martes, 21 de enero de 2014

El abandono de los sagrarios acompañados (3) Beato Manuel González García

III. Una digresión necesaria

 

Antes de introduciros en ese mar amargo y obscuro de abandonos de Sagrarios y para prevenir dificultades, debo declarar:

 

Lo que no pretendo

La descripción del abandono interior que padece o puede padecer el Corazón de Jesús en el alma de sus amigos que lo reciben y en medio de grupos y aun muchedumbres de visitantes y comulgantes suyos, quizá sugiera a alguno el miedo de que estas consideraciones más puedan servir para acobardar y retraer a los que van al Sagrario que para enardecerlos a que vayan mejor dispuestos.

Y, a la verdad, nada más opuesto al fin de estas líneas.

Es un mal éste del abandono interior tan sutil como complejo y tan hondo como largo. Como que empezando por la indelicadeza leve para con Jesús y pasando por la negligencia, la rutina, la tibieza, la frialdad, la promiscuación, la inconsecuencia, el poco y distraído trato, la incomunicación afectuosa y la dureza de corazón, llega hasta la monstruosidad de la traición sacrílega.

Lejos, muy lejos de mi ánimo, al apuntar estos defectos y peligros junto con sus funestas consecuencias, hacer concebir de las disposiciones del alma para recibir y tratar a Jesús Sacramentado, idea tan excelsa e inaccesible, que más engendre miedo que deseo.

Cierto, muy cierto que, a pesar de todos esos abandonos más o menos voluntarios, Jesús quiere ser recibido en Comunión y estar en el Sagrario. Y cierto que, a pesar de nuestra flaqueza e ingrata corrrespondencia, ¿qué digo a pesar?, precisamente por eso, debemos y nos tiene mucha cuenta comulgar más y rozarnos más con Él.

 

Lo que pretendo

Yo quisiera, y bien pido al Amo que me lo conceda, pintar con tales colores esos abandonos interiores de Jesús Sacramentado, que a todos encendiera en ganas de afinar y adelgazar su trato con Él, sin que a nadie excitara miedo de no llegar a dar la compañía interior debida a tan alto Huésped.

Seguramente habrán llegado a vuestros oídos lamentos proferidos en tonos más o menos parecidos a los de los fariseos, de que tanto allanar y facilitar la Comunión y tanto prodigar los cultos eucarísticos, está produciendo rutinas y menosprecios y familiaridades dañosas con las cosas santas y con el Santo de los santos...

Pues a quitar a esos lamentos, ocasiones y pretextos y a demostrar que la verdad está precisamente en lo contrario, van enderezados estos renglones.

 

Lo que ansío

Poner muy en claro dos cosas:

1ª Que por la limitación y flaqueza de nuestra condición, por la dificultad que le cuesta vivir en la fe, y lo penoso de ir contra la corriente de la naturaleza sensible, y a pesar de las frecuentes Comuniones y visitas al Sagrario, tendemos a cansarnos, distraernos, aflojarnos y entibiarnos y hasta incomunicarnos en nuestro trato con quien no podemos conocer, amar ni gozar en la presente vida, sino por medio de la fe viva y de la propia negación.

2ª Que para contrarrestar esa tendencia y evitar el peligro de aquellos cansancios e incomunicaciones, no hay otro medio ni camino que el de fomentar esa fe viva y esa propia negación.

Sólo los que así se acerquen darán al Corazón de Jesús toda la compañía que Él desea y tiene derecho a esperar, y recibirán de Él todos los frutos que de comerlo y unirse con Él, pueden esperarse. Y con ellos el fruto de los frutos y fin supremo del Sagrario, a saber: la formación de tantos Jesús como comulgantes.

Y, al revés, que si esto no hay; si en vez de fe viva, hay languidez de fe, o ignorancia de catecismo; si en vez de abnegación hay vanidad, orgullo, dureza de corazón, o sea, corazones ocupados de sí, no será raro ni inexplicable que, comiéndose el más sano de los alimentos, no se esté más sano y fuerte. Que, aumentando las Comuniones de Jesús, se disminuyan las comuniones con Jesús. Que sentándose muchos más a su mesa, le ayuden muchos menos a llevar la cruz. Y, en suma, que estando Él más acompañado por fuera, se sienta más solo por dentro.

 

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