miércoles, 30 de agosto de 2017

Santa Rosa de Lima fue también una intrépida evangelizadora - San Juan Pablo II

 SAN JUAN PABLO II
ÁNGELUS

Castelgandolfo
Domingo 6 de septiembre de 1992



1. Después de mi reciente permanencia en los montes de Cadore, me alegra poder dirigir hoy mi saludo ante todo a vosotros, queridísimos moradores de Castelgandolfo que, como siempre, me acogéis en vuestra risueña ciudad con cordialidad y simpatía. Entre vosotros me siento en familia: gracias, de corazón, por todas vuestras atenciones y deferencias.
Saludo, también, a los peregrinos presentes y a todos los que en este momento están unidos espiritualmente a nosotros para la plegaria del Ángelus: aseguro a todos mi afecto y mi gratitud.
2. Queridísimos hermanos y hermanas, reanudando nuestra peregrinación espiritual por los santuarios del continente americano, con motivo del V Centenario de la evangelización, vamos hoy a Lima, capital del Perú, para visitar el templo dedicado a santa Rosa.
Joven mestiza, enamorada de Cristo y de su cruz, Rosa representa una primicia de santidad florecida en América precisamente en el alba del anuncio del Evangelio. El santuario dedicado a ella, meta de constantes peregrinaciones, lo forman la iglesia, el jardín y la casa en la cual vivió y murió el 24 de agosto de 1617, cuando tenía poco más de 30 años.
Muy jovencita aún Rosa vistió el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo. En el jardín de su casa ella misma construyó una ermita, donde se dedicó a la oración y a la penitencia, realizando notables progresos en el camino de la virtud y de la contemplación de los misterios divinos. La ermita se transformó en un grandioso templo, recientemente inaugurado.

Primera santa de América, Rosa de Lima, con su vida sencilla y austera su carácter dulce, su ardiente palabra y su apostolado entre los pobres, los indios y los enfermos, fue también una intrépida evangelizadora, testimonio elocuente del papel decisivo que la mujer ha tenido y sigue teniendo en el anuncio del Evangelio.
La próxima Conferencia de Santo Domingo ha de recordar a las santas y santos latinoamericanos y proclamar con énfasis que el fruto más luminoso de la evangelización es la santidad. Que la Iglesia en América Latina, en continuidad con estos quinientos años de fe que celebramos, siga siendo madre de numerosos y fieles discípulos de Cristo.
Lo pedimos a María, que ha sido la primera evangelizadora de ese continente rico de posibilidades y esperanzas para la difusión del mensaje evangélico.


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