sábado, 17 de mayo de 2014

Domingo V de pascua (ciclo a) - San Agustín

«Yo soy el camino, la verdad y la vida»
(Jn 14,6).

1. Estas divinas lecciones nos levantan el corazón, para que la desesperanza no nos deprima, y al mismo tiempo lo aterran, para que no nos lleve el viento de la soberbia. Dificultoso, por demás, había de sernos seguir el camino medio, verdadero y derecho, como si dijésemos entre la izquierda de la desesperación y la derecha de la presunción, si Cristo no dijese: Yo soy el camino, la verdad y la vida. O en palabras semejantes: «¿Por dónde quieres ir? Yo soy el camino. ¿A dónde quieres ir? Yo soy la verdad. ¿Dónde quieres detenerte? Yo soy la vida.» Vayamos, pues, tranquilamente por este camino; mas ¡cuidado con las asechanzas a la vera del camino! No se atreve el enemigo a poner celada en el mismo camino, porque el camino es Cristo; pero a la vera del camino es cierto que no se cansa de ponerlas. Por eso dice un salmo: Junto a las sendas me pusieron tropiezos. Y en otro lugar dice la Escritura: Entre lazos andas. Estos lazos entre los que andamos no están en el camino, sino a la vera del camino. ¿De qué te asustas, qué temes por el camino? Teme si te sales de él. Porque, si al enemigo se le deja poner lazos junto al camino, es para que, con la alegría de la seguridad, no se abandone el camino derecho y vaya el caminante a dar en las celadas.

2. Aunque sea Cristo la verdad y la vida, el excelso y Dios, el camino es Cristo humilde. Andando sobre las huellas de Cristo humilde, llegarás a la cumbre; si tu flaqueza no se desprecia de sus humillaciones, llegarás a la cima, donde serás inexpugnable. ¿Cuál fue la causa de las humillaciones de Cristo sino la debilidad tuya? Tu flaqueza te asediaba rigurosa y sin remedio, y esto hizo que viniese a ti un Médico tan excelente. Porque, si tu enfermedad fuese tal que, a lo menos, pudieras ir por tus pies al médico, aún se podría decir que no era intolerable; más como tú no pudiste ir a él, vino él a ti; y vino enseñándonos la humildad, por donde volvamos a la vida, porque la soberbia era obstáculo invencible para ello; como que había sido ella la que había hecho apartarse de la vida el corazón humano levantado contra Dios; y, desdeñando, cuando sano, las normas de su higiene, cayó el alma en enfermedad. Que ahora sepa, ya enferma, oír a quien despreció cuando sana; oiga, para levantarse, al que despreció para caer; oiga, escarmentada en cabeza propia, lo que rehusó alcanzar obedeciendo a lo mandado. Porque ahora su miseria tiene amaestrada al alma, que la felicidad hizo negligente, de cuan malo, ¡ay!, es alejarse de Dios, presumiendo de sí, y cuan bueno es adherirse al Señor, sintiendo siempre humildemente. Por quedar de lado al bien aquel incorruptible y singular para juntarse a esta multitud de apetencias sensuales, al amor del siglo y corrupciones terrenas, es prostituirse a espaldas del Señor. A ésta es a quien se grita: De fornicaria se te ha vuelto la cara y eres de pies a cabeza desvergonzada. Veamos ahora el objeto de la reprimenda.


3. Porque Dios, cuando riñe, no insulta; su mira es sacarle a la presunción los colores de la confusión para que sane. ¡Qué vehemencia la de la Escritura en sus voces y qué no usar la caricia de la adulación con quienes quiso volver al camino de salvación! Adúlteros, ¿no sabéis que los amigos del mundo se hacen enemigos de Dios? El amor del mundo hace adúltera al alma; el amor del Hacedor del mundo hace casta el alma; pero, si ésta no comienza por abochornarse de sus disoluciones, jamás apetecerá los castos abrazos de Dios. Que la confusión, pues, la disponga para el retorno, porque es el orgullo quien la detiene. Quien increpa, no comete pecado, pone a la vista el pecado. Lo que el alma no quería ver, se lo pone delante de los ojos; y lo que deseaba tanto llevar a la espalda, la corrección se lo cuelga del cuello. Has de verte a ti en ti. ¿Qué andas mirando la brizna en el ojo de tu hermano, y no ves la viga en el tuyo? Y al alma, que anda fuera de sí, se la trae de nuevo a sí. Y lo mismo que se había alejado de sí misma, habíase alejado de su Señor. Esta alma, en efecto, se había mirado a sí misma, y salió complacida del examen, enamorándose con ello de su independencia. Se alejó de él sin quedarse en sí misma; siéntese impelida a salir de sí, sale fuera de sí misma y se precipita sobre lo exterior. Ama el mundo, ama lo temporal, ama lo terreno.
Ya el amarse a sí misma, con desprecio de quien la hizo, fuera decaer, venir a menos; tan a menos como distancia hay de una cosa hecha a quien la hizo. Luego Dios ha de ser amado en tal modo que aún nos olvidemos de nosotros mismos, si ello fuera posible. ¿Cómo se ha de obrar esta conversión? El alma se olvidó de sí misma, más por amor al mundo; olvídese ahora de sí misma, más para amar al artífice del mundo. Empujada fuera de sí, en cierta manera se perdió a sí; y como ni ver sus hechos sabe, justifica sus excesos. Flotando a la deriva, tiene a gala su altivez, sus liviandades, los honores, los empleos, las riquezas, y toda vanidad contribuye a infatuarla. Pero viene la reprensión, viene la corrección, la hace entrar en sí, se desagrada de sí, confiesa su fealdad, desea la belleza, y la disipada vuelve a Dios avergonzada.

4. ¿Ruega contra ella o ruega por ella quien dice: Cubre su rostro de ignominia? Llena, dice, su rostro de ignominia, y buscarán tu nombre, ¡oh Señor! ¿Era, pues, aborrecimiento el desear les cubriera el rostro de vergüenza? Si está suspirando por que busquen el nombre del Señor, ¿no los ama extremadamente? Pero ¿hay aquí sólo amor o sólo aborrecimiento, o se aborrece y ama al mismo tiempo? Sí, sí; aborrece y ama. Aborrece lo tuyo, te ama a ti. ¿Qué significa: «Aborrece lo tuyo, te ama a ti»? Aborrece lo que tú hiciste, ama lo que hizo Dios. Tuyos, ¿qué son sino los pecados? Y tú, ¿qué eres sino lo que hizo Dios? Desdeñas lo que fuiste hecho, amas lo que hiciste; amas fuera de ti tus obras, menosprecias en ti la obra de Dios. No es extraño te vayas a lo exterior, no es extraño que resbales, no es extraño que te alejes de ti mismo, no es extraño se te llame espíritu que va y no vuelve. Oye, oye a quien te llama diciendo: Volveos a mí, que yo me volveré a vosotros.
A Dios no se le aleja ni se le trae; ni se inmuta cuando corrige ni hay mudanza en él cuando reprende. Si está lejos de ti, es porque te alejaste tú de él. Fuiste tú quien de él se cayó, no fue él quien se te ocultó. Ahora, pues, oye que te dice: Volveos a mí, que yo me volveré a vosotros. En otras palabras:«Este volverme yo a vosotros no es sino volveros vosotros a mí.» Dios, en efecto, persigue a los que les vuelven la espalda e ilumina el rostro de los que le vuelven la cara. ¡Oh fugitivo!, ¿a dónde huirás de Dios? ¿A dónde huirás huyendo de quien ningún espacio circunscribe y de ninguna parte se halla ausente? Quien da libertad al convertido, ¿se venga del huido? Fugitivo, es tu juez; vuelve a él y le hallarás padre.

5. Hinchado por la soberbia, esta misma hinchazón le estorbaba para volver por la estrechura. Quien, en efecto, se hizo por nosotros camino, clama: Entrad por la puerta estrecha. Hace conatos para entrar, más la hinchazón se lo impide; y cuanto más la hinchazón se lo impide, tanto más perjudiciales le resultan los esfuerzos. Porque, para un hinchado, la estrechura es un tormento, que contribuye a hincharle más; y si aún aumenta de volumen, ¿cómo ha de poder entrar?
Tiene, pues, que deshincharse. ¿Cómo? Tomando el medicamento de la humildad; que beba esta pócima amarga, pero saludable, la pócima de la humillación. ¿Por qué tratar de encogerse? No se lo permite la masa; no grande, sino hinchada. Porque la magnitud o corpulencia es indicio de solidez, la hinchazón es inflamiento. Quien, pues, esté hinchado, no se tenga por grande; deshínchese para ser de grandeza auténtica y sólida. No ambicione estas cosas de acá; no le ufane la pompa esta de las cosas huidizas y corruptibles; oiga la voz del que dijo: Entrad por la puerta angosta; y también: Yo soy el camino. Como si el tímido le preguntase: «¿Por dónde voy a entrar?», le responde:«Yo soy el camino, entra por mí». Para entrar por esta puerta tienes que andar por este camino; porque si dijo: Yo soy el camino, dijo también: Yo soy la puerta. ¿Qué te preocupas del por dónde volver, a dónde volver y por dónde entrar? Para que no andes descarriado, él se hizo todo eso para ti: camino y entrada. En dos palabras lo dice: Sé humilde, sé manso. Pero que nos lo diga con la máxima diafanidad, para que veas por vista de ojos por dónde va el camino, cuál es el camino y a dónde va el camino. ¿A dónde quieres ir? Eres, muy posiblemente, un ambicioso que todo lo querría para sí. Pues...Todas las cosas las puso el Padre en mis manos. Dirás quizá:«Bien; las puso en las manos de Cristo, pero no en las mías...»Escucha lo que dice el Apóstol; escucha, según te dije hace rato; no te quiebre la desesperación las alas del ánimo; oye cómo fuiste amado cuando no eras amable; oye cómo eras amado cuando eras torpe y feo; antes, en fin, de que hubiera en ti cosa digna de amor. Fuiste amado primero para que te hicieras digno de ser amado. Pues bien, Cristo, dice el Apóstol, murió en beneficio de los impíos. ¿Acaso merecía el impío ser amado? Ruégote me digas qué merecía el impío. —La condenación, respondes tú.—Pues, con todo eso, Cristo murió por los impíos. Ahí ves lo que hizo por ti cuando impío; ¿qué reserva para el pío? ¿Qué se hizo a favor del impío? Por los impíos murió Cristo. Tú, que deseabas poseerlo todo, ahí tienes modo de hallarlo todo; no lo busques por el camino de la avaricia, búscalo por el camino de la piedad. Si por ahí vas, lo poseerás, porque poseerás al Hacedor de todas las cosas, y, poseyéndole a él, todo con él será tuyo.

6. No son estas ideas que os expongo deducciones del raciocinio. Escúchale al Apóstol sus mismas palabras: Quien a su propio Hijo no perdonó, antes por nosotros todos le entregó, ¿cómo podría no darnos también con él todas las cosas?¡Evidentemente! ¡Oh avaro!, ahí tienes todas las cosas. A fin, pues, de no hallar estorbo, desama todo lo que amas y aduéñate de Cristo, en quien puedas ser dueño de todo. Médico él absolutamente innecesitado de tal remedio, tomó, sin embargo para animar al enfermo, lo que ninguna falta le hacía; fue un modo de lenguaje para vencer la resistencia del enfermo y reanimar al decaído. El cáliz, dice, que yo he de beber; yo, en quien esa pócima nada tiene que sanar, porque no lo hay, voy a beberlo, con todo ello, para que tú, a quien hace falta beberlo, no te eches atrás y lo bebas. Ved ahora, hermanos, si la humanidad, tomando medicina tan excelente, debe continuar enferma. Ya se humilló Dios, y ¡aún es orgulloso el hombre! Oiga y aprenda. Todas las cosas, dice, las puso el Padre en mis manos. Si, pues, lo deseas todo, todo lo tendrás conmigo; si deseas al Padre, lo tendrás por mí, lo tendrás en mí. ¿De qué me sirve, dices, tenerlo todo, si a él no lo tengo? Bien dices. Si, pues, a él también quieres tenerle, oye lo que sigue. Porque, habiendo dicho: Todas las cosas las puso el Padre en mis manos, como exhortando y diciendo: «Ven a mí si quieres poseerlo todo», y dijeras tú: «No quiero todas las cosas, sino al que hizo todas las cosas», prosigue y dice: Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo. No pierdas el ánimo, oye lo demás: Y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo. A quienquiera, dice. —Tal vez a mí no quiera. —No habría venido a ti humilde si no quisiera le conocieras excelso. Quizá también aquí digas: «Aunque le conozca a él, yo querría conocer al Padre.» ¿Quieres conocer al Padre? Oye la voz de Felipe; fue el primero que habló de esto, y muy bien, como era justo. Sediento de felicidad, buscaba la en todas partes; más la sed no se le apagaba en ninguna, no hallaba dónde amortiguar su ardor. Y con esta sed dícele al Señor: Señor, muéstranos al Padre, y nos basta. ¿Qué significa ese nos basta? Allí será el descansar, y nada más buscar. El Señor: ¿Tanto tiempo como llevo con vosotros y aún no me habéis conocido? Felipe, quien me ve a mí, ve también al Padre. Consecuencia: para que se manifieste el Hijo, es de necesidad no hallar al Hijo inferior a su Padre, o no dicen nada estas sus palabras: Yo y el Padre somos una misma cosa. Ahora bien, el que de suyo es una misma cosa con el Padre, se anonadó por ti a sí mismo, tomando forma de siervo. Anonadóse a sí mismo, tomando forma de esclavo, cuando, alejado de él, te dio eso; para cuando vuelvas a él, te guardó: Yo y el Padre somos una misma cosa.

SAN AGUSTÍN, Sermones (3º) (t. XXIII), Sermón 142, 1-6, BAC Madrid 1983, 285-93

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