lunes, 2 de octubre de 2017

Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario 24 - Está dedicado a ocupaciones casi siempre ignoradas y casi jamás agradecidas - San Manuel González García

El CORAZÓN DE JESÚS
ESTÁ DEDICADO A OCUPACIONES
CASI SIEMPRE IGNORADAS
Y CASI JAMÁS AGRADECIDAS



Ven, Evangelio querido; ven, Evangelio de mi Señor Jesucristo, a hablarme un poquito más de Él, a descubrirme otra ocupación suya en su Sagrario... ¡Interesa tanto a mi alma sorprenderlo trabajando en aquel rinconcito de sus soledades...! ¡Me acerca tanto a Él, ensancha y aviva mi fe adivinarlo allí trabajando...! ¡siempre...! ¡por mí...! El Evangelista san Juan nos dijo que otras muchas cosas hizo Jesús que no se escribieron en el Evangelio. ¡Obras ignoradas y no agradecidas por el mundo! ¡Cuántas de éstas brotarán de cada Sagrario!
Con tres hechos me responde afable a mi petición, el Evangelio.
¡Oh!, ¡qué luz tan viva irradian esos hechos evangélicos sobre el misterio del Sagrario!
El primero es la curación del paralítico de la piscina de Betsaida.
Jesús llega a él, lo ve tendido en su camilla, lee en sus ojos la gran angustia de treinta y años de enfermedad y sin preguntarle por su fe, y sin darse a conocer con él, le manda que se levante, se eche a cuestas su camilla y salga andando...

El Corazón de Jesús hace ahí un milagro en favor de quien no le conoce.
Otro hecho

Pedro corta la oreja del esbirro Malco que viene con cuerdas y palos a prender a quien no le había hecho daño alguno.
Jesús se inclina hasta la tierra, toma entre sus puros dedos aquella sucia oreja, se yergue y la vuelve a pegar a la cara que aun manaba sangre.
El Evangelio no dice que aquel hombre se convirtiera ante aquel milagro.
No arroja de sus manos las cuerdas para amarrar ni el palo para intimidar y pegar al que le estaba devolviendo su oreja y enjugando la sangre de su herida...
El Corazón de Jesús hace ahí un milagro en favor de quien lo odia y lo seguirá odiando.

El tercero
La muchedumbre había seguido al Maestro tres días sin preocuparse de más comida ni bebida, que oír su palabra y verlo a Él.
Era ya hora de que aquellos hombres comieran.
Ni los hambrientos oyentes, sin embargo, ni los discípulos lo piden, ni exponen siquiera su hambre.
Es Él quien propone la cuestión del hambre y sus amigos no aciertan a resolverla más que con el egoísta «sálvese el que pueda» de las situaciones desesperadas.
A ninguno se le ocurre pedir un milagro de pan.
El Corazón de Jesús hace ahí un milagro en favor de quien no le pide, aunque le conozca y le ame...
Ahora, almas ávidas de Sagrario, meted la luz que arrojan esos tres hechos por entre la puerta del Sagrario vuestro y mirad hacia dentro... mirad, mirad.
¡Ahí está el propio Jesús del Evangelio, haciendo lo mismo que allí; haciendo bien y hasta milagros, cuando éstos son menester, en favor de los que no saben que hay Sagrario, de los que odian y odiarán siempre el Sagrario, y de los que, aun conociéndolo y amándolo, no acaban de aprovecharse de Él ni de contar con Él para todo y para siempre!
Mirad bien, y después de mirar, buscad por el mundo a ver si encontráis un corazón más generoso, más desinteresado, más exquisitamente fino que el Corazón aquel de vuestro Sagrario...
¿No os parece que esa ocupación tan poco conocida y agradecida del Corazón de Jesús, pide en retorno de vosotros ansias de verlo y de sorprenderlo e ingeniosidades de amor para agradecerlo?


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