domingo, 16 de febrero de 2014

Domingo VI tiempo ordinario (ciclo a) - San Juan Crisóstomo

San Juan Crisóstomo
HOMILIA 16
No penséis que he
venido a destruir
la ley y los profetas (Mt 5,17ss).
 
 

MIRAMIENTOS QUE TIENE EL SEÑOR A LOS JUDIOS

1. ¿Y quién había tenido esa sospecha? ¿Quién se lo había echado en cara para que se adelantara a refutarlo ?De lo anteriormente dicho, no podía nacer sospecha semejante. Mandar, en efecto, ser mansos, modestos, misericordiosos y limpios de corazón; mandar luchar por la justicia, no delataba en modo alguno esa intención, sino todo lo contrario. ¿Por qué, pues, finalmente, dijo el Señor esas palabras? —No fue, ciertamente, al azar y sin motivo. Había Él venido a sentar preceptos muy superiores a los antiguos; por ejemplo, cuando dijo: Oísteis que se dijo a los antiguos: No matarás, Pero yo os digo: No os irritéis siquiera. Iba, en verdad, a abrir el camino de una vida divina y celestial. Pues porque la novedad no turbara el alma de sus oyentes y les hiciera dudar de sus palabras tomó el Señor con ellos esta cautela previa. Porque si es cierto que los judíos no cumplían la ley, pero sentían gran veneración por ella, y aun cuando diariamente la infringían de hecho, querían que la letra permaneciera inalterable y nada se le añadiera. O, por decir mejor, consentían que sus sumos sacerdotes añadieran muchas cosas a la ley, y, cierto, no para mejorarla, sino para empeorarla. Con sus añadiduras, en efecto, habían poco menos que destruido el honor debido a los padres; y por el estilo habían eliminado muchos otros de sus preceptos por tales redundancias. Ahora bien, como Cristo no pertenecía a la tribu sacerdotal y lo que Él iba a introducir era una añadidura, no ciertamente que rebajase la ley, sino que la realzaría en su virtud, sabiendo Él que uno y otro motivo los había de turbar, antes de dictar Él aquellas sus leyes maravillosas, trata de disipar el reparo que había de surgir en su espíritu. ¿Y qué reparo surgiría y se le opondría? Pensar que todo aquello lo hacía para destruir los antiguos preceptos u ordenaciones legales. Esta sospecha es la que trata el Señor de curar en sus oyentes. Y así procede no sólo aquí, sino en muchas otras ocasiones. En efecto, como en otra ocasión le tuvieran por enemigo de Dios por no guardar el sábado, también entonces, para curar en ellos tal sospecha, les alega razones en su defensa, unas que decían con su dignidad de Hijo, por ejemplo, cuando les decía: Mi Padre, hasta ahora está trabajando y yo también trabajo . Otras son pura muestra de su condescendencia; por ejemplo, cuando les habla de la bestia que se pierde en sábado y les hace ver cómo por salvarla se infringe la ley. Y por la misma razón les recuerda la circuncisión, por la que también se quebranta el sábado. De ahí es justamente que muchas veces pronuncia el Señor palabras demasiado humildes, pues quiere a todo trance destruir la sospecha de ser Él enemigo de Dios. Así, el que con sola su palabra había resucitado a infinitos muertos, cuando llamó a Lázaro del sepulcro, añadió una oración. Luego, porque eso no se tomara por prueba de su inferioridad respecto al Padre, corrigiendo toda sospecha, añadió: Esto he dicho por razón de la muchedumbre que me rodea, a fin de que crean que tú me has enviado. Y, en general, ni todo lo hace el Señor como por propia autoridad—con lo que corrige la flaqueza de los judíos—, ni tampoco acude siempre a la oración—con lo que no quiere dejar a los por venir la mala sospecha de obrar así por debilidad e impotencia—, sino que mezcla poder con oración, y oración con poder. Y ni aun eso lo hace al azar, sino con la prudencia que con Él dice. Las cosas mayores, en efecto, las hace con autoridad, y en las menores levanta sus ojos al cielo. Así, para perdonar los pecados, para descubrir los íntimos secretos, para abrir el paraíso, para expulsar los demonios, para curar los leprosos, para poner freno a la muerte, para resucitar muertos sin número, le basta con un mandato de su querer. En cambio, cuando se trataba de cosa más sencilla, como multiplicar unos pocos panes, entonces es cuando miró al cielo. Con lo que muy bien hacía ver que no obraba así por debilidad. El que por propia autoridad podía hacer lo más, ¿qué necesidad tenía de oración en lo menos? Y es que, como antes he dicho, el Señor obra así para cerrar la boca a la impudencia de los judíos. Lo mismo hay que pensar de sus palabras, cuando le oímos hablar bajamente de sí mismo. Realmente, muchas causas había para hablar y obrar de esa manera. He aquí algunas: que no se le tuviera por ajeno a Dios, su deseo de curar y enseñar a todos, la enseñanza particularmente de la humildad, estar Él revestido de carne, la imposibilidad de que los judíos lo oyeran todo de vez, el enseñarnos, en fin, a no hablar nada grande de nosotros mismos. Por todas estas razones habló muchas veces el Señor humildemente de sí mismo y dejó que fueran otros los que pregonaran sus grandezas.

 

DE CÓMO SUS DISCÍPULOS DICEN DEL SEÑOR MÁS DE LO QUE ÉL MISMO DIJO DE SÍ MISMO

2. Jesús mismo, disputando con los judíos, les dijo: Antes de que Abrahán fuera, soy yo. No así su discípulo, sino: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba cerca de Dios, y el Verbo era Dios. Además, que Él hubiera hecho el cielo y la tierra y el mar, y todo lo visible y lo invisible, jamás lo dijo claramente por sí mismo; el discípulo, empero, con absoluta libertad y sin disimulo alguno, lo afirma una, y dos, y muchas veces: Todo fue hecho por El, y sin Él nada fue hecho de cuanto fue hecho. Y: En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por Él. ¿Y qué tiene de extraño que otros digan de Él mayores cosas que las que Él mismo dice, cuando sus mismas obras demuestran cosas que Él no dijo nunca claramente con sus palabras? Que fue Él mismo el que hizo al hombre, lo dio claramente a entender en la curación del ciego de nacimiento. En cambio, cuando habló de la formación del primer hombre al principio, no dijo: "Yo los hice", sino: El que los hizo, macho y hembra los hizo. Además, que El es el que creó el mundo y cuanto hay en él, bien lo demostró por los milagros de la multiplicación de los panes y de los peces, por la transformación del agua en vino, por la tempestad calmada en el mar, por el resplandor que irradió en el Tabor, y por tantos otros más; pero con palabras, jamás lo afirmó claramente. Son sus discípulos; Juan, Pablo y Pedro, quienes lo repiten a cada paso. Ahora bien, si los apóstoles, que le estaban oyendo hablar día y noche, que le veían hacer los milagros, a quienes Él en particular resolvía muchas dificultades, a quienes concedió tan grande poder, que resucitaban a los muertos; a quienes hizo tan perfectos que todo lo abandonaron por su amor; si ellos, pues, después de tan gran virtud y filosofía, no podían llevar la carga de toda la enseñanza del Señor antes de dárseles el Espíritu Santo, ¿cómo el pueblo judío—un pueblo sin inteligencia, desprovisto de virtud, que por casualidad oía las palabras o veía las obras de Jesús—, cómo, digo, un pueblo así no había de creer que Cristo era contrario a Dios, de no haber Él usado con ellos de toda esa condescendencia y miramiento? Por eso, cuando estaba aboliendo el sábado, no introdujo autoritativamente otra ley equivalente, sino primero presentó muchos y muy varios motivos en su defensa. Si, pues, cuando se trataba de derogar un solo precepto, usa el Señor de tal miramiento en sus palabras a fin de no herir a sus oyentes, ahora que se propone sustituir una ley íntegramente a otra ley, necesita de mucha mayor preparación y cuidado para no turbar tampoco a los que entonces le escuchaban. Por esta misma razón indudablemente, no en muchas partes se ve que hable claramente el Señor de su propia divinidad. Porque, si una añadidura a la ley los alborotaba, ¿qué hubiera sido afirmar de sí mismo que era Dios? De ahí que muchas veces habla el Señor muy por bajo de su propia dignidad. Así también aquí, cuando se dispone a añadir sus preceptos a la antigua ley, usa de mucha cautela previa. Porque no dijo una sola vez que no venía a destruir la ley, sino que lo volvió a repetir y hasta añadió otra cosa mayor. Así, habiendo dicho: No penséis que he venido a destruir la ley, seguidamente añade: No he venido a destruirla, sino a cumplirla. Con esto no sólo cierra el paso a la impudencia de los judíos, sino que cose también la boca de los herejes que afirman venir del diablo la ley antigua. Porque, si Cristo vino a destruir la tiranía del diablo, ¿cómo es que no sólo no destruye la ley, sino que la cumple? Porque no sólo dijo que no la destruía—y con eso bastaba—, sino que la cumplía. Lo cual no dice con quien es contrario a la ley, sino con quien la aplaude.

 

DE QUÉ MANERA CUMPLIÓ EL SEÑOR LA LEY Y LOS PROFETAS
Pero me dirás: —¿Y cómo no destruyó Cristo la ley y cómo la cumplió a par de los profetas? —Los profetas, ante todo, porque con sus obras confirmó cuanto aquéllos habían dicho de Él. De ahí que diga a cada paso el evangelista: Porque se cumpliera lo que fue dicho por el profeta. Así cuando nació virginalmente, así cuando los niños entonaron aquel maravilloso cántico en su honor, así cuando montó en la borrica, y en tantos casos más. En todos se cumplió alguna profecía. Todo lo cual hubiera quedado incumplido si Él no hubiera venido. En cuanto a la ley, no la cumplió de una sola manera, sino de dos y hasta de tres maneras. Primero, por no haber traspasado ninguno de sus preceptos. Así, que los cumplió todos, oye cómo lo dice a Juan: De este modo nos conviene cumplir toda justicia. Y a los judíos les decía: ¿Quién de vosotros me convencerá de pecado? Y otra vez a sus discípulos: Viene el príncipe de este mundo y nada tiene que ver conmigo. Y de antiguo había ya dicho el profeta: Que no cometió pecado. He ahí el primer modo como cumplió el Señor la ley. El segundo fue haberla cumplido por nosotros. Porque ahí está la maravilla, que no sólo la cumplió El, sino que nos concedió también a nosotros gracia para cumplirla. Es lo que Pablo declaró cuando dijo: El fin de la ley es Cristo para justicia a todo creyente. Y dijo también que Cristo había condenado al pecado en su carne, a fin de que la justificación de la ley se cumpliera en nosotros, que no caminamos según la carne. Y otra vez: ¿Derogamos, pues, la ley por medio de la fe? ¡Dios nos libre! Lo que hacemos es establecer ley, Y es que, como la ley intentaba hacer justo al hombre, pero era impotente para ello, vino el Señor y, trayéndonos el modo de justificación por la fe, confirmó el intento de la ley, y lo que ésta no logró por la letra, Él lo consiguió por la fe. De ahí que pueda decir: No he venido a destruir, la ley.

 

LOS PRECEPTOS DE CRISTO

SON COMPLEMENTO DE LA ANTIGUA LEY

3. Más, si lo examinamos con diligencia; aun hallaremos un tercer modo como Cristo cumplió la ley. —¿Qué modo es ése? —La misma ley suya que estaba ahora para proclamar. Porque lo que Él dice no es derogación de lo antiguo, sino su perfección y complemento. Así, el precepto de no airarse no, es derogación, sino perfección y mayor reparo del mandamiento de no matar. Y así de todos los demás. En realidad, la semilla de lo que ahora va a legislar, ya la había El echado anteriormente sin suscitar sospecha alguna; más ahora que con toda claridad va a poner en parangón la antigua y nueva ley, y podía surgir la sospecha de oposición, usa de esa precaución.
Para quien supiera verlo, efectivamente, sus palabras anteriores llevan en germen lo que iba a seguir. Así, decir: Bienaventurados los pobres de espíritu, equivale al precepto posterior de no irritarse; y decir: Bienaventurados los limpios de corazón, al no mirar a una mujer para desearla; y lo de: Bienaventurados los misericordiosos, armoniza con lo de: No atesoréis tesoros sobre la tierra; y el llorar y ser perseguidos y sufrir injurias, tanto vale como entrar por la puerta estrecha; y tener hambre y sed de la justicia, no otra cosa es que la regla de oro que luego ha de darnos: Cuanto queráis que los hombres os hagan a vosotros, hacédselo también vosotros a ellos; y haber proclamado bienaventurados a los pacíficos, viene a ser lo mismo que lo que luego nos manda de dejar la ofrenda sobre el altar y correr a reconciliarnos con el hermano ofendido; y lo otro de entendernos con nuestro contrincante. La diferencia está en que en las bienaventuranzas pone los premios de los que las cumplen; pero luego más bien señala los castigos de quienes no siguen sus consejos. Así, en un caso dice que los mansos heredarán la tierra; aquí, que quien llame fatuo a su hermano será reo del fuego del infierno. En un caso afirma que los limpios de corazón verán a Dios; y en otro, que quien mira intemperantemente a una mujer es ya adúltero consumado. A los pacíficos los llama allí hijos de Dios; pero aquí trata de inspirar temor por otro motivo, diciendo: No sea que tu adversario te entregue al juez. Por semejante manera, a los que lloran y son perseguidos los declara anteriormente bienaventurados; más en lo que sigue, viniendo a decir lo mismo, amenaza con la perdición a los que no entran por el camino angosto. Porque los que andan por el ancho—dice--, en él perecerán. En fin, su sentencia de: No podéis servir a Dios y Mammón, parece ser la misma bienaventuranza de los misericordiosos y la de los que tienen hambre y sed de la justicia. Pero, como antes he dicho, ahora va a decir todo eso con más claridad, y no sólo lo dirá con más claridad, sino que sus palabras añadirán nuevas exigencias. Así, no sólo quiere que seamos misericordiosos, sino que nos manda que nos desprendamos hasta de nuestra túnica. No basta que seamos mansos, sino que hemos de volver la otra mejilla a quien nos quiera abofetear. De ahí que previamente trata de eliminar la aparente contradicción entre sus preceptos y los antiguos. De ahí que no se contente con decirlo una vez, sino que reitere su afirmación de cumplimiento de la ley. Porque después de decir: No penséis que he venido a destruir la ley, añade: No he venido a destruirla, sino a cumplirla.
 
LA TILDE SOBRE LA YOTA
Y prosigue diciendo: En verdad os digo: Hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una tilde sobre la i pasará de la ley hasta que todo se realice. Que es como decir: Imposible quede nada sin cumplimiento; hasta la más leve parte ha de cumplirse. Exactamente lo que Él hizo, cumpliéndola con toda perfección. Más aquí nos quiere, además, dar a entender el Señor que el mundo entero había de transformarse. Y no fue al acaso hacer aquí esa alusión, pues con ello pretendía levantar a sus oyentes y hacerles ver que con razón venía Él a introducir nueva manera de vida, puesto caso que la creación entera se iba a renovar y el género humano era llamado a otra patria y a vida más elevada.

 

POR QUÉ LLAMA EL SEÑOR MÍNIMOS SUS PRECEPTOS

Aquel, pues, que infringiere uno solo de estos mandamientos mínimos y enseñare lo mismo a los hombres, será tenido por mínimo en el reino de los cielos. Ahora que se siente el Señor libre de toda mala sospecha y ha hecho enmudecer a los que quisieran contradecirle, infunde va y dirige las más graves amenazas en defensa de la ley que va Él a proclamar. Pues que esto no lo dijo en favor de las antiguas leyes, sino de las que iba Él mismo ahora a establecer, oídlo por lo que sigue: Porque yo os aseguro—dice—que, si vuestra justicia no sobrepuja la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Más si su amenaza se refería a la antigua ley, ¿cómo pudo decir: Si vuestra justicia no sobrepuja? No era, efectivamente, posible sobrepujar, en razón de justicia, a quienes hacían lo mismo que ellos. ¿En qué estaba, pues, el sobre-pujarlos? En no airarse, en no mirara mujer lascivamente.
4. ¿Por qué, pues, llama el Señor mínimos a sus mandamientos, cuando realmente son tan grandes y sublimes? La razón es porque era Él mismo quien introducía la nueva ley. Al modo como se humilló personalmente y tantas veces habla de sí modestamente, así lo hace también acerca de su ley: con lo que, una vez más, nos repite la lección de la moderación. Por otra parte, como parecía persistir aún la sospecha de novedad, emplea por entonces el Señor discretamente este lenguaje. Como quiera, cuando le oímos llamar a ése mínimo en el reino de los cielos, no otra cosa hay que entender sino el infierno y la condenación. Por reino, efectivamente, entiende el Señor no sólo la beatitud eterna, sino también el tiempo de la resurrección y su terrible advenimiento al fin de los tiempos. A la verdad, ¿qué razón habría para que quien llamó necio a su hermano y traspasó uno solo de los mandamientos, caiga al infierno, y fuera, en cambio, admitido al reino de los cielos el que los infringió todos y hasta indujo a los otros a infringirlos? No dice, pues, eso el Señor, sino que en el momento del juicio será mínimo, es decir, que será rechazado, que será el último. Y el último caerá entonces, infaliblemente, en el infierno. Y es que, como Cristo es Dios, previó la desidia de los más, y que otros habían de tener sus palabras por pura exageración y que discurrirían así y dirían sobre sus leyes: ¿Conque por una simple mirada se convierte uno en adúltero? ¿Conque por llamar a otro necio, se nos ha de castigar? De ahí que, para eliminar de antemano este menosprecio de su ley, puso el Señor la más grave amenaza, tanto a los que la quebranten como a los que induzcan a otros a quebrantarla. Con esa amenaza, pues, ante los ojos, ni la quebrantemos nosotros, ni hagamos de rémora para quienes la quieran guardar.

 

"EL QUE HICIERE Y ENSEÑARE..."
Más todo el que la cumpliere y enseñare, será tenido por grande... No debemos aprovecharnos sólo a nosotros mismos, sino también a los otros; porque no tendrá el mismo galardón el que sólo para sí mismo practica la virtud y el que sabe juntamente atraer hacia ella a los demás. Porque así como el enseñar sin obrar condena al que enseña—tú que a los otros enseñas, dice el Apóstol, ¿no te enseñas a ti mismo? —, así el hacer sin guiar también a los otros disminuye la recompensa. Es menester, por ende, que en una y otra cosa seamos acabados: pero empecemos ante todo por practicar nosotros la virtud y pasar luego al cuidado de los demás. Por eso justamente puso el Señor primero el hacer y luego el enseñar, con lo que nos daba bien a entender que así es como mejor se enseña, y en manera alguna de otro modo. Porque se nos diría: Médico, cúrate a ti mismo. Y es así que quien es incapaz de enseñarse a sí mismo, si se mete a corregir a los otros, será la rechifla de todo el mundo; o, por mejor decir, ese tal es también incapaz de enseñar, pues sus obras levantarán el grito contra su doctrina. Más el que en una y otra cosa sea perfecto, ése será tenido por grande en el reino de los cielos.

 

JUSTICIA MAYOR QUE LA DE ESCRIBAS Y FARISEOS

Porque yo os aseguro: Si vuestra justicia no sobrepuja la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. , Aquí llama justicia el Señor al conjunto de la virtud, como, hablando de Job, decía: Hubo un hombre irreprochable y justo. Y en el mismo sentido, Pablo llamó justo a aquel para quien decía no se pone la ley. Porque para el justo—dice—no se pone la ley. Y lo mismo puede verse en muchas otras partes cómo este nombre de justicia se toma por la virtud en general. Pero considerad, os ruego, la sobreabundancia de la gracia cuando quiere el Señor que sus discípulos, apenas llegados a su escuela, sean ya superiores a los que eran maestros de la antigua ley. Porque no habló aquí simplemente de los escribas y fariseos transgresores de la ley, sino de los que practicaban la virtud; porque, de no haber sido así, no hubiera dicho que tenían justicia ni hubiera comparado una justicia, real con la que no existía. Y mirad cómo también aquí recomienda el antiguo Testamento al poner en parangón una ley con otra. Lo que demuestra que ambos tienen un mismo origen y son allegados, puesto que lo más y lo menos se dice de lo que es de la misma especie. No trata, pues, el Señor de desacreditar el antiguo Testamento, sino que quiere darle nuevo realce. Si hubiera, en cambio, procedido del perverso, Cristo no hubiera buscado su perfeccionamiento. No lo hubiera corregido, sino desechado. ¿Y cómo —me dirás—, si tal es la ley antigua, no conduce ahora al reino de los cielos? No conduce, ciertamente, a los que vivimos después del advenimiento de Cristo, dado caso que nosotros gozamos de mayor gracia y tenemos que librar mayores combates; más a los que ella crio a sus pechos, a todos sin excepción los condujo al reino de los cielos. Porque muchos—dijo el Señor—vendrán de Oriente y Occidente y se recostarán en el seno de Abrahán, de Isaac y de Jacob. Y así se nos presenta a Lázaro, que tan alta recompensa alcanzó, descansando en el seno de Abrahán. Y cuantos en el antiguo Testamento brillaron por su extraordinaria virtud, merced a la antigua ley brillaron. Y Cristo mismo, si la antigua ley hubiera sido mala y ajena a la suya, no hubiera venido a cumplirla íntegramente. Porque, si decimos que obró así sólo para atraerse a los judíos y no para demostrar que la antigua ley era allegada a la nueva y estaba de acuerdo con ella, ¿por qué no cumplió igualmente las leyes y costumbres de los gentiles para atraerse también a los gentiles?

 

LA NUEVA LEY, SUPERIOR, NO CONTRARIA A LA ANTIGUA

5. Por todas partes, pues, resulta que, si Cristo no mantiene la antigua ley, no es porque sea mala, sino porque había llegado el momento de preceptos superiores. El hecho de que sea más imperfecta que la nueva, no prueba tampoco que sea de suyo mala; pues, en ese caso, lo mismo habría que decir de la nueva. El conocimiento que ésta nos procura, comparado con el de la otra vida, es también parcial e imperfecto y, venido el otro, desaparecerá. Porque cuando viniere lo perfecto—dice el Apóstol—, entonces lo parcial será anulado. Lo mismo que sucedió con la antigua ley al venir la nueva. Mas no por eso despreciaremos la nueva ley, siquiera también haya de ceder el paso y retirarse cuando alcancemos el reino de los cielos. Porque entonces—dice—lo parcial será anulado. Y, sin embargo, decimos que es grande. Ahora bien, como son mayores los premios que se nos prometen y mayor la gracia del Espíritu Santo, también se nos exigen combates mayores. Ya no se nos promete una tierra que mana leche y miel, ni pingüe vejez, ni muchedumbre de hijos, ni trigo y vino, ni rebaños mayores y menores, sino el cielo y los bienes del cielo: la filiación divina y la hermandad con el Unigénito y tener parte en su herencia y ser juntamente con Él glorificados y reinar a par suyo, y los infinitos galardones que allí nos esperan. Ahora que también gocemos de mayor ayuda, oye cómo lo dice Pablo: Luego no hay ahora condenación alguna para los que son en Cristo Jesús, para los que no caminan según la carne, sino según el espíritu. Porque la ley del espíritu de la vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte.

 

"OÍSTEIS QUE SE DIJO A LOS ANTIGUOS: NO MATARÁS"

Habiendo, pues, amenazado a los que infringieren la ley y propuesto grandes premios a los que la cumplieren; habiendo además demostrado que con razón nos exige más de lo que pedían las antiguas medidas, pasa ya a establecer su propia ley, no al acaso, sino en parangón con la antigua. Con lo que quiere hacernos ver estas dos cosas: primero, que no establece sus preceptos en pugna con los pasados, sino muy en consecuencia con ellos, y segundo, que muy razonable y muy oportunamente añade los nuevos. Más porque todo esto nos resulte más claro, oigamos las palabras mismas del legislador. ¿Qué dice, pues, el legislador? Oísteis que se dijo a los antiguos: No matarás... A la verdad, quien dio también aquel mandamiento fue Él mismo; sin embargo, por de pronto, habla impersonalmente. Porque si hubiera dicho: "Oísteis que yo dije a los antiguos", su palabra hubiera resultado muy difícil de aceptar y hubiera chocado a todos sus oyentes. Y si hubiera dicho: "Oísteis que mi Padre les dijo a los antiguos", y luego hubiera añadido: Pero yo os digo, la arrogancia hubiera parecido aún mayor. De ahí que habló sencillamente, y sólo pretende con sus palabras una cosa: hacerles ver que venía en momento oportuno a decirles lo que les iba a decir. Porque al decirles: Oísteis que se dijo a los antiguos, les puso delante el mucho tiempo pasado desde que habían recibido aquel mandamiento. Y esto lo hizo para confundir a sus oyentes, remisos para pasar a preceptos más elevados. Como si un maestro le dijera a un chiquillo perezoso: "¿No ves cuánto tiempo has gastado en aprender a leer?" Es lo que el Señor les quiso dar a entender con el nombre de antiguos, para invitarlos a pasar ya a más elevadas enseñanzas. Como si les dijera: "Bastante tiempo habéis pasado estudiando esa lección; hora es ya de pasar a cosas más elevadas." Bien estuvo también no confundir el orden de los mandamientos, sino empezar por el primero, por el que empieza también la ley. Otra prueba que daba de la armonía entre una y otra. Pero yo os digo: El que se irrita sin motivo contra su hermano, reo será de juicio. ¡He ahí una autoridad perfecta! ¡He ahí la forma de un legislador! ¿Quién de entre los profetas, quién de entre los justos, quién de entre los patriarcas habló jamás así? Nadie en absoluto. Los profetas decían: Esto dice el Señor. No así el Hijo. Es que aquéllos anunciaban las órdenes de su Señor; pero el Hijo nos traía las de su Padre. Y cuando digo las de su Padre, digo también las suyas propias: Porque todo lo mío—dice El mismo a su Padre—es tuyo, y todo lo tuyo mío. Los profetas hablaban a siervos de Dios como ellos; más Cristo ponía leyes a sus propios siervos. Preguntemos, pues, a los que rechazan la antigua ley: ¿Acaso el no irritarse es contrario al no matar, o es más bien su perfección y cumplimiento? Su perfección evidentemente. Y por ello el precepto del Señor es superior al antiguo. Y, efectivamente, quien no se deje arrebatar de ira, mucho más se abstendrá de un homicidio; el que sepa reprimir su cólera, mucho mejor reprimirá sus manos. Raíz del homicidio es la cólera. Luego el que corta la raíz, mucho mejor cortará las ramas; o, por mejor decir no las dejará ni que broten.

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo (I), Homilía 16, 1-5, BAC Madrid 1955, 306-

 

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