miércoles, 3 de mayo de 2017

Apostolados menudos VIII (el apostolado del saludo) - San Manuel González García

3.  El apostolado del saludo


          Y va de apostolados menudos. Y cuenta que les llamo menudos sólo por la apariencia, que en sí y en sus efectos nada tienen de menudos y sí mucho de grandes y trascendentales.

          Verá, señor cura si no, qué partido puede sacar en ésa su rebelde o indiferente feligresía, de esa sencilla manifestación de respeto y aprecio que se llama el saludo.
          Empiezo por sentar esta regla de práctica pastoral: el párroco que saluda a todos sus feligreses, no tardará en ser saludado y tratado con cariño por los mismos.
          Fijaos que subrayo todos para indicaros que en él entran ricos y pobres, chicos y grandes, buenos y malos, hombres y mujeres, todos los feligreses.
          Precisamente la contestación a


Un reparo

   
          que paréceme me está usted haciendo allá en sus adentros, contra la universalidad de la regla sentada, me va a dar hecho y razonado este articulillo.
           -¿Cómo voy yo a saludar a quienes ni conozco ni me conocen? ¿No está eso contra la razón natural del saludo, que sólo se debe a los conocidos?
          Yo me callaría ante ese reparo, al parecer tan justo, si no fuera porque él mismo es la razón que me ha movido a sentar aquella regla de la universalidad del saludo pastoral.


La respuesta


          Verá usted lo que yo he observado en mi vida de cura y en la de otros.
          Sobre nosotros, los pastores de almas, pesa, pero con pesadumbre a veces abrumadora, un encargo del Pastor de los pastores: «que el pastor conozca a las ovejas y que las ovejas conozcan al pastor.»   
Hemos de conocernos ovejas y pastores, esto es lo mandado.
          Pero, ¿cómo? ¿Cómo va a conocer el pastor que vive en el valle, a las ovejas que riscan por las montañas inaccesibles? ¿Cómo va a conocer el cura a feligreses que jamás pisan el umbral de la iglesia y por este no estar nunca en casa, de los hombres del día, se hacen invisibles?
          Deber parroquial es, como medio de ese conocimiento mutuo, el padrón hecho por el párroco en las mismas casas de sus feligreses; pero hablando particularmente de las ciudades, ¿se consigue del todo y siempre ese objeto?


El padrón parroquial


          Mis hermanos los curas saben, como yo, lo que pasa; si son casas ricas, el señor no está, de ordinario, y como no es cosa que reciba la señora, ausente el marido, el pobre cura se ve precisado a conocer a aquellos feligreses y llenar su padrón por los datos que le suministra el criado antiguo o el ama de llaves de la casa.
          Si son casas pobres, poco más o menos resulta lo mismo: el hombre está en el trabajo, la mujer lavando en casa ajena y el pobre cura tiene que rellenar su padrón con los datos más equivocados que ciertos, que a regañadientes unas veces y otras bromeando y casi nunca exactos, le ofrece la casera o portero.
          No es mi ánimo rebajar el gran alcance que en la vida parroquial tiene el padrón o censo de los feligreses, tan mandado y recomendado por los prelados y concilios.
          Sólo es mi intento demostrar que ese sólo medio no basta para llenar los anhelos de nuestro Señor Jesucristo de que se conozcan pastores y ovejas.
          ¿Qué hacer, pues, ante ese empeño de las ovejas de no dejarse conocer y ese anhelo tan urgente como irrealizable del pastor, de darse a conocer?
          Sin despreciar otros medios y ateniéndome ahora al fruto de mis experiencias, puedo asegurar que el saludo ofrecido por el cura, espontánea y cariñosamente a toda persona que se encuentre por las calles de su feligresía, llena admirablemente ese abismo abierto entre uno y otros.


¿La explicación?
 
          Sea porque Dios recompensa ese acto de humildad de su ministro en dar un saludo al que, quizá, responde con una mueca de desprecio, o peor, con una blasfemia; sea que recibir honores a todos halaga, aun a los mismos enemigos.    
Quizá porque ese saludo, tan espontáneamente ofrecido, mata en un instante la leyenda del orgullo clerical; quizá y esto ocurre mucho a los pobres, porque no están acostumbrados a la delicadeza y buen olor del saludo cristiano... 
          Sea por cualquier cosa de ésas o por todas juntas, es lo cierto que de mil saludos que he dado a feligreses desconocidos, he sacado novecientos noventa feligreses que me saludan agradecidos, que me detienen en la calle a hablarme de sus asuntos, y que, por fin, se han enterado de que soy su cura...
          Y sólo en esa proporción de diez por mil han entrado los que a mis saludos repetidos han contestado y contestan, volviendo la cara a otro lado.
           Me parece que la estadística ésa enseña y halaga, ¿verdad?
           No sé si a usted o algún otro que lea lo encontraré incrédulo o desconfiado.
           No me enfadaré por eso, tanto más cuanto la comprobación está en su mano.

          Propóngase usted, señor cura, y todos los que anden en apostolados populares llevar a la práctica, por espacio de un año y quizá por menos tiempo, el apostolado del saludo, y...   
Usted y los otros me avisarán del resultado y hasta me darán gracias del invento.


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