viernes, 31 de enero de 2014

El sueño de las dos columnas - San Juan Bosco

El 30 de mayo de 1862, dijo Don Bosco a todo el alumnado reunido: – “Les voy a contar un sueño que tuve. A mis discípulos les tengo tanta confianza que les contaría hasta mis pecados, sino fuera porque al contárselos saldrían todos huyendo asustados y se caería el techo de la casa. Pero lo que les voy a contar esta noche es para su bien espiritual”.
Soñé que estaba en la orilla del mar, sobre una alta roca, desde la cual no se divisaba más piso firme que el que tenía bajo los pies.
En aquella inmensa superficie líquida se veía una multitud incontable de barcos dispuestos en orden de batalla, y cada barco tenía en su extremo una enorme y afilada punta de hierro dispuesta a destrozar todo lo que se le atravesara por delante. Los barcos estaban armados de cañones y llenos de fusiles y de diferentes armas y con muchísimas bombas incendiarias, y también con libros dañosos.
Y todos aquellos barcos se dirigían contra su barco mucho más alto tratando de destruirlo con sus puntas de hierro, o incendiarlo o de hacerle el mayo daño posible.
A este majestuoso barco que estaba provisto de todo lo que necesitaba, le hacían escolta numerosos barcos pequeños, que recibían órdenes de él, realizando maniobras necesarias para defenderse de la flota enemiga. El viento soplaba en dirección contraria a la dirección que llevaba el gran barco, y las olas encrespadas del mar favorecían a los enemigos.
Y en plena batalla vi salir de en medio de la inmensidad del mar dos grandes columnas, que se elevaron hasta enormes alturas. Sobre la una había una estatua de María Inmaculada y debajo un gran letrero que decía: “María Auxiliadora de los Cristianos”. Sobre la ora había una Santa Hostia muy grande, y debajo un enorme letrero con esta inscripción: “Salvación para los que creen”.
El Comandante Supremo de la nave mayor, que era el Sumo Pontífice, al darse cuenta del furor con el que atacaban los enemigos y la situación tan complicada en la que se encontraban sus leales servidores, dispuso convocar a una reunión a todos los pilotos de las naves menores. Todos los pilotos subieron a la nave capitana y se reunieron alrededor del Papa. Pero al comprobar que el huracán se volvía cada vez más violento y que la tempestad era cada día más peligrosa, fueron enviados otra vez los capitanes, cada uno a dirigir su barco.
Se restableció por un poco tiempo otra vez la calma y el Papa volvió a reunir junto a él a los demás capitanes, pero la tempestad se volvió enormemente espantosa.
Entonces el Papa tomó personalmente el timón de la nave capitana y se esforzó con todas sus energías en dirigir la nave hasta colocarla en medio de las dos columnas desde las cuales colgaban áncoras, y defensas para fortalecerse y salvavidas.
Y todos los barcos enemigos se lanzaron a atacar el barco donde iba el Papa, y trataban de hundirlo o destrozarlo. Unos lo atacaban con libros malos, otros con escritos malvados en los periódicos, muchos disparaban sus cañones y trataban de atacarle con los extremos afilados de hierro que tenían sus barcos, los cuales chocaban violentísimamente contra la gigantesca nave capitana sin lograr hundirla ni detenerla en su marcha.
De vez en cuando los barcos enemigos lograban hacerle inmensas hendiduras por los lados al barco del Pontífice, pero enseguida soplaba una suave brisa desde las dos columnas y milagrosamente cerraba esas hendiduras.
Otro dato curioso: Muchas naves enemigas al tratar de disparar contra la nave capitana, explotaban y se hundían en el mar, y muchos fusiles también al ir a disparar contra la Iglesia, estallaban. Entonces los enemigos se propusieron atacar con armas cortas: insultos, golpes, maldiciones, calumnias y así siguió el combate.
De pronto el Papa cayó gravemente herido. Los que lo acompañaban corrieron a socorrerlo. Se repuso, pero fue herido por segunda vez, cayó y murió. Un grito de victoria resonó en todas las naves enemigas y el gozo de los contrarios era inmenso. Pero los demás pilotos se reunieron y eligieron un nuevo Pontífice, el cual tomó fuertemente entre sus manos el timón de la nave capitana. Los enemigos comenzaron a desanimarse.
El nuevo Pontífice, manejando muy bien la nave la llevó hasta colocarla en medio de las dos columnas y con una cadena amarró la parte delantera del barco (o proa) a la columna donde estaba la Santa Hostia y con otra cadena ató el otro extremo (la popa) a la columna donde estaba la estatua de María Santísima Auxiliadora.
Entonces se produjo una gran confusión. Todos los barcos que habían luchado contra la nave capitaneada por el Papa, se dieron a la fuga, se dispersaron, chocaron entre sí y se destruyeron mutuamente. Unos al hundirse hundieron a otros más.
Los barcos que habían permanecido fieles al Papa se acercaron a las dos columnas y se amarraron fuertemente a ellas.
Otras naves que por miedo al combate se habían retirado y se encontraban distantes observando prudentemente los acontecimientos, al ver que desaparecían en el abismo las naves enemigas, navegaron entonces también hacia las dos columnas y allí permanecieron tranquilas y serenas en compañía de la nave capitana dirigida por el Papa. En el mar reinaba una calma absoluta….
Al llegar a este punto de la narración, Don Bosco preguntó al Padre Rúa: – “¿Qué le parece que significa este sueño?”.
Don Rúa respondió: – “Me parece que la nave capitana es la Iglesia Católica, y los otros barcos que ayudan a la nave capitana son los fieles católicos dirigidos por sus obispos. Y que los barcos enemigos son todos los que atacan nuestra Santa religión. Y me parece que las dos columnas son la devoción al Santísimo Sacramento de la Eucaristía y a María Santísima”.
Don Bosco añadió: – “Sí, y en los barcos que atacan están representadas las persecuciones que le llegan a la Iglesia Católica, a la cual le van a venir terribles peligros y ataques de enemigos. Pero nos quedan dos remedios: frecuentar los sacramentos y tener una gran devoción a la Virgen Santísima. Hagamos todo lo posible para practicar nosotros estos dos remedios y para obtener que otros los practiquen también siempre y en todo momento”.
 
Nota: Varios de los oyentes copiaron este sueño y cada uno le daba sus interpretaciones. Se ha pensado que el capitán que llama a los otros pilotos a reunión fue el Papa Pío IX que llamó a los obispos al Concilio Vaticano I. Después de algunas reuniones los obispos tuvieron que volverse a sus ciudades porque estallaba la guerra de 1870. En 1878 murió el Papa Pío IX que había sido muy combatido por los enemigos de la religión. Más tarde llegó el Papa San Pío X que propagó muchísimo la devoción al Santísimo Sacramento y a María Santísima (acercó la Iglesia a esas dos columnas y organizó a los católicos para defenderse unidos en Senados, Cámaras y gobierno del mundo entero, quitándoles así a los enemigos de la Santa Iglesia el poder omnímodo que tenían casi todos los países. Antes de este Papa los católicos no participaban casi en elecciones ni se hacían elegir, y los enemigos podían hacer desde el gobierno todo el mal que se les antojaba contra la religión. Pío X dijo: “Los católicos elegirán y serán elegidos”. Y así hubo pronto en cada país un grupo fuerte de católicos en el Congreso y en el gobierno, y los anticatólicos les sucedió como a las naves del sueño: retrocedieron y empezaron a hundirse. Y los que eran indiferentes y miraban la lucha desde lejos, al ver que la Iglesia Católica volvía a ser respetada y estimada, se fueron acercando también a ella en señal de amistad.
¿Fueron tres los pontífices? En canónigo Bourlot que era estudiante y estuvo presente cuando Don Bosco narró este sueño, fue a almorzar con Don Bosco y sus salesianos 24 años después en 1866, y en pleno almuerzo dijo: – “Aquella vez Don Bosco dijo que los pontífices eran tres”.
El Padre Lemoyne que fue el que escribió la redacción del sueño, estaba en ese momento charlando con otro y Don Bosco lo llamó y le dijo: “Oiga lo que está diciendo este Padre”… y dio a entender que estaba de acuerdo con lo que afirmaba el canónigo. Este afirmaba que Don Bosco les contó que los Papas eran tres: el primero, aquel cuya muerte se alegraron los malos. El segundo, el que reemplazó al anterior y con mano fuerte tomó el timón y guió con seguridad la nave. Y el tercero, el que llevó la nave hasta colocarla entre las dos columnas.
Después de 1907, el canónigo Bourlot volvió a la Casa Salesiana de Turín y les dijo a sus superiores: – “¿Se dan cuenta de que sí eran tres los pontífices del sueño? El primero, el Papa Pío IX que reunió el Concilio y de cuya muerte se alegraron los enemigos de la religión. El segundo, León XIII, que dirigió con mano segura y fuerte la Iglesia. Y el tercero, Pío X que se dedicó a propagar la devoción a Jesús Sacramentado y a la Santísima Virgen”.

 

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