domingo, 2 de febrero de 2014

La presentación del Señor - San Ambrosio



PRESENTACIÓN
EN EL TEMPLO
 

Qué es ser presentado en Jerusalén al Señor, yo lo diría si no lo hubiera dicho ya en mis comentarios sobre Isaías. Cir­cuncidado de los vicios, ha sido juzgado digno de la mirada del Señor; pues los ojos del Señor reposan sobre los justos (Sal 33, 16). Observa que todo el conjunto de la ley antigua ha sido figura del porvenir —pues la misma circuncisión es figura de la puri­ficación de los pecados—; mas como, inclinada por la apetencia al pecado, la debilidad humana, cuerpo y alma, está enlazada por lazos inextricables de vicios, el día octavo, asignado para la cir­cuncisión, figuraba que la purificación de todas las faltas debía cumplirse en el tiempo de la resurrección. Este es el sentido del texto: Todo varón que abre el seno materno será llamado santo para el Señor (Ex 13, 12): estas palabras de la Ley prome­tían e1 fruto de la Virgen, verdaderamente santo, porque era sin tacha. Por lo demás, que Él es el que la Ley designa, lo mani­fiestan las mismas palabras repetidas por el ángel: El niño que nacerá de ti será llamado santo, Hijo de Dios (Lc 1, 35). Pues nin­gún comercio humano ha podido penetrar el misterio del seno virginal, sino que una semilla sin tacha ha sido depositada en sus entrañas inmaculadas por el Espíritu Santo; efectivamente, el único de entre los nacidos de mujer que es perfectamente santo es el Señor Jesús, que no padeció los contagios de la corrup­ción terrena por la novedad de su parto inmaculado y fue apar­tado por su majestad celeste.
Pues, si nos atenemos a la letra, ¿cómo es santo todo varón, cuando no se nos oculta que muchos fueron grandes pe­cadores? ¿Acaso es santo Acab? ¿Acaso santos los falsos pro­fetas a los que por la oración de Elías los consumió un fuego devorador que descendió del cielo? (1 R 18). Más he aquí al Santo en quien se va a cumplir el misterio del que las santas prescripciones de la Ley habían indicado la figura, ya que sólo Él debía conceder a la Iglesia, santa y virgen, el dar a luz de su seno entreabierto, por una fecundidad sin mancha, al pueblo de Dios. Sólo El abre, pues, el seno maternal, ¿y qué hay de extraño en ello? El que había dicho al profeta: Antes de que te formare en las entrañas de tu madre, yo te conocí, y en su seno mismo yo te santifiqué (Jr 1, 5). El que santifica otro seno para que nazca el profeta, El mismo es el que abre el seno de su Madre para salir inmaculado.

Y he aquí que había un hombre en Jerusalén por nom­bre Simeón. Y era este hombre justo y temeroso de Dios, que aguardaba la consolación de Israel. No sólo los ángeles y los pro­fetas, los pastores y los parientes, sino también los ancianos y los justos aportan su testimonio en el nacimiento del Señor. Toda edad, uno y otro sexo, los acontecimientos milagrosos dan fe: una Virgen engendra, una estéril da a luz, un mudo habla, Isabel profetiza, el mago adora, el niño encerrado en el seno materno salta de gozo, una viuda da gracias y un justo espera. Con razón se le llama justo, pues no aguardaba su propia gracia, sino la del pueblo, deseando por su parte ser librado de los lazos de este cuerpo frágil, pero esperando ver al Mesías prometido; pues él sabía que eran dichosos los ojos que lo verían (Lc 10, 23).
Ahora, dice, dejad partir a vuestro siervo. Considera a este justo, encerrado, por así decirlo, en la prisión de este cuerpo pesado y que desea librarse de él para comenzar a estar con Cris­to: pues es mucho mejor ser librado de él y estar con Cristo (Flp 1, 23). Mas el que quiere ser librado ha de venir al templo, ha de venir a Jerusalén, esperar al Ungido del Señor, recibir en sus manos la Palabra de Dios y como estrecharla en los brazos de su fe. Entonces él será liberado y no verá la muerte, habiendo visto la vida.
Considera qué abundancia de gracias ha derramado so­bre todos el nacimiento del Señor y cómo la profecía ha sido negada a los incrédulos (cf. 1 Co 14, 22), pero no a los justos. He aquí que Simeón profetiza que nuestro Señor Jesucristo ha venido para la ruina y resurrección de muchos, para hacer entre los justos e injustos el discernimiento de los méritos y, según el valor de nuestros actos, como juez verdadero y justo decretar suplicios y premios.
Y tu alma, dice, será atravesada por una espada. Ni la escritura ni la historia nos enseñan que María haya emigrado de esta vida padeciendo el martirio en su cuerpo; pues no el alma, sino el cuerpo es el que puede ser transverberado por una es­pada material. Esto nos muestra, pues, la sabiduría de María, que no ignora el misterio celeste; ya que la palabra de Dios es viva, eficaz y tajante más que una espada de dos filos, y penetra hasta la división del alma y el espíritu, hasta las coyunturas y la médu­la, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Hb 4, 12); pues todo en las almas está desnudo y descubierto para el Hijo, al cual no escapan los secretos de la conciencia.
De este modo, Simeón ha profetizado, y habían profeti­zado también una mujer casada y una virgen; debía de hacerlo también una viuda, para que no faltase ni el sexo ni el estado de vida. Por esto nos es presentada Ana: los méritos de su viudez y su conducta nos inducen a creer que fue considerada digna de anunciar que había venido el Redentor de todos. Habiendo des­crito sus méritos en otro lugar, cuando tratamos acerca de las viudas, no juzgamos oportuno repetirlo aquí, porque queremos exponer otras cosas. No sin razón se han mencionado los ochenta y cuatro años de su viudez; pues estas siete decenas y dos cuaren­tenas parecen indicar un número sagrado.
 
San ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, Libro 2, 56-62, BAC Madrid 1966, 118-21

 

 

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