viernes, 9 de mayo de 2014

Domingo IV de Pascua (ciclo a) - San Agustín

El buen pastor
(Jn 10,1-15)
 
1. Vuestra fe no ignora, carísimos, y sabemos que lo habéis aprendido del Maestro, que desde el cielo nos adiestra y en quien habéis colocado vosotros la esperanza, cómo nuestro Señor Jesucristo, que ya padeció por nosotros y resucitó, es Cabeza de la Iglesia, y la Iglesia, Cuerpo suyo; y que la salud de este Cuerpo es la unión de sus miembros y la trabazón dela caridad. Si se resfría la caridad, sobreviene, aun perteneciendo uno al Cuerpo de Cristo, la enfermedad. Cierto es, sin embargo, que aquel que ha exaltado a nuestra Cabeza puede sanar a sus miembros, siempre a condición de no llevarla impiedad a términos de haber de amputarlos, sino de permanecer adheridos al Cuerpo hasta lograr la salud. Porque, mientras permanece un miembro cualquiera en la unidad orgánica, que da la esperanza de salvarle; una vez amputado, no hay remedio que lo sane. Siendo él, pues, Cabeza de la Iglesia y siendo la Iglesia su Cuerpo, el Cristo total es el conjunto dela Cabeza y el Cuerpo. El ya resucitó, por tanto, ya tenemos la Cabeza en el cielo, donde aboga por nosotros. Esa nuestra Cabeza sin pecado y sin muerte está ya propiciando a Dios por nuestros pecados, para que también nosotros, resucitados al fin y transformados, sigamos a la Cabeza a la gloria celeste. A donde va, en efecto, la cabeza, van también los otros miembros. Siendo, pues, miembros suyos, no perdamos, mientras aquí estamos, la esperanza de seguir a nuestra Cabeza.
 
2. Ponderad, hermanos, a dónde llega el amor de nuestra Cabeza. Aunque ya en el cielo, sigue padeciendo aquí mientras padece la Iglesia. Aquí tiene Cristo hambre, aquí tiene sed, y está desnudo, y carece de hogar, y está enfermo y encarcelado. Cuanto padece su Cuerpo, él mismo ha dicho que lo padece él; y al fin, apartando ese su Cuerpo a la derecha y poniendo a la izquierda a los que ahora le pisan, les dirá a los de la mano derecha: Venid, benditos de mi Padre, a recibir el reino que os está apercibido desde el principio del mundo. Y esto, ¿por qué? Porque tuve hambre, y me disteis de comer; y continúa por ahí, cual si él en persona hubiera recibido la merced. Y en tal extremo es ello así, que, no entendiéndolo, han los de la derecha de responderle, diciendo: ¿Cuándo, Señor, te vimos con hambre, sin hogar o encarcelado? Él les dirá: Lo que hicisteis con uno de mis pequeñuelos, a mí me lo hicisteis. A este modo, en nuestro cuerpo está la cabeza encima, los pies en la tierra; sin embargo, cuando en algún apiñamiento y apretura de la gente alguien te da un pisotón, ¿no dice la cabeza: «Estás pisándome»? Nadie te ha pisado ni la cabeza ni la lengua; están arriba y a buen recaudo; nada malo les ha sucedido; mas, porque de la cabeza a los pies reina la unidad, fruto de la trabazón que produce la caridad, la lengua no se desentiende, antes bien dice: «Estás pisándome.» A esta manera, dijo Cristo, la Cabeza a quien nadie pisa: Tuve hambre, y me disteis de comer. ¿Cómo terminó? Entonces aquéllos irán al fuego eterno, y los justos a la vida eterna.
 
3. En las palabras recién oídas preséntasenos el Señor, a la vez, como pastor y puerta. Ambas cosas las tiene allí: Yo soy la puerta Yo soy el pastor. Es puerta en relación ala Cabeza; es pastor en relación al Cuerpo. En efecto, a Pedro, único sobre quien organiza la Iglesia, le dice: Pedro, ¿me amas? El respondió: «Señor, te amo.» Apacienta mis ovejas. Y, habiéndole dicho por tres veces: Pedro, ¿me amas?, se entristeció Pedro a la tercera interrogación, como si quien había visto la intimidad del negador no viese también ahora la fe del confesor. Le había conocido siempre; le había conocido aun al tiempo en que Pedro se desconocía a sí mismo. No se conocía éste cuando dijo: A tu lado estaré hasta morir. ¡Qué poco sabía él lo grave de su debilidad! No de otro modo ignoran frecuentemente los enfermos qué les pasa, y sábelo el médico; no lo sabe quién lo tiene, y sábelo quien no lo tiene. A la sazón, el enfermo era Pedro, y médico el Señor. Aquél decía tener fuerzas, cuando en realidad no las tenía; más el Señor, tomándole el pulso, decía que había denegarle tres veces. Y sucedió a la letra como el Doctor se lo había pronosticado, no como adelantó, jactancioso, el enfermo. Si, pues, le preguntó el Salvador después de la resurrección, no era porque ignorase la gran sinceridad del afecto que Pedro tenía por él, sino para que una triple confesión de amor borrasela triple negación del temor.
 
4. Luego demandar el Señor a Pedro si le ama: Pedro, ¿me amas?, es como decirle: «¿Qué me darás, qué harás por mí en prueba de tu amor?» ¿Qué había Pedro de hacer en provecho del Señor ya resucitado y a punto de subir a los cielos para sentarse a la diestra del Padre? Era, pues, como decirle: «Lo que me darás, lo que harás por mí si me amas, es apacentar mis ovejas; es entrar por la puerta y no saltar por otro lado.» Oísteis cuando se leía el evangelio: Quien entra por la puerta, ése es el pastor; más el que sube por otra parte es ladrón y salteador, y su intención, desunirlas, desperdigarlas y llevarse las ovejas. ¿Quién entra por la puerta? Quien entra por Cristo. Y ¿quién es éste? Quien imita la pasión de Cristo, quien conoce la humildad de Cristo; y pues Dios se hizo por nosotros hombre, reconozca el hombre que no es Dios, sino un mero hombre. Quien, en efecto, quiere dárselas de Dios no siendo más que hombre, no imita ciertamente al que, siendo Dios, se hizo hombre. A ti no se te dice: «Sé algo menos de lo que eres», sino: «Conoce lo que eres.» Conócete débil, conócete hombre, conócete pecador, conoce ser Dios quien justifica, conócete manchado. Pon al raso en la confesión la mancha de tu corazón, y pertenecerás al rebaño de Cristo; la confesión de los pecados suscitará en el Médico ganas de sanarte. El enfermo que dice: «Yo no tengo nada», no se preocupa del médico. ¿No habían subido al templo el fariseo y el publicano? El primero se ufanaba de tener salud, el segundo mostrábale al Médico las llagas; el primero decía: ¡Oh Dios!, yo te doy gracias, porque no soy como el publicano este. Tomaba pie del vecino para remontarse; por donde, a estar sano el publicano, le hubiera el fariseo mirado de reojo, porque no habría tenido sobre quién empinarse. Mas ¿cómo llegó al templo aquel rostrituerto? Desde luego, no estaba sano; mas como se decía sano, no bajó curado. Al revés, el otro, la vista en el suelo, sin atreverse a levantarla al cielo, hería su pecho, diciendo:¡Oh Dios!, sé propicio conmigo, pecador de mí. Y ¿qué dijo el Señor? Dígoos de verdad que bajó éste justificado del templo y no el fariseo. Porque todo el que se ensalza será humillado y quien se humilla será ensalzado. Luego los que se alzan quieren subir al aprisco por otro lado que por la puerta; por la puerta entran en el redil los que se humillan. De ahí que éste entra y el otro sube. Subir, como veis, es buscar las alturas; quien sube no entra, sino que cae; mas quien se agacha para entrar por la puerta, ése no cae, sino que es pastor.
 
5. Habla el Señor en el evangelio este de tres suertes de personas, que debemos estudiar: el pastor, el mercenario y el ladrón; y entiendo que, al sernos leído, advertisteis las características con que designó al pastor, las del mercenario y las propias del ladrón. Del pastor dijo que daba la vida por sus ovejas y entraba por la puerta; del salteador o ladrón, que subía por otra parte; del mercenario afirmó que, viendo al lobo o al ladrón, huye, porque no tiene amor a las ovejas: es mercenario, no pastor verdadero. Entra éste por la puerta, por ser pastor; el ladrón sube por otra parte, por ser ladrón; el mercenario, viendo a los que tratan de llevarse las ovejas, teme y escapa, por ser mercenario, porque le tienen sin cuidado las ovejas: al fin es mercenario. Si diésemos con estas tres personas, habría vuestra santidad hallado a quiénes ha de amar, a quiénes tolerar y a quiénes esquivar. Ha de ser amado el pastor, tolerado el mercenario, esquivado el ladrón. Hay en la Iglesia hombres que, según decir del Apóstol, anuncian el Evangelio por conveniencias, buscando de los hombres su propio medro, ya en dinero, ya en honores, ya en alabanzas humanas. Buscando a toda costa sus personales ventajas, no miran, al predicar, tanto a la salud de aquellos a quienes predican como a sus particulares emolumentos. Mas quien oye la doctrina saludable a quien no tiene salud, si cree en él sin poner en él la esperanza, el predicador saldrá perdiendo, pero el creyente ganando.
 
6. Ahí tienes al Señor diciendo de los fariseos: Siéntanse sobre la cátedra de Moisés. No se refería el Señor a ellos únicamente, ni era su intención mandar a las escuelas de los judíos a quienes creyeran en él, para que aprendiesen allí el camino del reino de los cielos. Pues ¡qué!, ¿no había él venido a formar su Iglesia y a separar del resto de la nación, como de la paja el grano, a los israelitas que creían y esperaban bien y amaban bien, para hacer de la circuncisión un muro, al que había de juntarse otro muro, el de la gentilidad, y ser él mismo la piedra angular donde se reunirían estas dos paredes de dirección diversa? ¿No dijo el Señor de los dos pueblos estos, destinados a fundirse en uno solo: Tengo también otras ovejas que no son de este aprisco, del redil de los judíos; y es menester que yo las traiga, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor? Por eso eran dos las barcas de donde llamó a sus discípulos .Emblema fue también de los dos pueblos el haber echado las redes donde salió tal abundancia y número de peces, que las redes estuvieron a un dedo de romperse: Y llenaron, dice, las dos barcas. Las barcas eran dos, pero significaban una Iglesia única, unificada en Cristo, hecha de dos pueblos que venían en dirección distinta. Esto mismo significaban las dos mujeres, Lía y Raquel, esposas de un solo varón, Jacob. Estos dos pueblos, en fin, hállanse figurados en los dos ciegos sentados a la vera del camino, a quienes el Señor devolvió la vista. Y, si miráis con detenimiento las Escrituras, aún hallaréis otros muchos lugares donde se significan estas dos Iglesias, que no son dos, sino una; porque tal era la misión de la Piedra angular: hacer de dos pueblos un pueblo único; y la del Pastor no fue sino hacer de dos rebaños un rebaño solo. Así que, habiendo el Señor de amaestrar a su Iglesia y tener escuela propia, independiente de los judíos, como ahora lo estamos viendo, ¿había de mandar fuesen los creyentes en él a los judíos para que aprendiesen de ellos? Mas bajo la denominación de fariseos y escribas nos dio a entender que había de haber algunos en la Iglesia que dirían y no harían, como a sí mismo se designó en la persona de Moisés. Moisés, en efecto, era figura de Jesucristo; y si, al hablar al pueblo, se velaba el rostro, era para significar que los judíos, mientras en la ley buscasen goces y delicias carnales y un reino terreno, tendrían delante de los ojos un velo que no les permitiría vera Cristo en las Escrituras. Quitado el velo después de la pasión del Señor, aparecieron al descubierto los secretos del templo. Debido a eso, cuando el Señor estaba colgado de la cruz, el velo del santuario se rasgó de arriba abajo, y el apóstol Pablo dice: Cuando pases a Cristo será quitado el velo. Quien, echado sobre su corazón, en frase del Apóstol. Tratando, pues, de anunciar que había de haber en su Iglesia esta clase de doctores, ¿qué dijo el Señor? En la cátedra de Moisés se sientan escribas y fariseos; haced lo que dicen y no hagáis lo que hacen.
 
7. Hay clérigos malvados que, oyendo esta sentencia, para ellos dicha, tratan de malear su sentido. Yo mismo he visto cómo algunos se fatigaban en corromper este pasaje; y, si pudiesen, ¿no le borrarían del Evangelio? Más, no pudiendo eliminarle, hacen por adulterarle; pero la gracia y misericordia del Señor están con nosotros, y no les permite lograrlo, porque todas sus palabras las amuralló con su verdad y las pesó, en tal manera que, si algún lector o intérprete infiel quisiera amputar o añadir algo, al hombre juicioso le bastaría leer lo anterior o lo siguiente para restituir a la Escritura lo cortado y hallar el sentido que se pretendía falsear. Y ¿qué os figuráis que dicen los aludidos por la frase: Lo que dicen, hacedlo? Porque fuera está de duda que se les dice a los laicos. Pues cuando un laico quiere vivir bien, ¿qué se dice a sí mismo en viendo a un clérigo malo? El Señor ha dicho: Lo que dicen, hacedlo, pero no hagáis lo que ellos hacen. Mi obligación es andar por el camino del Señor y no irme tras sus costumbres. Oiré no sus palabras, sino las de Dios. Siga yo a Dios y siga él sus codicias. Porque, si voy a defenderme ante Dios diciendo: «Señor, he vivido mal porque tal clérigo vivía mal», ¿no me dirá, por ventura: «Siervo malo, ¿no habías oído decir: Lo que os dicen, hacedlo; lo que hacen, no lo hagáis?» Y el seglar malo, el infiel, el que no pertenece al rebaño de Cristo, el que no pertenece al trigo de Cristo, el que, como la paja, es tolerado en la era, ¿qué se dice cuándo empieza a reprocharle la palabra de Dios? « ¡Anda de ahí!, déjate de monsergas. Los mismos obispos, los clérigos mismos, no lo hacen, y ¿exiges que lo haya yo?» Este no se busca un abogado para un mal juicio, sino compañero de suplicio. A buen seguro, en efecto, que en el día del juicio, ese malvado a quien gustó de imitar no le hade amparar; pues a la manera como el diablo a ninguno delos seducidos los seduce para reinar con él, sino para tener compañeros de condenación, así todos los que siguen las huellas de los malos no se buscan ayuda para subir al cielo, sino compañía en las llamas del infierno.
 
8. ¿Cómo, digo, se las ingenian esos clérigos de malvivir para falsear este pensamiento cuando se les dice: «Bien ha dicho el Señor: Haced lo que dicen; no hagáis lo que hacen»? «Y muy bien dicho, responden. Se os ha mandado hagáis lo que os decimos y no hagáis lo que nosotros hacemos. Porque nosotros ofrecemos el sacrificio, y a vosotros no os es lícito». Ved a dónde recurren estos picaros mercenarios (si fueran pastores, no dirían eso). Ahora bien, para cerrarles la boca no hay sino ver la ilación de las palabras del Señor: Se sientan, dice, sobre la cátedra de Moisés; haced lo que dicen, no hagáis lo que hacen ellos, porque dicen, y no hacen. ¿Qué se infiere de aquí, hermanos? Si hablara el Señor de ofrecer el sacrificio, ¿habría dicho: Dicen, y no hacen? Porque hacen el sacrificio, ofrecen a Dios el sacrificio. ¿Qué cosa es la que dicen y no hacen? Oye lo que viene a continuación: Atan cargas pesadas e insoportables y las echan sobre los cuellos de los hombres; ellos ni con un dedo quieren moverlas. Esta descripción y ejemplo son un reproche diáfano. Una cosa reluce bien en los intentos de adulterar este pasaje: que no tiran en la Iglesia ellos a otro blanco que al de sus personales conveniencias y que no leyeron jamás el Evangelio, porque, de conocer esta página, nunca se atrevieran a decir lo que dicen.
 
9. Vais a ver más claramente cómo en la Iglesia tenemos individuos de esta laya, para que nadie venga diciéndonos: «No lo dijo sino de los fariseos; no lo dijo sino de los escribas; no lo dijo sino de los judíos, porque la Iglesia no tiene gente así.» ¿Quiénes son aquellos de los que dijo el Señor: No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el reino de los cielos? Y añadió: Muchos aquel día me dirán: «Señor, Señor», ¿por ventura no hemos profetizado, e hicimos en tu nombre muchos milagros, y en tu nombre comimos y bebimos? ¡Qué!¿Son acaso judíos quienes tal hacen a nombre de Cristo? Claro es como la luz del sol que se refiere a los que tienen el nombre de Cristo. ¿Qué sigue? Yo entonces les diré: «Nunca os he conocido. Apartaos de mí todos los operarios de la iniquidad». Oye los gemidos que los tales le arrancan al Apóstol; unos, dice, predican el Evangelio por caridad; otros, según su conveniencia, insinceramente; de algunos dice: Anuncian el Evangelio, sin rectitud. Anuncian una cosa recta, pero ellos no son rectos. Lo que anuncian es recto, más quienes lo anuncian no son rectos. ¿Dónde falta la rectitud? En buscar en la Iglesia un algo distinto de Dios. Si buscase a Dios, fuera casto, por ser Dios el esposo legítimo del alma. Todo el que busca en Dios otra cosa fuera del mismo Dios, no busca a Dios castamente. Un ejemplo, hermanos: Si ama una mujer a su marido en atención a sus riquezas, no es mujer casta, porque no ama al marido, sino al oro del marido, pues quien al marido ama, le ama desnudo y le ama pobre. Amándole por rico, ¿qué sucederá si, por contingencias de la vida, lo proscriben y de la noche a la mañana viene a la miseria? Posiblemente le abandone, pues lo que amaba no era al marido, sino sus bienes. Cuando al marido se le quiere de verdad, aun la pobreza sube de punto el amor, porque al amor se le une la compasión.
 
10. Pero nuestro Dios, hermanos, imposible que sea pobre jamás. Es rico; él hizo todas las cosas: el cielo y la tierra, el mar y los ángeles. Todo lo que vemos y todo lo invisible del cielo, él lo hizo; mas no debemos amar las riquezas, sino a quien hizo las riquezas. El objeto de sus promesas no es sino él mismo. Mira de hallar algo que más valga, y te lo dará. Hermosa es la tierra, hermoso el cielo y hermosos los ángeles; pero más hermoso es quien hizo todo esto. Por eso, los que anuncian a Dios porque le aman, los que anuncian a Dios por Dios, apacientan las ovejas y no son mercenarios. Esa castidad exigía del alma nuestro Señor Jesucristo cuando le decía a Pedro: Pedro, ¿me amas? ¿Qué significa: Me amas? ¿Eres casto? ¿No es adúltero tu corazón? ¿No buscas en la Iglesia tus conveniencias, sino las mías? Si eres así, apacienta mis ovejas. No serás mercenario, sino pastor.
 
11. Aquellos que daban grima al Apóstol, no anunciaban el Evangelio castamente. Pero ¿qué dice? Lo que importa es que sea Cristo anunciado de todas maneras, sea con segundas intenciones, sea con verdad. Pasa, pues, porque haya mercenarios. El pastor anuncia el Evangelio de Cristo sinceramente, el mercenario lo anuncia con segunda intención, buscando cosa distinta; mas, al fin, si el uno anuncia a Cristo, el otro lo anuncia también. Oye la voz del pastor Pablo: Sea bastardamente, sea con sinceridad, el caso es que Cristo sea anunciado. Este mismo pastor quiso tener mercenarios. Los cuales hacen el bien donde pueden y son útiles en la medida que pueden serlo. Sin embargo, cuando el Apóstol necesitaba echar mano de alguien que pudiera servir de modelo a los débiles, dice: Os envié a Timoteo, el cuál os recordará mis normas de conducta. En otras palabras: Os envié un pastor para recordaros mis procederes; o de otro modo, que anda los caminos por donde yo ando. Y, al enviarles ese pastor, ¿sabéis qué les dice? Porque no tengo ninguno de iguales sentimientos que se preocupe de vosotros con afecto sincero. Pues ¿no tenía consigo a muchos otros? Ved, ved lo que sigue: Porque todos buscan sus intereses, no los de Jesucristo. Es decir: He querido mandaros un pastor; porque, si bien había abundancia de mercenarios, no convenía un mercenario en aquella coyuntura. Para otros menesteres y negocios envíase un mercenario; para la intención de Pablo, un pastor era entonces necesario. Y a duras penas, entre tantos mercenarios, halló un pastor; porque pastores hay pocos, mientras los mercenarios abundan. Y ¿qué ha dicho de los mercenarios? Verdaderamente os digo que ya recibieron su jornal. Más del pastor, ¿qué dijo el Apóstol? Quienquiera, pues, que se purificase de estas cosas, será objeto destinado a usos honrosos, y útil a su dueño, disponible siempre a toda obra buena. No aparejado para unas cosas y desapajerado para otras, sino dispuesto a obrar todo bien. Lo dicho hasta aquí atañe a los pastores.
 
12. Hablemos ahora de los mercenarios. El mercenario, viendo que anda el lobo rondando las ovejas, escapa .Así lo ha dicho el Señor. Y ¿por qué huye? Porque las ovejas le tienen sin cuidado. El mercenario, por consecuencia, es útil mientras no ve al lobo, mientras no ve al salteador y al ladrón, porque viéndolos huye. Y ¿quién es el mercenario que huye de la Iglesia cuando se dejan ver el lobo y el ladrón? ¡Cuántos lobos hay! ¡Cuántos ladrones! Tales son los que suben al aprisco por otra parte. ¿Quiénes son, en concreto, esos trepadores? Los de la parte de Donato, que tratan de saquear las ovejas de Cristo; ésos, ésos son los que suben por otra parte. No entran por Cristo, porque no son humildes. Suben, trepan, encarámanse como todos los soberbios. Porque subir, ¿no vale tanto como remontarse? ¿Por dónde suben? Por otra parte; ¿no se dan a sí mismos el nombre de parte? Los que no están en la unidad son de otra parte, y por esa otra parte suben, esto es, se enorgullecen y quieren llevarse las ovejas. Ved en qué sentido digo suben: Nosotros santificamos, nosotros justificamos, nosotros hacemos justos. Ved por dónde subieron. Pero quien se ensalza será humillado. Poderoso es Dios nuestro Señor para derribarlos. El lobo es el diablo; su oficio es tender asechanzas para engañar, y los que le siguen, ni más ni menos, pues de los tales se ha dicho que andan vestidos con piel de oveja, más por dentro son lobos carniceros. Ahora bien, un mercenario verá que fulano es un malhablado, zutano tiene ideas perniciosas a la salud de su alma, mengano se porta como un criminal o un sátiro, y no los reprenderá si tienen alguna prestancia dentro de la comunidad religiosa; por eso, porque es mercenario, porque aguarda de ellos algún provecho. Y los verá ser víctimas de sus pecados, los verá irse tras el lobo, o bien que el lobo se los lleva entre los dientes por el cuello al suplicio, y no les dirá: «Estás pecando». No se lo echará enrostro para no perder sus emolumentos. El pasaje Al ver el lobo huye, significa esto: que no le dice: «Te comportas criminalmente». Porque no se trata de un huir corporal, sino espiritual. Ese a quien ves inmóvil de cuerpo, está huyendo en el alma cuando, viendo al pecador, no le dice: «Tú pecas»; y a una veces es su cómplice.
 
13. El presbítero, hermanos míos, o el obispo que suben a la cátedra sagrada, ¿os han dicho, por acaso, alguna vez desde aquel elevado sitial cosa que no sea: No se roben los bienes ajenos, no se hagan trampas, no se peque mortalmente? Es imposible que hablen de otro modo quienes se sientan en la cátedra de Moisés, porque no son ellos, sino la cátedra misma quien por ellos habla. ¿Qué significa entonces: ¿Por ventura se cogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?;y aquello: Todo árbol por el fruto se le conoce? ¿Puede un fariseo decir cosas buenas? Si el fariseo es el espino, ¿cómo del espino cojo racimos? Porque tú, Señor, dijiste: Haced lo que dicen, no hagáis lo que hacen. Tú me ordenas coger uvas de los espinos, siendo así que dijiste: ¿Acaso se cogen de los espinos uvas? El Señor te responderá: «No te mandé yo coger racimos de los espinos». Mira, pues, con atención si por casualidad, como suele suceder, la vid, al ir de acá para allá sobre la tierra, no se hizo con los espinos una maraña. Porque algunas veces, hermanos, hallamos una parra encima de un zarzal; tiene cerca de sí un seto espinoso y, extendiendo los sarmientos, introdúcese por el seto, y entonces el racimo cuelga entre espinas; mas quien lo ve toma el racimo, no de las espinas, sino de la parra entrelazada con las espinas. Así ellos, de suyo, son espinosos; mas, sentados en la cátedra de Moisés, los envuelve la Vid, y cuelgan de ellos racimos, es decir, palabras buenas, advertimientos saludables. Tomas, pues, tú las uvas, sin miedo a las espinas, si haces lo que te dicen y no haces lo que hacen; las espinas se te clavarán si lo que hacen ellos lo haces también tú. Consecuencia: Para coger el racimo sin enredarte entre las espinas, haz lo que te dicen y no hagas lo que hacen; porque, si sus acciones son espinas, sus palabras son uvas, no suyas, sino de la Vid, o sea, de la cátedra de Moisés.
 
14. Estos, pues, se dan a la huida cuando ven al lobo, cuando divisan al ladrón. Había yo empezado a deciros que desde el elevado sitial no pueden sino decir: «Haced el bien, no perjuréis, no defraudéis, no engañéis a nadie». Pero, a las veces, su vivir es tal, que se van al obispo y aun solicitan su consejo sobre los medios de apropiarse las posesiones de otro. Hablamos por experiencia, porque alguna vez nos ha pasado esto; de otro modo no lo creeríamos. Muchos nos piden consejos malos: que les autoricemos para mentir, para engañar astutamente, pensando darnos placer en ello. Más no creo desagradar al Señor si os aseguro, por el nombre de Cristo, que nadie, para semejantes cosas, ha encontrado en mí asentimiento a su voluntad; porque, dicho sea con licencia de quien nos llamó al episcopado, yo no soy mercenario, sin pastor, aunque digo lo del Apóstol: A mí lo que menos me importa es ser juzgado por vosotros o por algún tribunal humano; pero tampoco a mí mismo me juzgo; pues aun cuando de nada me acuse la conciencia, no por eso quedo justificado; quien me juzga es el Señor. En otras palabras: Mi conciencia no es buena por alabarme vosotros. ¿Por qué alabar lo que no se ve? Alabe quien lo ve todo, y sea él quien me corrija, si algo ve ofensivo para sus ojos. Porque nosotros tampoco nos tenemos por del todo sanos, antes golpeamos nuestro pecho y le decimos a Dios: «Séme propicio, para que no peque.» Creo poder decir, no obstante, que, como estoy en su presencia, nada busco fuera de vuestra salvación; que a menudo lamentamos los pecados de nuestros hermanos, estos pecados que nos repelen y nos atormentan el alma; y que algunas veces los llamamos al orden; o mejor dicho, no cesamos de corregirlos. Testigos son cuantos recuerdan las veces que han sido corregidos por mí.
 
15. Y ahora entro en cuentas con vuestra santidad. Vosotros sois, por la gracia de Cristo, el pueblo de Dios; un pueblo católico, miembros del Salvador. No estáis separados de la unidad, sino en comunión con el Cuerpo de los apóstoles, en comunión con las memorias de los santos mártires, difundidos por toda la redondez de la tierra; vosotros, en fin, estáis confiados a mis desvelos, y nuestro deber es dar de vosotros buena cuenta. La cuenta, en fin, que nos incumbe dar, vosotros la sabéis perfectamente. Tú, Señor, sabes que hablé; tú sabes que no me callé; tú sabes que puse mi corazón en las palabras; tú sabes cómo lloraba en tu presencia cuando se hacían a mis palabras oídos de mercader. A eso, entiendo yo, se reduce todo el descargo mío. Nos lo garantiza el Espíritu Santo en el profeta Ezequiel. Ya conocéis la lección del atalaya: Hijo del hombre, dice, yo te puse por atalaya de la casa de Israel. Si yo digo al impío: «Impío, vas a morir...» y tú no hablas; esto es, yo te digo a tiesto para que lo digas tú; si no le anuncias, y viene la espada y se le arrebata, es decir, si viene aquello con que amenacé al pecador, el impío morirá, desde luego, en su impiedad; más de su sangre pediré cuenta al atalaya. ¿Por qué? Porque no habló. Pero si el atalaya viere venir la espada e hiciese sonarla trompeta para que huya, y el impío no reflexiona, o sea, no se corrige para escapar del suplicio con que Dios le amenaza; si la espada, en efecto, viene y le mata, él impío, cierto, morirá en su impiedad, más tú habrás salvado tu alma. ¿No es esto mismo lo enseñado en el siguiente pasaje del Evangelio: Señor, le dice el siervo perezoso, yo sabía que eres hombre exigente o severo, porque siegas donde no sembraste y recoges donde nada pusiste; por lo cual, temeroso yo, fui me a esconder tu talento bajo la tierra; aquí tienes lo tuyo? ¿Qué le respondió el Señor? Siervo malo y holgazán, pues sabías que soy hombre molesto y duro, y siego donde no siembro y recojo donde no puse nada, esta mi avaricia, ¿no era razón de más para tenerte advertido que de lo mío había de pedir los intereses? Has debido, pues, dar mi dinero a los prestamistas, para que yo, en llegando, recibiera con sus réditos lo mío. ¿Por ventura dijo el Señor que dieras mi dinero a los prestamistas y exigieras las ganancias? No, hermanos; a nosotros toca darlo; ya vendrá él y lo exigirá. Orad para que nos halle apercibidos.
 
SAN AGUSTÍN, Sermones (3º) (t. XXIII), Sermón 137, 1-15, BAC Madrid 1983, 230-49
 


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