jueves, 7 de diciembre de 2017

La Virgen María - Mons. Tihamer Tóth - Cap. 7 - Las imágenes de la Virgen María

LA VIRGEN MARÍA
Mons. Tihámer Toth
Obispo de Veszprém (Hungría)

CAPÍTULO SÉPTIMO

LAS IMÁGENES DE LA VIRGEN MARÍA

MARÍA, LA MADRE DE DIOS - MARÍA, VIRGEN INMACULADA - MARÍA, REINA DEL CIELO

Tiziano La Asunción de María a los cielos

No sé si habéis tenido en las manos un libro o un álbum en que sólo hay pinturas de María, reproducciones de obras de los mejores artistas del mundo. No es posible describirlo; es preciso experimentarlo; el encanto y la exquisitez..., el gran consuelo que experimenta nuestra alma al contemplar una de esas colecciones.
Centenares y centenares de cuadros. Pero todos tienen el mismo tema: la única, la inmaculada, la bendita Virgen María.
Tengo delante de mí el cuadro de Tiziano: «María, en su Asunción a los cielos». El cuadro de Bellini: «La Virgen Madre mira, soñando, un paisaje lejano». El cuadro de Memling: «María, sonriente, ofrece una manzana al Niño Jesús». El cuadro de Granach: «La Virgen Santísima mira desde un vergel». El cuadro de Rubens: «El Niño Divino se abraza con un encanto singular contra su madre.» El cuadro de Leonardo de Vinci: «La Virgen Madre con sus rasgos delicados». El cuadro de Guido Reni: «El éxtasis de los ojos que miran al cielo». El cuadro de Sandro Boticelli: «La Virgen, cubierta con un velo, escucha las palabras del ángel». Y ¡el cuadro de Dolci y el de Durero y el de Giotto y el de Fray Angélico y el del Greco y el de Filippo Lippi y el de Correggio y el de Mantegna! ¡Y los treinta cuadros de Murillo, cuadros de la
«Inmaculada»! ¡Y los cincuenta y dos de Rafael, cuadros de la «Madonna»!
Tendría que ir enumerando todos los nombres que se destacan en la historia del arte, porque apenas hubo pintor que no cifrase su ambición en rendir homenaje con sus pinceles a la Madre de Dios. ¡Cuántos artistas pintaron ya su cuadro! ¡En distintas épocas! ¡Con distinto criterio! ¡En diferentes vestidos! ¡Con técnica distinta! Pero siempre el mismo tema: el ideal que se levanta con aire de triunfo sobre la tierra y la materia.
Bueno es tratar de estas imágenes.
Claro está que no hemos de recordarlas todas, porque jamás acabaríamos. Pero hemos de destacar algunas; aquellas por lo menos, que irradian una fuerza, un aliento, una enseñanza peculiar para nuestras luchas terrenas. Quiero detenerme delante de tres imágenes y meditar sus enseñanzas: I. María, la Madre de Dios; II. María, la Virgen Inmaculada, y III. María, la Reina del empíreo.

I
MARÍA, LA MADRE DE DIOS


Antes de levantar nuestra mirada para contemplar las imágenes de la Virgen Madre, quiero tranquilizar con breves palabras a ciertos escrupulosos; a los que, viendo la gran cantidad de imágenes marianas, empiezan a dudar de si este fervoroso culto no es una desviación del primitivo cristianismo, y un distanciarse de la vida religiosa, pura y originariamente cristiana, y si, debido al gran culto mariano nos olvidamos de Cristo, su Hijo divino.
Con frecuencia nos proponen semejantes objeciones, principalmente los que no son católicos. Desde luego, estas objeciones soto pueden turbar a quienes no conocen el sentir y la vida religiosa de los primeros cristianos. Quien los conozca, ve inmediatamente que carecen de fundamento las acusaciones que se nos dirigen de haber introducido el culto de la Virgen en época tardía, ya que no era conocido de los primeros siglos cristianos.
No hay una palabra de verdad en todo esto. El que desee saber cómo pensaban los primeros cristianos respecto de la Virgen Bendita, lea el Evangelio de San Lucas. Este evangelista, amigo y compañero del apóstol San Pablo, tuvo ocasión de ver y saber cómo pensaban las primeras comunidades cristianas en lo tocante a la Madre de Jesús. Y es él precisamente quien da más pormenores concernientes a María; él describe la escena de la salutación angélica, recoge el «bendita tú eres entre todas las mujeres», el saludo de Santa Isabel, el «Magnificat», los acontecimientos de Navidad y la historia de Jesús en el templo a los doce años. El que describió estas cosas, y los que las leyeron, es decir, los primeros cristianos, tenían que sentir un profundo y tierno respeto para con María. No cabe la menor duda.
El que con esto no se quede satisfecho, baje a las catacumbas más antiguas, a los corredores subterráneos de Roma, en que se refugiaban los cristianos en tiempo de persecución y celebraban sus actos de culto, y enterraban a sus amados muertos. Mire, por ejemplo, la célebre imagen de María en las catacumbas de Priscila, donde se ve a la Virgen María entre estrellas, con el Niño divino en los brazos, y delante de ella al profeta Isaías teniendo en la mano el rollo que contiene sus profecías.
La imagen data de la primera mitad del segundo siglo; por tanto, de la época cuya generación podía haber oído directamente las predicaciones de los Apóstoles. En las mismas catacumbas hay otra imagen mariana de la segunda mitad del siglo tercero, la cual representa a la Virgen María vestida con una túnica aristocrática. ¿Hemos de buscar argumentos más decisivos para probar que el culto mariano ocupa un puesto prominente en la liturgia del más antiguo cristianismo? Y si a aquellos primeros cristianos no se les ocurrió que el culto de María pudiese distraer las almas y enfriar la devoción que se debe a Cristo, o pudiese menguar el carácter cristocéntrico de su liturgia, ¿nos será lícito a nosotros alimentar tales escrúpulos?
No. Nosotros nos paramos con tranquilidad ante las imágenes, de la Virgen María, porque sentimos que la fuerza, el aliento, las enseñanzas y los consuelos que de las mismas emanan, nos llevan hacia su divino Hijo...

* * *

La primera imagen que quiero presentar a mis lectores es la imagen de María, Madre de Dios.
Es el típico cuadro de la «Madonna», quizá el más frecuente cuando se trata de cuadros de la Virgen.
En estos cuadros aparece María como Madre bondadosa, sonriente, sosteniendo a su Divino Hijo. En un lienzo le tiene en los brazos; en otros, le sostiene sobre las rodillas; en el tercero nos lo presenta a nosotros, y sus bondadosos ojos maternales nos miran alentadores: «Hombres, mirad; el Dios misericordioso no está lejos de vosotros: ha bajado en medio de vosotros, colocó sus tesoros en mis manos maternales y está dispuesto a repartirlos en cualquier momento...»
¿Qué nos dice, pues, y qué nos ofrece la imagen de la «Madonna», la imagen de la Madre de Dios?
a) Nos dice palabras de aliento que nos empujan hacia Dios; b) nos infunde energías provenientes de Dios.

a) Hasta el momento en que María dio al mundo a su Divino Hijo, la humanidad caída y cargada de pecados, peregrinaba sin esperanza por el camino de los desterrados. Pero así que apareció la Madre de Dios, empezó a despuntar, en sustitución del tronco podrido de Adán, el brote de los nuevos hijos de Dios. Es lo que leemos en los ojos del sonriente Niño que sostiene María en sus brazos. Como si en este cuadro se hubiese inspirado también SAN PABLO al escribir a Tito: «Dios, nuestro Salvador, ha manifestado su benignidad y amor para con los hombres» (Carta a Tito 3, 4).
Leemos, además, en el rostro de la Virgen Madre la gran advertencia: Hombres, sabéis que la voluntad de Jesucristo se adaptaba en todo a la voluntad del Padre celestial, de suerte que pudo decir: «Mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado» (Jn 4, 34). Pero sabéis también que mis planes y mis actos concordaban siempre con la voluntad de mi Divino Hijo. Oíd, pues, la gran advertencia: «El que quiera seguirme a mí, ha de seguir a Cristo, porque quien sigue a Cristo llegará al Padre celestial.»

b) Pero la Madre de Dios no solamente nos alienta, sino que nos ayuda también. No exagera el sabio más eximio del cristianismo, SANTO TOMÁS DE AQUINO, al afirmar que la Virgen Bendita, si bien es una criatura, limitada, por tanto, como nosotros, no obstante, por su maternidad divina, está en alturas rayanas ya con lo infinito. «La Virgen Santísima —escribe textualmente (Sum. Theol. 1ª q. 25 art 6 ad. 4)—, por ser Madre de Dios, tiene una especie de dignidad infinita, sobre la cual no puede haber otra mejor, como no puede haber nada mejor que Dios.»
Ciertamente, nosotros sabemos bien que Dios es el que nos escucha y es Dios quien nos ayuda. Pero sabemos que nos escucha y nos ayuda por amor a la Virgen Santísima, a quien nosotros, católicos, damos con todo derecho el hermoso y característico nombre de «Omnipotencia suplicante». María es omnipotente, porque puede hacerlo todo; pero sólo es omnipotente suplicando; no es ella quien lo hace todo, sino su Divino Hijo, a quien ella suplica. El Rey Salomón no pudo resistir al ruego de su madre, ¿cómo podría resistir Jesús a la mejor de las madres?
Todos conocemos el bellísimo libro de SAN AGUSTÍN: sus Confesiones. En este libro escribe, después de morir su madre Mónica: «Tú sabes, Dios mío, qué madre he perdido yo en ella. Jamás ha vertido una madre tantas lágrimas junto a la tumba de su hijo único, como vertió ella por la caída de mi alma. Y yo, ¿podría ser ingrato hasta el punto de olvidar a tal madre? No, madre mía, nunca olvidaré tu amor, tu solicitud por mí, tus pesares y afanes, el dolor agudo de tu corazón.»
¡Con tanta gratitud se acuerda San Agustín de su madre Mónica! Y, sin embargo, ¿quién es Mónica, en comparación con la Virgen María, y quién es Agustín, en comparación con Jesús? Por esto imploramos nosotros la intercesión de la Madre de Dios con tanta y tan filial confianza; porque sabemos que Jesucristo, que en las bodas de Caná obró su primer milagro, movido por el ruego de su Madre, nunca rechaza las súplicas que ella le dirige. Por esto brotan sin cesar de nuestros labios estas hermosas invocaciones: «Consuelo de los afligidos...» «Refugio de los pecadores...» «Salud de los enfermos...»: ruega por nosotros.

II
MARÍA, VIRGEN INMACULADA

Otra imagen amable de María, en que tienen singular complacencia nuestros grandes artistas, es la imagen de la Inmaculada.

A) Antes de estudiar el cuadro, juzgo necesaria aclarar con unas breves palabras el dogma de la «Concepción Inmaculada de María», que muchos entienden en sentido erróneo.
Repetidas veces oímos decir que no se acepta la Concepción Inmaculada de María, por ser una cosa realmente increíble. «Yo soy buen cristiano —dicen algunos—; pero hay cosas que no se pueden creer. ¿Cómo es posible prestar fe a la afirmación de que María nació sin padre, o sin madre, o qué sé yo cómo? ¿Cómo es posible enseñar tal cosa?...»
Y estos descontentos abren unos ojos como platos de sorpresa al oír que la religión católica nunca enseñó tamaño desatino. Porque la Concepción Inmaculada de la Virgen María no significa que ella no naciera como los demás hombres, que no tuviera ella padre ni madre...; precisamente celebramos el 26 de julio la fiesta de Santa Ana, madre de María, y el 16 de agosto, la fiesta de su padre, San Joaquín.
La Concepción Inmaculada se refiere únicamente al alma de María, y afirma que el Señor eximió su alma del castigo que pesa sobre todos los demás hombres, la eximió de la ley de la culpa original, y no permitió, en consideración a su Divino Hijo Jesucristo, que su alma fuese obscurecida un solo momento por esta nube de pecado. La Concepción Inmaculada significa que el alma de María no fue rozada siquiera por la mancha original. ¡Inmaculada! ¡Por fin, una criatura que el Padre celestial puede mirar con satisfacción plena! ¡Una criatura, por fin, que puede mirar al Padre celestial con amor encendido y sin turbación alguna!

B) Examinemos ahora la imagen de esta Virgen sin pecado concebida.
En esta clase de imágenes María está en las alturas de una dignidad inaccesible. Bajo sus pies está la serpiente con la cabeza aplastada, y está el orbe terráqueo, con toda su mezquindad, todo su polvo y miseria; las manos están cruzadas, los ojos miran al cielo, a las alturas serenas de las estrellas. Y como si nos dijera esta Virgen Inmaculada: «Hijos míos, ¡qué cosas escribís en vuestros libros! ¡Qué cosas enseñáis en vuestros teatros y cines! ¡Qué cuadros colgáis en vuestras exposiciones! Pero ¿es que realmente no conocéis vuestra dignidad? ¡Por todas partes veneno de serpiente, por todas partes polvo, inmundicia y fango! La generación joven come las mondaduras que se arrojan a los cerdos...: ¿adónde llegaréis, adónde llegaréis?...»
Esto nos predica la imagen de la Inmaculada.
Leemos las palabras magníficas de SAN JUAN: «En esto apareció un gran prodigio en el cielo: Una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas» (Apoc. 12, 1). Este prodigio, esta gran señal en nuestro cielo es la Virgen Santísima, la nueva mujer. La mujer antigua se arrastraba en compañía de Eva por las huellas de la serpiente, y compartió su suerte: se quedó pegada al fango..., y comía y se
tragaba la tierra. Esta mujer nueva reviste de belleza celestial su propia alma y la de todos los que a ella recurren.
Hasta hoy veíamos por todas partes la bondad por el suelo; con alas de murciélago volaba entre nosotros el pecado, y en pos de él se quebrantaban los cuerpos, se inclinaban las cabezas, perdían los rostros sus rosas y los templos se derrumbaban. Pero, por fin, llega la Bondad triunfante: María. El mar infinito dice: “¡Boga mar adentro!» La cima cubierta de nieve dice: “¡Sube a las alturas!» La Virgen Inmaculada dice: “¡Levántate a mí!»
Si una criatura de carne y sangre, si María pudo lograrlo, '¡también lo lograré yo!
Así se cumplen las palabras del poeta
«Mi mente se vuelve por completo a Ti; mi vida está en tus manos. Fórmala Tú también, fórmala Tú según la justicia, haz de ella una obra maestra, bella y verdadera, para que siempre mire a las alturas y alabe feliz al Creador.»
Miro larga y profundamente la imagen de esta Madre sin mancilla, y como si oyera resonar de nuevo en sus labios los acentos del «Magnificat». «Mi alma enaltece al Señor.» Los grandes artistas ponen todo el calor de su alma en sus obras, y es su propia alma la que habla en el cuadro, que sonríe en la estatua, que llora en la música. Toda la hermosura, profundidad, belleza,
intensidad que el Dios creador puso en la Virgen Santísima, resuenan ahora en un solo himno de labios de la Inmaculada. ¡Mira cómo palpita su alma de alegría, porque vive llena de Dios! Y es cosa sabida que un alma sabe exaltarse, levantarse, regocijarse en la misma medida que se llena con los pensamientos, planes y voluntad de Dios. Y no sólo el alma de María, sino también la nuestra, toda alma humana. Tienes la dicha en la medida en que te acercas a Dios...., es lo que nos enseña María cuando entona él «Magnificat»; es lo que pregona y nos enseña la imagen de la Inmaculada.

III
MARÍA, REINA DEL CIELO

Finalmente nos detenemos delante de un nuevo cuadro, que nos ofrece a la Virgen María en la gloria de los cielos, junto al trono de Dios. Es la imagen de María, Reina del cielo.
¿Habéis meditado alguna vez, amados lectores, qué fuerza irradia y qué consuelo comunica a nuestra fe la imagen de la Virgen triunfante, victoriosa?

A) ¡Qué árida, qué fría, qué tormentosa y falta de finalidad parece hoy día la vida de muchos hombres! ¿Por qué vivo propiamente? ¿Qué objeto puede tener el que yo vaya desgranando los días, uno tras otro, en el silencio de un desconocimiento completo? —así se quejan muchos—. ¡Cuán provechoso es para ellos, en tales trances, acordarse de María! Una vida pasada en una aldea desconocida de un país lejano; una vida que, al parecer,
también consistía en un desgranar de días grises, pero que, en realidad, tuvo tal precio a los ojos del Dios omnipotente, que le confió la misión más grande y honrosa que pueda confiarse a una criatura; una vida que se mostraba silenciosa e insignificante, y con todo terminó en la felicidad eterna del Reino de Dios.
Es posible que mi vida sea también así, una vida silenciosa, insignificante, de la que no harán memoria los biógrafos, ni mucho menos le dedicará gruesos volúmenes. «¿Memoria eterna?» ¡Qué orgullosa palabra humana! ¡Como si nosotros pudiésemos perpetuar la memoria de una cosa cualquiera! Pues sí, señor; la memoria de mi vida, pasada en el amor y servicio de Dios, por muy silenciosa y humilde que haya sido, será recogida para la eternidad; la recogerá Jesucristo, de cuyos labios saldrán estas palabras en el día postrero: «Venid, benditos de mi Padre, a tomar posesión del Reino, que os está preparado desde el principio» (Mt 25, 34).
La vida silenciosa, oculta, de la Virgen María, que con todo llegó a tener un significado que orienta y modela la historia y su coronación de Reina de los cielos, nos enseñan que la mirada del Padre celestial se posa y esparce bendiciones también sobre los pequeños desconocidos hogares, si en el alma de sus habitantes flamea la llama del amor divino.

B) Dios desde el principio tenía sus designios no solamente respecto de María, sino respecto de cada hombre, también respecto de mí...; pero de nosotros depende conocer o no estos designios divinos, y hemos de vivir dispuestos a cooperar para realizarlos.
Lo mismo aconteció con María. Primero se deja ver el ángel y le comunica los designios de Dios: «¡María!, no temas, porque has hallado gracia en los ojos de Dios. Concebirás en tu seno, y parirás un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús» (Lc 1, 30-31). Ahora todo depende ya de María. ¿Qué dirá?: ¿«si» o «no»? ¿Ofrece su cooperación a los planes de Dios, o se inhibe? La respuesta de María, es afirmativa: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).
¿Sabéis qué encierran estas sencillas palabras? La ofrenda completa de María a la voluntad divina, que le había sido revelada. «Señor, desde hoy en adelante no viviré ya mi propia vida, sino que me doy por completo a la realización de tus designios: Cumple, Señor, en mí tu santísima voluntad.»
¡Qué lección, qué rumbo, qué impulso para nuestra propia vida! ¡Conocer la voluntad de Dios y entregarnos incondicionalmente a sus santos planes! ¡Qué bella devoción la de las almas realmente cristianas que en su oración matutina rezan también el «Ángelus», y se aplican estas palabras humildes de María: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra», diciendo ellos a su vez: «He aquí, Señor, tu hijo fiel. Hágase en mí,
Señor, tu santísima voluntad.»
Hermosa práctica la de hacerse con frecuencia esta pregunta durante el día: Lo que ahora digo, leo, hago o dejo de hacer, ¿es según la voluntad de Dios? Que en este ambiente insoportable procuro ser dulce, manso, amable, disciplinado... Sí, esto es voluntad de Dios. Que conduzco de nuevo al Señor a ese conocido que bordeaba ya el precipicio... Sí, esto es voluntad de Dios. Que en medio de las tentaciones que me acometen no titubeo, que la enfermedad no me quebranta, que no me quejo por las lágrimas que debo verter... Sí, esto es voluntad de Dios.
Si voy a ver aquella película excitante, provocativa; si hojeo una revista tan frívola... Señor, ¿también esto es tu voluntad? Si emprendo aquel negocio sospechoso... Señor, ¿también esto es tu voluntad? Si no lo es..., ¡ah! entonces no lo haré. Hágase en mí, Señor, tu voluntad santísima.
Tales son las lecciones magníficas que nos da la Reina de los cielos sentada en su trono de gloria.

* * *

Doy por terminado este capítulo, en que me había propuesto estudiar las imágenes de María; pero sé muy bien que algunos de mis lectores desearían llamarme la atención sobre un punto.
«No puede terminarlo todavía —me dicen en silencio—. Todavía no ha tratado de una imagen de María, la más humana, la que acaso está más cerca de nosotros, la que más nos consuela: no ha tratado todavía de la Madre Dolorosa.»
Realmente, no he hablado de ella. Pero no lo hice por la sencilla razón de que deseo tratar de ella con más minuciosidad en el siguiente capítulo, que consagraré por completo a la Madre Dolorosa.
Tenemos muchas estatuas de los tiempos precristianos; pero ninguna de ellas conmueve tanto como el conocidísimo grupo de LAOCOONTE. Es una obra maestra, de incomparable valor. Representa a un padre con sus dos hijos; una serpiente gigantesca se enrosca a las tres figuras y mata con su mortal abrazo a los tres, reflejándose en los rostros desfigurados el dolor y la desesperación. He ahí el dolor y la esclavitud de la humanidad, que antes de la Redención gemía impotente bajo el peso del pecado original.
Pero en nuestras iglesias hay otra estatua: la estatua de una mujer bellísima, de dulce mirada. En torno de su cabeza hay una corona de doce estrellas, debajo de sus pies —no enroscada a ella con abrazo mortal, sino aplastada— yace la serpiente. He ahí la gran alegría, la gozosa libertad de los hombres redimidos.
Antes de vivir en la tierra esta Mujer bendita, era el hombre cautivo. Pero de María recibimos el don mayor, al Redentor del mundo. Y por esto le ofrecen a ella su homenaje los pinceles de los artistas más renombrados. Y por esto también millones y millones de fieles acuden con sus súplicas fervientes a la Virgen Santa.
Madre nuestra, que eres Madre de Dios, muéstranos el fruto de tu vientre para que podamos ser siempre hijos fieles de Jesucristo.
Madre nuestra, llena de gracia, ruega por nosotros, para que apreciemos y conservemos la gracia de Dios.
Madre nuestra, que has aplastado la cabeza de la sierpe infernal, ruega por nosotros, para que seamos puros de corazón. Y enséñanos a vencer la serpiente.

Madre nuestra, Reina del cielo, ayúdanos a pasar esta vida de manera que, al final de la misma, podamos llegar también nosotros al reino eterno de tu divino Hijo.

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