miércoles, 14 de febrero de 2018

Breve explicación de la teología y la espiritualidad de la cuaresma - Mons. Héctor Aguer


Carta pastoral de
S.E.R. Mons. Héctor Aguer
Arzobispo de La Plata
para la Cuaresma 2018

Antecedentes bíblicos - Referencias litúrgicas - Obras cuaresmales - El ayuno - El ayuno y los vicios - La mortificación - La oración - Descripción y condiciones de la oración - La limosna - ¿Cuaresma o carnaval? – Envío



A los sacerdotes, a las personas consagradas y a todos los queridos fieles de la arquidiócesis: 

El curso del tiempo nos acerca nuevamente al ejercicio prepascual de la Cuaresma. La determinación de este período fue preparándose progresivamente en la Iglesia, y ya en el siglo IV es presentado a los cristianos como un “gran ayuno”, signo de purificación y medio para liberarse de la esclavitud a lo pasajero y robustecer la seriedad del compromiso con Cristo. Es una oportunidad, ofrecida anualmente, de hacer veraz la conversión al Evangelio, la metánoia, un cambio de vida, de mentalidad, una nueva conciencia de la responsabilidad del ser cristiano. La liturgia del Miércoles de Ceniza nos dirige la misma proclamación con la que Jesús comenzó su predicación: Conviértete y cree en el Evangelio. Es una cita de las expresiones registradas en dos de los Evangelios Sinópticos: Conviértanse porque el Reino de los Cielos está cerca (Mt. 4,17); Conviértanse y crean en la Buena Noticia, porque el tiempo se ha cumplido (Mc. 1,15). El mismo mensaje resuena desde los orígenes de la misión eclesial; Pedro en sus dos discursos después de Pentecostés exhorta: Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados (Hech. 2,38); Hagan penitencia y conviértanse, para que sus pecados sean perdonados (Hech. 3,19). 

En un sermón predicado en el comienzo de la Cuaresma, a fines de febrero de 1594, San Francisco de Sales sostenía el origen apostólico de este ejercicio. Decía: El ayuno de Jesús antes de iniciar su ministerio de predicación fue una penitencia ejemplar, ya que no podía pecar; así nos pedía que de la misma manera nosotros superásemos las tentaciones. De ese modo lo entendieron los Santos Padres a partir de los mismos Apóstoles y en adelante se vivió el ayuno cuaresmal. Es un camino, un desierto de penitencia, que nos lleva al Reino, es decir, a la Cruz y a la Gloria. Es verdad que Jesús no podía pecar; sin embargo, el ayuno y las consiguientes tentaciones, que arrancan precisamente cuando al cabo de esos cuarenta días de total abstinencia sintió hambre (cf.Mt.4,2), expresan el misterio de la encarnación y el designio del Redentor de vencer al demonio en su santísima humanidad, en todo igual a la nuestra, excepto el pecado. En el desierto, adonde el Señor es conducido por el impulso del Espíritu, florece el paraíso del nuevo Adán.

Antecedentes bíblicos


El nombre cuaresma procede de cuadragesima, que en el latín clásico significaba la parte que se debía pagar como tributo al fisco en los contratos; se llama entonces cuaresma a esa porción del año, de cuarenta días, destinada a que el cristiano se prepare debidamente a la celebración pascual. Mateo y Lucas consignan en sus evangelios el ayuno cuadragenario cumplido por Jesús antes de iniciar su misión evangelizadora. Cuarenta es, en la Sagrada Escritura, un número simbólico que se repite en varios momentos de la historia de Israel; el valor alude a algo completo, terminado, justo. Moisés, mediador de la Alianza, permaneció en el monte cubierto por la nube cuarenta días y cuarenta noches (Ex. 24,18). En su travesía por el desierto a la salida de Egipto, los israelitas comieron el maná durante cuarenta años (Ex. 16,35). En el año cuadragésimo Moisés, como portavoz de Dios comenzó a exponer al pueblo la instrucción que el Señor le encomendó transmitirle (Dt. 1,3). Fue aquel un tiempo de prueba en el que Israel dudó de Dios y falló en su fidelidad. En cuanto momento fundacional de la primera Alianza, se hace referencia frecuente a él en diversos pasajes de la Sagrada Escritura, y se exhorta a la memoria agradecida y penitente. Esdras, el escriba, alabó a Dios en una gran asamblea litúrgica: Cuarenta años los sustentaste en el desierto y nunca les faltó nada (Ne. 9,21). El Salmo 94 exhorta a los fieles a no reiterar la rebeldía de la generación del desierto, de corazón endurecido (Sal. 94, 10). El diácono Esteban, en el discurso que precipitará su martirio, traza un compendio de la historia de Israel y evoca los cuarenta años en el desierto (Hech. 7,36). El profeta Elías, perseguido después de haber sido alimentado por el ángel, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, la montaña de Dios –otro nombre del Sinaí- para encontrarse con el Señor, que se hizo presente en el rumor de una brisa suave (1Re. 19,8). No lo dejó solo en aquella circunstancia de apostasía durante el reinado del impío Ajab; le dijo: yo preservaré en Israel un resto de siete mil hombres: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal y todas las bocas que no lo besaron (ib. 18). Un aliento para nuestra cuaresma; no estamos solos, aislados en un rincón por la indiferencia y oposición del mundo. Muchos hermanos, en el corazón de la Iglesia, están dispuestos a prepararse intensamente para la próxima Pascua; sumémonos a ellos.

En el Antiguo Testamento encontramos otras dos cuarentenas penitenciales. Durante cuarenta días y cuarenta noches se desencadenó el diluvio para castigar a la humanidad pecadora; el arca flotó sobre las aguas encerrando en ella las primicias de una nueva humanidad, de un mundo nuevo. Era týpos, es decir, esbozo, figura, imagen de la Iglesia de Cristo, portadora de la redención. 

El profeta Jonás llevó su anuncio a los paganos de Asiria, urgiéndolos a la conversión: dentro de cuarenta días Nínive (la capital del imperio) será destruida (Jon. 3,4). Ellos obedecieron e hicieron penitencia. El profeta quedó decepcionado porque no pudo comprender el amor misericordioso de Dios que perdona, y mereció su reproche. Nuestra penitencia cuaresmal es, en cierto modo, una proclamación, y una imploración de la gracia del arrepentimiento para los paganos de nuestro tiempo, especialmente para los bautizados. 

Referencias litúrgicas

Las referencias bíblicas que anteceden ilustran las raíces de nuestra cuaresma y cómo ella se inserta en la historia de la salvación que culmina en el misterio de Cristo. La Cuaresma cumplida por la Iglesia ha de ser concebida, entonces, como actualización de aquella historia; nosotros somos hoy día protagonistas que marchamos a través del desierto con paso firme hacia la meta a la cual aspiramos, con la mirada de la esperanza dirigida a la consecución de nuestro destino, que ansiamos lograr post hoc exsilium, después de este destierro, como le pedimos a María en el canto de la Salve. El prefacio V asume este tema: Tú abres a la Iglesia el camino de un nuevo éxodo a través del desierto cuaresmal, para que, llegados a la montaña santa, con el corazón arrepentido y humillado reavivemos nuestra vocación de pueblo de la alianza convocado para bendecir tu nombre, escuchar tu palabra y experimentar con gozo tus maravillas.

Precisamente, para reconocer cómo piensa la Iglesia que debe vivirse en la cuaresma, conviene que nos detengamos en examinar cómo ora en este tiempo. En la plegaria litúrgica se revela lo que podríamos llamar una teología de la cuaresma, de acuerdo con el sentido del antiguo axioma ut legem credendi lex statuat supplicandi: la ley de la oración, el contenido y las disposiciones establecidas en la misma se expresan en las fórmulas de la fe. La Católica cree lo que dice en su oración; ésta es regla de la fe. Basten algunas de las oraciones colectas de las misas, particularmente expresivas en los primeros tramos a partir del Miércoles de Ceniza. El viernes siguiente se pide que la benevolencia de Dios nos acompañe en el camino penitencial emprendido, para que las prácticas exteriores expresen la sinceridad de nuestro corazón. En la oración del primer domingo se manifiesta la finalidad de este ejercicio anual: que progresemos en el conocimiento del misterio de Cristo y vivamos en conformidad con él. El lunes de esa primera semana la liturgia nos invita a rogar a Dios nuestro Salvador una gracia de conversión; se les implora que nos instruya con sus enseñanzas para que sean provechosas las prácticas cuaresmales. El martes, que Dios mire a su familia que se mortifica con la penitencia corporal y nos conceda que nuestra alma resplandezca con el deseo de poseerlo. Notemos el dinamismo que se va perfilando: de lo exterior a lo interior, del cuerpo al espíritu, de lo actual, momentáneo, provisorio, a lo duradero, permanente, a una posesión de Dios que preludie la del cielo. Continuemos. El primer miércoles se afirma en la oración que la abstinencia corporal es entregarse a Dios y un medio para renovar nuestra alma con el fruto de las buenas obras. El viernes siguiente encontramos en la oración colecta otra confirmación de lo que ya hemos observado: se recuerda que este tiempo, por gracia de Dios nos dispone a la celebración de la Pascua, y se pide que el esfuerzo de la mortificación corporal nos lleve a una verdadera renovación en el espíritu. Al comenzar la segunda semana, el lunes, la liturgia expresa que la mortificación del cuerpo sirve para remedio del alma, y el objeto de la súplica es la gracia de abstenernos de todo pecado y de cumplir los mandamientos que Dios nos ha impuesto como prueba de su amor. Con otras palabras, lo mismo se ruega el viernes de esa semana: que purificados por la penitencia lleguemos a las próximas fiestas pascuales con el corazón libre de pecado. Otros elementos aparecen en la colecta del miércoles de la tercera semana. La observancia cuaresmal nos alecciona, es un aprendizaje de vida cristiana. A propósito decía San León Magno: lo que cada cristiano ha de hacer en todo tiempo ahora debemos hacerlo con más intensidad y entrega (Sermón 6 sobre la Cuaresma). Esa intensidad requerida nos adiestra para el resto del año, para toda la vida. La entrega, añade la plegaria que estoy comentando, es una entrega a Dios de todo corazón; hemos de alimentarnos, además, con el pan de la palabra divina y ejercitarnos en la penitencia –lo uno y lo otro son instrumentos de nuestra entrega- lo mismo que perseverar unidos en la oración. Análogamente a lo que ocurre con el tiempo de Adviento, en la Cuaresma se registra una especie de aceleración espiritual, en la intención de la Iglesia, a medida que nos acercamos a la Pascua. Así puede notarse, por ejemplo, el jueves de la tercera semana: te pedimos humildemente que a medida que se acerca la fiesta de nuestra salvación, se acreciente nuestra entrega, para celebrar con fruto el misterio pascual. El viernes de la quinta semana presenta este tiempo como un don que Dios hace a la Iglesia para imitar a la Santísima Virgen María en la participación de la pasión de Cristo; se suplica al Padre por su intercesión estar más íntimamente unidos al Hijo y alcanzar así la plenitud de la gracia. Es un preludio de la contemplación de María al pie de la cruz.

He citado ya uno de los prefacios de Cuaresma incluidos en el Misal. En todos ellos sobresalen, con variadas expresiones, los temas hallados en las colectas. Subrayo: la Cuaresma es un don, una concesión generosa del Padre, un tiempo de gracia para purificar el corazón (prefacios I-II), hay que imitar esa generosidad divina (III) no escatimando esfuerzos para responder a ella. La purificación del corazón se alcanza mediante la oración, las obras de caridad y la participación en los misterios (alusión a los sacramentos); consiste en verse libres de todo afecto desordenado, para vivir las realidades temporales pero adhiriéramos a las eternas (II). Mediante nuestras privaciones voluntarias aprendemos a reconocer y agradecer los dones divinos (todo, en realidad es don suyo); su efecto es dominar nuestro orgullo y prolongar la generosidad de Dios compartiendo nuestros bienes con los necesitados (III). El ayuno corporal –gesto cuaresmal por excelencia, en el que nos detendremos más adelante- es un remedio para refrenar las pasiones y elevar el espíritu; es el Señor quien obra a través de esa práctica nuestra, dándonos fuerza y recompensa (IV). 

Obras cuaresmales

La teología y la espiritualidad de la Cuaresma incluyen los tópicos clásicos de la tradición católica, a partir de la predicación de los apóstoles, tal como han quedado registrados en la liturgia y en los escritos de los santos. No son lugares comunes ni clichés, sino que configuran el sentido de la vida cristiana y actualizan variadamente las exigencias evangélicas. Francisco de Sales, en un sermón pronunciado el 4 de marzo de 1609 en Annecy, al comentar la vieja fórmula de imposición de la ceniza en el rito del inicio cuaresmal, indicaba los dos términos del camino penitencial: aquel del cual partimos, la ceniza; aquel al que tendemos, el cielo. De la miseria a los tesoros. Señalaba asimismo los medios a emplear: en esta Cuaresma escuchen la Palabra de Dios, aliméntense del Verbo en la Eucaristía, ayunen, hagan limosna, visiten a los pobres; estas serán nuestras grandes obras. ¿Cuáles son las pequeñas? Apártense del placer de las conversaciones inútiles, de los adornos superfluos; triunfen de los afectos menores, suspiren frecuentemente con breves pero frecuentísimas oraciones jaculatorias, hablen palabras buenas, humíllense, etc. Las obras aquí llamadas pequeñas no son de escasa cuantía, aunque muchas veces no merecen nuestra atención, y la experiencia enseña que si uno intenta practicarlas no le resulta fácil perseverar en ellas. Se integran en un programa de santificación espontáneo, nada rebuscado para un cristiano que aspira a crecer en la gracia de Dios. El etcétera puede ser concretado por cada uno, según su condición, su vocación, según el momento espiritual que está viviendo. La vida espiritual lleva en sí un dinamismo en el que se entretejen misteriosamente la gracia y la libertad. Las obras cuaresmales señaladas pueden considerarse medios ordinarios de santificación para responder cada vez mejor a los dones de Dios. A propósito vale lo que enseña San León Magno en el sermón ya citado. La energía activa y propulsora de la vida cristiana contiene una dialéctica entre el amor propio y el amor de Dios. Diadoco, obispo de Foticé, escritor del siglo V, sostiene: el que se ama a sí mismo no puede amar a Dios; en cambio, el que, movido por la superior excelencia de las riquezas del amor a Dios deja de amarse a sí mismo, ama a Dios. Como consecuencia ya no busca su propia gloria, sino más bien la gloria de Dios. Y remata: al hombre le conviene la humildad. 

Todo el ejercicio de la Cuaresma es un ejercicio inspirado por el amor de Dios, por la caridad divina, que anima la misericordia para con el prójimo y sus proyecciones comunitarias y sociales. Entre aquellos dos términos, la ceniza y el cielo cabe el desarrollo entero de la vida espiritual y su dimensión mística. En su carta 576, dirigida a la Baronesa de Chantal, escribía Francisco de Sales: No sé donde estará usted físicamente durante la Cuaresma; espero que según el espíritu esté en la grieta de la roca en que anida la paloma (cf. Cant. 2,14) y en el costado traspasado de nuestro amado Salvador. Yo quiero intentar estar a menudo allá con usted. Que Dios nos conceda esa gracia. 

El ayuno

Según hemos señalado, desde el comienzo la Cuaresma fue concebida como un “gran ayuno”. No obstante, luego se articula una tríada de obras mayores a emprender en este tiempo: ayuno, oración y limosna. En la colecta del tercer domingo se afirma que el Dios de la misericordia y origen de todo bien nos muestra en esos tres ejercicios el remedio del pecado. Detengámonos, pues, en cada uno de ellos, aunque teniendo en cuenta que los tres están objetiva y existencialmente ligados: del ayuno, de la parquedad en el uso de las cosas materiales, se nutre la limosna, y la oración sostiene el ánimo para cumplir los otros dos. El ayuno de Jesús, aunque enraizado en sus antecedentes veterotestamentarios, fue un hecho extraordinario, por el cual el Señor se preparó para afrontar las tentaciones. Ocurrió en el desierto de Judá, que se extiende entre Jericó y Jerusalén; un yermo terrible: vacío, soledad, calor intensísimo, vientos cargados de arena, imagen de la precariedad de la existencia humana, hasta la que descendió el Verbo encarnado al asumir la condición dramática de nuestra vida. Aquel ayuno es el modelo original y primario del ayuno cristiano. A pesar de lo que piensan algunos exégetas actuales, desde Tertuliano y San Agustín se lo considera fundamento de la Cuaresma. Nuestro ayuno se refiere al suyo. 

En una discusión con los fariseos acerca de por qué los discípulos de Jesús no ayunaban como aquellos, el Señor pronunció una sentencia enigmática, misteriosa: ¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán (Mt. 9,15; cf. Mc. 2,18-22; Lc. 5,33-39). Jesús aludía a su muerte y resurrección. Nosotros podemos aplicar así este dicho: la Cuaresma representa este tiempo en que el esposo nos es quitado (lo cual vale especialmente para el ayuno del Viernes Santo). En el Tiempo Pascual, que evoca y celebra la presencia del Resucitado, no se puede ayunar. 

La práctica actual, en cuanto a la exigencia canónica, es levísima: se nos obliga a guardarlo solo el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, junto con la abstinencia de carne (canon 1251). Se comprende esta facilidad, habida cuenta de la complejidad y el ritmo de la vida contemporánea. Pero eso no excluye un compromiso más amplio: los fieles estamos obligados por ley divina a hacer penitencia (canon 1249), y no solo en Cuaresma. 

Este es el momento de apuntar la interpretación que hacía San León Magno: el objetivo de la institución apostólica de la Cuaresma puede ser logrado mediante el ayuno, el cual ha de consistir mucho más en la privación de nuestros vicios que en la de los alimentos. Esta observación no es una salvedad, no es una cortapisa; nos previene contra el riesgo de lo que señala el dicho familiar español: “ayunar después de hartos”. Es decir, contentarnos y aun ostentar nuestra observancia en aquellos dos días exigidos, mientras nuestra vida continúa tranquilamente por sus carriles. En sentido figurado, ayuno equivale a privación de algo, en general. La tradición espiritual de la Iglesia siempre ha distinguido el ayuno corporal del espiritual sin separar ambas dimensiones; la primera está ordenada a la segunda y es como una concreción a la vez material y simbólica de ella. San Agustín, en un sermón suyo “Sobre el ayuno y la oración”, enuncia los efectos del ayuno como postura espiritual, en una descripción implícita de la vida virtuosa: el ayuno no ama el palabrerío, juzga como superfluas las riquezas, desprecia la soberbia y enseña la humildad. Le concede al hombre conocerse a sí mismo como débil y frágil, purifica la mente, eleva los sentidos, somete la carne al espíritu, torna al corazón contrito y humillado, disipa las nubes de la concupiscencia, extingue los ardores de la sensualidad, enciende la luz de la castidad. En este texto que refleja la experiencia vital agustiniana aparece asimismo el ideal de la perfección cristiana, siempre vigente por más que transcurran los siglos. 

El ayuno y los vicios

Los conceptos de pecado y de vicio ya no circulan en la sociedad, como tampoco el de virtud. Lo mismo ocurre en algunos ambientes eclesiales. Resta una noción vaga de moralidad; para decirlo con lenguaje filosófico, una moralidad “trascendental” que soslaya la identificación de conductas concretas, las que son prescritas en los mandamientos del Decálogo. Se privilegian algunos valores, como la justicia, cuyo contenido es variable según la postura cultural o ideológica de cada uno. El relativismo moral es una opinión ampliamente extendida. Lo que la doctrina católica considera vicios son comportamientos reclamados como derechos y aun tutelados por leyes inicuas; se considera discriminatorio todo juicio moral “categorial”, aunque sea pronunciado con prudencia y con total respeto por las personas. En ese contexto adverso debemos procurar vivir con serenidad y alegría el seguimiento de Cristo. Querámoslo o no, la realidad es que estamos sumergidos en un ambiente paganizado, en el que se ha perdido de vista la realidad natural del hombre, la “razón” que le es propia y que le permite distinguir objetivamente el bien del mal. Estas condiciones socioculturales se filtran en nuestro propio recinto, el personal de cada uno y el de nuestras comunidades. Este hecho no tiene que escandalizarnos; así sucedía también en las primeras comunidades eclesiales, tal como aparece con claridad en los escritos apostólicos. Cuidémonos de no dejarnos arrebatar por nostalgias del pasado (“todo tiempo pasado fue mejor”) y de no entregarnos a una deploración indignada de lo que ocurre, aunque en algunos aspectos, y quizá en muchos, tuviéramos razón. Es innegable que el ambiente en general no favorece el empeño virtuoso de los cristianos, sino que constituye un lazo, una trampa. Podemos evaluar, en este entorno, lo que significa la tentación, no solo la que padece nuestra fragilidad personal y que incentiva nuestra inclinación al pecado, sino como un fenómeno objetivo, social. Basta reconocer los lemas que se imponen: “ahora se hace así”, “todos lo hacen”; los agita una opinión prepotente hecha costumbre vivida o los medios de comunicación que generalizan esa manera de pensar y las actitudes consiguientes logrando que sean aceptadas pasivamente por la multitud. Otro factor a considerar: “las redes” constituyen una especie de universo virtual que sustituye a la realidad; es decir: la realidad es lo virtual y se encuentra en la "tablet" o el telefonito, esa especie de prótesis del ser humano. Estos instrumentos maravillosos, utilísimos, que pueden ser recursos de humanización y servir a la concordia y al progreso social, provocan frecuentemente una degradación de la convivencia, de la sociedad, de la auténtica humanidad del hombre. La descripción precedente no está destinada a suscitar sentimientos de temor o de derrota; todo lo contrario, puede ayudarnos a considerar con objetividad la situación en la que hoy vivimos los miembros de la Iglesia, para interpretarla a la luz de la fe y de la caridad. San Agustín, comentando el Salmo 70 decía: Nuestra vida, mientras dura nuestra peregrinación, no puede verse libre de tentaciones, pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación, y nadie pude conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni pude vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigos y de tentaciones. Nos presenta entonces como ejemplar la tentación de Cristo en el desierto: Si en él fuimos tentados, en él venceremos al diablo. Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete a ti mismo victorioso en él. Pero es fundamental – y la Cuaresma nos ofrece una oportunidad de examen de conciencia más prolijo- que se afiance en nosotros la convicción de que la gracia de la vida cristiana asume y lleva a plenitud los auténticos valores humanos. 

A propósito de todo lo dicho anteriormente, en el Catecismo de la Iglesia Católica leemos que las emociones y los sentimientos pueden ser asumidos en las virtudes o pervertidos en los vicios (1768). El Catecismo no vacila en emplear un término usual en el lenguaje psicoanalítico. Sigmund Freud, en su “Introducción al psicoanálisis”, al ocuparse de los desórdenes sexuales presenta una lista de once desviaciones, entre ellas el onanismo y la sodomía, y sentencia: Lo que caracteriza a todas las perversiones es que desprecian la finalidad esencial de la sexualidad, es decir, la procreación; y también: es perversa toda actividad sexual que, renunciando a la procreación, busca el placer como una meta independiente de ella. Añade todavía que en todos esos casos el cuerpo se da como carne –de una manera no personal- y que todos esos comportamientos son impúdicos. 

Pero la cuestión no puede focalizarse en la transgresión del sexto mandamiento. La tradición cristiana, desde Juan Casiano y san Gregorio Magno, enumera siete pecados capitales, así llamados porque son cabeza de otros pecados o vicios. El vicio es un hábito, como lo es también la virtud, se engendra por la repetición de actos pecaminosos y se configura como una inclinación desviada, una costumbre que inclina al mal y hace fácil ejecutarlo (cf.Catecismo 1865 s.). Es lo contrario de la virtud, que inclina al bien. Precisamente por la oposición a las respectivas virtudes, Santo Tomás identifica a los siete vicios capitales. Lo hace en su Comentario a la Primera Carta a los Corintios, deteniéndose en una expresión paulina que incluye el término griego káujēma, que puede traducirse “gloria”, “motivos para gloriarse”, “esplendor”. La soberbia, explica el Doctor Angélico, aprisiona el esplendor de la humildad; la avaricia aniquila el esplendor de la generosidad, la envidia excluye el esplendor de la caridad; la ira ofusca el esplendor de la mansedumbre; la lujuria mancha el esplendor de la castidad; la gula elimina el esplendor de la sobriedad, la pereza desaprueba el esplendor de la diligencia, de la prontitud (Sobre 1Cor 9,lección 3). 

Existen vicios de pecado venial; aun en los pecados capitales –con mayor razón en los otros- podemos incurrir venialmente, porque a ellos quizá nos inclina nuestra psicología, porque favorecen esa situación diversas circunstancias, por ejemplo: nuestra inadvertencia, que nos disculpa de una culpabilidad más plena, los halagos que recibimos, a los cuales cedemos fácilmente; el acostumbramiento sin reacción a nuestros defectos, que toleramos por amor propio; la superficialidad en la vida espiritual; la carencia de un fervoroso amor a Dios y al prójimo; el descuido de la oración. Por lo general, nuestro retrato espiritual está coloreado por esos defectos que se han hecho carne en nosotros, debilitan la caridad, entrañan un apego desordenado a los bienes creados, que ya no son puestos al servicio de un progreso en el ejercicio de las virtudes, al crecimiento en la entrega a Dios a través de una ofrenda de toda nuestra vida. Demos a este cuadro el nombre que corresponde: tibieza. Las ardientes gracias que el Señor desea comunicarnos se enfrían en nosotros y así las desperdiciamos. 

La mortificación

El ayuno, entendido en el sentido espiritual y amplio que le reconoce San León I es ejercicio de la virtud de la penitencia, y puede asociarse a lo que según los grandes maestros de la vida espiritual se llama mortificación. Esta palabra, y el verbo correspondiente, proceden del latín cristiano; se trata de domar las pasiones, moderar los gustos que pueden desordenarse y robustecer la voluntad para responder con mayor generosidad a la gracia de Dios. Comienza por aceptar con paciencia las dificultades de la vida, nuestras limitaciones no deseadas, las circunstancias dolorosas que muchas veces tenemos que enfrentar, y hacerlo sin protestar contra los designios misteriosos de la Providencia y sin irritarnos con aquellos que eventualmente nos hagan el mal. El progreso en la vida espiritual incluye la práctica de la mortificación voluntaria, asumida con espontaneidad como lo que corresponde hacer. Esta elección supone un buen conocimiento de nosotros mismos, para descubrir apegos excesivos que rivalizan con un total apego al Señor y nos recluyen en nosotros mismos aislándonos del prójimo y de la atención a sus necesidades. Es un camino de liberación hacia la plenitud del amor. El término mortificación alude a la muerte a todo aquello que nos separa de Dios o se pone en su lugar, llenando un hueco –por insignificante que parezca- que únicamente Él debería ocupar. Se refiere a la muerte de Cristo, a su cruz. El seguimiento de Cristo es el seguimiento del Crucificado; no se puede buscarlo, hallarlo y quedarse con Él sin abrazar su destino, eludiendo la cruz. Sus palabras son bien claras y han sido recogidas en los tres primeros evangelios: el que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la ganará (Mt.16,24s; Mc.8,34s; Lc.9,23s).

Esta condición del discipulado cristiano no tiene nada de masoquista, no es una complacencia enfermiza en maltratarse. El sufrimiento de la Pasión lleva a la gloria de la Resurrección; la Cuaresma apunta a la Pascua. Es el camino para realizar en nosotros los premios enunciados en las Bienaventuranzas que Jesús proclamó en el Sermón de la Montaña, anticipos de la felicidad eterna. Benedicto XVI escribió en su “Jesús de Nazaret”: Las bienaventuranzas son promesas en las que resplandece la nueva imagen del mundo y del hombre que Jesús inaugura, el cambio radical de los valores”. Son promesas escatológicas; esta expresión sin embargo no debe ser entendida en el sentido que la alegría que anuncia sea remitida a un futuro infinitamente lejano o exclusivamente al más allá. Si el hombre comienza a mirar y a vivir a partir de Dios, si camina en compañía de Jesús, entonces vive según nuevos criterios y un poco de “ésjaton”, de lo que debe venir, está presente ya ahora. A partir de Jesús entra alegría en la tribulación. 


La oración

La segunda de las grandes obras cuaresmales es la oración. Pero resulta que este gesto, este intento de comunicación con Dios es en nosotros algo acostumbrado, por lo menos, para todo cristiano que no olvida su condición de tal y que no omite el rezo de las principales oraciones, las que nos han enseñado de niños. Corresponde entonces citar nuevamente a San León Magno: lo que cada cristiano ha de hacer en todo tiempo ahora debemos hacerlo con más intensidad y entrega. La Cuaresma, todos los años, nos presenta una nueva oportunidad de replantearnos el estado de nuestra relación con Dios, de recordar los principios esenciales que rigen la vida de oración y quizá de recibir una gracia decisiva que nos ilumine e impulse. 

Podríamos decir que la base de la oración –que como afirma la teología es un acto de la virtud de religión- consiste en la súplica; por ella, de algún modo queremos inducir a Dios a que nos conceda lo que le pedimos reconociendo nuestra inferioridad y nuestra necesidad de Él. En este sentido, el modelo son las peticiones del padrenuestro. San Agustín explicaba que si oramos de un modo recto y conveniente, no podemos decir más que lo que se contiene en la Oración del Señor; en ella se incluye la adoración y el abandono en la voluntad del Padre. Aun cuando lo alabamos o le damos gracias le estamos suplicando que acepte bondadosamente nuestro pensamiento, nuestros deseos y nuestras palabras, que se dirigen a Él. Siempre nos acercamos como menesterosos. 

San Juan Crisóstomo, en una homilía suya sobre la oración, emplea una imagen muy ilustrativa. La presenta como el techo que corona el edificio de nuestra vida y lo hace casa regia y espléndida para que el Señor more en ella; los otros elementos de la construcción serían la moderación, la humildad, la justicia, la fe, la grandeza de ánimo, las buenas obras. Estas actitudes aparecen esbozadas, siquiera mínimamente, en las súplicas que le dirigían a Jesús, durante su vida terrena, quienes se acercaban a él para solicitarle remedio a sus males; confesaban explícita o implícitamente su mesianidad, en el contexto religioso de la tradición de Israel, y detrás de ella el poder divino. Los Evangelios nos han transmitido súplicas conmovedoras que, como cristianos y en una plena confesión de fe, podemos hacer nuestras. Señor, si quieres puedes purificarme (un leproso, Mt.8,2; también en Mc. y Lc.); los discípulos, sorprendidos por una fuerte tormenta en el mar, clamaron angustiados: ¡Sálvanos, Señor, nos hundimos! (Mt.8,25); Ten piedad de nosotros, Hijo de David (dos ciegos, Mt.9,23); Maestro, que yo pueda ver (el ciego de Jericó, Mc.10,51); Si puedes hacer algo, ten piedad de nosotros y ayúdanos (ruego inspirado por una fe vacilante, poca fe, del padre de un endemoniado epiléptico, Mc.9,22); la confesión y plegaria del buen ladrón: Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino (Lc.23,42). 

El libro de oraciones por excelencia es el Salterio bíblico. Agustín estimaba que todo él se refiere a Cristo; Jesús es el orante, y la Iglesia recoge y pronuncia sus palabras en la Liturgia de las Horas. Las plegarias que nos son transmitidas en los salmos podemos hacerlas nuestras; a eso nos invita el uso eclesial y la interpretación cristológica que han hecho de ellas los Santos Padres. Abarcan también diversas situaciones de la vida del creyente en su relación con Dios, expresadas en géneros literarios propios de la oración de Israel: himnos y cantos de acción de gracias; salmos de confianza que inducen al abandono del alma en manos de su creador y Padre; abundantes súplicas o lamentaciones que pueden referirse a circunstancias personales (enfermedad, persecución, peligro de muerte, víctima de traición o de mentiras y contienen imprecaciones contra los enemigos, apelación a la justicia de Dios, conciencia de pecado) o también a momentos de apretura colectiva, que no faltaron en la historia del pueblo. Hay, asimismo, salmos que invitan al estudio y a la práctica de la Palabra divina, otros de carácter profético que se refieren al Mesías, y no faltan los que manifiestan los sentimientos de los fieles en las asambleas litúrgicas. Los salmos constituyen el elemento principal del rezo o canto de la Liturgia de las Horas, que es propio de los diáconos, sacerdotes y monjes, pero que pueden asumir con fruto todos los fieles. 

Descripción y condiciones de la oración

En el desarrollo de la vida de oración, más allá del rezo de algunas pocas preces acostumbradas, se verifica un aprendizaje y un crecimiento ulterior que dependen del propósito personal de llegar a una comunión frecuente con Dios y de la gracia necesaria que debemos implorar para descubrir ese mundo misterioso de la intimidad divina. En la historia de la Iglesia ha habido y hay maestros de oración, desde los primeros siglos; muchos santos y santas nos han legado la descripción de sus experiencias y aun tratados teológicos sobre la materia. Cito un caso poco conocido en la actualidad, pero que ejerció un influjo importante durante varios siglos: La escala del Paraíso, de Guigo II el Cartujo (siglo XI-XII). En esta obra se presentan cuatro grados de ejercicios espirituales: la lectura, estudio atento, aplicado de la Sagrada Escritura; la meditación, en la que la inteligencia busca desentrañar una verdad oculta de la fe que profesamos; la plegaria u oración propiamente dicha, que para el autor consiste en la elevación del corazón hacia Dios para suplicar aleje de nosotros los males y nos conceda todo bien; y finalmente la contemplación, en la que se verifica una especie de arrebato del alma que saborea las alegrías eternas. Esta última dimensión es de carácter místico, es decir, supone un influjo predominante de los dones del Espíritu Santo. Algo a destacar: los peldaños de esa escalera están fuertemente trabados entre sí, los superiores dependen de los inferiores, y estos están en función de aquellos. Hay que comenzar desde abajo, por donde uno puede y la atracción de Dios inspira.

El enfoque de la vida de oración y la búsqueda del coloquio habitual con Dios pasan por la santísima humanidad del Verbo encarnado. En una obra clásica, “Cristo vida del alma", Dom Columba Marmion escribe: Se encuentran espíritus de tal manera apegados a su manera de ver que se escandalizan de la simplicidad del plan divino. Y este escándalo no es sin daño. Esas almas que no han comprendido el misterio de Cristo se pierden en multitud de detalles y a menudo se fatigan en un trabajo sin alegría. ¿Por qué esto? Porque todo lo que nuestro ingenio humano puede crear para nuestra vida interior no sirve para nada si no basamos el edificio sobre Cristo. “El fundamento ya está puesto y nadie puede poner otro, porque el fundamento es Jesucristo” (1 Cor.3,11). Santo Tomás explica lo mismo empleando conceptos filosóficos: la humanidad de Jesús era el órgano de la divinidad y por eso comunicaba en sus acciones un poder divino; por ejemplo, cuando curó a un leproso tocándolo, ese contacto causó instrumentalmente la salud. Ahora bien, esa eficacia instrumental que tenía para los efectos corporales, la humanidad del Señor la ejercía también en el orden espiritual: su sangre derramada por nosotros tuvo el poder de lavar nuestros pecados. Entonces, la humanidad de Cristo es causa instrumental de la justificación; esa causa se nos aplica espiritualmente por la fe, y corporalmente por los sacramentos –especialmente por el más perfecto de todos que es la Eucaristía-, porque la humanidad de Cristo es espíritu y cuerpo, a fin de que recibamos el efecto de la santificación, que es efecto de Cristo (De Veritate q.27 a.4). A partir de lo dicho se comprende el despiste en el que incurren quienes buscan la unión con Dios en doctrinas y espiritualidades del Oriente extrabíblico, no cristiano, el budismo, por ejemplo; lo hacen no sólo personas que no tienen la fe cristiana pero buscan de alguna manera a Dios o un modo de vida superior, sino también católicos y aún centros católicos de espiritualidad. 

Dos últimas indicaciones acerca de la oración sobre las que podemos reflexionar y examinarnos durante la Cuaresma. 

En primer lugar, la necesidad del silencio. El Señor no está en el terremoto (cf.1 Re.19,11) Podemos apelar a varias referencias bíblicas, por ejemplo: en la conversión y en la calma está la salvación de ustedes; en la serenidad y la confianza está su fuerza (Is.30,15). En el silencio se asume la carga de la vida y el peso de la cruz: es bueno para el hombre cargar con el yugo desde su juventud. Que permanezca solitario y silencioso cuando el Señor se lo impone (Lam.3,27-28). Otra advertencia profética: el Señor reside en su santo templo; ¡guarde silencio toda la tierra delante de él! (Hab,2,20). En el Apocalipsis, y con el lenguaje simbólico que le es propio, leemos que cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se produjo en el cielo un silencio que duró alrededor de media hora (Ap.8,1); ese silencio da cabida a la oración de los santos, que sube hacia Dios como un perfume. Nuestra oración de peregrinos conlleva una expectativa: aguardar la respuesta celestial. 

No es fácil en nuestros días contar con un clima silencioso o hacer silencio para orar. El silencio exterior y el interior están estrechamente vinculados. Vivimos sometidos a la tiranía del ruido y nuestra atención, solicitada por muchos atractivos, se dispersa fácilmente. Si alguien entra habitual y gustosamente en el universo virtual de “las redes” corre el riesgo de convertirse en un adicto y de afincarse en la superficialidad de un parloteo insustancial. Basta mirar a nuestro alrededor, ¡cuánta gente aferrada al telefonito como si fuera una prótesis de su propio ser! Obviamente, no critico el uso inteligente de esos instrumentos maravillosos de que disponemos. Además, existen muchas otras causas de distracción, y el conjunto de esas circunstancias que diseñan nuestro ámbito vital, obstaculizan la dedicación de un rato reservado para el "vacare Deo", para dedicar, consagrar tiempo a Dios y a nuestra relación con él. Si esta condición no se cumple, se debilita la vida cristiana. Hace poco, el cardenal Robert Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino, publicó un libro extraordinario, llamado precisamente “La fuerza del silencio”. 

Por último, unas palabras sobre la duración de la oración. En la Primera Carta a los Tesalonicenses, el apóstol exhorta a los fieles: oren sin cesar (1 Tes.5,17). Es evidente que no podemos estar rezando todo el tiempo, abandonando ocupaciones obligatorias. San Agustín interpretó así la orden apostólica en su Carta a Proba: por la fe, la esperanza y la caridad, con el deseo continuo, oramos siempre. La continuidad de un intenso deseo espiritual se verifica en el fervoroso ejercicio de las virtudes teologales. En la tradición oriental encontramos la misma inquietud acerca de la oración incesante, que se resuelve en la así llamada “oración del corazón”, recurso que consiste en repetir la invocación “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, apiádate de mí, pecador”. La primera parte es una profesión de fe y adoración de la Trinidad; la segunda implica ampararse confiadamente en el misterio de la redención. El ideal es que la repetición de dicha plegaria se identifique con los latidos de nuestro corazón. Los “relatos de un peregrino ruso” han difundido ampliamente esta bella y evangélica postura espiritual. Adoración y súplica son inseparables en el acto de orar; podemos pedir lo que queramos si nos abandonamos en las manos de Dios misericordioso. 

La limosna

Detengámonos ahora en la tercera de las grandes obras cuaresmales, la limosna. La tríada está presente en toda la Sagrada Escritura. Ante todo, notemos de dónde procede el nombre. Proviene del latín cristiano: de eleemósyna, y designa lo que se da por amor de Dios para socorrer una necesidad. El origen está en lengua griega: elemosýne, que en los clásicos de la Hélade significa piedad, compasión; en el hablar cristiano se refiere al don que se entrega bajo el impulso de la caridad, por su inspiración. Es equivalente a otro sustantivo de la misma raíz: éleos, que asimismo quiere decir misericordia, beneficencia para con los pobres. El verbo correspondiente es eleeō; los dos ciegos que seguían a Jesús ansiosos de su curación gritaban: Ten piedad de nosotros, Hijo de David (Mt.9,27). En la misa latina se reza o canta Kýrie eleison “Señor, ten piedad”. Según el libro de los Proverbios, a la limosna se asocian como fuentes varias actitudes virtuosas: lealtad, buena fe, amor, fidelidad (Prov.3, 3; 14,22; 20,28). En el texto hebreo aparece una dupla frecuente en el Antiguo Testamento: jéded y emét. El primer término puede traducirse gracia, misericordia, amor; tiene un sinónimo: jén. El segundo equivale a verdad, lealtad, fidelidad. En la traducción griega llamada “de los Setenta”, la mencionada dupla se vierte como eleemosýne y alétheia (lo que se muestra abiertamente, verdad). Estas precisiones terminológicas no son ociosas, ayudan a comprender que se puede reducir superficialmente la limosna a la monedita que se da de mala gana a un pobre insistente. Toda una espiritualidad sostiene el gesto de la limosna. En el libro del Eclesiástico o Sirácida encontramos un elocuente elogio y la recomendación de la limosna: Tú sé indulgente con el humilde y no le hagas esperar tu limosna. Socorre al pobre para cumplir el mandamiento y, en su indigencia, no lo despidas con las manos vacías. Pierde tu dinero por un hermano y un amigo: que no se herrumbre bajo una piedra y lo pierdas. Deposita tu tesoro según los mandamientos del Altísimo y te reportará más provecho que el oro; que el tesoro enterrado en tus graneros sea la limosna, y ella te preservará de todo mal: mejor que un fuerte escudo y una lanza pesada combatirá a tu favor frente al enemigo (Sir.29,8-13). El mismo encarecimiento leemos entre los consejos de Tobit a su hijo Tobías antes de que éste emprenda el viaje: Da limosna de tus bienes y no lo hagas de mala gana. No apartes tu rostro del pobre y Dios no apartará su rostro de ti. Da limosnas según la medida de tus posibilidades: si tienes poco, no temas dar de lo poco que tienes. Así acumularás un buen tesoro para el día de la necesidad. Porque la limosna libra de la muerte e impide caer en las tinieblas: la limosna es, para todos los que la practican, una ofrenda valiosa a los ojos del Altísimo (Tob. 4, 7-11). 

Además del desprendimiento, indicado por Jesús, que San Lucas recoge en su Evangelio, el Señor advirtió, contra la ostentación de los fariseos, con qué espíritu el discípulo debe asumir la práctica de esta obra de misericordia: Cuando des limosna, no lo anuncies a toque de trompeta, como hacen los hipócritas... que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará (Mt.6,2). El tercer evangelio recoge otra enseñanza de Jesús acerca del verdadero tesoro, en continuidad con los dos textos del Antiguo Testamento recién citados, el verdadero tesoro se adquiere mediante el ejercicio de una generosidad total: Vendan sus bienes y denlos como limosna: Háganse bolsas que no se desgasten y acumulen un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acerca el ladrón ni destruye la polilla. Porque allí donde tengan su tesoro, tendrán también su corazón (Lc.12,33 s.). 

Tenemos testimonios, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, de esa práctica entre los primeros cristianos. Tabitá, una discípula de la ciudad de Jope, pasaba la vida haciendo el bien y repartía abundantes limosnas (Hech 3,36). Del Centurión Cornelio se dice que era un hombre piadoso y temeroso de Dios, hacía abundantes limosnas y oraba a Dios sin cesar (ib. 10,2). Este soldado de Cesarea fue uno de los primeros paganos que recibió el bautismo; su rectitud y generosidad le atrajeron la gracia. El apóstol Pablo, en su descargo ente el gobernador Feliz muestra que las comunidades cristianas continuaron con aquel ejercicio característico de la piedad judía y se refiere a su propia práctica (ib.24,17). Para concluir con estas rápidas referencias bíblicas; no olvidemos que las obras de misericordia serán la materia del examen final, del último juicio; en los necesitados hemos de ver y ayudar al mismo Jesús, que se identifica con ellos (cf. Mt,25,31 ss).

La tradición cristiana ha enumerado las principales obras de misericordia y las ha reunido en dos listas: las obras corporales y las espirituales; son catorce en total. Siete corporales: visitar y cuidar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, redimir al cautivo y enterrar a los muertos. Algunas de ellas son clarísimas en cuanto a la necesidad que señalan, que se verifica en todo tiempo y lugar. A los pobres los tendrán siempre con ustedes, dijo el Señor (Mt.26,11). No está a nuestro alcance suprimir tantas desigualdades injustas, pero podemos hacer algo para aliviar a los que padecen muchas de esas injusticias. Habría que explicar mejor y aun actualizar el sentido de otras de las obras mencionadas. Por ejemplo: “redimir al cautivo” parece un enunciado que corresponde a otros tiempos, cuando estaba oficializada la esclavitud y regían discriminaciones raciales, o cuando las incursiones islámicas en Occidente raptaban y sometían a cautiverio a los cristianos. Hoy día existen nuevas y persistentes formas de esclavitud que es preciso denunciar y se impone trabajar por su abolición. No falta gente que voluntariamente o por circunstancias ambientales se somete a diversas formas de esclavitud; entre las adicciones la más notoria y funesta es la drogadicción. Los narcotraficantes y sus “mulitas” son esclavistas enemigos de la humanidad. La expresión “redimir al cautivo” podría aplicarse en general a los presos. Mientras rueda el tiempo habrá delitos, derecho penal, juicios y cárceles; también conocemos los argentinos las prisiones de “puerta giratoria”, y hasta ahora parecía que principalmente los “perejiles” poblaban como huéspedes obligados las cárceles; últimamente han caído varios “peces gordos”. Más allá de este comentario, todos sabemos cuánto se debe hacer todavía para humanizar el sistema penitenciario; gracias a Dios no faltan personas e instituciones que se dedican con empeño a esta obra de misericordia, que no es solamente corporal. La fórmula de la lista tradicional puede traducirse entonces “visitar y ayudar a los presos”; llevarles el auxilio espiritual de la verdad y la gracia. En lugar de “dar posada al peregrino” digamos por ejemplo, ¿cómo podemos acoger, ayudar al inmigrante? Aludo, simplemente, a un grave problema de orden cultural, social y político que tiene delicados bemoles. En la Doctrina Social de la Iglesia hay indicaciones precisas al respecto. “Enterrar a los muertos”: cuando parece extenderse el recurso espantoso de la cremación al terminarse el velatorio, la acción misericordiosa recomendable es instalar cinerarios en las parroquias, de modo que los últimos restos mortales de los cristianos no vayan a parar a una cancha de fútbol o al Río de la Plata. Aunque no podamos evitar decisiones testamentarias extravagantes. 

Recordemos a continuación las siete obras de misericordia espirituales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que yerra, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo, rogar a Dios por los vivos y los difuntos. Podríamos comentar ampliamente cada uno de estos gestos virtuosos. Muchas veces las necesidades del cuerpo y las del alma se entrecruzan; las miserias atrapan al hombre todo entero. Pero quizá se pueda sostener que en las periferias geográficas –para emplear el tan expresivo lenguaje del papa Francisco– arrecian sobre todo las carencias materiales, producto de una injusticia social inveterada; pero los más pobres muchas veces poseen y demuestran un sentido más humano de la existencia, que incluye la alegría. Es verdad que las privaciones de la verdad, de la consolación, de la sensatez para orientar la vida, de la relación con Dios, pueden darse en cualquier ámbito; sin embargo las periferias existenciales se configuran a menudo en el centro de las ciudades, en los ámbitos culturales refinados y entre la gente satisfecha materialmente y con un buen pasar económico. La ausencia de Dios se extiende ampliamente en una sociedad secularizada, descristianizada. La limosna, es decir, la misericordia del cristiano se ve solicitada a remediar en lo posible tantos males, a cubrirlo todo con su generoso manto, así como el cristiano mismo, ¡todos nosotros!, imploramos que la Madre de misericordia vuelva a nosotros sus ojos misericordiosos y nos muestre a Jesús, el fruto bendito de su vientre, no sólo después de este destierro sino también antes, en el destierro mismo. El destierro es para muchos la soledad, o las numerosas desgracias que quebrantan el corazón, o la incomprensión de la que son objeto, y la incomprensión de ellos para con ellos mismos porque ignoran, en realidad, qué son, quiénes son y cuál es su destino. Merodean por la periferia de su propia existencia. Existen otras periferias como la que describo a continuación, a las cuales es muy difícil acceder. 

He leído recientemente una nota periodística que me ha dejado absorto. Se trata de una crónica de las fiestas “rupturistas” y “transgresoras” organizadas en Punta del Este por dos expertos en negocios formados en Harvard y en Cornell, uno norteamericano y otro italiano, a los cuales asisten también argentinos que veranean en Uruguay. Ellos aprueban el look de los invitados, que lucen atuendos tropicales y exóticos tocados frutales; llevan en su antebrazo el sello de tinta violeta con el cual “las asesoras de vestuario certifican su pertenencia a la tribu hedonista”. La inspiración de estas “transgresiones” se encuentra, según proclamaron, en “un credo filosófico “medular”: Epicuro, a quien llegan a través del poema de Lucrecio De rerum natura” (sobre la naturaleza se las cosas); la dinámica de la fiesta los lleva a entregarse a Baco en un éxtasis de belleza, porque el movimiento hedonista impone el regocijo estético. Se deleitan con carne, corvina y vegetales asados; disc-jockeys americanos y europeos tocan hasta el amanecer de modo que además del “rito sibarita” los invitados puedan liberar endorfinas (no sé qué es esto). El “colorido festín cinético” (en griego kineticos significa: lo que se mueve) comienza a divulgarse también en los balnearios de nuestra costa atlántica. 

Me permito un recurso al diccionario para que se comprenda mejor el sentido de esta novedad viejísima. Están copiando lo decadente del paganismo. Por supuesto, ni ayuno, ni oración, ni limosna; sería lo más ajeno al ideal que han asumido y los divierte tanto. Hedonista (de hedonē, en griego) se llama la doctrina que proclama el placer como fin supremo de la vida, también el adjetivo se aplica a sus practicantes; epicureísmo –del ya nombrado Epicuro- es el refinado egoísmo que busca el placer exento de todo dolor; bacanal es la entrega a Baco en una orgía con mucho desorden y tumulto, aunque en el caso que expongo el refinamiento la torna serena. Pero de cualquier manera, se denomina orgía el festín en el que se come y bebe inmoderadamente y se cometen otros excesos. Fiestas rupturistas o “transgresoras”; transgredir equivale a quebrantar, violar un precepto, ley o estatuto. En este caso los valores cristianos del ayuno y la limosna, por no hablar del sentido verdaderamente humano de la fiesta. Es probable que la mayoría de los asistentes sean bautizados, ¿cómo vivirán el resto del año?, ¿advertirán que a su alrededor hay pobres, y muchos, infinitamente más que los miembros de la tribu hedonista? ¿Habrá una Cuaresma después del Carnaval? 

Ya he aludido anteriormente al estrecho vínculo que ha de darse entre las tres mayores obras cuaresmales, ya que el amor a Dios y al prójimo son inseparables. Viene a propósito lo que enseña Benedicto XVI: Ha llegado el momento de reafirmar la importancia de la oración ante el activismo y el secularismo de muchos cristianos comprometidos en el servicio caritativo. Obviamente, el cristiano que reza no pretende cambiar los planes de Dios o corregir lo que Dios ha previsto. Busca más bien el encuentro con el Padre de Jesucristo, pidiendo que esté presente, con el consuelo de su Espíritu, en él y en su trabajo (encíclica Deus caritas est,37). Sabemos por experiencia que hay males que no podemos remediar. El mismo pontífice nos exhorta a la familiaridad con el Dios personal y el abandono a su voluntad, que impiden la degradación del hombre y lo salvan de la esclavitud de doctrinas fanáticas y terroristas (ib.).

¿Cuaresma o carnaval?

Tratando de explicar los orígenes del Carnaval, los etnólogos y los folcloristas han relacionado esta fiesta popular con antiguas festividades romanas como las Saturnales y las Bacanales, que modificadas y atenuadas pervivieron en ámbitos cristianos desde el comienzo. Apuntaron también a otros posibles antecedentes, griegos o egipcios, y también a las religiones de misterios. Los desbordes se apoyaban en mitos propios de una concepción mágica del mundo. Sin embargo, al parecer, el nombre señala como raíz las procesiones marinas en la apertura de la temporada de la navegación al llegar la primavera: Car–navale, es decir, carrus navalis, un carro en forma de barco en el que se llevaba la imagen de la divinidad a la que se daba culto y se recurría para la ocasión. De allí quizá el desfile de carrozas y comparsas que ha pervivido en el Carnaval de nuestros días. James G. Frazer, en su clásica obra “La rama dorada” reconstruyó un posible desarrollo de esas celebraciones y advirtió que en ellas se satisfacían las ansias de nivelación social, ya que durante esos días se abolía la distinción entre las clases libres y los esclavos; habla, por tanto, de un “Reinado de las Burlas”, en relación con las Saturnales romanas. Los disfraces, algo típico del Carnaval, disimulan las identidades. 

Siempre deben haberse registrado excesos carnavalescos. Recuerdo que siendo yo adolescente y miembro de la Acción Católica, nos invitaban a participar de la adoración eucarística que se organizaba en las parroquias en reparación de los pecados que se cometían el domingo, el lunes y el martes que preceden al miércoles de Ceniza. Por entonces no era Carnaval, como ahora, todos los fines de semana. Tendríamos que vivir arrodillados ante el Santísimo mientras en las calles –como dice el tango- con loca algarabía el carnaval del mundo gozaba y se reía. Aquel gran humanista que fue San Francisco de Sales presentó una versión verdaderamente cristiana del Carnaval. En su Carta XIV, de comienzos de febrero de 1594, escribía al senador Antonio Favre: entonces renacerá en nosotros esa antigua forma de la urbanidad cristiana según la cual los amigos tenían costumbre, al acercarse el ayuno de la santa Cuaresma, de concederse alguna recreación honesta, invitándose a agradables festines y disminuir así algo del trabajo ordinario. La finalidad era tener el espíritu más libre durante el tiempo de penitencia para afincarse en la soledad, callar y elevarse por encima de sí mismo. De algún modo se despedían unos de otros antes de ese largo retiro. Desde el Carnaval el obispo de Ginebra suspiraba por las fiestas de Pascua, y la Cuaresma en aquellos tiempos iba en serio. Así, por lo menos, lo proponía la Iglesia. El Carnaval tiene sentido si lo sigue una Cuaresma real, verdadera, sincera, asumida con atenta consideración de los dolores de Cristo y de su Madre, y de los dramas y tragedias del mundo, de los sufrimientos de tantos hermanos nuestros.

Envío

Dentro de pocos días, queridos hermanos, comenzaremos la Cuaresma de 2018. El próximo miércoles 14 de febrero somos convocados a recibir en nuestras cabezas el austero símbolo de la ceniza que pertenece al antiguo ritual con el cual los pecadores convertidos se sometían a la penitencia canónica. El gesto de cubrirse de ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, necesitada de ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como símbolo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Ese gesto abre a la conversión y el empeño de la renovación pascual (Directorio sobre piedad popular y liturgia. Principios y orientaciones, n.2524).

En su mensaje para la Cuaresma de 1998, la de veinte años atrás, San Juan Pablo II decía: La cuaresma es un camino de conversión en el Espíritu Santo, para encontrar a Dios en nuestra vida. Efectivamente, el desierto es lugar de aridez y de muerte, sinónimo de soledad, pero también de dependencia de Dios, de recogimiento y de esencialidad. Para el cristiano la experiencia del desierto significa experimentar en primera persona la propia poquedad ante Dios, y de tal manera hacernos más sensibles a la presencia de nuestros hermanos pobres. La profunda actitud del corazón señalada en estos dos textos citados es el sostén auténtico de las obras cuaresmales.

Quienes cargamos años sobre nuestras espaldas podemos contar muchas Cuaresmas, y aquí estamos, somos los que somos. ¿Será utópico pensar en una Cuaresma decisiva, de una conversión que marque el resto de nuestra vida? ¡De ninguna manera! No es un ideal irrealizable. En realidad, cada año invocamos la gracia de Dios para que eso ocurra, porque solo la gracia puede sacudir, golpear con fruto nuestro duro corazón. Pidámoslo una vez más, con las mejores disposiciones que podamos aprontar. Yo lo pido para ustedes, pídanlo ustedes para mí. 

Dada en la sede arzobispal de La Plata, el 25 de enero del año del Señor 2018, fiesta de la Conversión del Apóstol San Pablo.


Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata.

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