sábado, 29 de abril de 2017

Apostolados menudos V (una dificultad para el apostolado) - San Manuel González García

IV. UNA DIFICULTAD PARA EL APOSTOLADO


La escasez del dinero y artes para remediarla


          Como los ociosos operarios de la parábola evangélica excusaban su ociosidad con la razón de que nadie lOs conducía o llamaba a trabajar, harto frecuentemente oímos cohonestar muchas ociosidades y no pocos brazos caídos con esta palabra, que suele decirse con aire de razón definitiva.
          Sin dinero y sin las influencias y auxilios que el dinero da ¿qué vamos a hacer?    Ésa es la pregunta que intentaré responder en este capítulo.


La incuestionable escasez de dinero para muchas obras buenas


          Es cierto de toda certeza:
          1º Que hace falta dinero para las obras de que hablamos, ¡claro que sí! Un catecismo y una escuela necesitan dinero; un centro, una biblioteca, un círculo de estudios, una mutualidad, una propaganda cualquiera necesitan casa, luz, muebles, dependientes, libros, materiales; es decir, necesitan dinero, y de ordinario, mientras con más dinero cuenten, más bien podrán hacer.
          2º Que el dinero católico escasea, y mucho, en determinados sitios y para determinadas obras.    Dice un amigo que uno de los trabajos a que preferentemente deben dedicarse hoy los cristianos es a bautizar un sinnúmero de pesetas que andan por ahí, y aun en cajas de católicos más moras que el mismísimo Sultán de Marruecos.
           Sí, ahora que estamos en la época del laicismo, hay que tener en cuenta que la mayor parte del dinero que circula por el mundo es laico.
          Sin que podamos decir, porque sería una gran mentira y una gran injusticia, que se han secado los cauces de la generosidad cristiana, bien puede asegurarse que en determinadas circunstancias y para determinadas obras sufren interrupciones o mermas bastante lamentables.
          Es un hecho, desgraciadamente muy cierto, que en no pocas obras católicas se padecen hambre y sed de muchas cosas por falta de dinero.


No todo se hace con dinero


Pero con ser todo eso tan cierto, todavía me atrevo a asegurar que en lo de la dificultad del dinero, hay un poco, mejor digo, hay un mucho de bu con que se amedranta a los niños.    Y si no, vamos a cuentas.

¿Qué es el dinero? Dejándonos de definiciones, que no son del caso, y circunscribiéndonos al aspecto, bajo el cual lo consideramos aquí, el dinero no es más que uno de los elementos de la acción católica o de la propaganda, y no el principal.
          Elementos de esas obras son la gracia de Dios, en primer término, el amor de Dios y del prójimo, la iniciativa propia, la buena voluntad, el talento organizador, el estudio, la constancia, la palabra hablada o escrita, la simpatía, la laboriosidad, etc., todos los cuales pueden, en absoluto, obtenerse y ejercitarse sin dinero; al paso que éste no puede hacer nada sin todos ellos y muy poco faltando alguno solamente.


La obsesión del dinero


Y ocurre este singular fenómeno cuando se trata de fundar o emprender una obra buena.    Se piensa en el local, en el exorno del mismo, en lo que pudiéramos llamar mecanismo exterior de la obra, y no se piensa o se piensa menos en contar con Dios, para cuya gloria debe hacerse aquella obra y con el hombre que hay que poner al frente de aquélla y en la aptitud de éste o de los que la inician y en los medios más conducentes para que la obra conserve su espíritu y se prevenga contra los peligros de la inconstancia, la moda, la disipación o desnaturalización, hoy tan inminentes.

Es decir, se piensa en lo que cuesta y apenas si preocupan los demás elementos, más o tan influyentes que el dinero.
          ¿Verdad que en este proceder hay un poco de inconsecuencia?
          ¿Verdad que sólo por este lado hay ya que quitarle un poco al bu de la dificultad del dinero?    Alguien ha llamado la atención de los hombres de la acción católica sobre la enfermedad que, con frase feliz, ha llamado mal de piedra, designando con ese nombre a esa tendencia de hacer consistir la grandeza y virtualidad de nuestras obras en la grandeza de proporciones y coste de las casas para esas obras.

Cuidado que yo no soy partidario de las obras raquíticas; creo que con ellas, entre otras cosas, se ofende a Dios, a quien se supone poco generoso para con los que por Él trabajan, y se da pobre idea de los sentimientos de fe y de confianza de los que en ellas andan.
          Pero creo que es una grandísima torpeza, por lo menos, quejarnos a Dios y a los hombres de que no podemos hacer obras buenas, porque no nos dan dinero, teniendo almacenados en nuestra cabeza y en nuestro corazón y en la cabeza y en el corazón de nuestros amigos, elementos mucho más poderosos y eficaces que aquél, de cuya ausencia nos lamentamos.


Dos ejemplos


El primero: yo comparo a esos hombres con el espectáculo que presentan los ricos-pobres, y no de espíritu. Veis a éstos, siempre llorando su mala suerte, sus malos tiempos, sus malas cosechas, sus malos negocios, que les impiden, según ellos, no sólo dar limosnas, sino hasta permitirse lo más necesario para su vida, y por otro lado sabéis que sólo en cuenta corriente del banco tienen miles y miles de pesetas.
          Tan falto de lógica es para mí ese proceder de los ricos-pobres, como el de esos hombres que, inconscientemente, sin duda, dedican todas sus preocupaciones al dinero para sus obras buenas; es decir, al cuerpo, y sin apenas parar mientes en el alma de las mismas.


El segundo ejemplo


          Me digo algunas veces cuando oigo tanta lamentación de sonido metálico: pero, Dios mío, los apóstoles, ¿cómo se echaron a conquistar al mundo?
          ¿Pensando en construir una gran basílica para dar cabida a los cristianos que fueran naciendo? ¿Proyectando grandes palacios para celebrar sus reuniones y sus concilios?
          No, no; empezaron por todo lo contrario; como les había encargado el maestro: sin túnica, sin manto, sin calzado...
          He ahí todo el capital de provisiones de los apóstoles, unos cuantos sin; es decir, unos cuantos ceros y ¡pare usted de contar!
           Y ¿creéis que se hubiera salvado el mundo si aquellos hombres se hubieran cruzado de brazos en Jerusalén, diciendo: «Como no tenemos dinero para viajes, ni para iglesias, ni para limosna para la consabida llave de oro, con que abrir el corazón del pueblo, ni para cualquier imprevisto, determinamos quedarnos aquí hasta que logremos formar un capital por acciones para empresas apostólicas...»
          ¿Verdad que disgusta ese lenguaje?, y pregunto: ¿por qué nos disgusta en los apóstoles y no nos disgusta en nosotros, que lo repetimos tanto en una forma o en otra?


Dos consecuencias


          De lo dicho deduzco: 1º que hay auxilios para las obras católicas que valen más que el dinero y no cuestan dinero y 2º, que cuando se ponen en juego esos elementos, Dios nunca falta con el dinero en las obras que van dirigidas a Él.
   Yo quiero, en este rato de conversación familiar, presentaros una lista de


Cosas que no cuestan dinero y valen más que el dinero


          Y que precisamente, por no fijarnos en ellas y en lo que valen, dejamos de hacer muchas cosas buenas, y no impedimos que se mueran obras que no debieran morir.
          Fijémonos, en primer lugar, en las obras ya fundadas y en marcha.
          Tienen su casa, su personal, su reglamento, sus entradas o cuotas y todo su mecanismo de presidente, tesorero, secretario, vocales, etc., etc.
          Pues esa obra, para conservarse bien y dar abundantes frutos, necesita


1. El hombre de la obra


          Nunca se insistirá bastante en esta necesidad.
Toda obra o colectividad necesita un hombre que sea ella misma.  
          Un hombre que de día y de noche, trabajando, paseando, comiendo, jugando y hasta soñando, sea la obra aquélla y nada más que eso. 
          Un hombre que de todo saque motivo o pretexto para beneficiar a su obra, para introducirla en nuevos sitios, para darle nuevos atractivos, para excusarla de sus defectos, para alabarla en sus beneficios; un hombre con tanta fe en su obra que no sepa lo que es desmayar ni aburrirse, y con tanto amor al espíritu de la misma, que su sola presencia sea un baluarte inexpugnable en defensa de las buenas tradiciones y en pugna contra las innovaciones peligrosas.
          ¿Os acordáis del paralítico aquél de la piscina que se lamentaba con el Señor de no tener hombre?
          Pues como aquél se hubiera quedado paralítico toda su vida, sin la misericordiosa intervención del Corazón de Jesús, del mismo modo nuestras obras e instituciones se quedarán paralíticas para toda su vida si no tienen un hombre.    Y esto, no se compra con dinero...


2. El celo


          Otro elemento precioso para una obra católica.
           Y cuenta que no hablo aquí sólo de celo sacerdotal, de ese celo que sueña con salvajes que catequizar, con empresas apostólicas, de renovación del mundo, con martirios sangrientos...    No, hablo del celo que todo el que ama un bien debe tener por propagarlo y hacerlo amar.

          Yo veo al aficionado al toreo (valga escribir esto en Andalucía), y aquel hombre lo convierte todo en cuernos y capotes y quiebros y volapiés... Si habla, sus comparaciones y metáforas las toma del arte, tal corría más que un maleta; cuál se cuadró; éste le dio la puntilla; ése merece que lo echen al corral; aquél estuvo a los quites, etc. 
          Cuando anda, sus andares recuerdan el despejo de la cuadrilla; cuando viste o peina, su traje o peinado es a lo Guerrita o a lo Bombita, ¡hasta su sangre es torera...! Es un hombre con celo taurómaco.
          Veo al artista o al amante del arte, y todo lo convierte en el arte suyo.
          Yo tenía un amigo pintor y redactor de un periódico en una pieza; y recuerdo que sus cuartillas se distinguían de las demás por los muñecos que las adornaban.
          Cuando se atascaba el carro de la inspiración, bosquejaba un muñequito y ¡tras! el carro volvía a andar, la inspiración volvía.
          Veo a todos los aficionados a lo que quiera que sea, y aquellos hombres hablan, obran, piensan y sienten por afición.
          Pues ahora pregunto: ¿por qué no nos ha de pasar eso mismo cuando nos ponemos a querer o a aficionarnos al Corazón de Jesús y a los pobres o a las obras a ellos dirigidas?

          Yo diría a aquel socio de las conferencias, o a aquella señorita catequista, o a aquel miembro honorable del consejo de tal o cual asociación social o benéfica: señores, vamos a cuentas: vosotros, por lo visto, figuráis en esas obras porque amáis a los pobres, ¿verdad? Os dan lástima sus miserias de cuerpo y de alma, sabéis que representan a nuestro Señor Jesucristo, que recibe como hecho a Él mismo lo que a aquéllos se hace ¿verdad también?
          Y vamos a ver, ¿cuánto tiempo dedicáis a hablar de y con vuestros pobres? ¿Media hora a la semana, cuando vais a la junta o unos minutillos mientras les dais los bonos o les dais lección y esto no todas las semanas, sino cuando otras atenciones no os lo impiden? De modo que media horita de cuando en cuando, ¿eh?
          Y en las otras medias horas y horas enteras de vuestros días y vuestras noches, ¿no os volvéis a acordar ya de ellos, a no ser para quejaros de lo ingratos que son a vuestros beneficios o lo groseros a vuestras atenciones...?
¿Sí? ¿De verdad?
Pues entonces, señores, señoras o señoritas, permitidme que os diga que no queréis de verdad a los pobres. ¿Os enteráis? Eso no es querer.
          Llamadlo como os plazca; pero, por Dios, no profanéis esa palabra tan grande, aplicándosela a una cosa tan chica...
          Yo no creo que el cariño se mueva como su mueven las manecillas de un reloj, a hora fija...    Yo creo que cuando se quiere de verdad a una persona o a una obra, se siente necesidad de hablar mucho de ella; diríase que el cariño es como el gas, que siempre está esperando un salidero para escaparse.

          Y ¡claro! si no hay ese celo por aquella Obra a que pertenecemos, demás está esperar esas iniciativas que brotan de él tan espontáneas y tan felices, esos aprovechamientos de fuerzas perdidas, de sobras que nadie quiere, de resortes que no se conocen, esa habilidad para sacar aceite de una alcuza vacía, ese sexto sentido cristiano tan propio del celo por el cual se cae en la cuenta de todo lo que conviene y se está siempre en punto...
          Sin el celo no hay que esperar nada de eso, sino que la obra aquella vaya moviéndose perezosa y lánguidamente, como plantas de invernadero, o como carro que le falta aceite y le sobra peso.


Un reparo


          Me diréis que ese celo y en esa forma tan explosiva como yo lo presento, no es cosa mollar y fácil, y que no puede pedirse a todos.
          Y yo os responderé que, aunque para salvar o conservar una obra, basta que tenga ésta un hombre con ese celo y con las cualidades que ya os he descrito, para tenerla floreciente y pujante, mientras más haya de celo, mejor.

          Y también os diría que entre una numerosa y brillante junta de señores o señoras honorables y conspicuos por su dinero, su talento y su posición social, pero sin celo, y otra más reducida y modesta de medias cucharas, pero con celo, yo me quedaría con mis cucharitas, después de haber mandado a paseo, con todos los respetos debidos, a aquellos o a aquellas honorables figurones o figuronas.
          Reír quizá hará a alguno esa salida mía, pero ¡ojalá no hiciéramos llorar tantas veces al ángel de la guarda de nuestras obras buenas con ese inmoderado afán de pagarnos con juntas y compañías de gente reluciente y gorda, sólo porque puedan dar, y de no parar mientes en rodearnos de gentes quizá no tan gorda que puede y quiere trabajar...!


Un tropiezo frecuente


          No pocas veces he sentido pena cuando al preguntar a algún director o fundador de obras por el estado de las mismas, me ha salido con este gran dato, ¡muy bien, sí, señor; muy bien! ¡Si he logrado coger para presidente al marqués o diputado tal, o a la duquesa cual y tengo ya metidos en la junta a todo lo principalito...!
          ¡Pobrecillos, y se quedan tan satisfechos con aquellas adquisiciones tan valiosas y tan... inútiles!
          Porque, hablando en plata, díganme ustedes lo que de ordinario se saca de esas juntas de notables.    Que cuando la caja flaquee por la disminución de entradas que el aburrimiento o la falta de espíritu va produciendo en los socios, ellos salvarán la situación con una brillante y aparatosa fiesta de caridad, kermesse, baile Garden party, y demás inventos de la caridad a la moda...
          Y aun sin eso, que en un arranque de generosidad restablezcan con sus donativos los desequilibrios de la caja.
Y no esperéis más que eso.

Y temed, en cambio de ese poco de dinero, la debilitación del espíritu de la obra, la disminución de vuestra libertad de acción, los constantes y angustiosos equilibrios de paciencias y halagos y el peligro grande de que en vez de que la Junta sirva para la obra, sea la obra la que sirva para la junta...
          Amigos y hermanos, mucho cuidado con las oligarquías católicas.


3. La abnegación de sí mismo


Importante y valioso elemento de acción es el interés por la obra, pero yo no sé si llega en importancia y valor al desinterés de sí mismo, o, hablando en lenguaje más cristiano, a la abnegación.
          Es éste un punto en el que nunca se insistirá bastante y jamás debiera perderse de vista cuando de hacer obras católicas sociales o benéficas se trate.
          Los que hayan seguido con paciencia mis pobres escritos, en serio o en broma, habrán podido ver que este punto del desinterés constituye una de mis machaconerías, de la que hablo siempre que puedo oportuna y importunamente.
          Yo aseguro, y al que lo dude lo remito a la experiencia de muchos desastres, que una obra católica, piadosa, social, benéfica, educativa, como quiera que sea, será tanto más próspera y fecunda cuanto más abnegación haya en los que la dirijan o informen.
          La curva de su prosperidad va siempre paralela a la de la abnegación de sus jefes y directores.

Dos razones se me ocurren, entre muchas.
Una, que pudiéramos llamar sobrenatural, y otra, natural.
Razón sobrenatural: la expresa gráficamente el Evangelio con estas dos palabras: Dar sin esperar nada.
          Dar: ésa es la palabra de la abnegación, dar su dinero, dar su trabajo, dar su ingenio, dar su nombre, dar su cariño, darse todo, lo que se tiene y lo que se es.
          Ése es el único verbo que sabe conjugar la abnegación; los que la poseen, ni saben, ni quieren conjugar otro.
           Por eso, con ellos y con lo que a ellos pertenece, siempre se cuenta...
          Y se os dará: Y tiene que ser así. Al que se desnuda de todo lo suyo por amor a Dios, ¿puede creerse que Él le dejará pasar frío?

Permitidme un ejemplo.
          Viajáis por tierras desiertas y os encontráis con un niño a punto de morir de hambre y de abandono por haber perdido el camino; movidos a compasión, os detenéis ante él, le animáis, le dais de comer y de beber y lo cubrís con vuestra capa, lo montáis sobre vuestra cabalgadura, sin reparar que el camino que os queda todavía que andar es largo y desierto, y que aquel poco de comida y de agua que habéis dado al niño hambriento era lo único que os quedaba para terminar vuestro viaje.    Decidme, si ese niño tuviera padre y éste fuera rico y se enterara de lo que acabáis de hacer por su hijo, ¿no creéis que ese padre volaría a vuestro lado a recompensaros vuestra abnegación con su dinero, con sus servicios, con su gratitud, con el mismo bocado de su boca y con su misma sangre, si fuera preciso?
          Pues haceos cuenta de que ese niño perdido, abandonado y enfermo de hambre, son los pobres, los desgraciados, los hambrientos de Dios y de la felicidad, todos los que sufren hambres, abandonos, necesidades de todas clases... y el padre de esos hijos pobres es Jesucristo, que sabe lo que sufren éstos, que se entera de lo que en favor de ellos se hace y hasta se piensa, que ha prometido recibir por hecho a Él lo que por aquéllos se haga, que posee tesoros inexhaustos de bienes del cielo y de la tierra y que, sobre todo, tiene un Corazón infinitamente agradecido...

Decidme: si vosotros cumplís con generosidad el dad, ¿va a quedarse Él corto en el se os dará? ¿Es eso creíble? ¿Puede eso no más que sospecharse sin ofensa gravísima a su Corazón y hasta a su formalidad?
          Sí, hermanos. Sí y mil veces sí; se os dará, se darán por Él, y con una medida infinitamente mayor que la de vuestra generosidad, bienes del cielo y de la tierra, gracias y dones sobrenaturales, atractivo, ingenio, dinero, fuerzas, iniciativas, auxilios y triunfos inesperados; vobis, a vosotros los que, sin mezquindades y miras terrenas, dais todo lo vuestro a vosotros, los hombres de la abnegación y del desinterés.
           En éstos, en éstos se ve constantemente cumplida aquella frase feliz de san Pablo: no tengo nada y todo lo poseo, no teniendo nunca una peseta propia y disponiendo de más millones que el banco inglés.
          Dios mío, Dios mío, si los que trabajamos en tus obras tuviéramos un poquito de más fe o fe más viva, ¡qué ricos seríamos en nuestra pobreza!


Otra razón


          La que llamábamos natural.
          Me la ha enseñado la experiencia de hombres y de obras.
          Yo estoy convencido de que el mejor imán para atraer el dinero de los demás a la caja de cualquier obra católica, es el desinterés del que o de los que están al frente de ella.
          He observado que sólo cuando se convencen los demás de que el que está al frente de esa obra ha gastado el último céntimo suyo, es cuando se deciden a dar con gusto y espontáneamente su dinero.
          Como también digo que buen calvario le espera al que se empeña en fundar o sostener obras sólo con los recursos de la caridad ajena, guardando él los propios en el banco o en fincas o de cualquier otro modo.
          No niego que llegará a reunir limosnas y auxilios, si la obra es buena y útil y está administrada con honradez. Pero que se prepare a oír indirectas y directas, a veces hasta insidiosas, sobre su caudal, que a fuerza de sonar tanto llega a proporciones de fabuloso, y que cuente siempre que su fama de hombre que guarda será siempre un tapón que detenga la corriente de la caridad hacia su obra.

           Yo no me pondré ahora a enjuiciar ese proceder o instinto de la caridad o de los hombres caritativos, sólo quiero hacer constar el hecho siempre observado de que el dinero de la caridad corre caudaloso hacia el bolsillo vacío del hombre abnegado de quien se sabe que lo da todo y anda muy escaso o intermitente hacia el bolsillo lleno del hombre bueno, honrado, activo y todo lo que queráis, pero que se sabe que ahorra.
          Ése es el hecho, y ésa es, a mi juicio, una buena razón, que demuestra que el desinterés de sí mismo es un elemento de acción que no cuesta dinero, vale más que el dinero y atrae el dinero.


Las tres abnegaciones


           Quiero remachar bien esa afirmación especificando el alcance de ese elemento, o más claro: ¿qué obliga a dar la abnegación para que produzca esos frutos tan deseables en las obras de acción católica a que se aplique?
          ¿Qué tiene uno que dar de lo suyo para que los demás cooperen con generosidad a nuestras obras?    Tres clases de abnegación, o, mejor, tres objetos de abnegación me atrevo a proponer.
          1º La abnegación del dinero propio.
          2º La abnegación del trabajo propio. 
          Y 3º La abnegación del nombre propio.
          Y vamos por partes.


4. La abnegación del dinero propio


          Cuando yo veo el uso que se hace por mucha gente buena, del dinero, y la idea que sobre él se tiene, y los lamentables resultados que de esas ideas y usos salen, me dan ganas atroces de escribir un librito, dedicado a los cristianos que guardan, con muy pocas páginas, para que nadie se cansara al leerlo y con letras muy gordas, para que todos lo leyeran, y con letras más gordas todavía, con este título: ¿PARA QUÉ OS SIRVE EL DINERO?
          Y se me ocurren unas respuestas tan destempladas y unas salidas tan sin tono, que, ¡vamos!, me cuesta mucho trabajo colocarme en el ambiente sereno y reflexivo en que debe estar el escritor católico.

Así, que, dejando para mejor ocasión el librillo de marras, me contento por ahora con hacer unas preguntillas, dejando al buen criterio del lector su respuesta.
          Advierto, ante todo, que yo no condeno el ahorro moderado para prevenir futuras contingencias de sí mismo, de los hijos o de aquellos con quienes tenemos obligaciones.
          Eso bien está, con tal de que no se pierda de vista que las buenas obras, para sí mismo y la buena educación, para los hijos, es el mejor tesoro que se puede ahorrar para el mañana de uno y de ellos.

Vamos a las preguntas.
          ¿Es cierto que se puede dar gloria a Dios con el dinero?
          ¿Es cierto que se puede hacer mucho bien al prójimo en su alma y en su cuerpo con el dinero?
          ¿Es cierto que se deja de dar mucha gloria a Dios por falta de dinero?
          ¿Es cierto que hay muchas y muy urgentes necesidades de los prójimos, por socorrer, por falta de dinero?
          ¿Es cierto que se dejan de hacer muchas obras buenas y se hacen muchas malas por falta de dinero para fomentar las unas y contrarrestar las otras?
          ¿Es cierto que evitar un pecado mortal y fomentar un acto de virtud vale más que todo el dinero del mundo?
          ¿No es verdad que se cometen muchos pecados mortales y se dejan de fomentar muchos actos de virtud y se frustran muchas almas, que iban para santas, por falta de dinero para la propaganda y el estímulo del bien y para la coacción del mal?
          ¿No es verdad también que amar a Dios sobre todas las cosas es darle gloria con todas las cosas que son o dependen de uno, y amar al prójimo como a sí mismo es hacerle todo el bien que uno para sí quisiera?


El ahorro anticristiano


          ¿No es verdad y cierto, y muy cierto, todo eso?
          Pues bueno, yo quisiera saber cómo se relacionan esos dichos cristianos con estos hechos de algunos cristianos.
          Yo, señora piadosa, viuda o soltera, sin atenciones urgentes, con comunión diaria y unos milloncitos de capital; yo, señor respetable, de buena paga y renta, con hijos ya bien colocados, y cobijados, socio protector y hasta fundador de asociaciones y cofradías. 
          Y yo, clérigo o seglar de cualquier cargo y estado, que tengo para vivir hoy, mañana y pasado también, sabemos que el periódico católico de la región se viene abajo por falta de dinero, o que las escuelas laicas prosperan, porque no hay dinero para levantar y sostener escuelas católicas; que los seminarios se quedan vacíos por falta de auxilios a los seminaristas pobres o que los enfermos pobres se mueren sin sacramentos porque no hay quien los prepare con una limosna, o que hay una familia arruinada en nuestra misma calle que está pasando horribles hambres, o que el pobre cura de la parroquia no puede extender más su esfera de acción entre los pobres y los niños y los obreros y los hambrientos y desgraciados, porque su escasa asignación no da ya para más, o... ¡pudiera poner tantas o y tan tristes...!

Sabemos que ocurre todo eso, y en su vista hemos decidido, ¡están tan malos los tiempos! reunir todo el dinero que nos sobre, para ponerlo en papel del Estado o en una rentita segura, sin perjuicio, desde luego, de quejarnos mucho de la maldad y penuria de los tiempos y hasta de abrir una suscripción en favor de esas pobres víctimas y encabezarla con alguna cosita...
          Y digo yo, ¿se atreverán esos respetables señores y señoras a decir de verdad y sin que se les líe la lengua y se les enrojezca la cara delante de Dios: «Yo te amo, Señor, con todo mi corazón y sobre todas las cosas... Yo amo, Señor, a mi prójimo como a mí mismo...».
          Repito: ¿se atreverán a decir eso?
          Y, si se atreven, ¿no es verdad que hay no poco de crueldad en el hecho y de mentira y burla sacrílega en el atrevimiento de decirlo?
          Yo no hago más que preguntar; que cada cual responda. Y cuenta que nada digo del lujo pagano de no pocos.

          Lo único que digo por mi cuenta es que si una madre pasa apuros y hasta recibe agravios del casero y de los acreedores por falta de dinero y el hijo rico sólo la socorre de cuando en cuando y con alguna cosita de lo que a él le sobra, esa madre tiene perfectísimo derecho a rechazar el beso de ese hijo, por mal hijo y por embustero...
   Luego, quizá me arguya alguno, ¿no se puede guardar nada? ¿Hay que darlo todo? Sí, señor; se puede guardar algo y no siempre hay que darlo todo.
          Pero mientras menos se guarde y más se dé, hay más razón y más delicadeza en decir: «Yo te amo, Señor, con todo mi corazón y sobre todas las cosas... Yo amo, Señor, a mi prójimo como a mí mismo...».
          Y que sólo del que dé para gloria de Dios y bien del prójimo el último céntimo propio, puede decirse que empieza a ser perfecto amador de Dios, y del prójimo.    Y ése es todo un hombre de obras.



5. La abnegación del trabajo propio


          Mucho es y vale desprenderse del dinero propio en beneficio de la obra o institución buena que uno dirige o a que pertenece; pero creo que vale un poquito y un pocazo más darle nuestro trabajo en la forma que voy a exponer.
          No se olvide que yo hablo con cristianos convencidos de que hay que trabajar por la causa de la religión y del pueblo, y que parto de ese supuesto.
          Parto también del supuesto de que esos hombres o mujeres con quienes ahora hablo están metidos en alguna obra o institución que persigue aquellos fines, o, si no están metidos, andan en deseos de meterse en ella o encontrarla como la desean.
          Pues bien, a cada uno de estos en tales condiciones yo le propongo la siguiente pregunta: ¿Quiere usted hacer mucho por su obra sin desembolsar un céntimo? ¿Sí?


El trabajo de las manos


          Pues verá: usted tiene manos ¿es verdad? Y fuera de un ratillo que se las ocupan la cuchara y el tenedor para comer, o la pluma para escribir alguna carta y el bastón para dar un paseíto ¿verdad que se les pasa mucho rato a sus manos sin ocuparse en nada?
          Pues mire usted en aquel centro u obra a que usted pertenece hacen falta manos que escriban libros de cuentas, o cartas de propaganda o recomendación, que estrechen manos callosas de obreros o de gente a quien nadie les da la mano... sí señor; allí hacen falta manos.


El trabajo de la cabeza


          Usted tiene cabeza, ¿verdad?, y, por consiguiente, un poquito de ingenio, de imaginación, de sexto sentido y algo de todas esas cosas que los psicólogos ponen en la cabeza humana.
          Y ¿por qué no se decide usted a gastarse todos los días un poquito de sustancia gris en favor de la obra de sus aficiones?
          Ese gasto de sustancia gris podría convertirse en invención de atractivos y estímulos para su obra, en perfeccionamiento de medios, en ampliación de horizontes, en vencimiento y desaparición de obstáculos y en qué sé yo cuántas cosas buenas más.


El trabajo de las horas libres


          Usted tiene horas libres, pocas o muchas, ¿verdad? y hasta horas aburridas; pero ¿usted se ha fijado en todo lo que se puede hacer en una hora?
          ¿Le gustan las obras de Misericordia? Es una lista de obras buenas que subyugan a las almas generosas, ¿no es esto?
          Pues hágase usted cuenta de que en una hora bien empleada se pueden practicar todas esas catorce obras.
          Y no digo nada si en vez de una se dispone de muchas horas todos los días.


Sume


          Ahora a esa lista de medios con que se puede trabajar, la influencia social, la simpatía personal, la facilidad de palabra, el buen trato, las pequeñas atenciones y demás prendas con que Dios suele adornar a sus hijos y explote todo eso en favor de la obra querida y dígame usted si allí hará falta gastarse el dinero en el albañil de los ligeros reparos, en el carpintero de los cuatro chapuces, en el tenedor de libros, en el maestro para la escuela nocturna, etc., etc.    Y ¡claro!, todo lo que sea ahorrar dinero, ¿no es ganar dinero?


El secreto de muchos adelantos


          ¡Si se convencieran muchos de esos declamadores de la dificultad del dinero, de la gran ganancia del mismo que en favor de sus obras podrían obtener, sólo con que metieran en ellas un poquito más el hombro!, y quien dice el hombro, dice la mano, la cabeza y todo lo que pueda producir trabajo.
          ¡Ahí es nada lo que vale ese trabajo de todos los días y de muchas horas al día, de todo el cuerpo con sus miembros y sentidos y de toda el alma con todas sus potencias, de buena memoria, buen entendimiento y buena voluntad, que no mira ni la molestia que produce ni el jornal que espera!    ¿No os habéis admirado y hasta asustado muchas veces ante la vitalidad y multiplicidad de efectos de algunas obras o instituciones?
          Allí hay un hombre que trabaja de verdad y con constancia, ahí está el secreto.


La fecundidad de las habilidades y aptitudes propias aprovechadas


          Se me ocurre preguntar algunas veces que oigo quejarse a algún conspicuo o conspicua de lo poco que adelantan sus obras o de lo mucho que decaen; y después de oírles decir que se han gastado el oro y el moro en atraer a unos y en convencer a otros, quisiera preguntarles: pero usted, además de dar su dinero, ¿no ha llegado a dar su trabajo personal? ¿No ha sudado en esa obra? ¿No?, pues no se extrañe usted de que aquello no haya cuajado.
          Conozco, en cambio, casos de fecundidad y prosperidad admirables, debidos a ese desinterés del trabajo propio, y por no ser prolijo, callo.


6. La abnegación del nombre propio


          Tengo para mí que más dinero y más vida se dan a una obra católica, social o benéfica, ocultando su propio nombre el hombre o los hombres que están al frente de ella, para que sólo brille y suene el nombre de Dios y el de la obra, que poniendo esos mismos en ella todo su trabajo y todo su dinero.


Un caso


          Para explicar bien mi pensamiento.
          Don Fulano funda una escuela, un centro, un asilo, una obra católica cualquiera; pone a servicio de ella toda su actividad, su ingenio, su dinero y su cariño; es realmente el hombre de aquella obra; y manda que su retrato figure en la sala de recibir o en lugar principal o visible, que su nombre se invoque para nombrar la obra, o para adquirir favor de ella, que sin su consejo o gusto no se mueva mano ni pie.     En una palabra, que la obra aquella, más que de san José, o san Juan, o quien sea el patrono, es la obra de don Fulano.
          Este es el caso, y ante él digo que ese sacar a relucir y ese refregar tanto el nombre propio es condenar la obra, puesta a la sombra de ese nombre, a una vida penosa, estéril y fugaz.
          Y que, por lo contrario, sacrificar a beneficio de una obra o de una idea el nombre propio, no permitiendo que suene más que lo estrictamente necesario, y trabajando constante y delicadamente por confundirse en un modesto anónimo y colgar a la obra todas las iniciativas y todos los buenos frutos del hombre de la misma, hacer eso -repito- es asentar la obra sobre base sólida y duradera y prepararle una vida lozana y fructífera.


¿Pruebas?

          Allá van.
          Una obra católica será tanto mejor obra y tanto más católica cuanto más tenga de Dios; es así que las obras de los don Fulanos tienen poco o nada de Dios, luego las obras donfulanistas son poca obra y poco católicas.
          La mayor de este silogismo creo que no necesita demostración; la menor se demuestra fácilmente con otro silogismillo.
          Las obras donfulanistas son obras del yo, es así que las obras del yo tienen poco o nada de Dios, luego...
          Sí, señores, en las obras buenas, lo he dicho mil veces: mientras más yo, menos Dios.
          Dios es muy celoso de su gloria y en ella no admite partido con nadie. Y ¿no creen ustedes que ése decir yo soy el padre, el jefe, el fundador, el que he hecho, el que he traído, el que he arreglado, el que he vencido, etc., etc., y decirlo a toda hora y en toda ocasión y en todos los tonos y con todos los disimulos imaginables; y ése no tolerar ni sombra de poder ajeno que amengüe o discuta aquella paternidad, y ese alabar su obra a costa de ofender a la que se cree que está enfrente o encima de ella; y ése mirar por lo propio fastidiando y hasta perjudicando al vecino, no creen ustedes -digo- que eso es, ni más ni menos, que una suplantación indigna o un despojo hipócrita de la gloria de Dios perpetrado por el yo?

          ¡Cuántas veces, al visitar ciertas obras, he sentido no sé si pena o risa o las dos cosas juntas, al ver a hombres buenos, por otros conceptos, desbaratarse por demostrar, claro que con arte y habilidad, en los que el egoísmo es maestro consumado, que ellos y no don Fulano ni don Perengano, ellos, ellos solitos con toda su gran paciencia y su gran caridad y su gran constancia y su gran talento (repito que todo eso se dice con gran habilidad) son los que han hecho aquello, y los que allí cortan el bacalao.
          Y no crean ustedes, a veces hasta invocan a Dios y a la santísima Virgen y a los santos patronos, pero se dice todo de un modo que venga uno a comprender que el señor o el padre aquél es también hombre de gran influencia por allá...


Fin de cuentas


          Con tanto meter al Yo en todas partes y en todos los rincones y con tanto saturar la obra de Yo, ¿me quieren ustedes decir qué hueco le queda a Dios allí? Y no cabiendo Él, ¿cabrán sus bendiciones, sus auxilios, sus luces, sus fuerzas, sus frutos?
          No, no, ¿qué van a caber?
          Allí cabrán, no más, el criterio estrecho y ruin, la infecundidad, la antipatía, los celos y las envidias del egoísmo.
          Y estos elementos, tarde o temprano, darán al traste con la obra en cuestión.
          Y se preguntará después: ¿por qué murió?, y quizá se responda: porque faltó el dinero.
          No, señor -respondería yo-, aquello murió no por falta de dinero, sino por falta de Dios y sobra de yo...


El valor del anónimo


          En cambio, cuando la obra es anónima y no sirve para encubrir robos de gloria de Dios, ¡que bien vive!
          El Señor la bendice con efusión, porque puede decir complacido: es mi obra; los beneficiados por ella la miran con confiado cariño, porque los beneficios que de ella reciben no les impone la esclavitud y la adoración del amo; los amigos y bienhechores, por lo mismo que no aparece ser de ningún particular, la miran y quieren como cosa propia; y la obra crece, se desarrolla y vive en un ambiente de benevolencia, prosperidad y cariño que la hace amada de Dios y de los hombres.    Y cuidado que yo no pretendo negar a cada uno lo suyo, y, por consiguiente, yo no relevo a los beneficiados por una obra de éstas de la obligación de gratitud, respeto y cariñosa docilidad para con el hombre, que tanto se sacrifica por ellos.
          Negar esa obligación sería una injusticia y una crueldad.
          Pero eso es una cosa y otra es convertir la obra en incensario que perpetuamente esté echando humo al hombre aquel, o en jardín de sonrisas, halagos, indignas sumisiones y hasta adoraciones en donde nuestro hombre se recree, o en plataforma para desde allí predicar a los cuatro vientos sus virtudes y magnanimidades...
          Esto también es injusto, porque es hacer del fin medio, es hacer servir la obra al hombre y no el hombre a la obra, como exigen el orden y la rectitud.

          Conque, señores don Fulanos, amos y padres de obras católicas, ¿queréis que vivan y prosperen éstas? Empezad por encoger la cresta de vuestros nombres y apellidos y de vuestros respetables yo y proclamad de día y de noche, y en todos los tonos, y de todas las maneras, que el Amo y Padre de todo aquello es el Corazón de Jesús.
          ¡El desinterés del nombre propio! ¡Cuánto vale!


7. El gran tesoro


          Paréceme que podría decirme cualquiera, que haya tenido paciencia de leer la resolución del que se ha dado en llamar magno problema de la dificultad del dinero para las obras buenas, que según esta doctrina, eso de encontrar dinero para estas obras debe ser cosa tan fácil como beberse un vaso de agua.
          Y yo le respondería que así es: siempre que se guarden los requisitos que yo he venido enumerando para resolver esa dificultad. De modo que el trabajo para buscar dinero no está precisamente en buscarlo, sino en prepararse para buscarlo, o mejor dicho, en prepararse para dejarlo venir.
          Porque ocurre eso; que, puestas las condiciones dichas, no hay ni que buscar el dinero, él solo, o más propiamente, Dios nuestro Señor, se encarga de ponerlo en nuestras mismas manos y en nuestros mismos bolsillos.
          Sobre todo, si a las condiciones indicadas acompaña, impregna, vivifica el último ingrediente que me queda que explicar, y que, por ser el más importante y eficaz, he dejado para remate de este pobre estudio.


La confianza en el Corazón de Jesús


          No vacilo en llamarle el gran tesoro.    obra buena emprendida con esa confianza, yo lo aseguro y lo pruebo, es obra terminada y de vida perdurable.


¿Qué es?

          Y como me interesa que esta idea entre bien en la cabeza y en el corazón y en la vida de los hombres de acción católica, quiero fijar con precisión los términos para que mi aseveración no se achaque ni a piadosas exageraciones, ni a entusiasmos más bonitos que reales.

¿En qué consiste esa confianza en el sagrado Corazón tan eficaz para atraer dinero?    No es un quietismo piadoso que nos exima del trabajo y de la iniciativa propios, y que, cruzándose de brazos, lo espere todo del auxilio de lo alto. 
          No es arremeter a toda obra que se presente, conveniente o inconveniente, oportuna o inoportuna, adecuada o inadecuada a las circunstancias de tiempo, de personas y de medios, contando con que desde arriba ya lo arreglarán todo. 
          No es sólo la fe especulativa, si, vale decirlo así, que cree que Dios tiene providencia y que Dios ayuda a los hombres que confían en Él; no es tampoco el pelearse con las matemáticas, y con el cálculo prudente y con el sentido común...    Nada de eso es esta confianza de que hablo.

Esta confianza tiene tres aspectos, uno mira al Corazón de Jesús, otro a la obra y otro a nosotros.


Con respecto a Él


          Confiar es creer firmemente que Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, con el mismo poder con que está en el cielo y con el mismo Corazón con que consoló y remedió tantas penas y miserias en su vida mortal, está en el Sagrario de nuestra iglesia.  
          Contar con que en ese Sagrario ni su poder ni su Corazón están ociosos. Tener en cuenta que por mucho interés y mucho afán que tenga uno por el feliz éxito de una obra buena, muchísimo más tiene ese Corazón vivo, real y poderoso que está en el Sagrario, porque Él ama su gloria y nuestra salvación infinitamente más que nosotros podemos amarlas. 
          Y que, por consiguiente, por cada buen deseo nuestro en favor de aquella obra, Él tiene un millón y por cada esfuerzo nuestro, a veces infructuoso o ineficaz, porque valemos poco, Él dará una bendición que valga por un millón de esfuerzos nuestros.  

          Contar con que ese Corazón tiene amor y quiere el bien para todos y cada uno de los hombres, y de tal modo para cada uno como si no tuviera que dar amor más que a ése sólo; tener presente que una obra católica, en tanto es buena, en cuanto sirve para llevar a cada hombre esa ración de amor y de bien que el Corazón de Jesús tiene empeño decidido en dar, y tanto más buena y más querida de Él será, cuanto mayor ración dé. 
          Convencerse de que a pesar de todos sus anonadamientos eucarísticos y su vida de perpetuo perseguido, y de incansable paciente, no permitirá jamás que falten en absoluto los medios para hacer llegar su amor a los hombres y para que los hombres se lleguen a su amor...


Con respecto a la obra


Confiar es tener cuidado de que la obra responda bien a esa necesidad del Corazón de Jesús.
          Si Éste tiene necesidad de comunicarse con los  hombres, y no quiere comunicarse directamente, sino por medio de otros hombres, la obra que sirva para esa comunicación tiene una gran razón de ser y de vivir, y vivirá.

¿Hay un pueblo sin templo en que congregarse, sin púlpito desde donde se predique, sin copón en donde guardar el sacramento de la vida...? ¿Hay niños sin padres que les den pan y cariño, sin maestros que les enseñen a Cristo...? ¿Hay obreros sin trabajo, humildes explotados sin defensa, jóvenes sin protección ni guía...? ¿Hay doncellas en peligro, viudas en abandono, ancianos sin abrigo, desamparados sin horizontes, afligidos sin consuelo, pecadores con remordimientos, sin alivio...? 
          Pues bien, el Corazón de Jesús quiere y necesita, supuesto su amoroso designio de salvar a unos por medio de otros, una obra, una institución por medio de la cual su amor y su bien lleguen a esas pobres almas.
          Y ¿sabéis lo que esto significa? Que podrán esas almas aprovecharse o no de ese amor y de ese bien, según quieran, porque son libres, pero lo que no podrá ocurrir es que falte dinero, ni recurso alguno para que viva la obra vehículo del Corazón de Jesús.
          En el presupuesto del banco de la divina providencia hay seguramente consignada de una partida para esa obra.

          Toda la dificultad está en la elección de la obra, que sea una obra que sirva al Corazón de Jesús, que, si sirve, no hay que preocuparse más que de gastar la consignación de los presupuestos divinos.
          Y eso es confiar en el Corazón de Jesús o sostener una obra contando sólo con esta consignación, una vez que se esté convencido de que la obra sirve.


Con respecto a nosotros


          Esta confianza pide de parte del hombre, autor y sustentador de la obra, lo que hacía falta a san Pedro para andar por encima de las aguas: dejarse ir.
          Convencido de que el Corazón de Jesús es el Corazón de Jesús y de que la obra es más de Él que de uno, no hay que hacer más que eso: dejarse ir.
          Es decir: procurar que la obra siga siendo lo que el Corazón de Jesús quiere que sea, y esperar que no faltará nada.
          ¿Que llega el sábado o el fin de mes y hay que tener reunidas mil, dos mil pesetas? déjese usted ir, que ya vendrán.
          ¿Que hace falta un tabique allí, una reparación aquí, papel para esto o material para aquello, y no hay de qué?
          Cómprelo usted y déjese ir.
          ¿Que se han borrado tantos socios y se han dado de baja tantos bienhechores, y se ha perdido tal limosna y se ha disminuido cual entrada y no se sabe por dónde va a venir el mes próximo el dinero? Siga usted, que el dinero de esa obra sabe muy bien su camino, y déjese ir.
          Pero -quizá me objete alguno- para dejarse ir, como usted dice, hace falta tener la sangre muerta, o más paciencia que Job o más fe que Abraham, o no dormir ni comer de las continuas desazones, y eso...
          No, para dejarse ir de ese modo no hace falta más que tener confianza en el Corazón de Jesús, cosa la más cómoda y fácil y al alcance de todas las fortunas espirituales...


Respuesta final 


Sin dinero, ¿qué vamos a hacer?

          Ahora, y con estas consideraciones a la vista, ya puedo responder a los que hacían las preguntas del principio.
          ¿Va usted a fundar un catecismo, una escuela, un centro, una juventud, una obra cualquiera?    Primero preocúpese de solear, alumbrar y vivificar su proyecto ante el Sagrario. Después que haya llevado esa misma idea unas cuantas veces ante el Corazón de Jesús, empezará a ver y a sentir; a ver si debe y lo qué, cómo, cuándo y con quién debe empezar a trabajar. Y a sentir en su alma una especie de cosquilleo inquietante primero; una decisión entusiasta, más tarde, y, por último, algo así como un empujón, que equivale a un ¡anda ya!, que lo pone a uno en una actividad asombrosa.     Para prevenir desorientaciones y no malograr esfuerzos, busque el consejo y la dirección del encargado por Dios de aquella clase de obras o necesidades y entonces, si trata, por ejemplo de fundar un catecismo, sale usted a la calle y con la palabra, con la mano, con la campanilla o con lo que usted quiera, empieza usted a llamar a todos los chiquillos catequizables.
          Que no tiene dinero y ¿qué les va a dar para atraerlos? Lo que tenga a su disposición.
          Aparte de lo que, sin que usted se dé cuenta, está haciendo el Corazón de Jesús desde el Sagrario, usted va a dar a esos niños por lo pronto una buena cara, un buen trato, una caricia, un cuentecillo, un rato de juego, una coplilla, y junto con todo esto y sirviéndole de condimento, mucho, mucho cariño (los niños huelen eso al punto), y yo le aseguro que por lo menos su catecismo queda fundado aquel día y con cuerda para muchos días más.
   Y ya ve usted: hasta ahora no ha sido menester gastar ni un céntimo.

          ¿Que para más adelante, para conservar la asistencia, harán falta algunas pesetillas para libros, material pedagógico, etc., etc.?
          Sí, señor, que harán falta.
          Como también las necesitará el fundador o sostenedor de una escuela para pagar maestros y papel; y el de un centro, el de un periódico o un patronato para los mil gastos que ocurran.
          Pero también le anuncio, para su satisfacción, que, mientras la obra tenga su hombre, la aliente el celo incansable e ingenioso de un grupito, por reducido que sea, la preserve e incomunique contra todo microbio la abnegación del dinero, del trabajo y del nombre propios, y se apoye, como en su más sólido fundamento, en la confianza sin límite ni recelo en el Corazón de Jesús, la obra vivirá, crecerá y se multiplicará por los siglos de los siglos con dinero y auxilios abundantes y hasta de sobra.
          ¡Matemáticamente cierto!


El último reparo


          ¿Que todo eso que yo propongo para buscar, encontrar y sustituir el dinero para la acción católica es difícil, muy difícil, casi, casi imposible?


La última respuesta


          Respondo con una sencilla distinción: si a la acción católica, si al apostolado se va con miras terrenas y con espíritu mundano y naturalista, ciertamente, todo eso que ya he dicho de celo, abnegación y confianza, es más que difícil, imposible. 

Pero si al apostolado se va partiendo de la comunión bien digerida y asimilada de la Hostia del Sacrificio de la misa (no sólo centro del símbolo católico, sino principio vital de toda actividad católica) y en el ejercicio del apostolado, se procura recordar constantemente que está uno enviado por el Cordero de su comunión de la mañana para ser también cordero entre muchos lobos, o más breve: 

Si a la acción católica se va como católico, con fines y medios católicos, entonces las dificultades se truecan en facilidades y lo irrealizable en bellas y espléndidas realidades, y se repite el milagro mil veces obrado por el apostolado auténtico de la victoria del cordero sobre los lobos y de la conversión de los lobos en corderos.


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