lunes, 25 de diciembre de 2017

Meditaciones para la octava de navidad San Alfonso María de Ligorio 5 - De Jesús sobre la paja

Meditación de Jesús sobre pajas 
para rezarla el 29 de diciembre.
MEDITACIONES DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
Para la octava de Natividad hasta la Epifanía.

Meditación V

De Jesús sobre la paja


Nace Jesús en el establo de Belén. Allí la pobre Madre no tiene ni lana, ni plumas, para preparar lecho al tierno Niño. En tal situación ¿qué hace María? Reúne un montoncito de paja dentro un pesebre, y sobre ella recostó al Hijo: Et reclinavit eum in proesepio.
Pero ¡Oh Dios! Que esta es cama muy dura y penosa para un infantillo recién nacido. Sus miembros son muy tiernos, y especialmente los de Jesús, formado con delicadeza especial por el Espíritu Santo, a fin de que fuese más sensible a las penas: motivo por el que se hizo muy dolorosa la de un lecho tan duro.
Pena y oprobio; porque ¿hubo jamás hijo alguno, aún del hombre más plebeyo y olvidado, que fuese expuesto al nacer sobre la paja? Ella es el lecho propio de los animales, ¡y el Hijo de Dios no tiene otra sobre la tierra!
San Francisco de Asís, estando sentado un día a la mesa, oyó leer las sobredichas palabras del Evangelio: Y le reclinó en un pesebre, y al momento dice: ¿Cómo? Mi Señor está sobre la paja, ¿y he de estar yo sentado? Levantóse en seguida de su asiento, se echó en el suelo, y allí concluyó su pobre comida mezclándola con lágrimas de ternura, que derramaba al considerar lo que padeciera el niño Jesús estando recostado sobre cama tan dura.
Pero ¿porqué María, que tanto había deseado ver nacido a este Hijo, porqué la Señora que tanto le amaba, no le retenía entre sus brazos, en vez de ponerle a padecer sobre el pesebre? Misterio es esto, dice santo Tomás de Villanueva: “Ni le hubiera colocado en tal lugar, si en ello no se obrase algún misterio”.
Muchos lo explican de diversos modos; pero más que todas les agrada la explicación de San Pedro Damiano, que dice: “Quiso Jesús, apenas había nacido, ser puesto sobre la paja, para enseñarnos la mortificación de los sentidos”.
El mundo estaba perdido por los placeres sensuales. Por los mismos se había perdido Adán y tantos descendientes suyos hasta aquel momento. Vino el Verbo eterno del cielo a enseñarnos el amor de padecer, y comenzó de niño a darnos lecciones, eligiendo para sí los más ásperos padecimientos que pudo sufrir un recién nacido.
De aquí, pues, fue que él mismo inspiró a la Madre dejase de tenerlo sobre su regazo, y lo recostase en aquel duro lecho, a sentir en mayor grado el frío de aquella gruta, y las punzadas de aquellas toscas pajas.


Afectos y súplicas
¡Oh enamorado de almas! ¡Oh amable Redentor mío! Con qué ¿no os basta la pasión dolorosa que os espera, la muerte amarga que os está preparada sobre la cruz, sino que desde el principio de vuestra vida, desde niño ya queréis comenzar a padecer?
Sí, porque desde niño queréis Vos comenzar a ser mi Redentor, y satisfacer a la divina justicia por mis pecados. Elegís por cama la paja, para librarme del fuego del infierno, en el que mil veces he merecido ser arrojado.
Lloráis, y dais vagidos producidos por el dolor que os causa tan penoso lecho, para alcanzarme con vuestras lágrimas el perdón de vuestro Padre.
¡Ah! Que estas vuestras lágrimas me afligen y consuelan! Me afligen por la compasión viéndoos niño inocente padecer tanto por delitos que no son vuestros; pero me consuelan mientras reconozco en vuestros dolores mi salvación, y el amor inmenso que me tenéis.
Más no quiero, Jesús mío, dejaros solo, a llorar y penar. Quiero también llorar yo, que únicamente debo hacerlo por los disgustos que os he dado. Yo que he merecido el infierno, no rehúso cualquier pena por recobrar vuestra gracia.
O mi Salvador, perdonadme, restituidme a vuestra amistad, haced que os ame, y después castigadme como queráis. Libradme de las penas eternas, y luego tratadme como os agrade. No os pido en esta vida placeres, porque no los merece quién ha tenido el atrevimiento de disgustaros a Vos, bondad infinita. Estoy contento de sufrir todas las cruces que Vos me enviaréis; pero, Jesús mío, quiero amaros.
¡Oh María! Vos que acompañasteis tan cumplidamente con vuestras penas las de Jesús, alcanzadme la virtud de sufrir las mías con paciencia. ¡Pobre de mí, si después de tantos pecados no padezco alguna cosa en esta vida! Y dichoso, si tengo la suerte de acompañar, padeciendo, a Vos, Madre mía dolorosa, y a mi Jesús siempre afligido y crucificado por mi amor.


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