martes, 12 de diciembre de 2017

Meditaciones para los días de adviento de San Alfonso María de Ligorio (13) - Con bautismo es menester que yo sea bautizado: ¿y cómo me angustio hasta que se cumpla?



Meditación XIII
Con bautismo es menester que yo sea bautizado: ¿y cómo me angustio hasta que se cumpla?
Baptismo habeo baptizari; et quomodo coarclor usque dum perficiatur

Considera como Jesús padeció desde el primer momento de su vida; y todo lo padeció por amor nuestro. Él no tuvo en toda su vida otro interés después de la gloria del Padre, que nuestra salvación.
Como Hijo de Dios, no tenía necesidad de padecer para merecerse el paraíso.
Cuanto sufrió de penas, de pobreza y de ignominias, todo lo aplicó para merecernos la salvación eterna. Así, pudiendo salvarnos sin padecer, quiso tomar una vida de dolores, pobre, despreciado y desamparado de todo alivio, con una muerte la más desolada y amarga que jamás había sufrido mártir o penitente alguno; solo por darnos a entender la grandeza del amor que nos tenía, y por ganarse nuestros afectos.
Vivió treinta y tres años, y vivió suspirando porque se acercase la hora del sacrificio de su vida, que deseaba ofrecer para alcanzarnos la divina gracia y la gloria del paraíso.
Este deseo le hizo decir: Con bautismo es menester que yo sea bautizado; ¿y cómo me angustio hasta que se cumpla? Deseaba ser bautizado con su propia sangre, no para lavar sus pecados, siendo él inocente y santo, sí los de los hombres, a quienes tanto amaba. Nos amó, y nos lavó en su sangre, dice san Juan. Ap. 1, 5.
¡Oh exceso del amor de un Dios, que todos los hombres y todos los Ángeles no llegaron jamás a comprenderle y alabarle cuanto basta! Pero lamentase san Buenaventura al ver la grande ingratitud de los hombres a tan grande amor, y se admira que nuestros corazones no se rasguen por la fuerza del amor de Dios. Se maravilla en otro lugar el mismo Santo de ver a un Dios padecer tantas penas, gemir en un establo, pobre en un taller, desangrado sobre una cruz, en suma, afligido y atribulado en toda su vida por amor de los hombres; y ver luego a estos no arder de amor por este Dios tan amante, y aun tener valor de despreciar su amor y su gracia. ¡Oh Dios! ¿Cómo es posible comprender que os hayáis reducido a tanto padecer por los hombres, y que haya de estos quienes ofendan tanto a Vos?


Afectos y súplicas

Amado Redentor mío, entre estos ingratos que han pagado vuestro inmenso amor, vuestros dolores y vuestra muerte con disgustos y desprecios, mirad a mí, que soy uno de ellos. ¡Oh mi Jesús amado! ¿Cómo viendo Vos la ingratitud que había de usar, pudisteis amarme tanto, y resolveros a padecer tantos desprecios y penas por mí? Más no quiero desesperarme. El mal está ya hecho.
Dadme, pues, Señor, aquel dolor que me habéis merecido con vuestras lágrimas, pero que sea un dolor igual a mi iniquidad. Corazón amoroso de mi Salvador tan afligido y desconsolado un tiempo por amor mío; y ahora tan ardiente, mudadme el corazón, dadme otro que compense los disgustos que os he causado, un amor que iguale mi ingratitud. Ya me siento con un gran deseo de amaros, y os doy gracias porque vuestra piedad me ha trocado el corazón. Aborrezco sobre todo mal las ofensas que os he hecho; las detesto, las miro con horror. Estimo ahora más vuestra amistad, que toda riqueza y todo reino. Deseo complaceros cuanto puedo. Os amo, o amable infinito; mas veo que este mi amor es demasiado escaso. Aumentad Vos la llama, dadme más amor; porque el vuestro debe ser correspondido con otro mucho mayor por mí, que tanto os he ofendido, y que en vez de castigos he recibido de Vos tan especiales favores. ¡Oh sumo bien! No permitáis que yo viva más tiempo ingrato a tantas gracias que me habéis hecho. Moriré por amor de Vos: diré con san Francisco, que os habéis dignado morir por amor mío.
María, esperanza mía, ayudadme, rogad a Jesús por mí.


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