viernes, 4 de julio de 2014

Aunque todos yo no (8) Beato Manuel González García

El SÍNTOMA MÁS TRISTE
 
  Pero con haberme interesado e impresionado tanto la observación de esos dos síntomas y, me atreveré a decir, motivos de decadencia de la vida cristiana y piadosa de la parroquia, la impresión dominante y más desconsoladora, la observación que podía llamar obsesionante fue la del mal sobre todo mal, y causa de todos los males:
 
 
   El abandono del Sagrario
 
   La semilla sembrada en aquel pueblecito de mis primeras desilusiones apostólicas, calentada en los invernaderos de las Hermanitas de los Pobres, iba despuntando y dando al aire su tallo...
   ¡El abandono del Sagrario!   ¡Dios mío, cómo te agradezco que entre todas las impresiones de mi vida de sacerdote y de párroco, la dominante, la casi exclusiva, hayas querido que sea la producida por el abandono del Sagrario! ¡Cómo tengo que agradecerte, Corazón de mi Jesús, el que me hayas llamado a ver, a sentir y predicar el Sagrario abandonado! Gracia tuya ha sido, Señor, y muy larga, la de haberme como clavado mis ojos y mi boca y mi mano y mi pluma y mi alma, en ese abandono, para llorar el cual no hay lágrimas bastantes en el mundo.
   Para hablar de ese abandono y dar a conocer su remedio, se ha escrito este libro.
 
 
HABLEMOS DEL ABANDONO DEL SAGRARIO
 
   Y ante todo, pregunto o supongo que me preguntan: ¿existe ese abandono en las proporciones que usted denuncia?
   Y empiezo por esta pregunta porque no han faltado quienes con más buenos o malos modos, me han llamado embustero o exagerado.
   ¿Hay que preocuparse del abandono del Sagrario como de un gran problema?
   Seguid leyendo y mediréis conmigo la magnitud de ese problema, conociendo la extensión y trascendencia del mal que lo plantea.
 
 
   Estado de la cuestión
 
   Para fijarla bien puedo clasificar en cuatro grupos o partidos las respuestas a esas preguntas, que he recogido.
 
   El partido de color de rosa
 
   Grupo que llamaría del optimismo exagerado o de color de rosa, que es el de aquellos que juzgan el estado del mundo por el de los pueblos en que viven o por el del corto número de sus amigos o porque ven el mundo sólo a través de sus lecturas favoritas. Y como unos y otros son buenos y cristia­nos, duermen en la más encantadora y tranquila de las seguridades de que el orbe católico goza de la misma beatífi­ca paz que ellos.
   Y si alguna vez hasta sus oídos llegan los lamentos de sus hermanos en lucha con la impiedad o con el abandono, ya su optimismo un si es no es crédulo o comodón, se encargará de hacerles ver, barajándoles textos de: "no prevalecerán..." Y refranes de: "ojos que no ven, corazón no quiebran"; que no todo está mal y que al fin y al cabo el triunfo será de Cristo y después... siguen durmiendo sus sueños de paz.
   Si preguntáis a éstos: ¿es menester preocuparse de repoblar los Sagrarios?, os responderán entre escandalizados e incrédulos:
   Pero ¿están vacíos?
   ¡Blasfemaste!...
 
 
   El partido negro
 
   Lo forman los pesimistas.
   Éstos, cansados de empezar sin que los dejen acabar; desalentados ante tanta defección de amigos y tanta tenacidad en el ataque de los enemigos; aburridos de tanto sembrar sin recoger nada o casi nada; muertos, ésta es la palabra, en sus entusiasmos, en sus esperanzas, en la vivacidad de su celo, en la movilidad de su actividad sacerdotal por un cúmulo de agentes mortíferos que no son de este lugar estudiar; éstos, repito, a mi pregunta responderán con un encogimiento de hombros que viene a decir: ¡es inútil cuanto se haga! Y si les apretáis a que razonen su respuesta, os responderán con una historia verdaderamente sangrienta de fracasos y desilu­siones que casi, casi llevarán a vuestra alma el convenci­miento de que por lo menos, el pueblo del hermano aquel con quien habláis no tiene cura...
 
 
   Los desorientados
 
   Pertenecen al tercer grupo los que yo llamaría desorienta­dos. Son hermanos de buena y leal voluntad. Quizá más impresionables que reflexivos, que se han dado cuenta de que el pueblo, que se llama todavía cristiano, padece un mal gravísimo que lo tiene en las puertas de la muerte si no es que ya se las hizo pasar. Y, más compasivos que enterados del mal, se han puesto a curar síntomas, a apagar quejidos, a vendar heridas, pero sin acertar a llegar a la causas del mal y sin atinar por consiguiente con el remedio radical.
   Por eso los llamo desorientados, porque intrincados entre el laberinto de males que aqueja al mundo y empujados por un celo no del todo sereno, no se han enterado de cuál es el mal-causa y el mal-efecto, y cuál es sólo síntoma y cuál mal verdadero...
   Yo siento pena y pena muy honda, cuando veo a hermanos metidos en ciertas obras de eficacia muy dudosa, en las que quizá haya más damnum emergens para su ministerio y su libertad de sacerdotes, que lucrum para las almas y para la gloria de Dios. ¡Cuánta energía, cuánto tiempo, cuántos entusiasmos malgastados!
   Si a estos preguntáis por la urgencia de resolver el problema de la repoblación de nuestros Sagrarios, paréceme que os responderán que os esperéis un poco a que ellos se desembaracen de aquella pequeña escaramuza en que están metidos, o acaben de ganar aquella insignificante batalla que están dando o recibiendo. Que esperéis a que las mil intri­guillas en que están agotando su ministerio, les den tiempo para pensar la respuesta...
 
 
   Los enterados
 
   Por último, el grupo que me atrevería a llamar de los enterados. ¡Es tan rara la virtud de enterarse! Lo forman los que, como los pesimistas, juzgan que el mal es hondo, gravísimo, de importancia incalculable, pero, como los optimistas, afirman que no es mal incurable, que hay remedio, que aun entre esas derrotas, hay que sonreír ante la expecta­tiva del triunfo que es seguro y que, como los desorientados, sostienen que ese triunfo hay que trabajarlo, hay que pelearlo. Y, como entre los enterados tengo no sé si la inmodestia, de contarme yo, voy a asumir la representación de los de la familia y deciros la respuesta que nosotros damos a la pregunta de si existe y si es transcendental el problema del abandono de los Sagrarios.
   Respondemos con un tan grande por lo menos, como la pena que nos cuesta y que nos motiva decirlo: con un que yo quisiera sonara con los ecos tristes de todas las triste­zas de la tierra y que sonara tanto que se enteraran todos los hombres de buena voluntad, para que con nosotros lloraran y trabajaran. Y que sonara de modo tan especial que a ser posible no llegara a enterarse el demonio de la confesión de nuestras derrotas.
 
                                                     *****
 
   Sí, sí, hay que pensar en repoblar nuestros Sagrarios, porque, aunque nos cueste mucho decirlo, padecen soledades horribles y espantosas cual yo creo que no las han padecido desde que en la tierra se levantan templos católicos.
 
 
EL HECHO
 
   Yo no quisiera actuar de Jeremías subido en las murallas del pueblo cristiano para llorar a gritos la desolación a que han reducido el Sagrario, antes lleno de pueblo. A mi carácter de andaluz y de español y de optimista a toda prueba, más cuadraría cantar triunfos, celebrar ventajas y sonreír esperanzas, que llorar desolaciones y derrotas.
   Pero antes que andaluz y optimista, soy sacerdote y por misericordia de Dios, bien empeñado en la brega y, pese a mis optimismos de sangre y de raza, no puedo dejar de ver lo que a mi alrededor acontece.
   ¡Dios mío, Dios mío! ¡lo que veo!
   Veo pueblos, y cuenta que no hablo del extranjero que no conozco, sino de mi Patria, de la ¡Católica España!, veo algunos pueblos sin templo, pero veo muchos más, templos sin pueblo que los frecuente. Conozco extensísimas poblaciones mineras y fabriles, barriadas populosas para ensanche de las grandes poblaciones, con escuelas a la última palabra; teatros, casinos, tabernas... y sin templo, sin quejarse de la falta del mismo.
   Veo pueblos antiguos que tuvieron fe y templos cristianos, pero perdida aquélla y arruinados éstos, no se levantan de nuevo o se tardan años y años en repararlos.
   Veo pueblos, ¡muchos pueblos!, en los que la proporción del número de los que van al templo y cumplen en Pascua, con el de la población pone espanto. Un cinco por ciento, un dos por ciento, un tres por ciento; y hay pueblos en los que nadie comulga.
 
  Que no se levante ninguno de los que me leen a llamarme exagerado y profeta de negruras. ¡De qué buena gana me dejaría llamar exagerado! Que no se levanten protestas en vuestra alma molestada por esa revelación tan fatídica que acabo de hacer. Que yo responderé a vuestras protestas y dudas con centenares de párrocos, ¡pobres hermanos míos!, hartos de volverse al pueblo en su Misa de los días festivos y de no encontrar a quién decir el Dominus vobiscum más que al distraído monacillo que la ayuda, o a alguna que otra adormilada viejecita. Que yo responderé con la queja de centenares de hermanos que no saben ya qué industria mover, qué resorte tocar, qué sacrificio ofrecer, para que sus fieles acudan al templo. Que yo os responderé con los relatos desconsoladores, pero con desconsuelos de agonía, que cuentan las Marías de sus visitas a los pueblos.
 
   ¡Oh, Dios mío! ¡Los Sagrarios abandonados! ¡Sagrarios de llaves enmohecidas de no servir; de vecinos que no conocen ni las palabras Eucaristía, Comunión, santísimo Sacramento!
   Los Sagrarios sin niños que cariñosamente alboroten. Sin doncellas que perfumen con su pureza y su recato. Sin viejecitas que se consuelen. Sin lágrimas de arrepentidos. Sin suspiros de amadores. Sin rodillas de agradecidos. Sin... ¡Dios mío, Dios mío, sin nada que te halague, que te confie­se, que te haga sentir! ¡Sin nada! Y ¡hay tantos así! ¡Hay tantos, que, pudiendo yo con relativa facilidad, hacer por medio de las Marías, que ya lo llenan todo, la estadística de ellos, todavía no me he atrevido a pedirla porque me falta valor para llegar a la cifra final!
 
   A vosotros los que vivís en las ciudades y ciudades cristianas y que tenéis la vista acostumbrada al espectáculo de las grandes muchedumbres arrodilladas ante la Virgen del Pilar de Zaragoza, y a esos interminables desfiles de amadores que se pagan todas las molestias de un largo viaje con el beso que con toda su boca y con toda su alma estampan en el Pilar bendito. A vosotros, repito, os costará trabajo y hasta violencia convenceros y persuadiros de toda la negrura de ese cuadro que no invento, sino que descubro, de templos sin fieles, de sermones sin oyentes, de Misas sin asistentes, de Sagrarios sin comensales, sin adoradores; de esos nidos sin polluelos; de esas casas solariegas sin hijos que acariciar; de esos Palacios del Rey sin más vasallos que las telarañas y los ratones del abandono; de esos cielos en la tierra rodeados de locos o distraídos que se empeñan en no entrar...
   Éste es el hecho en toda su repugnancia y triste desnudez.
 
 
LAS CONSECUENCIAS
 
   Cuando yo muchacho, leí un papel en el que un desdi­chado escritor, haciendo mofa de lo que en todo caso no merecía sino un gran respeto y una gran compasión, echaba en cara a los católicos el que, a pesar de todos sus esfuerzos, sus templos y especialmente sus catedrales, sonaban a vacías... Entonces, sin meterme a responder aquella burla, sentí vergüenza de que fuera verdad y pena de que se nos echara en cara.
   Hoy, sin tratar de negar el sonido a vacío aun de las catedrales, abandonadas de ordinario por el pueblo fiel, frecuentadas sólo por una turba irrespetuosa de curiosos nacionales y extranjeros, yo le hubiera respondido al burlesco escritor, que aplicara el oído a otras muchas más cosas que por sonar a vacío el templo sonaban también a lo mismo. Sí, que aplicara el oído al pudor de las doncellas, al valor y a la honradez de los hombres, a la compasión para el débil, al honor de los caballeros, a la justicia de los marginados, a las costumbres del pueblo, a la paz de las familias, a la virtud aun de los cristianos; a todas las cosas dignas de la tierra y yo le aseguraría al escritor aquel, que en el interior de todas esas cosas oiría lo mismo, el sonido a vacío. Como que hasta ahora no se ha descubierto otra fábrica proveedora de la esencia de todas esas cosas que os he enumerado, que el Sagrario católico.
   Y ése es el horroroso efecto del mal que vengo exponiendo.
 
   Que, sin detenerme aquí a probar cuál sea en teoría el mayor mal de todos los que a la presente edad aquejan, yo digo, y creo que está en el convencimiento de todos vosotros, que el mal del abandono del Sagrario reúne en sí todos los males; como la llaga purulenta del apestado contiene el bacilo de innumerables infecciones; como la dinamita del pe­tardo contiene todas las destrucciones que produce en su explo­sión. Porque vosotros sabéis que Sagrario abandonado o poco frecuentado, es lo mismo que Dios desairado y posterga­do, obligado a ser más justiciero que misericordioso, más Juez que Padre; lo mismo que niños sin Bautismo y sin educa­ción; que familias sin bendición de Dios y sin matrimo­nio indisolu­ble; que enfermedad y muerte sin los alivios y espe­ranza de otra vida, la vida verdadera; que virtud sin moral; que moral sin dogmas fundamentales; que extinción de la fe iluminadora de todos los caminos de la vida; que la caridad sustituida por una filantropía egoísta; que la con­ciencia sustituida por un honor hipócrita; que la justicia social suplantada por la fuerza y la trapacería; que el capi­tal sin entrañas y el trabajo por esclavitud; que lujuria y soberbia y ambición triunfantes y castidad y humildad y virtud pisotea­das.
   Sagrario abandonado es levantar templos y rendir adoración a todas las malas pasiones de los hombres, mientras los ánge­les custodios entristecidos, tienen que escribir en las fachadas de los templos cristianos del verdadero Dios, el lema que san Pablo leyó en los de Grecia.
   ¡Dios desconocido, de la catedral gótica y de la parroquia y de la aldea, qué triste es todo esto!...
 
 
   Sólo para vosotros dejamos los templos
 
   Nos encontramos delante de un hecho tan cierto como triste, tan transcendental como funesto:
   ¡La despoblación del Sagrario!
   No seré yo quien trate de buscar consuelo en la compara­ción con tiempos peores, si los ha habido. A mi corazón de cristiano y de sacerdote le basta saber que por un triste cambio de sujeto de la acción, no son los cristianos de ayer los que pueden decir a los paganos de hoy sólo para vosotros dejamos los templos, sino que son los paganos de hoy los que lo están echando en cara a los cristianos de ayer y de siempre.
 


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