MENSAJE DEL SANTO PADRE SAN JUAN PABLO II
AL PREPÓSITO GENERAL DE LOS ESCOLAPIOS
EN EL IV CENTENARIO DE LA PRIMERA ESCUELA
POPULAR GRATUITA DE EUROPA
Al
reverendo padre
José María BALCELLS XURIACH
prepósito general de los padres escolapios
1. En el IV
centenario de la apertura en Roma de la «primera escuela pública popular
gratuita de Europa» por obra de san José de Calasanz, deseo unirme a la alegría
de ese instituto y de todos los que, gracias al ministerio educativo y
evangelizador de los padres escolapios, han recibido una sólida formación
humana y cristiana.
El encuentro, en la
primavera de 1597, entre José de Calasanz y Antonio Brendani, párroco de Santa
Dorotea, fue para vuestro fundador la ocasión de una conversión más total al
Evangelio, que lo impulsó a abandonar legítimas aspiraciones personales para
encontrar en la pequeña escuela de Trastévere un «modo mejor de servir a Dios,
ayudando a estos pobres niños» (Vincenzo Berro, Annotazioni della
Fondatione della Congregatione e Religione delle Scuole Pie, 1963, tomo I, p.
73). Desde esa primera experiencia educativa, convenientemente transformada y
cualificada por Calasanz, nació, en el otoño siguiente, el primer núcleo de las
Escuelas Pías, ejemplo de instrucción cristiana abierta a todos, que daría
origen a las escuelas populares en sentido moderno.
Como recordó mi
venerado predecesor Benedicto XV, con ocasión del tercer centenario de la
aprobación de la obra calasancia, «él (Calasanz) fue el primero en inventar,
para la caridad cristiana, también este camino: cuando, a duras penas, se
ofrecía a los muchachos una instrucción primaria, él asumió la tarea de enseñar
gratuitamente a los hijos de los pobres, para que no quedaran privados
totalmente de instrucción a causa de su pobreza» (AAS 9 [1917], p. 105).
2. José de Calasanz, intérprete sabio de los signos de su tiempo, consideró la educación, impartida de modo «breve, sencillo y eficaz» (cf. Constitutiones [1622], n. 216), como garantía de éxito en la vida de los alumnos y levadura de renovación social y eclesial. Además, vio en la escuela una manera nueva de evangelizar y, por eso, quiso que la tarea de la educación la asumieran religiosos, y preferiblemente sacerdotes, comprometiéndolos a dar al niño una cultura global, en la que la dimensión religiosa fuera considerada y vivida profundamente. Calasanz delineó, en consecuencia, la figura del sacerdote educador de los niños y de los pobres, elevando al mismo tiempo a dignidad ministerial un oficio considerado por sus contemporáneos humilde y de poco prestigio.












