miércoles, 30 de enero de 2013

Zoología espiritual (4) Las almas liebres - Beato Manuel González García

Texto del Beato
 Manuel González García
en Granitos de Sal
Segunda Serie
Zoología espiritual
Las almas liebres
         ¿No habéis oído cantar y quizá cantado, meciendo la cuna de un niño:
                   Mi niño duerme
                   Con los ojitos abiertos
                   Como las liebres?
         Puse diz que hay más de dos almas y de dos mil, y, si me apretáis, de dos millones, que les ocurre exactamente lo que del niño de la cuna canta la nana popular; que duermen con los ojos abiertos.
         Ocurrencia que da motivo para creerlas despiertas, cuando en realidad están dormidas o aletargadas.
         De esas almas, aún no clasificadas en estos “Granitos de Sal”, quiero echar un cuarto a espadas con los pacientes lectores, anticipándoles que hay tela cortada para rato.
El nombre
         Las he llamado almas liebres por tener de estos ligeros animalillos la condición que les atribute la copla de dormir, estando al parecer despiertos, y de tener una imaginación más corredora que las patas del animal corredor por excelencia.

El tipo
         Su descripción no es muy fácil que digamos, por las muchas variedades que del mismo dan.
         Para conocerlas bien, puedo adelantaros esta clave: todas las almas liebres convienen en carecer de sentido de hacerse cargo o darse cuenta. Su habilidad consiste precisamente o en pasarse o en no llegar; jamás o rarísima vez están en punto.
         Consecuencia de este achaque común: que siempre o casi siempre estas almas están equivocadas.
         Tres manifestaciones tienen principalmente estas equivocaciones:
         1°,en los recuerdos; 2°, en los juicios; 3°, en las esperanzas.
         Vamos por partes

Recuerdos
         Éste es un caso que sin duda os ha pasado más de una vez.
         Habéis sostenido una conversación con un amigo o en una tertulia, y pasados unos días, os sorprenden con una noticia espeluznante. Inquirís el origen, y venís a tropezar con uno de los contertulios que os dice en el tono de la naturalidad más simple: pero, hombre, ¿tiene usted valor de sorprenderse por esa noticia, si es usted mismo quien me la dio a mí en aquella reunión?
         Negáis, disputáis, os preguntáis interiormente por el estado de vuestra razón, de vuestra memoria y, como por otra parte no tenéis motivos anteriores para llamar embustero a aquel amigo, os retiráis diciendo: o éste sueña despierto o yo.
         Y ésa es la verdad: ahí existe un soñador, es decir, un alma de imaginación y de ojos de liebre.
         Aparte de eso, ¿cuántas veces os han visto hacer cosas que no habéis hecho, cuántas os cuentan totalmente desfigurado un hecho que habéis presenciado, cuántas de un mismo hecho o dicho presenciado u oído por diez, recibís diez versiones diametralmente opuestas?
         Un día de huelga fui con un amigo periodista a presenciar un asalto que se decía iban a dar los huelguistas a una cochera de tranvías.
         Por el camino me fue hablando el amigo de casos horripilantes que podían pasar, si los huelguistas conseguían su intento: Llegamos al lugar del presunto asalto y sólo vimos unas cuantas patrullas de guardia civil, que más parecían tomar el fresco de la tarde que temer encuentro con las turbas, que no se veían por parte alguna. Aburridos de esperar en vano emociones periodísticas, nos volvimos tranquilamente a la redacción.
         Por la calle, al regreso, vuelta a hablar de lo que podría haber pasado, pero con tal color y convencimiento que, al llegar a la redacción, todos aquellos podía y podría pasar se habían convertido por obra y gracias de la imaginación de liebre de mi amigo en un tremebundo ha pasado, que a mí mismo me asustaba.
         Y cuenta que yo no me hubiera atrevido a afirmar que el compañero mentía; una especie de sugestión lo habría engañado a él, y él, yo creo que de buena fe, engañaba a los demás.
         ¡Y hay tantos!

Los juicios
         Y si en cosas cuya realidad no depende de uno, cabe soñar tanto, ¿qué diré de una tan subjetiva como los juicios?
         Si no fuera por las molestias y sinsabores que ese modo de enjuiciar trae a los demás, sería cosa de reír.
         ¿Qué diríais del que raciocinara así? Fulano está bebiendo, es así que el veneno se bebe, luego fulano está bebiendo veneno, se está envenenando. ¿Os hace gracia la dialéctica?
         Pues una así es la que estilan esas almas liebres.
         Una sonrisa que ven en este, una cara de reflexión en aquel, una palabra suelta que oyen aquí, un gesto cualquiera que observan allí, cualquier cosilla que vean u oigan, o crean ver u oír, les sirven de fundamento para ponerse corriendo a fabricar sobre él su imaginación de liebre un mundo de sospechas malicias, de relaciones disparatadas, de odios a muerte o amores ardientes, de normas de conducta del todo desorientadas, de…qué se yo, porque se hacen imposibles de seguir.
         Lo cierto es que más de una vez se siente uno tentado de decir: este hombre está loco o lleva camino de serlo o de contagiar a quién esté con él.
         Y lo peor del caso es que casi no tienen remedio; porque se corre el gran riesgo de que lo mismo que se les propone como remedio, sea tomado por ellos en distinto y aun en contrario sentido.
         De mí os digo que he gastado mucha saliva en tratar de detener esas carreras de imaginación y en despertar de un sueño a esas almas condenadas, a no hacerse cargo nunca, y casi siempre he perdido la saliva, el tiempo y hasta la amistad de la persona, que acosada por mis razonamientos, me he dado esta gran salida: Sí usted me dice eso porque no me puede ver, o porque no me entiende, o le han hecho pensar mal de mí, o sencillamente, porque la ha tomado conmigo
         Y dicho se está, que, si así enjuician estas almas, el modo de forjar sus esperanzas tiene que ser lo más peregrino.
         ¿Recordáis el cuento de “la lechera”? ¿Recordáis las cosas que iba a poseer a cuenta de su cántara vendida?
         Pues, poco más o menos, todas esas almas, reñidas con la realidad, tienen sus proyectos de felicidad a base de la consabida cántara de leche.
         El premio gordo de la lotería, la posesión de un cargo, el casamiento con tal persona, el vivir en determinado pueblo, la subida al poder del partido, la lluvia o el calor, cualquier cosa les sirve de cántara lechera para sobre ella levantar el palacio de sus doradas ilusiones.
         Y no digo nada si, en vez de tirar hacia los campos del optimismo, les da por echar hacia los del pesimismo.
         Todo les da materia para un ¡ay! Largo, profundo, exhalado con todas las inflexiones del dolor más hondo.
         No importa que cuanto esté a su alrededor les sonría y les invite a fiestas; ellas, haciendo de videntes de grandes catástrofes, no salen de su ¡ay! Echado con vista a los males que dentro de veinte años pueden venir…
         Ya podéis contarles cosas agradables y éxitos lisonjeros; para ellas no seréis otra cosa que chicuelos inexpertos y engreídos que no sabéis ver… ¡Si tuvierais la experiencia de ellos…! ¡Oh, la experiencia! ¡Han visto tanto…!
         Porque es de advertir que uno de los achaques comunes a todos los que forman parte de esta familia y que hace más difícil su curación, es tenerse que ve y ha visto mucho.
         Tanto que yo no me atrevo a proponer otro remedio o preservativo más que éste: Que por muy abiertos que tengamos todos, enfermos y sanos, los ojos, desconfiemos de nuestra vista propia
         Que bien pudiera ocurrir
                   Que mi niño duerme
                   con los ojitos abiertos
                   como las liebres…

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