I. ESPAÑA, LA INQUISICIÓN Y LA LEYENDA NEGRA
5. Leyenda negra/4
A Bartolomé de Las
Casas se le atribuye la responsabilidad de la colonización española de las
Américas. Un nombre que se saca siempre a relucir cuando se habla de las más
afortunadas de sus obras, con un título que en sí constituye un programa:
Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Una destrucción; si así
define un español, para más señas fraile dominico, la conquista del Nuevo
Mundo, ¿cómo encontrar argumentos en defensa de esa empresa? ¿Acaso el proceso
no se cerró con un inapelable veredicto en contra para la colonización ibérica?
Pues no, no se cerró
en absoluto. Es más, la verdad y la justicia imponen el que no se acepten sin
críticas las invectivas de Las Casas; para usar la expresión que utilizan los
historiadores más actualizados, ha llegado el momento de someterlo a una
especie de proceso, a él, tan furibundo en los que iniciaba contra otros.
En primer lugar,
¿quién era Las Casas? Nació en Sevilla en 1474, hijo del rico Francisco Casaus,
cuyo apellido delata orígenes judíos. Algunos estudiosos, al realizar un
análisis psicológico de la personalidad compleja, obsesiva, «vociferante»,
siempre dispuesta a señalar con el dedo a los «malos», de Bartolomé Casaus,
convertido luego en el padre Las Casas, han llegado incluso a hablar de un
«estado paranoico de alucinación», de una «exaltación mística, con la
consiguiente pérdida del sentido de la realidad». Juicios severos que, sin
embargo, han sido defendidos por grandes historiadores como Ramón Menéndez
Pidal.
Se trata de un
estudioso español, por lo que se podría sospechar de parcialidad.
Pero William S. Maltby
no es español, sino norteamericano de orígenes anglosajones, profesor de
Historia de Sudamérica en una universidad de Estados Unidos, y en 1971 publicó
un estudio sobre la «leyenda negra», los orígenes del mito de la crueldad de
los «papistas» españoles. Maltby escribió, entre otras cosas, que «ningún
historiador que se precie puede hoy tomar en serio las denuncias injustas y
desatinadas de Las Casas» y concluye: «En resumidas cuentas, debemos decir que
el amor de este religioso por la caridad fue al menos mayor que su respeto por
la verdad.»
Ante este fraile que
con sus acusaciones inició la difamación de la gigantesca epopeya española en
el Nuevo Mundo, hubo quienes pensaron que tal vez sus orígenes judíos entraron
en juego inconscientemente. Como si se tratara de un resurgir de la hostilidad
ancestral contra el catolicismo, sobre todo el español, culpable de haber
alejado a los judíos de la península Ibérica. Con demasiada frecuencia se
escribe la historia dando por sentado que sus protagonistas se comportan pura y
exclusivamente de forma racional y no se quiere admitir (¡precisamente en el
siglo del psicoanálisis!) la influencia oscura de lo irracional, de las
pulsiones ocultas incluso para los mismos protagonistas. Por lo tanto, es muy
posible que ni siquiera Las Casas haya podido sustraerse a un inconsciente que,
a través de la obsesiva difamación de sus compatriotas, incluidos sus hermanos
religiosos, respondía a una especie de venganza oculta.