viernes, 17 de enero de 2014

El abandono de los sagrarios acompañados (2) - Beato Manuel González García

II. Por qué se habla tan poco del abandono de los Sagrarios acompañados

Horror del nombre
Puesto a escribir sobre esta especie de paradoja de abandono en la compañía de los Sagrarios, quiero comenzar por la explicación de los términos que empleo, que en buena dialéctica debe ser el comienzo de toda cuestión.

¡El abandono del Sagrario! He aquí el "es duro este lenguaje" 1 que le ha quitado a la acción de las Marías, reparadoras de toda clase de abandonos de Sagrario, más de una simpatía y les ha acarreado no pocas murmuraciones, recelos y protestas.

Cierto que quien dice abandono de una persona o cosa buena, dice desprecio, ingratitud, dureza de corazón, deslealtad y otras cosas tan feas como ésas. Y que decir que todas esas fealdades cuelgan de un Sagrario como jirones de telarañas polvorientas, es harto doloroso y vergonzoso. Pero ¿son razón bastante ese dolor y vergüenza para suprimir del vocabulario cristiano la reunión de esas dos palabras: Sagrario abandonado?

¡Pluguiera a Dios que antes se hubieran encontrado unos con otros los astros y saltado en millones de pedazos, que haberse encontrado y marchado juntas en uno de ellos esas dos palabras!

Pero, repito, el dolor y la vergüenza y hasta el escándalo que a los pequeñuelos pudiera producir el pronunciar reunidas esas dos palabras, ¿impiden el pronunciarlas?

Cuando se demuestre que las enfermedades no se curan con medicinas, sino disimulándolas y callándolas, entonces diré que el mal del abandono del Sagrario se remedia no haciendo mención de él.

 
Nombre evangélico

Aparte de esta razón, y sin negar lo desagradable del nombre, me movió a usarlo tan tenazmente el ejemplo del Evangelio. Son los evangelistas los que me han enseñado y decidido a usar el verbo abandonar, para expresar, no el odio, ni la persecución, ni la envidia de los enemigos de Jesús, que esto lo llaman con sus propios nombres, sino la deslealtad, la frialdad, la ingratitud, la inconsecuencia, la insensibilidad e indelicadeza, la cobardía de los amigos suyos, de los que le conocían, trataban y recibían sus distinciones y confidencias.

Este irse de su lado los que debieron estar siempre con Él. Ese no asistirlo con su presencia y con su adhesión incondicional cuando más lo hubo menester es llamado por los evangelistas abandono y huida... "Y abandonándole, huyeron todos..." 2.

¿Por qué siempre que se vuelve a ver o sentir a Jesús en su vida de Sagrario pasar por el mismo trance, no podrá decirse con justicia y sin exageración ni escándalo que está abandonado o que padece abandono?


 
Causa del horror al nombre
No creo que ninguno de los que se horrorizan de la palabra abandono aplicada a su Sagrario, deje de aceptar estas razones. Lo que ocurre es que por no sé qué confusión de términos, hábilmente explotada por el diablo, se ha hecho temer o sospechar que la nota del abandono sobre un Sagrario incluye la de descuido, tibieza o flojedad de celo de los sacerdotes que lo guardan y de las almas buenas que lo acompañan. O más claro, que llamar a un Sagrario abandonado es acusar a todos sus vecinos de causantes de ese abandono y al Párroco o al sacerdote encargado de él, de cómplice o culpable del mismo.

¡Pobres párrocos y pobres almas fieles! ¡Cómo os demostraría yo mi admiración y mi compasión por veros trabajar en esos campos, que no faltan, de siembras constantes y cosechas nulas, tardías o escasas!

Para destruir esa confusión, y ¡ojalá fuera para siempre!, me valdré del mismo ejemplo del Evangelio que acabo de citar.

¿Se puede asegurar con todo rigor de verdad que Jesús estuvo abandonado de los suyos en toda su Pasión y en su muerte? Y consta, sin embargo, que ni su Madre Inmaculada, ni sus Marías fieles, ni san Juan, dejaron de estar lo más cerca de Él que pudieron.

¿Por qué no ha de poder decirse que Jesús está abandonado en su Sagrario, de miles de vecinos bautizados y adoctrinados que no van, aunque tenga a su lado a un sacerdote fiel como san Juan y a un grupo de almas constantes y compasivas, como las primeras Marías?

Claro que si ese sacerdote falta o esas almas fieles también se van, el abandono sería absoluto y total y mayor que el del Calvario. Pero éste no es el caso ordinario, a Dios gracias.

Precisamente una de las penas que más acerbamente desgarrarían aquellos corazones fieles, sería la de ver y sentir tan abandonada en su Sacrificio la Víctima augusta de su amor.

 
Horror al hecho
Sí, queridos sacerdotes: desechad el miedo de la palabra y trocadlo en horror al hecho que le da realidad tan triste y significación tan desconsoladora.

Que a eso se enderezan estos renglones: a descubrirnos no tanto la extensión como la intensidad de esas tristezas.

Sí, que el tiempo y las fuerzas que se gastan en indignarse contra la palabra abandono, estarán harto mejor empleados en trabajar contra el hecho del abandono, a fin de que, aminorado éste, borrado, vaya perdiendo realidad y razón aquélla.

Y, por consiguiente, que la cuestión, más que plantearla sobre si se debe hablar de abandono del Sagrario, debe plantearse así: ¿Hay abandono del Sagrario? ¿En dónde? ¿Cómo? ¿Hasta cuándo? ¿De qué clase? ¿Por qué causa? ¿Cómo se remedia?

A esto urge responder.

Notas
1 Jn 6,60
2 Mc 14,50

 

 

 

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