lunes, 13 de noviembre de 2017

Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario 32 - Un poquito - San Manuel González García

UN POQUITO
(Jn 16,16-19)



Ángeles del Sagrario, confidentes perpetuos de las intimidades del Corazón de Jesús en el Sagrario, venid en auxilio de nuestra flaqueza de pensamiento y de corazón y reveladnos el alcance de esa palabra que parece que se ha escrito para alivio y levantamiento de flacos y descaecidos.

¡Un poquito!
Es la palabra buscada por el Maestro para suavizar una gran pena de sus amigos, la pena de su partida, es el cabo que echó a la esperanza de sus discípulos desolados por la separación, es la fórmula del abrazo de la justicia y de la misericordia, de la justicia que da el golpe, porque es necesario y provechoso darlo, y de la misericordia que lo aligera, lo abrevia, lo suaviza...

¿No recordáis aquella escena?
 Era el Jueves, la noche de la Cena última; Jesús hace su testamento. Tiene que partir de este mundo a su Padre, tiene que quitarse de la vista y no digo quitase de en medio de sus discípulos, porque entre ellos quedaba Sacramentado, y, al anunciarles la gran pena de que ya en esta vida sus ojos de carne no cruzarían su mirada con los suyos, ni sus oídos se recrearían con su dulce palabra, ni sus cabezas cansadas podrían recostarse sobre su pecho amigo, ni sus labios besar sus manos, ni sus brazos estrechar sus rodillas, y que ojos y oídos, bocas y manos tendrían que satisfacerse sólo con la fe del alma, se apresura a echar sobre esa pena que tenía que ser muy grande, para hombres que no son sólo alma, sino cuerpo y alma unidos, esta gota de suavísimo y confortador bálsamo: «Un poquito y ya no me veréis, y otro poquito y me veréis, porque voy al Padre».

El «poquito» de las madres

¡Cuánto me quiere decir ese poquito! ¡Qué tesoros de condescendencia con mi flaqueza! ¡Qué conocimiento de mi inconstancia! ¡Qué remedio tan de madre!
Ese poquito ¡recuerda cosas tan gratas!
¿No es verdad que recuerda a las madres escondidas un poquito de la vista de sus pequeñuelos para ver si andan ya solos, y también complacerse en saber que las echan de menos?
¿No recuerda también ese poquito a las madres haciendo pasar medicinas amargas a sus hijos enfermos? -¡un poquito no más, hijo mío, y te pones bueno!, les dicen a cada sorbo-. Y en verdad que el poquito aquel los pone buenos.

El «poquito» del Corazón de Jesús
Ese poquito dicho dos veces por Jesús, ¡pone tan al descubierto su Corazón!, ¡me lo hace sentir tan cerca de mí y tan humano!
Sí, esa palabra me hace saber que Él conoce lo contenta, lo ágil para el bien y lo fuerte para perseverar que mi alma se siente cuando lo ve y lo oye, como también conoce lo triste, descaecida e inconstante que se pone cuando Él se oculta...
¡Y conforta tanto al alma estar cierta de que Él ya ha previsto las lágrimas, las luchas, las persecuciones que nos cuesta esperar su venida!
«Vosotros lloraréis y os contristaréis y el mundo se gozará, pero...», y aquí viene la otra enseñanza que me hace saber aquella palabra, «pero confiad; esto no será más que por un poquito de tiempo, vuestras lágrimas y tristezas se trocarán en gozo que nadie os podrá quitar... porque voy a mi Padre y vosotros vendréis conmigo».
¿Veis ahora la semejanza entre el poquito de las medicinas amargas de las madres y el poquito de la amarga separación del Corazón de Jesús? Pudo dar remedios de Dios, de Rey, de Señor, pero prefirió darlos de madre...
-Hijo mío, un poquito, no más, dicen -aquéllas-, y te pondrás bueno; hijos míos, dice el Corazón de Jesús, un poquito no más, de cruz sin verme a Mí, un poquito de llorar, de gemir, de andar fatigosos, y de ser probados en la tierra y después una eternidad de dicha a mi lado en el cielo...
Y dice el Evangelio que los apóstoles no entendieron entonces lo que el Maestro quería decirles con aquellos dos poquitos de que les hablaba y fue preciso que Él bondadosa-mente se los explicara.
Hermanos míos y hermanas mías, que vais regando vuestro camino con las lágrimas de vuestros ojos y quizás con la sangre de vuestro corazón, recibid mi consejo; si las lágrimas han enturbiado vuestros ojos y el constante penar ha puesto desfallecimientos en vuestra esperanza, acercaos al Sagrario, poneos muy cerquita, que muy quedo, muy quedo, vais a oír de nuevo, de labios del Maestro que allí vive, la palabra reanimadora: Hijo, un poquito no más y... me veras...
Ángeles del Sagrario, confidentes perpetuos de las intimidades del Corazón de Jesús; llevad muchos, muchos corazones atribulados y acobardados allí, y haced que oigan y comprendan el poquito de sus penas, de sus luchas, de sus tentaciones, de sus persecuciones, de su valle de lágrimas y el eternamente consolador: «Voy a mi Padre y vosotros vendréis conmigo...»


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