miércoles, 2 de agosto de 2017

¡Cuidado, no patinar hacia el relativismo! - Mons. Héctor Aguer

Reflexión de monseñor Héctor Aguer,
arzobispo de La Plata,
en el programa "Claves para un Mundo Mejor"
(29 de julio de 2017)


 

Querido amigos, hoy quiero hablarles sobre una de las cualidades más notorias de la cultura vigente. Llamo cultura vigente a lo que piensa la inmensa mayoría, a lo que hace la inmensa mayoría, a lo que se impone a la inmensa mayoría de la gente porque -no nos hagamos ilusiones- estas culturas son creadas, son fabricadas. La cualidad a la que me refiero se llama relativismo. 


¿Y qué es el relativismo? Podemos definirlo con una frase muy casera que es ver las cosas según el color del cristal con que se miran. El relativismo no acepta que existan verdades, verdades absolutas, verdades que no se pueden negar, que no se pueden cambiar; sostiene, en cambio, que todo es más o menos. Ahora, a veces, se refuerza eso que es una cualidad intelectual, una postura filosófica, se lo refuerza afectivamente, porque si decís la verdad estás confrontando con alguien, estás molestando a alguien y, en el fondo, estás peleándote. Hasta eso hemos llegado. El que dice la verdad, aunque lo haga comedidamente, es un agresor. 


Fíjense ustedes como se ha reemplazado la verdad por la libertad, pero la libertad entendida como una construcción. Yo soy libre para construir lo que me parece, aunque eso sea contrario a la naturaleza. No existe una verdad, sino que yo soy libre para decir: esto es así y aquello es asá. Voy a poner un ejemplo más notorio y si se quiere más fuerte: si vos sos varón, pero te parece o sentís que sos mujer entonces te podes vestir de mujer, operarte, tener un documento de mujer, casarte con otro varón, etc., etc., y aquí la verdad no cuenta, sino que lo que cuenta es el sentimiento, la libertad de que cada uno tiene que hacer lo que le parece bien, sin referencia alguna a la verdad, a la realidad de las cosas, a la naturaleza propia de cada una de ellas. 




Esto que es una característica de la cultura se introduce también en la Iglesia y no sólo ahora, sino desde hace mucho tiempo. Ha pasado y seguirá pasando. Es decir: no habría verdades absolutas. Por ejemplo: Juan Pablo II publicó el “Catecismo de la Iglesia Católica”, como también durante el
Pontificado de Pablo VI el pontífice tuvo que insistir muchísimo en varios temas. Pablo VI, miércoles tras miércoles, hablaba de las verdades fundamentales de la fe, proclamó el Año de la Fe, porque muchos teólogos ya empezaron a dudar acerca de estas verdades fundamentales que la tradición de la Iglesia trae desde el tiempo de los Apóstoles y empezaron a lucubrar invenciones suyas en contra de la Fe. El mismo Papa Francisco se refiere constantemente a las realidades fundamentales del cristianismo.


Me detengo ahora en una dimensión en la cual esto se nota mucho, y es la teología moral por ejemplo. Cuando yo era estudiante estaban de moda ciertos autores relativistas que no aceptaban, por ejemplo, que existen actos intrínsecamente malos, o sea que ciertos hechos o actos humanos son malos siempre independientemente de las circunstancias. Sostenían una moral de situación, una moral de circunstancia, donde la verdad de los principios, de los mandamientos de la ley de Dios, de las exigencias del Evangelio queda relegada porque lo que importa es la libertad de la persona en el ámbito o en la situación en que se encuentra.
 

El Papa San Juan Pablo II publicó una encíclica preciosa titulada “Veritatis Splendor”; esas son las primeras palabras del texto que significa el esplendor de la verdad. Allí habla precisamente de este tema que recién les mencionaba, de los actos intrínsecamente malos. Hay ciertos comportamientos que son malos siempre, que no se pueden justificar porque yo esté en esta situación o en la otra. Los relativistas de ninguna manera aceptarían una formulación así. Como les dije, para ellos todo es del color del cristal con que se mira.
 

De estos deslices anticatólicos tenemos que cuidarnos muy bien. No es agradable decir siempre la verdad. Todos ustedes habrán hecho, alguna vez, la experiencia de decir la verdad en un contexto en que la verdad no es aceptada; uno queda como descolocado y ahora, además, te dicen que eso es contrario al diálogo. Pero el diálogo interreligioso, el diálogo ecuménico, el dialogo social, es posible si uno no abdica de la verdad sino que uno intenta que la verdad, que es algo objetivo, sea reconocida por todos. Ahí está la cuestión. La verdad de la naturaleza, como la verdad de la fe, son dones de Dios, no pueden ser desplazados por construcciones nuestras. Les dejo este consejo, entonces: ¡cuidado, no patinar hacia el relativismo! 



Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

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