miércoles, 29 de enero de 2014

El abandono de los Sagrarios acompañados (6) - Beato Manuel González García

VI. Mar adentro

Todo lo que de ese mal del abandono del Sagrario llevo dicho y escrito, nada es comparado con lo que queda por decir. Y mal conseguiría yo el fin que me propongo al escribir estos renglones, si por miedo a gastar tinta y tiempo, dejara de pintar ese mal con toda la desgarradora propiedad que sea dada a mi pobre pluma.

Quiero, pues, sumergirme en los mares del abandono del Sagrario y contaros con toda sinceridad las impresiones de ese viaje a...
 

Los adentros del abandono

Si la Eucaristía es el milagro de la permanencia perpetua de Jesucristo, el abandono de la Eucaristía es la frustración práctica de ese milagro y con ella, la de los fines misericordiosos y altísimos de su permanencia.

La Eucaristía abandonada es, en cuanto esto se puede decir de Dios: Jesucristo contrariado con la más amarga de las contrariedades, y las almas y las sociedades privadas de ríos y de mares de bienes.

No es que no existan o nos importen poco otros males que ofenden a Dios y afligen a nuestros hermanos, sino que dejamos a otras Obras o Instituciones nacidas o especializadas para eso, el remedio de estos otros males, que después de todo no son sino efectos o síntomas de aquel gravísimo y trascendental mal del abandono.

 

Los que hacen el daño

Lo he dicho ya: es mal desde luego de católicos, no de herejes ni de impíos, que éstos odian. Es mal de los que desconocen a Jesucristo debiendo conocerlo, de los que no le tratan o le tratan mal debiendo tratarlo mucho y bien. De los que saben que se sacrifica Él por ellos en cada Misa que se celebra, y ellos no se sacrifican por Él asistiendo a una sola o con el cuerpo nada más. De los que saben que Él es alimento del alma que sacia todas sus hambres y prefieren morir de inanición y no comulgan o comulgan mal. De los que saben que el Sagrario es la casa donde se quedó a vivir Jesús para estar cerca de sus hijos y acompañarlos todos los días de su vida, y ellos lo dejan solo días y días, años y años...

El abandono es el mal de los que saben que Jesús tiene ojos y no se dejan ver de ellos. Y oídos y no le hablan. Y manos y no se acercan a recoger sus regalos. Y Corazón que les ama ardientemente, y no lo quieren ni le dan gusto. Y doctrina de toda verdad y la desdeñan o la interpretan a su capricho. Y ejemplos de vida y no los copian. ¡Es mal de próximos y amigos!

 

Cómo ofende al Corazón de Jesús

Y me fijo principalmente en el Corazón de Jesús, cuando retrato y lamento lo malo del abandono, porque, sin dejar de afectarle los otros males, creo y siento que éste va más directamente contra su Corazón.

Otras ofensas son quizá más ruidosas, visibles, escandalosas, alarmantes. Ésta, sin manifestaciones hostiles, sin ataques positivos, sin organizaciones pensadas, sin odios sistemáticos, pone en el Corazón de Jesús todo lo aflictivo de aquéllas, quitando el bien del desagravio o alejando la esperanza del remedio.

El abandono interior, en efecto, por lo que en sí mismo es, vuelca sobre la llaga de ese Corazón la amargura del desprecio, la negrura de la ingratitud, la frialdad heladora de la indiferencia, el cansancio de la esperanza nunca realizada, del deseo nunca o casi nunca satisfecho y de la petición jamás atendida. La dureza de la grosería de sentimientos, la tristeza de la soledad... ¿Y qué son estos elementos sino formas variadas de una misma esencia, la esencia del desamor? ¡Desamor injusto, te pareces tanto al odio! Porque, esa esencia y esas formas ¿difieren mucho de las constituidas por las negaciones del impío, las obstinaciones del hereje, las altanerías del blasfemo? Con la añadidura de que el odio de los malos alarma a los buenos, los despierta, los reacciona, los excita a pelear e impele al desagravio. Pero el abandono de los buenos, de los que debieran serlo o figuran entre los que lo son, quita al Corazón abrevado de sus amargas esencias, la esperanza y el consuelo de la protesta enérgica, del despertar valiente, del desagravio reparador...

¡Desamor injusto del abandono, eres verdugo de mi Padre y a la par adormecedor de mis hermanos para que no lo sientan ni lo lloren! Pero verdugo, no para matar a mi Jesús, con cuchillo ni hacha, sino con hambre no satisfecha de amores de hijos, con aislamiento de corazones, con inacción a fuerza de incomunicarle y alejarle las almas, con cansancio de esperar a los que no acaban de venir o vienen sin ganas...

 

Cómo daña a las almas

Y si eso eres para Él, ¿qué serás para las almas? No eres torrente que arrasas en un instante, sino gota que lentamente ablanda, descompone, afloja y arruina. No eres rayo que vuelcas las torres y hiendes las techumbres de los templos, sino roedor oculto de sus cimientos. No eres león, ni elefante, ni monstruo fiero que amenaza de muerte, sino polilla que carcome, microbio que infesta, orín que corroe. No eres actividad incansable, sino pereza sólo activa para contagiar. No eres ceguedad, sino cortedad de vista. No eres oscuridad que aterra, sino niebla que no alarma. No eres veneno, pero sí semilla de cizaña que ahoga y seca la vida de la fe, el jugo de la dulce confianza, la savia de la caridad y la alegría y el aroma y la fecundidad de todas las virtudes, de todos los sanos optimismos y generosidades. No eres la palabra no quiero, sino esta otra mentidamente dicha: no puedo, y que equivale a esta otra verdadera: no hago.

¡Abandono del Corazón de Jesús, tú no eres el odio, es verdad, pero el odio más encarnizado no podría jamás ufanarse de hacer tanto daño a su mayor enemigo como tú haces a las almas en que te albergas y al que aun llamas ¡tu Amigo! y... ¡tu Padre! y... ¡tu Dios!

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