sábado, 25 de enero de 2014

Domingo III tiempo durante el año (ciclo a) - San Gregorio Magno


 
   HOMILIA V
(Dirigida al pueblo en la basílica
de San Andrés Apóstol el día de su natalicio.)
LECCIÓN DEL SANTO EVANGELIO
SEGÚN SAN MATEO (4,18-22)
 
En aquel tiempo, caminando un día Jesús por la ribera del mar de Galilea, vió a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dijo: seguidme a mí y yo haré que vengáis a ser pescadores de hombres. Al instante los dos, dejadas las redes, le siguieron. Pasando más adelante, vió a otros dos hermanos, Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, su hermano, remendando sus redes en la barca con Zebedeo, su padre, y los llamó. Ellos también al punto, dejadas las redes y su padre, le siguieron.
 
Acabáis de oír, hermanos carísimos, cómo, a un solo llamamiento, Pedro y Andrés, abandonando las redes, siguieron al Redentor. Por cierto que todavía no le habían visto obrar milagro alguno, nada le habían oído referente al premio de la eterna recompensa, y, sin embargo, a una sola llamada del Señor dieron al olvido lo que parecían poseer.
 
¡Cuántos milagros suyos vemos nosotros, cuántas calamidades nos afligen, con cuán terribles amenazas nos aterran, y, con todo, nos negamos a seguirle a El que nos llama! Ya está sentado en los cielos el que nos aconseja la conversión. Ya ha sometido al yugo de la Ley la cerviz de los gentiles; ya se abatió la gloria del mundo y, con la ruina progresiva de éste, anuncia que se acerca el día de su severo juicio, ¡y, no obstante, nuestro espíritu soberbio no quiere todavía dejar voluntariamente lo que cada día va perdiendo contra su voluntad! ¿Qué es, pues, hermanos carísimos, lo que habremos de decir en su juicio los que ni a pesar de los preceptos nos apartamos del amor del presente siglo ni nos enmendamos, pese a los castigos?

 
Mas tal vez alguno diga en sus callados pensamientos: ¿Qué es y cuánto lo que al llamamiento del Señor dejaron uno y otro pesador, que casi nada tenían? Pero en esto, hermanos carísimos, debemos atender al afecto más bien que al efecto. Mucho dejó quien nada retuvo para sí; mucho dejó quien, aunque poco, lo dejó todo. Nosotros en cambio, poseemos con amor lo que tenemos y con el deseo requerimos lo que no poseemos. Mucho, por consiguiente, dejaron Pedro y Andrés, puesto que ambos dejaron los deseos de poseer, mucho dejaron los que con lo que poseían renunciaron también al apetito: tanto, pues, dejaron siguiéndole, cuanto pudieron apetecer no siguiéndole. Por consiguiente, tampoco nadie, porque vea que algunos han dejado muchas cosas, diga dentro de sí mismo: yo quiero imitar a los que desprecian este mundo, pero no tengo qué dejar. Mucho dejáis, hermanos, si renunciáis a los deseos terrenales; por insignificantes que sean nuestras cosas exteriores, bástanle al Señor, porque El atiende al corazón, no a la cosa, ni tiene en cuenta cuánto se le ofrece en sacrificio, sino con cuánto sacrificio.
Ahora bien, si atendemos a los bienes exteriores, ved que nuestros santos mercaderes, dando las redes y la barca, mercaron la vida perpetua de los ángeles. Cierto que el reino de Dios no es propiamente estimable en precio; mas, con todo, vale tanto cuanto tienes. En efecto, a Zaqueo (Lc. 19) le costó la mitad de su hacienda, porque reservó la otra mitad para restituir cuadruplicado lo que injustamente retenía; a Pedro y Andrés les costó las redes y la barca; a la viuda, los dos pequeños cornadillos; al otro, un vaso de agua fría...; así es que, como hemos dicho, el reino de Dios vale tanto cuanto tienes.
 
 Considerad, pues, hermanos, qué cosa hay más barata cuando se compra y qué cosa hay más cara cuando se posee.
 
Pero tal vez ni se dispone de un vaso de agua fría para ofrecerle al indigente; pues aun en este caso la palabra divina nos promete seguridad, ya que, cuando nacía el Redentor, aparecieron los ángeles del cielo clamando (Lc. 2,14): Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. A los ojos de Dios nunca está la mano vacía de don si el arca del corazón está llena de buena voluntad; que por eso dice el Salmista (Ps. 55,12): A mi cuidado quedan, ¡oh Dios!, los votos que te hice, y que cumpliré cantando tus alabanzas; como si claramente dijera: Aunque exteriormente no tengo dones que ofrecerte, sin embargo, dentro de mí hallo el que ofrezco en aras de tu alabanza, ya que tú no te alimentas con lo que te damos, sino que te aplacas mejor con la ofrenda del corazón.
 
En efecto, para Dios no hay ofrenda más rica que la buena voluntad; y la buena voluntad consiste en tener como nuestra la adversidad del prójimo; en gozarnos de la prosperidad del prójimo como de ganancia nuestra; en tener por nuestros los daños ajenos; en considerar como nuestras las ventajas ajenas; en amar al prójimo, no por el mundo, sino por Dios, y asimismo en soportar al prójimo con amor; en no querer hacer a otro lo que no quieres que te hagan; en no negar a otro lo que deseas que justamente te dispensen a ti; en socorrer la necesidad del prójimo, no sólo según tus fuerzas, sino querer aprovecharle aún más de lo que puedes.
 
¿Qué holocausto hay más completo que éste, cuando, por esto que se inmola a Dios en el altar del corazón, se inmola el alma a si misma? Pero este sacrificio de la buena voluntad nunca se ofrece plenamente a Dios mientras no se abandone del todo el apetito de este mundo, porque todo lo que en él amamos, todo eso en realidad envidiamos al prójimo, por parecernos que nos falta lo que otro consigue; y como siempre está en desacuerdo la envidia con la buena voluntad, en cuanto aquélla se apodera del alma, la buena voluntad se ausenta.
 
Por lo cual, los predicadores santos, para poder amar con perfección a los prójimos, han procurado no amar cosa alguna en el siglo; jamás apetecen nada, ni tampoco poseer cosa alguna con el afecto. Mirando atento a los cuales, Isaías dice (Is. 60,8):¿Quiénes son esos que vuelan como nubes y como las palomas a sus ventanas? Viólos, en efecto, despreciar las cosas de la tierra y llegarse con el espíritu a las celestiales, llover con palabras y relampaguear con milagros; y como la santa predicación y la vida sobrenatural habíanlos levantado sobre las contaminaciones terrenas, llámalos palomas y nubes que vuelan.
Pues bien: los ojos son nuestras ventanas, porque por ellos ve el alma lo que exteriormente apetece; y la paloma es un animal sencillo, sin hiel de malicia; por tanto, son palomas a sus ventanas los que nada de este mundo apetecen, los que miran sin malicia todas las cosas y no se dejan llevar del deseo de arrebatar lo que ven con sus ojos.
 
En consecuencia, hermanos carísimos, ya que celebramos el natalicio del apóstol San Andrés, debemos imitar a quien rendimos culto. La solemnidad del alma muestre el obsequio de nuestra constante devoción; despreciemos lo terreno: dejando las cosas temporales, mercaremos las eternas. Mas, si todavía no podemos dejar las propias, al menos no apetezcamos las ajenas; si nuestra alma no arde aún con el fuego de la caridad, refrene su ambición con el temor, a fin de que, manteniéndose en el camino de su progreso y reprimiendo el apetito de las cosas ajenas, llegue algún día a despreciar las propias, con la ayuda de Nuestro Señor Jesucristo, etc.
(Obras de San Gregorio Magno, Ed. BAC, Madrid 1958, págs. 553-555)

 

 

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