sábado, 6 de enero de 2018

Meditaciones de navidad después de Epifanía 8 - San Alfonso María de Ligorio

Meditación de la pérdida de Jesús en el templo
MEDITACIONES DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Para los días de la octava de la epifanía

Meditación VIII

De la pérdida de Jesús en el templo


Refiere san Lucas capítulo 2, que María y José iban todos los años a Jerusalén en el día de la Pascua, y llevaban consigo al niño Jesús.
Era, pues, costumbre (según el venerable Beda) entre los hebreos hacer este viaje al templo (a lo menos a la vuelta), yendo los varones separados de las mujeres; y los niños iban según les parecía en compañía o de los padres o de las madres.
El Redentor, que tenía entonces doce años, se quedó en aquella solemnidad por tres días en Jerusalén, creyendo María que iba el Niño con José, y este que iba con María, existimantes illum ese in comitalu. Jesús empleó todo aquel tiempo en honrar a su eterno Padre con ayunos, vigilias y oraciones. Si tomó algún poco de comida dice San Bernardo, debía procurársela mendigando, y si tomó un poco de reposo no tuvo otro lecho que la desnuda tierra. Llegada la tarde, y reunidos José y María en su casa, no hallaron a Jesús, por lo que afligidos comenzaron a buscarlo entre los parientes y los amigos.
Últimamente volviendo a Jerusalén, al tercero día le hallan en el templo que disputaba con los doctores; los cuales pasmados admiraban las preguntas y respuestas de aquel gran Niño.
Al verlo María le dice: Hijo, ¿por qué lo has hecho así con nosotros? Mira como tu Padre y yo angustiados te buscábamos…
No hay en esta tierra pena semejante a la que experimenta un alma que ama a Jesús si teme que se haya alejado de él por cualquier falta suya. Esta fue la pena que tanto afligió a María y José en aquellos días, temiendo acaso por su humildad, como dice el devoto Lanspergio, que se hubiesen hecho indignos de guardar un tan gran tesoro. De aquí fue que al verlo María, para darle a entender su dolor, le dice de aquella manera, y Jesús responde: ¿No sabíais que en las cosas que son de mi Padre me conviene estar?
Aprendamos de tal misterio dos documentos. El primero, que debemos dejar a todos, amigos y parientes, cuando se trata de procurar la gloria de Dios. El segundo, que Dios se hace hallar de quien le busca, conforme aquellas palabras de Jeremías: “Bueno es el Señor para el alma que le busca.” Jeremías 14, 22


Afectos y súplicas.
¡Oh María! Vos lloráis porque habéis perdido unos pocos días a vuestro Hijo. Él se ha alejado de vuestra vista, pero no de vuestro corazón. ¿No conocéis, Señora, que aquel puro amor con el cual le amáis le tiene ciertamente unido y estrechado con Vos? ¿Y sabéis también que el que ama a Dios no puede dejar de ser amado del mismo, que dice yo amo a los que me aman? ¿Qué teméis, pues? ¿Por qué lloráis? Dejad que llore yo, habiendo perdido a Dios tantas veces por mi culpa desechándolo de mi alma. ¡Ah Jesús mío! ¿Cómo he podido ofenderos a ojos abiertos, sabiendo que os perdía con el pecado? Pero Vos no queréis que desespere, sino que alegre el corazón que os busca.
Si en el tiempo pasado os he dejado, amor mío, ahora os busco, ni quiero a otro que a Vos. Y para que posea vuestra gracia, renuncio todos los bienes y gustos de la tierra, renuncio también a mi vida. Vos habéis dicho que amáis a los que os aman. Yo os amo, pues; amadme Vos. Aprecio más vuestro amor que el ser dueño de todo el mundo. Jesús mío, yo no quiero perderos más, pero no puedo fiarme de mí, en Vos confío, Ea pues, estrechadme con Vos y no permitáis que me haya de separar más de Vos.
¡Oh María, Vos me habéis hecho hallar a Dios, a quien perdí algún tiempo, alcanzadme asimismo la santa perseverancia, para lo cual también os digo con san Buenaventura: En ti, Señor, esperé, jamás seré confundido; In te, Domine, speravi, non confundar in oeternum.


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