sábado, 30 de agosto de 2014

Domingo XXII (ciclo a) Congregación para el clero

Primera Lectura: Jer 20, 7-9
Segunda: Rom 12, 1-2
Evangelio: Mt 16,21-27
 

Nexo entre las lecturas
La Voluntad de Dios es la suprema norma del profeta Jeremías, de Jesucristo y de los cristianos. Inseparable de la voluntad divina es la cruz, el sacrificio por fidelidad a ella. Jeremías siente el aguijón de la rebelión, de tirar todo por la borda; pero "(la palabra de Dios) era dentro de mí como un fuego devorador encerrado en mis huesos; me esforzaba en contenerlo, pero no podía" (Primera lectura). El evangelio de hoy sigue a la proclamación que Pedro hace de Jesús como Mesías e Hijo de Dios (domingo anterior). Jesús quiere dejar bien sentado cuál es el sentido de su mesianismo según el designio de Dios: "Ir a Jerusalén y sufrir mucho por causa de los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley; morir y al tercer día resucitar" (evangelio). San Pablo nos enseña que el auténtico culto consiste en ofrecerse como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (segunda lectura).


Mensaje doctrinal

La Voluntad de Dios es el ordenamiento divino de la historia para salvación de los hombres. Este ordenamiento, siendo divino, tiene una lógica diversa de la humana, puede incluso llegar a parecer contradictorio y hostil. El profeta Jeremías sabe algo de esto. Él era un hombre pacífico, pero Dios le llamó a una vocación opuesta a su inclinación natural: tiene que gritar "ruina, destrucción". A pesar de todo, es tal la fuerza con que la Voluntad divina le sacude interiormente y le devora, que no puede decirle que no. La "pasión" de Jeremías, como él nos la cuenta en sus "confesiones" es la expresión más fiel de su fidelidad al plan misterioso de Dios sobre la historia humana.

En el relato evangélico, Jesús anuncia por primer vez cuál es la voluntad de Dios para él en el futuro: "Comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y que tenía que sufrir mucho" (Evangelio). Pedro, movido quizás por afán de protagonismo y por amor mal entendido a Jesús, quiere apartar a éste del camino de Dios, camino de pasión y de cruz. Jesús conoce cuál es la Voluntad de su Padre, y no puede permitir que nadie se entrometa en su relación personal con Dios. Como hombre, le cuesta muchísimo aceptar este camino de Dios, tan duro y penoso, pero la adhesión al Padre tiene tal peso en su vida que nada ni nadie le podrá apartar de su Voluntad. Es tal la pasión por la Voluntad del Padre que no tiene reparos en llamar a Pedro "Satanás", pues ante sus ojos es como un diablo que pretende apartarle del designio de Dios sobre él.

Jeremías y sobre todo Jesús nos muestran la necesidad e importancia de conocer la voluntad de Dios y, consiguientemente, de adherirse a ella con todo el corazón y con todas las fuerzas del alma, sin titubeos, sin complicidad alguna, aunque sea pequeña, con el maligno. Del conocimiento y del amor a la Voluntad divina se ha de pasar a la vida: Hacer la Voluntad de Dios, con las dificultades, sufrimientos y penalidades que esto implique. Por eso, Jesús es muy claro: "Si alguno quiere venir detrás de mí (es decir, si alguien quiere hacer en todo, como yo, la Voluntad de mi Padre), que renuncie a sí mismo (es decir, a su propio pensar y querer, tan humanos, y tan lejos del pensar y querer de Dios), cargue con su cruz y me siga" (Evangelio). San Pablo, por su parte, pide a los cristianos de Roma ofrecerse "como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios" (segunda lectura).

Conocer, amar y hacer la Voluntad de Dios es una tarea para "hombres nuevos", que luchan para deshacerse de los criterios de este mundo, y sobre todo se dedican a renovarse y transformarse interiormente. Sólo estos hombres renovados "pueden descubrir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto" (segunda lectura).

 

Sugerencias pastorales

Las huellas de la Voluntad de Dios. Las grandes huellas de la Voluntad de Dios están inscritas primeramente en nuestra misma naturaleza, luego en nuestra vocación cristiana, y finalmente en nuestro estado y condición de vida. Por eso, hace la voluntad divina aquel que se comporta conforme a su condición de ser racional y espiritual, vive como fiel seguidor de Jesucristo dentro de la comunidad eclesial, cumple bien con sus deberes de estado y con su trabajo o profesión. La mayoría de los hombres percibimos con relativa facilidad estas huellas, pero caminar por ellas y seguirlas ya es otra cosa. Encontramos muchas cosas atractivas que nos distraen, muchos obstáculos que no siempre estamos dispuestos a superar, muchas resistencias a comportarnos según nos dicta nuestra conciencia. ¿Cuáles son las distracciones, obstáculos, resistencias que hay en nuestro ambiente, en nuestra parroquia, en nuestra comunidad, en nosotros mismos?

La cruz y la gloria. En la Pascua, cima del plan de Dios para Jesucristo, se entretejen la cruz y la gloria. En la vida del cristiano, en el proyecto de Dios para cada uno de nosotros, no es diferente. La voluntad de Dios no es que sea primero cruz y luego gloria, o viceversa. Es cruz y gloria al mismo tiempo. Conocer, adherirse, hacer la voluntad de Dios comporta un tanto por ciento de cruz y otro tanto por ciento de gloria, distinta pero inseparablemente. Quien hace la voluntad de Dios ofrece un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Quien hace la voluntad de Dios percibe, en medio del dolor, un canto interior de gozo y de paz, que preludia la gloria de la que participará con Cristo en el reino de los cielos. Hay quienes sólo ven la cruz, y hay quienes sólo quisieran ver la gloria. El auténtico cristiano anuda entrambas en la misma voluntad de Dios, y las acepta con amor y gozo.

P. Antonio Izquierdo L.C. para la Congregación para el Clero

 

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