en qué consiste nues­tra semejanza con nuestro Padre de los cielos, dice: Porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos injustos. Porque al—dice—no sólo no aborrece, sino que, antes bien, ama a los mismos que le injurian. Y, sin embargo, en modo alguno pueden equipararse los casos de ofensa del hombre y ofensa de Dios, no sólo por la grandeza sin par de los beneficios, sino por la excelencia suma de la dignidad divi­na. Tú, al cabo, eres despreciado por quien es esclavo como tú; pero Dios lo es por su propio esclavo, y a quien ha dispen­sado infinitos beneficios. Tú, si ruegas por tu enemigo, no les das más que palabras; Dios, empero, le ofrece grandes y admi­rables cosas: el sol que diariamente enciende y las lluvias que le envía todos los años. Y, sin embargo—te dice—, yo te con­cedo que seas igual que Dios, en cuanto cabe que lo sea un hombre. No aborrezcas, pues, a quien te hace mal, pues te acarrea tan grandes bienes y te levanta a tan alto honor. No maldigas a quien te calumnia. En caso contrario, sufrirás el trabajo y te privarás del premio. Te llevarás el daño y perderás la recompensa. Locura suma: haber sufrido lo más y no poder soportar lo menos.
 
EL EJEMPLO DEL SEÑOR HACE FÁCIL ESTE PRECEPTO
 
—Mas ¿cómo es posible—me dices—llegar a amar a nuestros enemigos y rogar por ellos? —Después de ver a Dios hecho hom­bre, después que tanto se ha Él abajado, después que tanto ha padecido por ti, ¿todavía preguntas y dudas si es posible que un esclavo perdone sus agravios a esclavos como él? ¿No oyes al Señor mismo, que dice desde la cruz: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen? ¿No oyes a Pablo, que nos enseña: El que subió al cielo y está sentado a la diestra del Padre, intercede por nosotros? ¿No ves cómo, después de sufrir la cruz y de subir al cielo, a los mismos judíos que les habían quitado la vida les envió sus apóstoles, que iban a lle­varles infinitos bienes a sabiendas de que habían de sufrir de parte de ellos infinitos males? ¡Pero tú has sufrido tan gran­des injusticias! ¿Y qué has sufrido de tan grande que pueda compararse a lo que sufrió tu Señor, que fue maniatado, abo­feteado, azotado, por viles criados escupido, que después de haber hecho infinitos beneficios sufrió la muerte más ignominiosa de todas las muertes? Si has sufrido grandes injusticias, por eso principalmente has de hacer bien a quien te hizo mal, pues de ese modo te harás a ti más glorioso y librarás a tu hermano de la más grave enfermedad. Los médicos, cuando son acoceados e insultados por los enfermos frenéticos, entonces es cuando más los compadecen y con más arrestos se disponen a su curación, pues saben que la insolencia nace de la gravedad misma de la enfermedad. Pues piensa tú también así acerca de los que te arman sus asechanzas y pórtate así también con tus ofensores. Ellos son los verdaderos enfermos; ellos los que sufren todo linaje de violencia. Líbrale, pues, de este grave daño, ayúdale a que arroje toda su ira, haz que se vea suelto de ese terrible demonio que es la cólera. A la verdad cuando vemos a un ende­moniado, lo que hacemos es llorar, no empeñarnos también nos­otros en estar endemoniados. Hagamos eso mismo ahora con los iracundos, pues a los endemoniados se asemejan y hasta son más miserables que ellos, como quienes se dan cuenta de su propio furor. De ahí también que sea imperdonable su locura.
 
AYUDEMOS AL QUE SE VE DOMINADO POR SU PASIÓN
 
5. No te arrojes, pues, sobre el que yace en tierra; com­padécele más bien. Cuando vemos a un infeliz molestado por la bilis que le hace sentir vértigo y que pugna por arrojar de sí ese mal humor, le tendemos la mano, aguantamos sus espas­mos y, aunque nos manche el vestido, no nos alejamos. Sólo una cosa buscamos, y es librar al pobre enfermo de aquella su terrible angustia. Hagamos eso mismo con esotros enfermos del alma y soportemos sus vómitos y espasmos. No los aban­donemos en tanto no hayan expelido toda su amargura. Lue­go, cuando el ataque haya pasado, verás cómo te dan las gracias; entonces se darán claramente cuenta de la grave per­turbación de que los has librado. Mas ¿qué digo que te darán ellos las gracias? Dios mismo te coronará inmediatamente y te recompensará con bienes infinitos, por haber librado a tu hermano de tan grave enfermedad, y éste te honrará como a su señor, reverenciando en todo tiempo tu moderación. ¿No has visto cómo muerden las mujeres parturientas a las que las asisten y éstas no lo sienten? Mejor dicho, lo sienten cierta­mente, pero lo sufren pacientemente, y compadecen a las otras, a quienes el dolor saca de sí mismas. A ésas debes imitar tú, y no ser más flaco que una mujer. Cuando aquellas mujeres hayan dado a luz (pues esos hombres son más pusilánimes que mujeres), entonces verán en ti al hombre. Más, si después de todos estos preceptos te parecen pesados, considera que para plantarlos en nuestras almas vino Cristo a la tierra, y hacernos así provechosos a enemigos y amigos. De unos y otros nos manda que nos cuidemos. De nuestros hermanos, cuando dice: Si ofreces tu ofrenda en el altar...;de los enemigos, cuando nos pone ley de que los amemos y roguemos por ellos.
 
TAMBIÉN LOS PUBLICANOS HACEN ESO
 
Y no nos incita sólo por el ejemplo de Dios a amar a quie­nes nos aborrecen, sino también por el ejemplo contrario.Por­que si amáis—dice--a los que os aman, ¿qué galardón mere­céis? ¿No hacen eso mismo también los publicanos?Esto dice también Pablo: Todavía no habéis resistido hasta la sangre luchando contra el pecado.
Así pues, si amas a quienes no te aman, estás de la parte de Dios; si sólo amas a quien a ti te ama, con los publicanos. ¿Veis como no es tanta la grandeza de los preceptos, cuanta la diferencia de las personas? No miremos, pues, la dificultad del precepto, sino consideremos también su recompensa; consideremos a quién nos parecernos si lo cumplimos, y a quién si lo infringimos. Ahora bien, con nuestro hermano, el Señor nos manda que nos reconciliemos y no cejar en el empeño hasta que la enemistad quede anulada. Más ahora que nos habla de todos, no nos somete a esa necesidad, sino que sólo nos exige lo que está de nuestra parte, con lo que hace más fácil el cum­plimiento de esta ley. Como había dicho el Señor de los judíos: De este modo persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros; a fin de que por este motivo no quedara en sus discípulos algún resentimiento contra ellos, mándales no sólo sufrir, sino amar también a quienes tales cosas hacen.
 
RECAPITULACIÓN DE LA ENSEÑANZA DE JESÚS
 
¿Veis cuán de raíz arranca el Señor la ira, la concupiscen­cia de la carne, la codicia de las riquezas, la ambición de la gloria y el amor a la vida presente? Porque todo eso lo ha hecho desde el comienzo de su discurso, y eso hace ahora prin­cipalmente. En efecto, el pobre de espíritu, el manso y el que llora, están limpios de ira; el justo y misericordioso, de codi­cia de riquezas; el puro de corazón se libra del mal deseo; el perseguido, el que sufre las injurias, el que es maldecido, ejer­cita ya todo el desprecio de la presente vida y está limpio de todo orgullo y vanagloria. Ya había el Señor desatado a sus oyentes de estas cadenas y los había ungido para el combate; mas ahora arranca nuevamente estas pasiones, y más a fondo aún que antes. Y así empezó por la ira, y por todos lados le corta los nervios y dice: "El que se irrite contra su hermano y le llame necio y taca, que sea castigado. Y el que ofrece su ofrenda, no se acerque a la mesa divina antes de haber puesto término a la enemistad. Y el que tenga un contrario, hágaselo amigo antes de llegar al tribunal". Luego pasa a la concupis­cencia. ¿Y qué dice? “El que mire con ojos intemperantes, sea castigado como adúltero. El que fuere escandalizado por una mujer deshonesta o por un hombre o por otro cualquiera de sus allegados, arránqueselos a todos ésos. El que tiene a la mujer por ley de matrimonio, jamás ha de repudiarla y buscar otra”. Y por estos medios mató la raíz del mal deseo. Seguidamente, reprime el amor de las riquezas, mandándonos no jurar ni mentir ni sentir apego a la misma pobre túnica de que vaya­mos vestidos, sino dar más bien el manto a quien nos lo quiera quitar y aun poner a su disposición nuestra persona. Modos radicales de suprimir todo amor a las riquezas.
 
 
 
ROGAR POR NUESTROS ENEMIGOS,
CUMBRE DE LA PERFECCIÓN
 
6. En fin, después de todo esto, el Señor pone la más bella corona a todos sus preceptos, diciendo: Rogad por los que os calumnian, con lo que nos levanta a la más alta cima de la filosofía. Más es, en efecto, sufrir pacientemente un bofetón que ser simplemente mansos; más es dejar manto y túnica jun­tamente que no ser misericordioso: más es sufrir al que comete con nosotros injusticia que no ser simplemente justo; más es seguir al que nos ha abofeteado y luego nos engancha, que no ser simplemente pacífico; más es, en fin, bendecir al que per­sigue que ser simplemente perseguido. ¿Veis cómo poco a poco nos ha ido el Señor levantando hasta la cúpula misma de los cielos? ¿Qué castigo, pues, no mereceríamos si cuando se nos manda tomar a Dios por dechado no llegamos quizá a igualar ni a los publicanos? Amar a quienes nos aman, cosa es de pu­blicanos, de pecadores y de gentiles. ¿Qué castigo, pues, no sufriremos, si ni eso siquiera hacemos? Y no lo hacemos desde el momento que envidiamos la gloria de nuestros hermanos. Se nos ha mandado sobrepasar la justicia de escribas y fariseos, y nos quedamos por bajo de los publicanos. ¿Cómo, pues, de­cidme por favor, veremos el reino de los cielos? ¿Cómo pisa­remos aquellos celestes umbrales, si en nada les ganamos a los publicanos? Esto, en efecto, quiso significar el Señor cuando dijo:¿Acaso no hacen eso mismo los publicanos?
 
EL SEÑOR HABLA MÁS DE PREMIOS QUE DE TESTIGOS
 
Lo que señaladamente cabe admirar en la enseñanza del Señor es que en todas partes pone muy preferentemente los premios de los combates a que nos invita. Por ejemplo, ver a Dios, heredar el reino de los cielos, llegar a ser hijos de Dios y semejantes a él, alcanzar misericordia, ser consolados, tener más grande paga en los cielos. Mas, si hay alguna vez que men­tar cosas tristes, lo hace con mucha parsimonia. Así, sólo una vez en tan largos razonamientos aparece el nombre de la gehena o infierno. De otros medios veladamente, se vale, y siempre hablando más bien para confundir que para amenazar, para corregir a sus oyentes. Por ejemplo, cuando dice: ¿Nohacen eso mismo los publicanos? Y: Si la sal se torna insípida. Y: Será llamado mínimo en el reino de los cielos. No faltan veces en que pone el Señor por todo castigo el pecado mismo, ha­ciéndoles comprender a sus oyentes la enorme carga que se echan encima. Por ejemplo, cuando dice: Ya cometió un adul­terio en su corazón. Y: El que repudia a su mujer, la hace adul­terar. Y: Y todo lo que de aquí se sale, del maligno procede. Para quienes tienen inteligencia, la grandeza misma del peca­do, mejor que otro castigo, basta para hacerles entrar en razón. De ahí también que aquí ponga el Señor delante a los publi­canos, pues quiere confundir a sus discípulos con la calidad de tales personas. Es lo mismo que hacía Pablo, cuando decía: No os entristezcáis como los otros, que no tienen esperanza. Y: A la manera de los gentiles, que no conocen a Dios. Y para hacer ver que no pide nada extraordinario, sino poco más de lo acostumbrado, dice: ¿No hacen eso mismo hasta los gen­tiles? Sin embargo, no detiene aquí su palabra, sino que ter­mina también en la recompensa y en las buenas esperanzas, diciendo: Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial. El nombre del cielo está como sembrado por todo su discurso, y por el lugar mismo trata de levantar los pensamientos de sus oyentes. Es que sus disposiciones, por de pronto, eran muy dé­biles y groseras.
 
DEBEMOS PREVENIR A NUESTROS ENEMIGOS
 
Considerando todo lo dicho, mostremos grande amor aun para con nuestros enemigos y desterremos la ridícula costum­bre de mucha gente insensata, que esperan siempre, al encontrarse con otros, que sean los otros quienes primero los salu­den. Dichosos quienes tal necedad eviten; ridículos quienes la sigan. ¿Por qué, pues, no, has de ser tú el primero en saludar? —Porque es lo que el otro está esperando—me contestas—. Pues por eso justamente debieras tú adelantarle, y ganarte así la corona. —No—me dices—, porque eso es lo que el otro pretende. —¿Y puede haber insensatez mayor que ésta? Porque el otro—dices—tiene interés en que yo me lleve la recompensa, yo no me quiero aprovechar de tan bonita ocasión. Ahora bien, si el otro te saluda primero, ningún mérito tienes tú ya en contestarle; mas, si eres tú quien te adelantas, has hecho un negocio de su orgullo y has cosechado copioso fruto de su presunción. ¿Cómo no calificar, pues, de insensatez suma abandonar una ganancia que no ha de costarnos más que unas palabras, y con­denar, por otra parte, en el prójimo lo mismo que tú estás ha­ciendo? Tú acusas a tu contrario de que espere que otro le salude primero. ¿Cómo, pues, imitas lo que reprendes, y lo que dices estar mal, tú pones tanto empeño en imitarlo como si es­tuviera bien? ¿Veis como no hay cosa más insensata que un hombre que vive en la maldad? Por eso yo os exhorto a huir de esa costumbre perniciosa y ridícula, pues ese vicio ha echa­do por tierra mil amistades y producido otras tantas enemista­des. Por eso precisamente, adelantémonos nosotros a los demás. Porque quienes tenemos mandato de dejarnos abofetear y enganchar y desnudar, ¿qué perdón mereceríamos si, en un simple saludo, mostráramos tanta terquedad? —Es que—me replicas—, si hacemos esa gracia a nuestro hombre, nos desprecia y vilipendia. —¿Y porque no te desprecie un hombre, ofendes tú a Dios? ¿Y porque no te desprecie un loco esclavo como tú, desprecias tú a tu Señor, que te ha hecho tantos beneficios? Porque, si ya es absurdo que desprecies a un igual tuyo, mu­cho más que te atrevas a despreciar al Dios mismo que te ha criado. Y considera juntamente con ello que, con despreciarte, lo que hace es procurarte mayor corona; pues por Dios, por la obediencia a sus leyes, sufres tales desprecios. ¿Qué honor y qué diademas no merecerán esos desprecios? Por mi parte, antes quisiera ser injuriado y despreciado por amor de Dios que no ser honrado de todos los reyes de la tierra. Porque nada, nada hay que iguale a esa gloria.
 
EXHORTACIÓN FINAL: DESPRECIAR TODO LO HUMANO
 
A esa gloria, pues, aspiremos, tal como el Señor nos lo ha mandado. No hagamos caso alguno de las cosas humanas y ordenemos nuestra vida, dando en todo pruebas de la más perfecta filosofía. En ese caso, ya desde ahora gozaremos de los bienes y coronas celestes, caminando como ángeles entre los libres de toda concupiscencia, ajenos a toda perturbación. Y hombres, estando sobre la tierra como potestades angélicas, juntamente con todo esto, recibiremos también los bienes ine­fables. Los cuales, así los alcancemos todos por la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria, el poder y la adoración, juntamente con el Padre sin principios y el santo y buen Espíritu, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
 
SAN JUAN CRISÓSTOMOHomilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), Homilía 18, 1-6, BAC Madrid 1955, 367-86
 


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