lunes, 23 de enero de 2017

La intolerancia doctrinal - Cardenal Pie

LA INTOLERANCIA DOCTRINAL

(Sermón predicado por el Cardenal Pie en la Catedral de Chartres, publicado en “Obras Sacerdotales del Cardenal Pie”, editorial religiosa H. Oudin, 1901, Tomo I pág. 356-377)
“Unus Dominus, una fides, unum baptista” "No hay más que un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo" (San Pablo a los Efesios, IV, 5)
 Un sabio ha dicho que las acciones del hombre son las hijas de su pensamiento, y nosotros mismos hemos comprobado que tanto los bienes como los males de una sociedad son fruto de los principios buenos o malos que ella profesa. La verdad en el espíritu y la virtud en el corazón son dos cosas que se corresponden casi puntualmente: cuando el espíritu se ha entregado al demonio de la mentira, el corazón — no obstante que el desorden no haya comenzado por él — está muy cerca de abandonarse al demonio del vicio. La inteligencia y la voluntad son dos hermanas, entre las cuales la seducción es contagiosa: si ven que la primera se ha abandonado al error, corren un velo sobre la honra de la segunda.
Y porque esto es así, mis hermanos, porque no existe ningún daño, ninguna lesión en el orden intelectual que no tenga consecuencias funestas en el orden moral y aún en el orden material, es que concedemos importancia a combatir el mal en su origen, a secarlo en su fuente, esto es, en sus ideas. Mil prejuicios se han popularizado entre nosotros: el sofisma, asombrado de sentirse atacar, invoca la prescripción; la paradoja se vanagloria de haber adquirido carta de nacionalidad y derechos de ciudadanía. Los mismos cristianos, viviendo en medio de esta atmósfera impura, no han evitado totalmente su contagio: aceptan demasiado fácilmente muchos de los errores.
Fatigados de resistir en los puntos esenciales, a menudo cansados de luchar, ceden en otros puntos que les parecen menos importantes, y no advierten nunca — a veces porque no quieren percatarse — hasta dónde podrán ser llevados por su imprudente debilidad. Entre esta confusión de ideas y de falsas opiniones nos toca a nosotros, sacerdotes de la incorruptible verdad, salir al paso y censurar con la acción y la palabra, satisfechos si la rígida inflexibilidad de nuestra enseñanza puede detener el desborde de la mentira, destronar principios erróneos que reinan orgullosamente en las inteligencias, corregir axiomas funestos admitidos ya por la convalidación del tiempo, esclarecer finalmente y purificar una sociedad que amenaza hundirse, que envejece en un caos de tinieblas y de desórdenes, donde no será ya posible distinguir la índole y, menos aún, el remedio de sus males.
 Nuestra época grita: “¡Tolerancia! ¡Tolerancia!" Se admite que un sacerdote debe ser tolerante, que la religión debe ser tolerante. Mis hermanos: en primer lugar, nada iguala a la franqueza, y yo vengo a decirles sin rodeos que no existe en el mundo más que una sola sociedad que posee la verdad, y que esta sociedad debe ser necesariamente intolerante. Pero antes de entrar en materia, y para entendernos bien, distingamos las cosas, determinemos el sentido de las palabras y no confundamos nada.

Domingo IV (ciclo a) Guión litúrgico


Entrada:
Reunidos para celebrar el día del Señor y alimentarnos con su Palabra y su presencia Eucarística, nos disponemos a iniciar la celebración de la Santa Misa poniéndonos de pie y cantando….

Lecturas:
La palabra de Dios nos ilumina para que guiados por ella sigamos el camino de las bienaventuranzas. Recibámosla con espíritu abierto

Oración de los fieles:
A cada intención respondemos: Te lo pedimos Señor

La reina de las abejas - P. Leonardo Castellani

La reina de las abejas


Cansóse un día la Reina de las Abejas de penar más que todas. – Yo no trabajo más – dijo– . ¿Para qué soy Reina entonces?
Dotada de más talento que las Hermanas Obreras, capaz c discernir el mejor sitio para la Colmena, el momento en que ha que dejarla por vieja y el tiempo de la enjambrazón, y orgullos, de su admirable fecundidad, pensó que su evidente aristocracia le daba derechos, y sobre todo se aburrió del oficio de criar chicos, que es lo más difícil que se conoce, según decía mi madre, si se crían bien.
Así es que se fastidió, no puso más un solo huevo y se sentó en un rincón.

domingo, 22 de enero de 2017

Novena a San Juan Bosco

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
Oración inicial
Te damos gracias, Señor, por Juan Bosco. Le diste un corazón lleno de amor y tan dilatado como las orillas de los mares. En él, millares de hombres y mujeres han podido descubrir que eres tú, Dios del amor, el que estás presente como origen, fuente y meta de todo.
Te damos gracias, Señor, porque has visitado a tu Iglesia con hombres santos como Juan Bosco. Él ha encendido una llama y otros la conservan prendida, para que en el mundo los jóvenes y los niños vean y sientan tu presencia de Dios cercano, de Dios amigo.
Te damos gracias, Señor, por Juan Bosco, padre y maestro de la juventud, profeta de la educación en los tiempos nuevos, amigo entrañable de los jóvenes, que decía: "Me basta que seáis jóvenes para que os quiera". Bastan testigos así para que muchos creamos que Tú eres el Dios del amor. Amén.

Oración para el primer día
¡Oh Don Bosco Santo! Por el amor ardiente que tuviste a Jesús Sacramentado y por el celo con que propagaste su culto, sobre todo con la asistencia a la Santa Misa, con la Comunión frecuente y con la visita cotidiana; alcánzanos la gracia de crecer cada vez más en el amor y práctica de tan santas devociones, y de terminar nuestros días fortalecidos y confortados por el celestial alimento de la Divina Eucaristía. Amén.
Oración para obtener una gracia
Oh Don Bosco Santo, cuando estabas en esta tierra no había nadie que acudiendo a ti, no fuera, por ti mismo, benignamente recibido, consolado y ayudado. Ahora en el cielo, donde la caridad se perfecciona ¡cuánto debe arder tu gran corazón en amor hacia los necesitados! Mira, pues, mis presentes necesidades y ayúdame obteniéndome del Señor… (Pídase la gracia).
También tú has experimentado durante la vida las privaciones, las enfermedades, las contradicciones, la incertidumbre del porvenir, las ingratitudes, las afrentas, las calumnias, las persecuciones y sabes qué cosa es sufrir.
Por eso, oh Don Bosco Santo, vuelve hacia mí tu bondadosa mirada y obtenme del Señor cuanto te pido, si es ventajoso para mi alma; o si no, alcánzame alguna otra gracia que me sea aún más útil, y una conformidad filial a la divina voluntad en todas las cosas, al mismo tiempo que una vida virtuosa y una santa muerte. Amén.
Se reza un Padrenuestro, Avemaría, Dios te Salve y Gloria.
Oración a Don Bosco
Padre y Maestro de la juventud, San Juan Bosco, que, dócil a los dones del Espíritu y abierto a las realidades de tu tiempo fuiste para los jóvenes, sobre todo para los pequeños y los pobres, signo del amor y de la predilección de Dios.

Se nuestro guía en el camino de amistad con el Señor Jesús, de modo que descubramos en Él y en su Evangelio el sentido de nuestra vida y la fuente de la verdadera felicidad. Ayúdanos a responder con generosidad a la vocación que hemos recibido de Dios,  para ser en la vida cotidiana constructores de comunión, y colaborar con entusiasmo, en comunión con toda la Iglesia, en la edificación de la civilización del amor. Obtennos la gracia de la perseverancia al vivir una cota alta de vida cristiana, según el espíritu de las bienaventuranzas; y haz que, guiados por María Auxiliadora, podamos encontrarnos un día contigo en la gran familia del cielo. Amén.


Oración para el segundo día
¡Oh Don Bosco Santo! Por el amor ternísimo que tuviste a María Auxiliadora, vuestra Madre y Maestra; alcánzanos una verdadera y constante devoción a tan dulcísima Madre, a fin de que, como hijos suyos devotísimos, podamos merecer su valioso patrocinio en esta vida y de un modo especial en la hora de nuestra muerte.

El Silencio en la liturgia

El n. 45 de la Institutio Generalis Missalis Romani (editio typica tertia emendata, 2008), prescribe:


“Debe guardarse también, en el momento en que corresponde, como parte de la celebración, un sagrado silencio. Sin embargo, su naturaleza depende del momento en que se observa en cada celebración. Pues en el acto penitencial y después de la invitación a orar, cada uno se recoge en sí mismo [singuli ad seipsos convertuntur]; pero terminada la lectura o la homilía, todos meditan brevemente lo que escucharon; y después de la Comunión, alaban a Dios en su corazón y oran [in corde suo Deum laudant et orant]. Ya desde antes de la celebración misma, es laudable [laudabiliter] que se guarde silencio en la iglesia, en la sacristía, en el “secretarium” y en los lugares más cercanos para que todos se dispongan devota y debidamente para la acción sagrada”.


El texto cita, como nota, el n. 30 de la Constitución litúrgicaSacrosanctum Concilium, que igualmente prescribe: “Guárdese, además, a su debido tiempo, un silencio sagrado”. Nótese cómo, en ambos casos, se precisa que el silencio litúrgico es un silencio sagrado, sacrum silentium.


El n. 56 de la Institutio especifica mejor la importancia del silencio dentro de la Liturgia de la Palabra, mientras que en lo que respecta a la Liturgia eucarística, el n. 78 precisa: “La Plegaria Eucarística exige que todos la escuchen con reverencia y con silencio”. 

jueves, 19 de enero de 2017

La oración vocal (De Corazón a corazón 1 - 5)

Dios escucha siempre – Los Grados de oración - Requisitos para la oración vocal

Espiritualidad Bíblica 2 - Mons. Dr. Juan Straubinger



1. ESPÍRITU Y VIDA
1.2 RECIBIR

I

El alma cristiana ha sido definida como “la que está ansiosa de recibir y de darse". Es decir, ante todo alma receptiva, femenina por excelencia, como la que el varón desea encontrar por esposa. Tal es también la que busca -con más razón que nadie- el divino Amante, para saciar su ansia de dar. Por eso el tipo de esta perfección está en María: en la de Betania, que estaba sentada, pasiva, escuchando, es decir recibiendo; y está sobre todo en María la Inmaculada, igualmente receptiva y pasiva, que dice Fiat: hágase en mí; que alaba a Dios porque se fijó en Ella, que se siente dichosa porque Otro hizo en Ella grandes cosas; y que, en su Cántico, proclama esa misma dicha para todos los que están vacíos, porque se llenarán de bienes ("esurientes implevit bonis"), en tanto que los llenos quedarán vacíos.

María Virgen es la receptiva por excelencia, la que recogía todas las palabras divinas repasándolas en su corazón (Luc. II, 19 y 51). Y su Hijo la proclama dichosa por eso, más aún que por haberlo llevado en su seno y amamantado: porque escuchó la Palabra de Dios y la guardó en su Corazón (Luc. XI, 28). Este arquetipo de alma cristiana, que vemos encarnado en María Santísima y en María de Betania, no es otro que el tipo de la Esposa, la Sulamita del Cantar. "Yo soy toda de mi amado y él está vuelto hacia mí". (Cant. VII, 10). Es decir, él da y yo recibo; él habla y ya escucho; él me da y yo me le doy.

Recibir y darse. Este tipo receptivo es el que Dios busca siempre en la Sagrada Escritura: primero en Israel, a quien Yahvé (el Padre) llama tantas veces su esposa; luego, en la Iglesia, a quien el Hijo amó y conquistó para esposa (Juan III, 29; Ef. V, 25 y 27; Apoc. XIX, 6-9; XXII, 17); y también, exactamente lo mismo, en cada alma; no sólo en los arquetipos que hemos visto en las dos Marías, sino en cada uno de los cristianos: porque a todos y a cada uno dice San Pablo: "Os he desposado a un solo Varón para presentaros como una casta virgen a Cristo" (II Cor. XI, 2).


II

Pero hay más. En la doctrina paulina del Cuerpo Místico, solamente suele pensarse en Jesús como Cabeza de la Iglesia toda, y no se recuerda un pasaje fundamental donde San Pablo revela y enseña que Cristo es igualmente cabeza de cada uno de nosotros, y lo dice como cosa que no debe ignorarse: "Quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, como el varón es cabeza de la mujer" (I Cor. XI, 3). Y en otra parte expresa el mismo concepto: “Todas las cosas son vuestras, pero vosotros sois de Cristo" (I Cor. V, 22 s.); como diciendo: Todo te lo da el Esposo, como a una reina, y sólo piensa que tú seas toda suya, es decir, que no le des tus bienes (que nada valen), sino tu corazón, que tampoco valdría nada en sí mismo, pero que para El vale mucho, tan sólo porque El te ama.

domingo, 9 de octubre de 2016

SAN JOSÉ SÁNCHEZ DEL RÍO - por Los Artilleros




Décimas a José Sánchez del Río
¿Quién fue heroica ligadura
entre fusil y poema,
entre rubí de diadema
y una frente prematura?
¿Quién paradoja y costura
de dos humanas fronteras?
Esas manos tempraneras
encumbraron estandarte
y se volvieron baluarte
de las entrañas cristeras.
Fue José Sánchez del Río
-de Michoacán, sahuayense-
clarín y juglar castrense;
niño en años, hombre en brío.
(Le parece un desvarío
a la gente indiferente
que vida tan incipiente
se trunque por un delirio,
no comprenden el martirio
de su amor intransigente).

martes, 26 de julio de 2016

Jacques Hamel, sacerdote mártir de Cristo en Normandia

CARTA ENCÍCLICA HUMANI GENERIS - Pío XII

CARTA ENCÍCLICA
HUMANI GENERIS

DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XII

SOBRE LAS FALSAS OPINIONES
CONTRA LOS FUNDAMENTOS
DE LA DOCTRINA CATÓLICA

Las disensiones y errores del género humano en cuestiones religiosas y morales han sido siempre fuente y causa de intenso dolor para todas las personas de buena voluntad, y principalmente para los hijos fieles y sinceros de la Iglesia; pero en especial lo son hoy, cuando vemos combatidos aun los principios mismos de la civilización cristiana.
INTRODUCCIÓN
1. Ni es de admirar que siempre haya habido disensiones y errores fuera del redil de Cristo. Porque, aun cuando la razón humana, hablando absolutamente, procede con sus fuerzas y su luz natural al conocimiento verdadero y cierto de un Dios único y personal, que con su providencia sostiene y gobierna el mundo y, asimismo, al conocimiento de la ley natural, impresa por el Creador en nuestras almas; sin embargo, no son pocos los obstáculos que impiden a nuestra razón cumplir eficaz y fructuosamente este su poder natural. Porque las verdades tocantes a Dios y a las relaciones entre los hombres y Dios se hallan por completo fuera del orden de los seres sensibles; y, cuando se introducen en la práctica de la vida y la determinan, exigen sacrificio y abnegación propia.
2. Ahora bien: para adquirir tales verdades, el entendimiento humano encuentra dificultades, ya a causa de los sentidos o imaginación, ya por las malas concupiscencias derivadas del pecado original. Y así sucede que, en estas cosas, los hombres fácilmente se persuadan ser falso o dudoso lo que no quieren que sea verdadero. Por todo ello, ha de defenderse que la revelación divina es moralmente necesaria, para que, aun en el estado actual del género humano, con facilidad, con firme certeza y sin ningún error, todos puedan conocer las verdades religiosas y morales que de por sí no se hallan fuera del alcance de la razón[1].
Más aún; a veces la mente humana puede encontrar dificultad hasta para formarse un juicio cierto sobre la credibilidad de la fe católica, no obstante que Dios haya ordenado muchas y admirables señales exteriores, por medio de las cuales, aun con la sola luz de la razón se puede probar con certeza el origen divino de religión cristiana. De hecho, el hombre, o guiado por prejuicios o movido por las pasiones y la mala voluntad, puede no sólo negar la clara evidencia de esos indicios externos, sino también resistir a las inspiraciones que Dios infunde en nuestra almas.
3. Dando una mirada al mundo moderno, que se halla fuera del redil de Cristo, fácilmente se descubren las principales direcciones que siguen los doctos. Algunos admiten de hecho, sin discreción y sin prudencia, el sistema evolucionista, aunque ni en el mismo campo de las ciencias naturales ha sido probado como indiscutible, y pretenden que hay que extenderlo al origen de todas las cosas, y con temeridad sostienen la hipótesis monista y panteísta de un mundo sujeto a perpetua evolución. Hipótesis, de que se valen bien los comunistas para defender y propagar su materialismo dialéctico y arrancar de las almas toda idea de Dios.
La falsas afirmaciones de semejante evolucionismo, por las que se rechaza todo cuanto es absoluto, firme e inmutable, han abierto el camino a las aberraciones de una moderna filosofía , que, para oponerse al Idealismo, al Inmanentismo y a lPragmatismo se ha llamado a sí misma Existencialismo, porque rechaza las esencias inmutables de las cosas y sólo se preocupa de la existencia de los seres singulares.

viernes, 22 de julio de 2016

Las mujeres al servicio del Evangelio - Benedicto XVI

Las mujeres al servicio del Evangelio

BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 14 de febrero de 2007


Queridos hermanos y hermanas

Llegamos hoy al final de nuestro recorrido entre los testigos del cristianismo naciente que mencionan los escritos del Nuevo Testamento. Y usamos la última etapa de este primer recorrido para centrar nuestra atención en las numerosas figuras femeninas que desempeñaron un papel efectivo y valioso en la difusión del Evangelio. No se puede olvidar su testimonio, como dijo el mismo Jesús sobre la mujer que le ungió la cabeza poco antes de la Pasión:  "Yo os aseguro:  dondequiera que se proclame esta buena nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que esta ha  hecho  para  memoria suya" (Mt 26, 13; Mc 14, 9).
El Señor quiere que estos testigos del Evangelio, estas figuras que dieron su contribución para que creciera la fe en él, sean conocidas y su recuerdo siga vivo en la Iglesia. Históricamente podemos distinguir el papel de las mujeres en el cristianismo primitivo, durante la vida terrena de Jesús y durante las vicisitudes de la primera generación cristiana.
Ciertamente, como sabemos, Jesús escogió entre sus discípulos a doce hombres como padres del nuevo Israel, "para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar" (Mc 3, 14-l5). Este hecho es evidente, pero, además de los Doce, columnas de la Iglesia, padres del nuevo pueblo de Dios, fueron escogidas también muchas mujeres en el grupo de los discípulos.
Sólo puedo mencionar brevemente a las que se encontraron en el camino de Jesús mismo, desde la profetisa Ana (cf. Lc 2, 36-38) hasta la samaritana (cf. Jn 4, 1-39), la mujer siro-fenicia (cf. Mc 7, 24-30), la hemorroísa (cf. Mt 9, 20-22) y la pecadora perdonada (cf. Lc 7, 36-50). Y no hablaré de las protagonistas de algunas de sus eficaces parábolas, por ejemplo, la mujer que hace el pan (Mt 13, 33), la que pierde la dracma (Lc 15, 8-10) o la viuda que importuna al juez (Lc 18, 1-8). Para nuestra reflexión son más significativas las mujeres que desempeñaron un papel activo en el marco de la misión de Jesús.

miércoles, 20 de julio de 2016

Espiritualidad Bíblica 1 - Mons. Dr. Juan Straubinger


Espiritualidad Bíblica
Mons. Dr. Juan Straubinger
  

Hemos recogido la sugestión de varios amigos de la Sagrada Escritura que deseaban ver conservados en volumen una serie de trabajos y estudios, en parte nuevos, en parte extraídos del acervo doctrinal que durante muchos años hemos venido publicando en las páginas de la Revista Bíblica y en otros periódicos, ora bajo seudónimos ora con nuestra propia firma. La razón que nos ha parecido más convincente es que las revistas no suelen quedar como elementos de consulta, en tanto que los estudios de orden bíblico, siendo por su asunto de interés permanente, no deben desaparecer como sucede con los artículos de simple actualidad o pasatiempo y conviene sacarlos del estrecho marco de los suscriptores periódicos para entregarlos al público en general.

Hemos incorporado a este libro también algunas “Respuestas” de la Revista Bíblica, ampliándolas y enfocando mediante ellas los problemas espirituales que aquí se tratan. La sección "Respuestas" ha sido una de las más activas de la Revista, y muchos nos han expresado el interés con que leían, y a veces recortaban, para aprovecharlos, esos breves repertorios donde repartíamos los raudales de luz y de consuelo que la divina Escritura prodiga siempre, tanto al alma afligida por las pruebas, cuanto a la que se debate en la duda y a la que, aún sólo a título de curiosidad, busca saciarse con los tesoros de la sabiduría ocultos en las páginas, tan ignoradas, de la Revelación.

No obstante la amplia diversidad de los temas, es indudable, como nos observaba uno de los benévolos lectores, que todos guardan, como la Biblia misma, la unidad que les viene de su común principio que es el divino Espíritu, y de su único fin que es la gloria del Padre por Jesucristo; y también la armonía que les viene de haber nacido todos en un solo ideal nunca abandonado hasta ahora por el favor de Dios: difundir el amor y el goce de las Sagradas Escrituras, multiplicando los frutos que ellas producen a través de su progresivo y nunca exhausto entendimiento, que es como decir de su siempre creciente admiración.

El Autor (1949)

1.    ESPÍRITU Y VIDA



I

El corazón del hombre -el mío también- es una tecla desafinada. ¡Ay del que está confiado creyendo que a su tiempo sonará la nota justa, verdadera, necesaria! Le esperan las caídas más terribles, tanto más dolorosas cuanto más sorpresivas.

Sólo en estado de contrición permanente puede vivir el hombre que heredó la condición de Adán. "Si no os arrepentís pereceréis todos", dijo Jesús (Luc. XIII, 3). La vida espiritual es siempre, necesariamente, un renacer en que el hombre viejo muere para revestirse del otro, del creado según Dios en Cristo, en la justicia y santidad de la verdad (Ef. IV, 24), es decir, para adquirir conciencia de la Redención, o sea para aplicarse, mediante la gracia, esa justicia y esa santidad que procede solamente de Cristo, de su verdad y de sus méritos, sin los cuales nada nuestro puede existir (Juan I, 16), y que no se nos aplican de un modo automático, maquinal, como a una cosa muerta, sino cuando adquirimos conciencia de ello, renovándonos en el espíritu de nuestra mente (Ef. IV, 23). Este es el verdadero sentido de la observación de S. Agustín: "Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti".

El salvarse es, pues, siempre vida nueva, "novedad de vida" (Rom. VI, 4) que se produce sobre la muerte del yo anterior. El que no nace de lo alto no puede ver el Reino de Dios" (Juan III, 3). Sólo puede salvarse el mortal después de despojarse del hombre viejo y convertirse a nueva vida. ¿No es esto lo que dice Jesús cuando enseña a renunciarse a sí mismo para poder ser discípulo de El?

Ahora bien, todo el problema teórico y práctico está en esto: nadie renuncia a una cosa mientras cree que ella vale algo; y en cambio está muy contento de librarse de ella en cuanto se convence de que no vale la pena. Todo es, pues, cuestión de convicción. Nadie quiere convertirse si se cree santo.

La educación y los educadores católicos - Monseñor Reig Plá. Obispo de Alcalá de Henares

martes, 5 de julio de 2016

Carta a Diogneto

EPÍSTOLA A DIOGNETO
Se trata de un breve tratado apologético dirigido a un tal Diogneto que, al parecer, había preguntado acerca de algunas cosas que le llamaban la atención sobre las creencias y modo de vida de los cristianos: "Cuál es ese Dios en el que tanto confían; cuál es esa religión que les lleva a todos ellos a desdeñar al mundo y a despreciar la muerte, sin que admitan, por una parte, los dioses de los griegos, ni guarden, por otra, las supersticiones de los judíos; cuál es ese amor que se tienen unos a otros, y por qué esta nueva raza o modo de vida apareció ahora y no antes» (Cap. 1).
El desconocido autor de este tratado, compuesto seguramente a finales del siglo II, va respondiendo a estas cuestiones en un tono más de exhortación espiritual y de instrucción que de polémica o argumentación.
Sus formulaciones acerca de la postura de los cristianos en el mundo o del sentido de la salvación ofrecida por Cristo son de una justeza y una penetración admirables.
Esta antigua obra es una exposición apologética de la vida de los primeros cristianos, dirigida a cierto Diogneto—nombre puramente honorífico, según la opinión más difundida—y redactada en Atenas, en el siglo II. Investigaciones recientes invitan a identificarla con la Apología de Cuadrato al emperador Adriano, que durante siglos se creyó perdida. Desgraciadamente, el único manuscrito que se conservaba de este antiguo texto fue destruido en el siglo pasado, durante la guerra franco-prusiana, en el incendio de la biblioteca de Estrasburgo. Todas las ediciones y traducciones se basan en ese único manuscrito, ya desaparecido.
La parte central de esta apología expone un aspecto fundamental de la vida de los primeros cristianos: el deber de santificarse en medio del mundo, iluminando todas las cosas con la luz de Cristo. Un mensaje siempre actual, que el Señor ha recordado a los hombres en estos tiempos últimos con las enseñanzas del Concilio Vaticano II.


TEXTO

I. Como veo, muy excelente Diogneto, que tienes gran interés en comprender la religión de los cristianos, y que tus preguntas respecto a los mismos son hechas de modo preciso y cuidadoso, sobre el Dios en quien confían y cómo le adoran, y que no tienen en consideración el mundo y desprecian la muerte, y no hacen el menor caso de los que son tenidos por dioses por los griegos, ni observan la superstición de los judíos, y en cuanto a la naturaleza del afecto que se tienen los unos por los otros, y de este nuevo desarrollo o interés, que ha entrado en las vidas de los hombres ahora, y no antes: te doy el parabién por este celo, y pido a Dios, que nos proporciona tanto el hablar como el oír, que a mí me sea concedido el hablar de tal forma que tú puedas ser hecho mejor por el ofr, y a ti que puedas escuchar de modo que el que habla no se vea decepcionado.
II. Así pues, despréndete de todas las opiniones preconcebidas que ocupan tu mente, y descarta el hábito que te extravía, y pasa a ser un nuevo hombre, por así decirlo, desde el principio, como uno que escucha una historia nueva, tal como tú has dicho de ti mismo. Mira no sólo con tus ojos, sino con tu intelecto también, de qué sustancia o de qué forma resultan ser estos a quienes llamáis dioses y a los que consideráis como tales. ¿No es uno de ellos de piedra, como la que hollamos bajo los pies, y otro de bronce, no mejor que las vasijas que se forjan para ser usadas, y otro de madera, que ya empieza a ser presa de la carcoma, y otro de plata, que necesita que alguien lo guarde para que no lo roben, y otro de hierro, corroído por la herrumbre, y otro de arcilla, material no mejor que el que se utiliza para cubrir los servicios menos honrosos? ¿No son de materia perecedera? ¿No están forjados con hierro y fuego? ¿No hizo uno el escultor, y otro el fundidor de bronce, y otro el platero, y el alfarero otro? Antes de darles esta forma la destreza de estos varios artesanos, ¿no le habría sido posible a cada uno de ellos cambiarles la forma y hacer que resultaran utensilios diversos? ¿No sería posible que las que ahora son vasijas hechas del mismo material, puestas en las manos de los mismos artífices, llegaran a ser como ellos? ¿No podrían estas cosas que ahora tú adoras ser hechas de nuevo vasijas como las demás por medio de manos de hombre? ¿No son todos ellos sordos y ciegos, no son sin alma, sin sentido, sin movimiento? ¿No se corroen y pudren todos ellos? A estas cosas llamáis dioses, de ellas sois esclavos, y las adoráis; y acabáis siendo lo mismo que ellos. Y por ello aborrecéis a los cristianos, porque no consideran que éstos sean dioses. Porque, ¿no los despreciáis mucho más vosotros, que en un momento dado les tenéis respeto y los adoráis? ¿No os mofáis de ellos y los insultáis en realidad, adorando a los que son de piedra y arcilla sin protegerlos, pero encerrando a los que son de plata y oro durante la noche, y poniendo guardas sobre ellos de día, para impedir que os los roben? Y, por lo que se refiere a los honores que creéis que les ofrecéis, si son sensibles a ellos, más bien los castigáis con ello, en tanto que si son insensibles les reprocháis al propiciarles con la sangre y sebo de las víctimas. Que se someta uno de vosotros a este tratamiento, y que sufra las cosas que se le hacen a él. Sí, ni un solo individuo se someterá de buen grado a un castigo así, puesto que tiene sensibilidad y razón; pero una piedra se somete, porque es insensible. Por tanto, desmentís su sensibilidad. Bien; podría decir mucho más respecto a que los cristianos no son esclavos de dioses así; pero aunque alguno crea que lo que ya he dicho no es suficiente, me parece que es superfluo decir más.

domingo, 3 de julio de 2016

Novena a San Benito y Letanías de San Benito


Novena a San Benito


Oración al comenzar el día:
Te saludamos con filial afecto,
oh glorioso Padre San Benito, obrador de maravillas,
cooperador de cristo en la obra de Salvación
de las almas.¡Oh Patriarca de los monjes! Mira
desde el cielo la viña que plantó tu mano.
Multiplica el número de tus hijos, y santifícalos.
Protege de un modo especial a cuantos nos
ponemos con filial cariño bajo tu amparo
y filial protección. Ruega por los enfermos,
por los tentados, por los afligidos, por los
pobres, y por nosotros que te somos devotos.
Alcánzanos a todos una muerte tranquila y
santa como la tuya. Aparta de nosotros en
aquella hora suprema las acechanzas del
enemigo, y aliéntanos con tu dulce presencia.
Ahora consíguenos la gracia especial que te pedimos en esta novena...

Oración al finalizar el día:
¡Oh glorioso San Benito, que desde el cielo eres padre piadoso para nosotros tus devotos! Tu gran poder ante Dios se reconoce hoy, más que nunca, por la multitud de prodigios y favores que por su medio Dios nos ofrece. Ruega por todos los que acudimos a ti. Alcánzanos del Señor, todas las gracias que nos son necesarias durante esta vida y especialmente la gracia por la cual te hacemos esta novena. San Benito, Ruega por nosotros.
(Rezar: Padre Nuestro, Ave María y Gloria)



Día Primero

¡Oh Glorioso San Benito, que desde tu infancia reconociste la vanidad del mundo y únicamente deseaste los bienes eternos. Alcánzanos un vivo deseo del cielo y que recordemos frecuentemente a Dios nuestro último fin, y hacia el ordenemos toda nuestra vida para que en todo El sea glorificado!.
San Benito, ruega por nosotros. (Rezar tres Ave Marías)

martes, 28 de junio de 2016

Discurso del Papa Benedicto XVI en el 65º aniversario de su ordenación sacerdotal

Bula Cum ex apostolatus officio - Pablo IV

 Constitución  Apostólica
Cum ex apostolatus officio
Del Papa Pablo IV
15 de febrero de 1559

EXORDIO- El Papa tiene el deber de impedir el magisterio del error.
   Dado que por nuestro oficio apostólico, divinamente confiado a Nos aunque sin mérito alguno de nuestra parte, Nos compete un cuidado sin  límite del rebaño del Señor; y que por consecuencia, a manera del Pastor que vela, en beneficio de la fiel custodia de su grey y de su saludable conducción, estamos obligados a una asidua vigilancia y a procurar con particular atención que sean excluidos del rebaño de Cristo  aquellos que en estos tiempos, ya sea por el predominio de sus pecados o por confiar con excesiva licencia en su propia capacidad, se levantan contra la disciplina de la verdadera Fe de un modo realmente perverso, y trastornan con recursos malévolos y totalmente inadecuados la inteligencia de las Sagradas Escrituras, con el propósito de escindir la unidad de la Iglesia Católica y la túnica inconsútil del Señor, y para que no prosigan con la enseñanza del error, los que desprecian ser discípulos de la Verdad.

I. Más alto está el desviado de la Fe. más grave es el peligro.
   Considerando la gravedad particular de esta situación y sus peligros al punto que ell mismo Romano Pontífice, que como Vicario de Dios y de Nuestro Señor tiene la plena potestad en la tierra, y a todos juzga y no puede ser juzgado por nadie, si fuese encontrado desviado de la Fe, podría ser acusado. y dado que donde surge un peligro mayor, allí más decidida debe ser la providencia para impedir que falsos profetas y otros personajes que detentan jurisdicciones seculares no tiendan lamentables lazos a las almas simples y arrastren consigo hasta la perdición innumerables pueblos confiados a su cuidado y a su gobierno  en las cosas espirituales o en las temporales; y para que no acontezca algún día  que veamos en el Lugar Santo la abominación de la desolación, predicha por el profeta Daniel; con la ayuda de Dios para Nuestro empeño pastoral, no sea que parezcamos perros mudos, ni mercenarios, o dañados los malos vinicultores, anhelamos capturar las zorras que tientan desolar la Viña del Señor y rechazar los lobos lejos del rebaño.

2. Confirmación de toda providencia anterior contra todos los desviados. 
   Después de madura deliberación con los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, hermanos nuestros, con el consejo y el unánime asentimiento de todos ellos, con Nuestra Autoridad Apostólica, aprobamos y renovamos todas y cada una de las sentencias, censuras y castigos de excomunión, suspensión, interdicción y privación, u otras, de cualquier modo adoptadas y promulgadas contra los herejes y cismáticos, por los Pontífices Romanos, nuestros Predecesores, o en nombre de ellos, incluso las disposiciones informales, o de los Sacros Concilios admitidos por la Iglesia, o decretos y estatutos de los Santos Padres, o Cánones Sagrados, o por Constituciones y Resoluciones Apostólicas. Y queremos y decretamos que dichas sentencias, censuras y castigos, sean observadas perpetuamente y sean restituidas a su prístina vigencia si estuvieran en desuso, y deben permanecer con todo su vigor. Y queremos y decretamos que todos aquellos que hasta ahora hubiesen sido encontrados, o hubiesen confesado, o fuesen convictos de haberse desviado de la Fe Católica, o de haber incurrido en alguna herejía o cisma, o de haberlos suscitado o cometido; o bien los que en el futuro se apartaran de la Fe (lo que Dios se digne impedir según su clemencia y su bondad para con todos), o incurrieran  en herejía, o cisma, o los suscitaren o cometieran; o bien los que hubieren de ser sorprendidos de haber caído, incurrido, suscitado o cometido, o lo confiesen, o lo admitan, de cualquier grado, condición y preminencia, incluso Obispos, Arzobispos, Patriarcas, Primados, o de cualquier otra dignidad eclesiástica superior; o bien Cardenales, o Legados perpetuos o temporales de la Sede Apostólica, con cualquier destino; o los que sobresalgan por cualquier autoridad o dignidad temporal, de conde, barón, marqués, duque, rey, emperador, en fin queremos y decretamos que cualquiera de ellos incurra en las antedichas sentencias, censuras y castigos.

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