lunes, 12 de mayo de 2014

Al sacerdote no le incumbe la decisión, el liderazgo ni la estructuración de soluciones de orden político - Conferencia Episcopal Argentina

Declaración de la
Comisión Permanente
del Episcopado Argentino,

a nuestros colaboradores:
sacerdotes diocesanos y religiosos

y a todo el pueblo de Dios
(12 de agosto de 1970)



Introducción
 

         Conocemos y valoramos vuestra expectativa por nuestra palabra de obispos, a la cual tenéis derecho.

         La comisión permanente del Episcopado Argentino se ha reunido, en estos días, para estudiar los problemas religiosos más urgentes de nuestro país y preparar el temario de su próxima asamblea ordinaria.

         Vuestra expectativa es justa y nos agrada responder a ella dentro del ámbito de nuestras facultades y en nombre del Episcopado. Corresponde que obremos como pastores auténticos de la Iglesia y así lo queremos hacer.

         El Señor que es caridad, por ella se dignó ser y llamarse nuestro Padre por la gracia, y Jesús a sus apóstoles y en ellos a sus sucesores, nos llamó sus amigos. Así, pues, queremos llegar a todos vosotros con la verdad y con el amor de Jesucristo y de su Iglesia.
 

Los recientes acontecimientos
 

         Los últimos acontecimientos de violencias, secuestros y asesinatos han desatado oleadas de protestas y negaciones, que han perturbado el ambiente, aumentando la confusión y la desorientación. En estas circunstancias es fácil hacer cargos, pero no pocas veces sin las condiciones necesarias de objetividad, justicia, equidad y sin la cordura que exige la prudencia.

         Por eso, nuestra palabra se dirige a todos, intentando exponer con claridad la verdad, amando a los hombres, pero denunciando los errores y acentuando la obligación grave de renunciar a ellos al comprobarlos.

         Lo que buscamos y queremos ahora es la reflexión seria y obligada de conocer bien y respetar la verdad de la Iglesia, en puntos básicos claramente enseñada por ella, para rectificar rumbos, deponer actitudes y, si es necesario, para hacer penitencia, que significa cambiar de mentalidad, a fin de pensar como piensa la Iglesia, con ella y en ella, cooperando a sí a su obra de salvación.

         Hemos orado, hemos reflexionado y hemos estudiado. Hoy debemos implorar nosotros y vosotros, con todos los fieles y comunidades religiosas –a los cuales pedimos que nos acompañen con sus oraciones y buenas obras-, una gracia extraordinaria.

         “La hora que marca el reloj de la historia exige de todos los hijos de la Iglesia una gran valentía, y de manera especial la ‘valentía de la verdad’, que el mismo Señor recomendó a sus discípulos cuando decía: ‘Que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no’.”1

         Pidamos esta gracia. Nosotros para conocer bien la verdad y decirla con claridad y caridad; y vosotros para entenderla, aceptarla y realizarla. Su Santidad Pablo VI nos ha señalado el sendero con su ejemplo personal y con su palabra iluminadora. En esta oportunidad, sobre todo,  seguiremos sus enseñanzas, que son las de la Iglesia.

         “El coraje de la verdad es también la primera e indispensable caridad que los pastores deben ejercitar. No admitamos jamás, ni siquiera con el pretexto de la caridad para con el prójimo, que un ministro del evangelio anuncie una palabra puramente humana, va en ello la salvación de los hombres. Por eso, en este recuerdo todavía fresco de la fiesta de pentecostés queremos hacer un llamado a todos los pastores responsables para que eleven su voz cuando sea necesario con la fuerza del Espíritu Santo (cfr. Hechos I,8), con el fin de aclarar lo que está turbio, enderezar lo torcido, calentar lo que está tibio, fortalecer lo que está débil, iluminar lo tenebroso.”2

 
La Misión de la Iglesia
 
         Ante todo es absolutamente indispensable tener bien en cuenta la naturaleza, constitución y finalidades de la Iglesia para poder apreciar rectamente si nuestra vida cristiana y su actividad están conformes o no a los dictados fundamentales de la misma.

         “La misión propia que Cristo confió a la Iglesia no es de orden político, económico o social; el fin que él le señaló es de orden religioso. Pero ciertamente de esta misión de la Iglesia se difunde ayuda, luz y fuerza que pueden cooperar en la tarea de establecer y afianzar la comunidad humana según la ley divina.”3

         Con cuanta razón y acierto ha señalado Su Santidad Pablo VI que no todos los impulsos que el Concilio ha conferido a la Iglesia se han encaminado en la dirección correcta, de modo que no pocos síntomas parecen más bien ser preludios de graves contratiempos para la misma Iglesia. “Hemos señalado algunos, dice, por ejemplo, una cierta desviación del sentido de la ortodoxia doctrinal en algunas escuelas y en algunos estudiosos.” De lo cual concluye que: “Y no hay quien no vea qué peligro para la verdad religiosa y para la eficacia salvífica de nuestra religión constituye el hecho de considerar sólo su aspecto humano y social con perjuicio de su aspecto primario, sagrado y divino, que es el de la fe y de la oración”.4

 

Peligroso error

         Este hecho, comprobado repetidas veces en múltiples declaraciones firmadas por sacerdotes y laicos, más que un síntoma es realmente un peligroso error que no debe continuar más.

         El Concilio Vaticano II señala el buen sendero, con claridad, diciendo “Para que puedan verificar también concretamente la unidad de su vida, consideren todas sus empresas, examinando cuál sea la voluntad de Dios, es decir hasta qué punto se conforman sus empresas con las normas de la misión evangélica de la Iglesia. Y es así que la fidelidad a Cristo no puede separarse de la fidelidad a la Iglesia. Así, pues, la caridad pastoral pide que, para no correr en vano, trabajen siempre los presbíteros en vínculo de comunión con los obispos y con los otros hermanos en el sacerdocio.”5

         Los hechos actuales y a pesar de las advertencias hechas ya por vuestros obispos, por los Sumos Pontífices Pío XII, Juan XXIII y sobre todo Pablo VI, ofrecen un espectáculo doloroso ante nuestros fieles y ante nuestros conciudadanos.

 

Comunión en la acción

         El Concilio Vaticano II insiste, fortaleciendo esta doctrina tan fundamental con estas palabras: “El ministerio sacerdotal, por el hecho de ser ministerio de la Iglesia misma, sólo puede cumplirse en comunión jerárquica con todo el cuerpo. Así, la caridad pastoral apremia a los presbíteros a que, obrando en esta comunión, consagren por la obediencia su propia voluntad al servicio de Dios y de sus hermanos, aceptando y ejecutando con espíritu de fe lo que se manda o recomienda por parte del Sumo Pontífice y del propio obispo. [ ...] De esta manera mantienen y fortalecen la necesaria unidad con sus hermanos en el ministerio, y señaladamente con los que el Señor ha constituido rectores visibles de su Iglesia y trabajan en la edificación del cuerpo de Cristo.”6

         Esta doctrina del Concilio no necesita comentarios. Pero sí necesita, de nuestra parte, la afirmación de que es obligatoria para todos y cada uno de nosotros. Quien no acepte esta verdad está quebrantando la unidad de la Iglesia.

 

Edificación en la verdad

         Finalmente, como rectores del pueblo de Dios se les recuerda que “para ejercer este ministerio, como para cumplir las restantes funciones de presbítero, se les confiere potestad espiritual que, ciertamente, se da para edificación.”7 Se señalan luego las normas para proceder en los diversos casos y trabajos para la edificación de la comunidad cristiana, cerrando con la siguiente advertencia: “Sin embargo, en la construcción de la comunidad de los cristianos, los presbíteros no están nunca al servicio de una ideología o facción humana, sino que, como heraldos del evangelio y pastores de la Iglesia, trabajan por lograr el espiritual incremento del Cuerpo de Cristo.”8

         Así, pues, quede bien en claro que el poder espiritual que la Iglesia confiere a los presbíteros es ciertamente para edificación e incremento del cuerpo de Cristo como heraldos del evangelio y pastores de la Iglesia.

 

Lo económico y político

         Por último, cabe bien recordar aquí lo que señala el Episcopado Latinoamericano en Medellín: “Para promover el desarrollo integral del hombre formará (el sacerdote) a los laicos y los animará a participar activamente, con conciencia cristiana, en la técnica y elaboración del progreso. Pero en el orden económico y social, y principalmente en el orden político, en donde se presentan diversas opciones concretas, al sacerdote como tal no les incumbe directamente la decisión, ni el liderazgo, no tampoco la estructuración de soluciones.”9

         Si en este orden económico social, y principalmente en el político, con el cual hoy diversas opciones concretas pero que, sin embargo, al sacerdote como tal no le incumbe directamente la decisión ni el liderazgo, ni tampoco la estructuración de soluciones, mucho menos le incumbe la decisión, el liderazgo y la estructuración de soluciones donde no puede existir opción sin la negación de principios del derecho natural y la doctrina social de la Iglesia.

 

La Revolución Social

         “Adherir a un proceso revolucionario [ ...] haciendo opción por un socialismo latinoamericano que implique necesariamente la socialización de los medios de producción del poder económico y político y de la cultura”10 no corresponde ni es lícito a ningún grupo de sacerdotes ni por su carácter sacerdotal, ni por la doctrina social de la Iglesia a la cual se opone, ni por el carácter de revolución social que implica la aceptación de la violencia como medio para lograr cuanto antes la liberación de los oprimidos.

         Ya hemos expuesto cuál es la misión del sacerdote como tal en la Iglesia. Sostener “que no habrá socialismo auténtico en Latinoamérica sin esa toma de poder por auténticos revolucionarios, surgidos del pueblo y fieles a él”,11 es propiciar la revolución social con todas las violencias inherentes a la misma.

         Su Santidad Pablo VI, el 24 de junio de 1968, hizo la siguiente advertencia: “Sentimos, sin embargo, el deber de poner en guardia a nuestros hijos y a todos los hombres, contra la fácil e ilusoria tentación de creer que el cambio ruidoso y brusco de un orden que no satisface, sea por si mismo garantía de un orden bueno o por lo menos donde éste no se encuentra debidamente preparado; y sobre todo que la violencia, aunque se presente como sincera revolución contra la injusticia, asegure casi naturalmente la instauración de la justicia, cuando la experiencia nos enseña que la mayoría de las veces ocurre precisamente lo contrario.”

         En el ámbito cristiano, ni la enseñanza de la Iglesia ni su tradición nos presentan la alianza del evangelio y de la violencia en busca de la justicia social.

         La declaración del Episcopado argentino, al término de la llamada reunión de San Miguel, es frecuentemente invocada para avalar la revolución social. Sin embargo en ella el Episcopado, en el documento Justicia, expresó claramente la doctrina de la Iglesia con estas palabras: “La necesidad de una transformación rápida y profunda de la estructura actual nos obliga a todos a buscar un nuevo y humano, viable y eficaz camino de liberación con el que se superarán las estériles resistencias al cambio y se evitará caer en las opciones extremistas, especialmente las de inspiración marxista, ajenas no sólo a la visión cristiana, sino también al sentir de nuestro pueblo.”

 

Socialización de los medios de producción

         No se puede optar por el “socialismo latinoamericano que implique necesariamente la socialización de los medios de producción del poder económico y político y de la cultura”, afirmando que para que ello sea factible se considera “necesario erradicar definitiva y totalmente la propiedad privada de los medios de producción”,12 sin negar principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia.

         Son mas que suficientes los siguientes párrafos: “El derecho de propiedad privada, aun en lo tocante a bienes de producción, tiene un valor permanente, ya que es un derecho contenido en la misma naturaleza, la cual nos enseña la prioridad del hombre individual sobre la sociedad civil y, por consiguiente, la necesaria subordinación teleológica de la sociedad civil al hombre. [ ...] Además, la historia y la experiencia demuestran que en los regímenes políticos que no reconocen a los particulares la propiedad, incluida la de los bienes de producción, se viola o suprime totalmente el ejercicio de la libertad humana en las cosas más fundamentales, lo cual demuestra con evidencia que el ejercicio de la libertad tiene su garantía y al mismo tiempo su estímulo en el derecho de propiedad.”13

         Sin embargo, debemos dejar claramente expresado que al defender con la doctrina social de la Iglesia el derecho de la propiedad privada, aun en lo tocante a los medios y bienes de producción, no se pretende ni sostener y menos defender el estado actual de cosas, como si fuera una expresión de la voluntad divina. No se trata de proteger, por principio, a los ricos contra los pobres e indigentes. Lo que se hace es defender el alto fin ético-social de la propiedad. La doctrina social de la Iglesia, en este caso tiende a lograr que la institución de la propiedad privada sea lo que debe ser, de acuerdo a la función social, que es uno de sus caracteres esenciales por su misma naturaleza. Sólo así la propiedad privada, aun de los medios de producción, podrá asegurar los derechos que la libertad concede a la persona humana, prestando su necesaria colaboración para restablecer el recto orden de la sociedad.

         Insistimos, una vez más, en la promoción de los sectores más necesitados y en un más fácil acceso de los mismos a los bienes materiales, culturales y religiosos.

 

Manifestaciones de violencia

         Finalmente, ante los acontecimientos que han conmovido las conciencias, hiriendo los sentimientos más profundos de humanidad y fraternal convivencia de todo el país, con actos de terrorismo, asaltos, asesinatos, secuestros y violencias, creemos de nuestro deber recordaros las palabras que el Episcopado argentino, en abril de 1969, al término de la citada reunión de San Miguel, os dirigió: “Ante las crecientes manifestaciones de violencia, de distinto origen, hacemos un llamado a los padres, a las instituciones educativas, a la prensa y a los demás medios de comunicación social y a las autoridades competentes para que reflexionen seriamente sobre su propia responsabilidad frente a las manifestaciones delictivas juveniles. Si bien alentamos todos los esfuerzos orientados a lograr la transformación anhelada, señalamos la necesidad de no equivocar el camino; las vidas y bienes que con relativa frecuencia se ponen en juego son un injusto precio y un grave obstáculo para lograr el mayor consenso en las tareas del cambio social.”14

         “Además, no podemos menos que deplorar, con Su Santidad Pablo VI, que se erijan en sistemas de lucha, métodos de terror que la conciencia civil rechaza con toda justicia. No es con nuevas injusticias como se combaten aquellas contra las cuales se protesta; como tampoco se restablece el orden, turbado con acciones incluso delictivas, violando los derechos del hombre.”15

 

Fidelidad

         No podríamos, sin embargo, terminar sin hacer una observación de singular importancia que nos exige nuestro deber de pastores.

         Para que “un movimiento sacerdotal sea cristiano e implique una voluntad inquebrantable de pertenencia a la Iglesia Católica, pueblo de Dios, según la definiera el Concilio Vaticano II,”16 es absolutamente necesario aceptar la definición completa de la Iglesia que da el Concilio. Es cierto que la Iglesia es pueblo de Dios. Pero la definición completa dada por el concilio es la siguiente: “Cristo único mediador, estableció y mantiene continuamente a su Iglesia santa, comunidad de fe, de esperanza y de caridad, en este mundo como una trabazón visible, por la cual comunica a todos la verdad y la gracia. Pero la sociedad dotada de órganos jerárquicos y el cuerpo místico de Cristo, la sociedad visible y la comunidad espiritual, la Iglesia terrestre y la Iglesia dotada de los bienes celestiales, no han de considerarse como dos cosas distintas, porque forman una realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino. [ ...] Esta es la única Iglesia de Cristo, que en el símbolo confesamos una, santa, católica y apostólica, la que nuestro salvador entregó después de su resurrección a Pedro para que la apacentara (Jn.21,17), confiándole a él a los demás apóstoles su difusión y gobierno (Mt. 28,18), y la erigió para siempre como columna y fundamento de la verdad (I Tim. 3,15). Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como sociedad, permanece en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él, aunque se encuentren fuera de ella muchos elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, impulsan hacia la unidad católica.”17

 

Indispensable comunión

         Esto, pues, quiere decir que los movimientos de grupos sacerdotales no pueden ni deben actuar sin estar en comunión con sus propios obispos y, en último término, con el Pastor supremo de la Iglesia, como lo hemos expuesto en este mismo documento, al transcribir los textos del decreto sobre el ministerio de los presbíteros, del Concilio Vaticano II, en sus números 14 y 15.

         Todos debemos, permanentemente, esforzarnos por ser mejores y modificar nuestro modo de ser. Pero como pastores, no podemos modificar jamás la doctrina del evangelio ni las enseñanzas de la Iglesia de su magisterio.

 

Inmediato futuro

         Todos nosotros, todo el pueblo de Dios, obispos, sacerdotes, religiosos y fieles debemos empeñarnos con una sola alma y un solo corazón en amar la unidad y buscar la unidad, cerrando las grietas que puedan haberse abierto. Este es el gran deber de la hora para todos. Al analizar las tendencias principales que en el seno de nuestra Iglesia han tomado estado público, lo hemos hecho confrontándolas con la doctrina del Concilio Vaticano II y otros documentos del magisterio de la Iglesia, con amor, en el anhelo de que la reflexión en la oración os ilumine para que vuestra decisión de servir ala Iglesia, al pueblo de Dios y a todos los hombres, entre en la comunión con quienes el Espíritu Santo puso para conducir a la Iglesia por los senderos de la verdad y en la caridad.

         Para terminar, no encontramos palabras mejores ni más a propósito que las que pronunció Jesús en su oración sacerdotal, después de la última cena y de la institución de la eucaristía, cuando rogó por la Iglesia futura: “No ruego por éstos solamente, sino también por los que crean en mi por medio de su palabra; que todos sean uno; como tú Padre, en mi y yo en ti, que también ellos en nosotros sean uno, para que el mundo crea que tú me enviaste.”18

         A María Santísima, Madre de la Iglesia, suplicamos nos haga encontrar a todos en la unidad por la que oró el Señor.

 

Buenos Aires, 12 de agosto de 1970




1 Su Santidad Pablo VI: discurso a los miembros del Sacro Colegio Cardenalicio, 18 de mayo de 1970
2 Su Santidad Pablo VI: discurso a los miembros del Sacro Colegio Cardenalicio, 18 de mayo de 1970
3 Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual, N° 42
4 Su Santidad Pablo VI: audiencia general del 17 de septiembre de 1969
5 Decreto sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, N° 14
6 Decreto sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, N° 15
7 Decreto sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, N° 6
8 Decreto sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, N° 14
9 Medellín: Sacerdotes, N° 19
10 Declaración del tercer encuentro nacional del movimiento de sacerdotes para el Tercer Mundo – Santa Fe, 2 de mayo de 1970.
11 Declaración del tercer encuentro nacional del movimiento de sacerdotes para el Tercer Mundo – Santa Fe, 2 de mayo de 1970
12 Comunicado de los coordinadores regionales del movimiento de sacerdotes para el Tercer Mundo. Córdoba, 27 de junio de 1969
13 Encíclica sobre los recientes desarrollos de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana, N° 109
14 Declaración del Episcopado Argentino: documento “paz”, San Miguel, 21 al 26 de abril de 1969
15 Su Santidad Pablo VI: discurso a los miembros del Sacro Colegio Cardenalicio, 18 de mayo de 1970
16 Declaración del Tercer encuentro nacional del movimiento de sacerdotes para el Tercer Mundo. Santa Fe, 2 de mayo de 1970
17 Constitución dogmática sobre la Iglesia, Cap. I: N°8
18 Jn. 17,20-21

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