jueves, 19 de diciembre de 2013

¿Con Cristo o sin Cristo? - Mons. Tihamér Tóth

¿Con Cristo o sin Cristo?
Mons. Tihamér Tóth
En “El mensaje de navidad” (4) 

Noche santa, la noche de Navidad... Hace casi dos mil años que se obró un prodigio asombrosamente sublime: el Creador infinito del mundo apareció en forma de niño en este diminuto orbe terráqueo... Y lo que de El dice el Evangelio sigue siendo verdad —por desgracia— aun hoy día: «Vino a su propia casa, y los suyos no le recibieron.»

Ciertamente, la humanidad de entonces no sabía todavía —¿cómo podía saberlo?— quién era aquel recién nacido, un niño desconocido de Belén. No podía saber todavía que desde aquel momento no le quedaba a la humanidad otra alternativa que escoger entre estos dos extremos: Con Cristo o sin Cristo.

No hay otro camino, no hay otra forma de vida, no hay otra posibilidad: o con Cristo hacia las alturas, hacia lo noble y lo bueno, hacia una vida digna del hombre..., o, sin Cristo, hacia los abismos, hacia la desesperación, hacia la destrucción de la cultura y de la vida del hombre.

Hoy día ya lo sabemos. Hoy día ya lo experimentamos con dolor. Nunca lo vio tan claro el hombre como en la lucha fratricida de nuestros tiempos. Cristo vino a nosotros, pero nosotros no Le recibimos, no quisimos convertirnos, acogerlo en nuestro corazón...; pues bien: ya empezamos a ver la suerte que nos espera por haberle negado.

Hoy constatamos que una gran parte de la humanidad ha caído en el pesimismo... no aspira a otra cosa más que a gozar lo más posible de esta vida. Pero ¿de dónde procede este pesimismo? De aquellos que no hace mucho tiempo creían en el progreso continuo e ilimitado. «Vamos progresando, estamos en las vías del desarrollo, no conocernos paradas en este continuo avanzar», tal fue el optimismo infundado de una humanidad embriagada de su progreso material. Vino luego el pesimismo de los desilusionados: « Este mundo no tiene solución. Incluso el cristianismo no ha podido mejorar este mundo ni una tilde en estos dos milenios transcurridos. En este mundo no existe más que una ley: la del poder y la fuerza. El más fuerte sigue aprovechándose del más débil. El más astuto sigue burlándose del ingenuo. ¿Dónde está ese amor predicado por Cristo? ¿Dónde está la compasión, la justicia de que tanto se habla? »

¿Qué hay de verdad en todo esto? ¿Les podemos dar la razón?

Que no haya nada bueno en este mundo, que los hombres, después de más de dos mil Navidades, no sé hayan enmendado ni un ápice, denota un juicio muy superficial y equivocado. Si no vemos todo el bien que existe, es porque el mal siempre se exhibe ufano en la plaza pública, mientras que la honradez sigue trabajando en modesto silencio.

La buena noticia, el Evangelio que nos trajo el Hijo de Dios al encarnarse y nacer en Belén, podía haber hecho felices a todos los hombres, haciendo más soportable este valle de lágrimas; mas muchos hombres no quisieron recibir a Cristo en su corazón, no quisieron modelar su vida conforme al Evangelio. Por tanto, no es la doctrina de Cristo la que fracasó, sino los hombres, que quisieron prescindir de Él.

La ciencia y la técnica siguen sorprendiéndonos día tras día con nuevos descubrimientos y adelantos; sin embargo, ya no nos ilusionamos tanto al oír a cada rato la palabra «progreso». Porque la experiencia, por desgracia, nos dice que no hay descubrimiento que el hombre no pueda aprovechar

para el mal lo mismo que para el bien; no hay invento que junto a sus luces no tenga también sus sombras.

Pensemos en las ventajas que nos ha traído el descubrimiento de la dinamita, de los aviones y autos, cada vez más rápidos y seguros, pero ahí están también los actos de terrorismo, los bombarderos, los accidentes de tráfico.

Progresamos, sí, progresamos... Pero ello no indica que vayamos a ser más felices.

Nuestros conocimientos científicos son maravillosos; nuestra técnica, sofisticada; pero también la ciencia y la técnica son un arma de doble filo: pueden hacer la vida más fácil, pero también nos pueden ser causar muchas desgracias.

El hombre ya no confía en la utopía del progreso material ilimitado. Pero, por desgracia, tampoco confía en el progreso espiritual de su alma, en la carrera de la santidad.

«Nosotros no preocuparemos sólo de la tierra, cedemos el cielo a los gorriones...» —dijeron los hombres materialistas. Mas pronto hubieron de advertir que la misma tierra se les hacía inhabitable: revoluciones por todas partes, guerras, odios, lucha de clases, competencia desleal, crisis financieras... ¿No es éste un espectáculo extraño? ¡La humanidad orgullosa de su ciencia y de su técnica, y arrastrada a la vez al mismo borde del abismo!

Hoy parece que todo lo tenemos a nuestro alcance, gracias a los adelantos tecnológicos... , pero —¡cosa extraña e incomprensible!— nunca parece haber habido tantas injusticias y descontento social.

Tanto idolatramos la ciencia y la técnica, que al final nos olvidamos del hombre.

Nos hemos olvidado de que el desarrollo humano, no tanto radica en el progreso material, sino en el progreso espiritual. Por encima de las ganancias y de los placeres, están las inquietantes preguntas, a las que no queremos responder: ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿De dónde vengo y adónde voy? ¿Por qué existe el mal en el mundo?

Todos nuestros males provienen de haber vuelto las espaldas al Dios que nos creó y nos redimió. La humanidad, deslumbrada por el progreso técnico, quiso suplantar la cultura cristiana por una cultura materialista, divorciada por completo de Dios, y creyó ver la felicidad de las futuras generaciones en la mayor acumulación de bienes terrenos y en las facilidades crecientes de esta vida terrenal. Pero pronto descubrimos que la abundancia de comodidades no nos ha hecho más felices. Hoy con solo apretar un botón se pueden conseguir muchas cosas. Hoy día pueden mucha gente puede gozar de lo que antes era privilegio de unos pocos...; pero ¿es más feliz el hombre hoy día?

Reconozcamos que el progreso material no significa necesariamente que la persona, la familia, la sociedad, sean más felices. No significa que la persona pueda dominar sus bajos instintos; no significa la paz de las naciones, tan anhelada por todos. No lo puede significar, porque la técnica no es más que uno de los factores que intervienen en la felicidad humana —y ni siquiera es el principal—; no es más que uno de tantos móviles de la felicidad.

«No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4), nos ha advertido Jesucristo. Una cultura materialista es imposible que pueda hacer dichoso al hombre, porque éste, además de un cuerpo (material), tiene también un alma (espiritual). Y la materia no puede dar satisfacción al espíritu.

El alma, que ha sido creada a semejanza del Dios eterno, no se puede contentar plenamente con algo que no sea el mismo Dios.

La estrella que supo guiar a los Magos hasta el Niño Dios, sigue hoy todavía brillando para que toda la humanidad se encamine al portal de Belén.

No puede haber otra roca, otro suelo en qué afirmar nuestra felicidad, que Cristo. Quien se aleja de El no puede por menos que caer en el pesimismo y en el relativismo más absolutos, y no sabrá distinguir el día de la noche, la luz, de las tinieblas.

Sin Cristo todos somos huérfanos y andamos desamparados. Sin El no podemos tener padre, ni madre, ni esposa, ni amigo, ni aliado... , porque el padre, la madre, la esposa, el amigo, el aliado, todos pasan a ser como sombras; todo pacto y convenio se reduce a escritura deleznable, papel sin valor, si no hay tras ellos, si no hay en mí, si no hay en aquel otro, el amor de Dios, la fe en un mismo Padre celestial; esa fe grande de la fraternidad humana; fe que nos trajo como aguinaldo el Niño de Belén.

Para poder hablar de los derechos del hombre, hemos de reconocer primero los derechos de Dios. Si el hombre deja de creer en Dios, se vuelve ciego para los demás hombres, y no puede hallar el camino que le conduzca hacia ellos.

«El Hijo de Dios se hizo hombre para que el hombre pudiese llegar a ser divino, hijo de Dios.» Esta es la enseñanza que nos trae la Navidad.

Mas si rechazamos a Dios, el hombre no se volverá «divino», el hombre seguirá siendo un mero «hombre»...; y los hombres más fuertes se seguirán aprovechándose de los más débiles.

«Un día, la Fuerza le preguntó a la Luz: «Dime, ¿no te aburres tú, holgazana? Lo que yo construyo, o derribo, si es necesario, tú no haces más que mirarlo, y no te preocupas de nada, nunca trabajas.» Y la Luz le contestó: «Donde no esté yo, en vano trabaja la Fuerza, allí no hay más que el caos.» (REVICZKY: «Luz».)

El trabajo humano es la fuerza; la fe puesta en Dios es la luz.

Para que el «caos» se vuelva «cosmos», es necesaria la fuerza, pero también es imprescindible la fe... Y para que la vida terrena sea una vida digna del hombre, no basta el trabajo humano, es necesaria también la fe en Cristo.

Ojalá que en esta noche santa, al fulgor de la estrella del portal de Belén, empiece a brillar en nuestra alma esta verdad, y se afiance nuestra fe en Cristo Jesús.

 

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