lunes, 13 de noviembre de 2017

Espiritualidad Bíblica 9 - El caso de Pedro - Mons. Dr. Juan Straubinger

1.ESPIRITUALIDAD BÍBLICA
1.9. EL CASO DE PEDRO



I

Para un hombre, el ser basura de Dios, el ser su esclavo, el ser su estropajo, es ya sobrado honor y sobrada felicidad. Pero si a Dios se le ocurre otra cosa, si la generosidad de su Corazón sobrepasa a cuanto podemos imaginar de El, y si Jesús quiere sorprendernos llamándonos amigos (Juan XV, 15), y si el Padre quiere hacemos sus hijos (I Juan III, 1) y hermanos de su Hijo (Rom. VIII, 29), ¡cuidado con que una falsa humildad nos haga rechazar el Don de Dios e insistir en nuestra opinión de que hemos de seguir siendo esclavos! (Rom. VIII, 15).

El tener en principio esta opinión es ciertamente bueno, porque ella es exacta desde nuestro punto de vista. ¿Qué otra cosa, sino basura y nada, podremos sentirnos nosotros, frente a nuestro Creador, infinito en la sabiduría, en el poder y en la santidad? Es este un punto de partida indispensable para que el hombre se niegue a sí mismo, es decir, deje de confiar en la virtud propia como si ésta fuese suficiente para salvarnos. Es este el punto de partida, pero no es todo, según lo veremos más adelante.

San Pedro —o mejor Pedro, antes de ser el santo-, reaccionó muchas veces según esa opinión primaria y puramente humana de la humildad. De ahí que Cristo lo tomase como campo de experimentación, para darnos, a costa de su apóstol, rectificaciones fundamentales. Decimos a costa de él, por las muchas veces que tuvo que avergonzarse de sus errores aunque de ellos había de sacar su gran provecho.

II


Cuando Pedro descubre que Jesús ha hecho el portento de la primera pesca milagrosa, una reacción honrada de su sinceridad le hace exclamar: “Apártate de mí, Señor, que soy hombre pecador” (Luc. V, 8). Porque estaban, dice el Evangelista, llenos de estupor. Pero Jesús lo tranquilizó como a los demás, con aquella palabra tan suya: “No temáis"; y aún le agregó que desde ese momento se elevaría de pescador de barca a pescador de hombres. Y entonces Pedro ya no insistió en aquel temor inicial, que lógicamente lo habría llevado al mayor de los males, esto es, a apartarse de Jesucristo, como sucedió a los gerasenos, cuando le rogaron a El... que se retirase de entre ellos (!) “porque estaban poseídos de un gran temor” (Luc. VIII, 37).

Otra vez, y otras muchas, se repite en Pedro esa reacción nacida de un sentimiento que podía parecer plausible desde un punto de vista puramente humano, y siempre recibe de Jesús la lección correspondiente: cuando quiere oponerse a que el Maestro sufra su Pasión, merece que El le llama nada menos que Satanás y que entonces sea El quien le diga “Apártate de Mí, que me eres un tropiezo porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres” (Mat. XVI, 21-23); y eso que Pedro acababa de confesar expresamente que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mat. XVI, 16). Es que en aquel maravilloso reproche Jesús quiere enseñarnos, con un vigor insuperable, que no le interesa nuestra compasión hacia su Persona, sino nuestra adhesión a su causa, es decir, a los designios de su Padre, cuya empresa, misericordiosa de redención se habría malogrado si triunfaba la compasión de Pedro. Por donde vemos cómo Satanás disfraza siempre de piedad sus intentos malditos. El que no medita el Evangelio nunca entenderá estas cosas, ni podrá comprender por qué el espíritu de los fariseos, honorables y ritualistas, es más odioso y repulsivo para Cristo que los más grandes pecados, como el de la adúltera.

Lo mismo sucede cuando Pedro pretende defender al Señor cortando la oreja a Malco (Juan XVIII, 10-11). Y más que nunca se ve confundido ese pobre amor humano del Apóstol cuando pretende que ha de dar su vida por Cristo... ¡y recibe la profecía de sus tres negaciones!

Pero hay una escena especialmente aleccionadora para el tema que estamos estudiando, y es la del Lavatorio de los pies de los Apóstoles, hecho por el Señor antes de entregarse a la muerte. La reacción de Pedro es siempre la misma: “¿Tú lavarme a mí los pies? ¡No será jamás!”. Y aquí es cuando Jesús le da la lección definitiva: “Si Yo no te lavo, no tendrás nada de común conmigo". Pedro se entrega entonces, aceptando que el Señor lo lavase, aun todo entero (Juan XIII, 8 ss.).

Sin embargo, él no había de comprender esta lección hasta después de recibir el Espíritu Santo (en Pentecostés), y la prueba es que después de esto vinieron el abandono de Getsemaní (Mat. XXVI, 56), y las negaciones y la ausencia del Calvario. Por eso el Señor le dijo: "Lo que Yo hago, (al descender hasta lavarte los pies), no lo entiendes ahora. Pero lo sabrás después" (Juan XIII, 7). Pedro llegó a saberlo solamente cuando la efusión del divino Espíritu, derramando en él la caridad sobrenatural (Rom. III, 5), le hizo comprender que esa caridad de Dios para con nosotros llega infinitamente más lejos de cuanto somos capaces de interés con ese nuestro corazón carnal que tan falazmente le había hecho alardear de generoso. Sólo entonces se operó en Pedro esa "conversión" que Jesús le había anunciado como condición previa para conferirle el Magisterio, cuando le dijo: "Tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos (Luc. XXII, 32).

III

Esto nos muestra cuán difícil es al hombre aceptar ese "escándalo" del excesivo amor con que Dios nos amó. Creer en un Dios justo es cosa razonable. Pero creer en un Padre capaz de empeñarse en darnos su Hijo, tan sólo porque nos amó; creer en un Hijo capaz de entregarse con gozo a la muerte más espantosa y vil, tan sólo porque nos amaba: creer en un Espíritu Santo capaz de regalarnos la santidad, tan sólo porque nos ama, eso es la cosa más difícil para el hombre. Y, como vemos, no es que sea difícil a la humanidad, sino a la falsa humildad, es decir a la soberbia, a la suficiencia del hombre, que no quiere ser niño aunque así lo manda Cristo como condición indispensable para entrar en su Reino (Mat. XVIII, 3-4).

Por eso anunció El mismo que su Cruz sería un gran escándalo y que todos serían escandalizados por El. Y sin embargo, no tenemos más remedio que aceptar ese exceso de felicidad nuestra, y creer en este exceso de misericordia de Dios, so pena de vernos apartados de El para siempre.

Digamos, en abono del buen Pedro, que él tuvo, en medio de tantas fallas de orden sobrenatural, un deseo grande de estar con Cristo glorioso, como lo demostró en el Tabor; y un instinto de que sin Cristo todo estaba perdido, como lo demostró ante otro escándalo análogo al de la Cruz: cuando otros querían abandonar al Maestro a causa del excesivo amor con que El quiso hacerse comida en la Eucaristía. Pedro fué entonces el que le dijo, como un niño: "¿A quién iríamos, Señor? Tú tienes palabras de vida eterna" (Juan VI, 69).

No hay nada tan edificante como las fallas de los santos, porque esto nos muestra que nosotros podemos igualarlos y aún superarlos con ser, no más fuertes, sino al contrario, más niños que ellos. Agradezcamos al gran San Pedro las lecciones eternas que Dios nos dio por medio de él, y honrémosle admirando y aprovechando en sus dos cartas y en sus discursos del Libro de los Hechos la sublimidad del lenguaje con que, inspirado por el Espíritu Santo, nos habla -ya sin sorpresa-, del amor de Aquel que según su gran misericordia "nos regeneró en la esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos" (I Pedro I, 3), y nos anuncia "un júbilo inenarrable y colmado de gloria para el día de la venida manifiesta de Jesucristo" (I Pedro I, 7-8).


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